Territorio Perdido

Smart  - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 798 words

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Summary

Una aventura interior que parece transcurrir en espacios imposibles.

Una aventura interior que parece transcurrir en espacios imposibles.

Las mañanas y las tardes brillaban entre el follaje de los árboles que extendían sus ramas entrelazándose unas con otras hasta donde daba la vista.
El gran recodo del río rodeaba la casa de madera, pintada prolijamente de blanco, habitada por rosales de todos los colores y tamaños.
Teníamos animalitos pequeños y mansos, conejos, patos, cervatillos, gatitos ajenos y mariposas en la risa.
Eramos niños descalzos, salvajes y libres. El amor era un juego en el agua, entre las piedras, en la arena blanca y suave como la piel.
El sol no picaba y la luna resplandecía en el cauce sonoro de las noches fugaces como era fugaz el día.
No sé cómo ocurrió el abandono que nos arrebató la luz y la inocencia. Nos robó las mariposas y los gatos del vecino. Cuándo sucedió la condena que nos empujó a vagar aislados, vacíos de sueños, somnámbulos del resto.
Peregrinos, cada cual en su camino buscando la confluencia que nos devuelva el sol.
A mí me tocó la luna. La mitad más fría, oscura y desierta del universo, allí construí mi refugio de papel. Del otro lado la luz hería y el temblor no cesaba.
Aprendí a vagar sin preocupaciones, en la más absoluta soledad. El silencio lastimaba los oídos y de vez en cuando fugaces cometas surcaban el horizonte. Las noches iguales a los días circulaban como caracoles secos y mi corazón era un monótono reloj sin agujas. Recuerdo de esa época que al mirar hacia arriba, no encontraba un solo espacio entre las estrellas que brillaban y brillaban y brillaban... recuerdo los planetas cambiando de color según las estaciones y los anillos de Saturno ondulando para mí. Era la más auténtica y cómoda felicidad prefabricada.
Yo esperaba, esa era mi labor más pesada. Esperar y esperar a que algo sucediera. Esperaba sin saber qué. Sabía que debía trascender la espera y que en ese momento no habría explicaciones o argumentos que justificaran la permanencia en aquél territorio. Sabía que trascender era mutar y que el cambio implicaba mudanza. Entonces deducía que de tanta espera, obtendría un nuevo territorio para develar, para conocer, para explicar, para disfrutar y padecer. Me preguntaba si era lo que realmente quería, abandonar aquél claustro de papel, aquél castillo de aire y nada que me mostraba la belleza en todos los esplendores del brillo. Me reprochaba la falta de metas precisas. Pero inmediatamente solucionaba la angustia provocando la espera. Una espera tranquila incuestionablemente natural e inevitable.
Y sucedió.
Un meteorito dio en mi cabeza. Desbarató mi estadía en la luna, precipitándome en tierra y confinándome al subsuelo donde transcurrirían mis días en la más indescriptible oscuridad. Penumbra que enceguecía no sólo las pupilas, sino también el alma.
Con los pies en la tierra, la gravedad pesaba tanto...
Sentía el amor como un territorio vedado, perdido, desconocido u olvidado.
La felicidad era algo breve que siempre sucedía fuera. La mediocridad estaba en todas partes y me agobiaba, me producía jaquecas que duraban semanas.
Mi corazón limitado a funciones orgánicas, ni siquiera tenía la precisión de un reloj oxidado...
Astucia, ingenio, inteligencia eran cualidades infantiles que ya no encontraba en mí.
No había alas para volar. La madera me poseía con la misma rigidez de la espera. Pensé en una nube de agosto, rosada, liviana, poderosamente salvadora, pero los cielos de tierra no conocen nubes...
Me pregunté mil veces qué era lo rescatable, qué era lo que podría disfrutar en tal estado. La respuesta era siempre la misma, la búsqueda. Buscaba un ser parecido, semejante. Guardaba aún en la memoria las risas y los juegos y no dudé en creer que ese era el sonido a identificar. Debía sin dudas, encontrar una compañía. La espera trocaba en búsqueda. La pasiva espera se volvía ansiosa necesidad de coincidencias...
Una tarde, oscura como todas, creí oír un eco. Era una carcajada que provenía del Este. Me dejé conducir por el sonido. Creí por un momento que alucinaba. Pero no. La oía cada vez más nítida y casi al llegar corrí, corrí para no perderla, hasta caerme, hasta perder el control de todos los movimientos, hasta rodar para caer a sus pies y mirar como quien contempla una torre, la hermosa sonrisa que me regalaba. Me miró sin palabras. Bromeó a cerca de la tierra en mis orejas y en las pestañas.
Me condujo.
Desde aquél día vivo en un paraíso de tierra azul, el cielo es un vitral bordeaux y sus manos, varitas mágicas que resguardan todo lo que tocan.
En esta época de sosiego y bonanza no sé si debemos continuar la búsqueda, dice que no hay nadie más, dice que reía para guiarme, dice que siempre fuimos dos. Y yo me dejo convencer mientras me abraza... pero cuando el sueño viene, una casa blanca me llama y el canto del agua me despierta con el alma empapada.

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