La vuelta de Galindo

Kboom  - SPORTS & OUTDOOR RECREATION - 1545 words

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Jueves 27 de diciembre, no me lo olvido más. Fue el día que Racing Club se quedó con el campeonato después de treinta y cinco años de sufrimiento. También fue el día en que Adrian Galindo apareció en el bar como si nada. Nosotros ya habíamos pedido una picada para ocho y veníamos con algunas cervezas encima. No te creas que siempre es así, que comemos y chupamos como bestias cada vez que nos juntamos. Lo que pasa es que era una ocasión especial, ¿viste? Treinta y cinco años esperando ese glorioso momento: que la academia salga con sus once jugadores a la cancha a debatirse el título. Habíamos acercado la mesa al televisor. El Gallego nos permitía hacer eso porque el bar es como nuestra casa, ¿entendes? La cuestión es que unos minutos antes de que empiece el partido, Galindo se apareció de golpe. Nadie lo vio entrar, nos dimos vuelta ni bien escuchamos la inconfundible voz aguda que nos saludaba. 'Hola muchachos' dijo como si nos hubiese visto un día atrás; ¡qué hijo de puta! Nosotros, torcidos los cuerpos sobre nuestras sillas, nos quedamos mudos, impávidos. Era como ver a un fantasma, ¿te das cuenta?
Claro, vos no lo conocías al tipo. Galindo era viajante; inspector de granos o algo por el estilo, la cuestión es que cada dos por tres le salía un viaje a algún lugar de la provincia. En uno de los tantos viajes que le toca, creo que a un campo cerca de Baradero o por esa zona, tuvo la mala leche de encontrarse a un camionero que venía medio copeteado y se lo llevó puesto. El camionero después declaró que Galindo andaba sin luces y que como esa mañana había mucha niebla él no lo vio pero ya tanto no sé. Cuestión que Galindo estiró la pata ahí nomás o, por lo menos, eso es lo que nos habían dicho a nosotros. Mirá, tan reservada fue la cosa que del accidente nos enteramos una semana después.
Marta, la vieja de Galindo, ni se preocupó por ponernos al tanto de la desgracia de nuestro amigo. Está bien, yo entiendo que por ahí el impacto emocional de la noticia la haya dejado medio mal, no te lo discuto; pero yo estoy seguro que la vieja no nos quiso decir nada porque no nos banca. Porque el Tito Carreras, el vecino de la vieja, sí se enteró enseguida. Alicia la de la Quiniela también fue avisada y nosotros, los amigos de toda la vida, no sabíamos un carajo. Si hubo velorio o entierro nunca nos enteramos. Lo único que supimos fue que Galindo se había hecho bolsa en la ruta y nada más. Me acuerdo que ni bien supimos de la noticia fuimos en barra hasta la casa a preguntar dónde lo habían enterrado pero no encontramos a nadie. Las persianas todas bajas y ni el perro ladraba. Llamamos a la mujer al celular pero no atendía. Preguntamos por ahí pero nadie sabía mucho, sólo que el desgraciado había tenido un accidente. Cuestión que la cosa quedó ahí, teníamos la esperanza de que alguien en algún momento nos diera datos más concretos. Lo que menos nos imaginábamos es que ese alguien pudiese ser el mismo Galindo. El muy forro se cagó de la risa. Claro, nos vio con una cara de perros asustados a todos que le pareció gracioso. Enseguida se encargó de explicarnos todo: lo que le habían dicho a él es que ni bien sacaron el cuerpo del auto, los paramédicos reportaron que había muerto. Por supuesto, tenía todos los signos a favor de este diagnóstico si no respiraba, no tenía pulso, el corazón no le latía y que se yo qué más. La cuestión es que lo dieron por muerto y se lo llevaron a la morgue. Allá dicen que lo vio un forense y que al tipo le llamó la atención que él no hubiese perdido ni el color ni la temperatura. Porque ya habían pasado dos horas del accidente y a Galindo no se lo veía tan muerto como creían que estaba. Entonces le hicieron unos chequeos y comprobaron que todavía tenía leves signos vitales. Claro, ¿qué pasaba?; con el shock que le produjo el accidente, Galindo había entrado en catalepsia que es como un estado en el que a simple vista parecés muerto pero en realidad estás vivo. La cuestión que lo tuvieron unos días en terapia intensiva en un hospital de Baradero hasta que salió del coma. Lo único que recuerda Galindo de todo eso es que en su cabeza sonaba una canción italiana que le cantaba la vieja cuando él era pibe. Sospecha que, como la madre se encontraba al lado de suyo todo el tiempo que estuvo internado, ella le cantó varias veces la canción.
No tuvimos ni tiempo de interrogarlo sobre los detalles porque en ese mismo momento el árbitro dio el pitazo inicial. Galindo se acercó una silla y se puso atrás nuestro apoyando el codo sobre el respaldo de la silla de Jorge. Al primer tiempo lo padecimos, pegábamos unos gritos de sufrimiento como si nos estuviesen empalando. Más de una vez nos paramos re calientes para putear. El único que se mantenía al molde de toda la barahúnda era Galindo. El tipo estuvo sereno durante todo el partido, cosa rara en él ya que era uno de los que más se hacía oír en la barra cuando profería incansables puteadas al aparato de televisión. Muchas de éstas vigentes hasta hoy ya que con los muchachos las revivimos cada tanto en algún acto de iracunda efervescencia. Pero ese día a Galindo se lo veía tranquilo. No apagado, eh; sino que tranquilo. Si puteaba lo hacía bajito como para él mismo, con cuidado de que nadie lo escuche. O sino, si la cosa era como para ponerse muy caliente, se limitaba a agarrarse la cara con las dos manos como ahogando una de sus inconfundibles puteadas. Era raro verlo tan medido. Como cuando le cobraron falta a Campagnuolo por agarrarle la camiseta a Fabri. ¡Una injusticia, viejo! Si en la repetición se veía clarito que se le enganchó en el codo. Ahí mismo saltamos todos al unísono, como queriendo cagar a trompadas al televisor. El pelado Montiegui se paró con los brazos abiertos como quien quiere darle una medida a semejante error que se había mandado el incompetente colegiado. Samoane se agarraba con una mano la cabeza y con otra señalaba el televisor. Y yo recuerdo haberme levantado de un salto y haberme acercado a la pantalla para ver de cerca la repetición. Cuando terminó giré indignado buscando la aprobación de los clientes que estaban atrás nuestro. '¿¡A vos te parece!?' atiné a preguntarle a Galindo que se había quedado sentado. El tipo me miró como diciendo '¿Y qué le vas a hacer Beto?', casi resignado.
Por suerte al partido lo empatamos, le sacamos el puntito que necesitábamos y no te puedo explicar la emoción. Nos abrazamos todos, hicimos un cantito. Sin que se lo pidamos el Gallego (cómo nos conoce ese Gallego hijo de puta) nos arrimó tres cervezas. Cuando quisimos acordar, Galindo ya no estaba ahí. Se había rajado. El tano nos dijo que se había despedido de él solamente, que no quería cortar el festejo. 'Tenía que ir a buscar a la mujer no se a donde' dijo el Tano como disculpándose por Galindo.
A la semana nos volvimos a preguntar por Galindo. El tema había salido mientras recordábamos los detalles del momento más feliz de nuestra vida como hinchas. Ochoa nos había dicho que Galindo no había tocado la cerveza ese día y todos convenimos en que el tipo estaba raro, que el accidente lo había dejado mal porque para que Galindo no tome un trago la cosa era seria y minga que le iba a dar bola a un médico si éste le prohibía el chupi. Pero lo que más nos llamó la atención es que no hubiese vuelto a aparecer. Ese mismo día cayó el gordo con la noticia: viniendo para el bar se había encontrado a la Marta. Como es natural, le preguntó por el hijo que no lo habían vuelto a ver desde el viernes pasado. Dice que la vieja casi lo mata a piñas. Que lo re cagó a puteadas por hablar así de su querido hijo muerto en el accidente. Que era una falta de respeto no haber ido a visitarlo al cementerio de la Chacarita y encima hacerle esa clase de chistes a ella que era la madre. Que toda la vida fuimos igual, una manga de vagos. 'Ni el pésame siquiera me dieron' le había reprochado la vieja entre lágrimas al gordo.
Esa misma tarde, después de ir al cementerio, volvimos al bar. Estábamos en silencio, nadie se animaba a decir una palabra, ¿podes creer? No sé si por cagazo o por no quedar en ridículo tocando el tema pero lo cierto es que Galindo había estado ahí con nosotros viendo el partido el viernes pasado, de eso no cabía duda. Ahí tenés vos un hincha, hermano: pedirle permiso al de arriba para bajar noventa minutos para poder ver al equipo de tus amores salir campeón, ¡eso es pasión viejo, no hay vuelta que darle!


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Comments

Wow excelente me gusto mucho, tu forma de escribir me recuerda a G.G.M. y por cierto como se nota que eres argentino...
2010-02-28 19:50:17
Muchas gracias, también leí alguno tuyo, la crónica del taxi, la verdad muy bueno, seguiré viendo más. Saludos
2010-03-01 16:49:24
Excelente tu relato amigo, que buena historia, ese permiso divino, sin duda alguna, sólo puede ser para ver a un grande como racing. Saludos.
2010-08-12 06:26:28