SECRETARIA APASIONADA (EL ANGEL)

Angus Biela  -  - 2970 words

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Summary

A simple vista, Luis Bredassi, parecía un joven reservado y sin convicciones. Podría pasar desapercibido en muchos lugares y diferentes situaciones, y de hecho lo hacía en las reuniones que anualmente celebraba el FEMA, el ostentoso comité de empresas fabricantes y exportadoras de maquinaria agrícola para todo el mundo. Pero lo que pocos imaginaban era que, ese hombrecito delgado y carilindo, había logrado mucho más en escasos cinco años que todos esos viejos y arrogantes empresarios en toda su vida. Aún así, su presencia quizá seguiría siendo como la de un fantasma. Y eso le divertía.

A simple vista, Luis Bredassi, parecía un joven reservado y sin convicciones. Podría pasar desapercibido en muchos lugares y diferentes situaciones, y de hecho lo hacía en las reuniones que anualmente celebraba el FEMA, el ostentoso comité de empresas fabricantes y exportadoras de maquinaria agrícola para todo el mundo. Pero lo que pocos imaginaban era que, ese hombrecito delgado y carilindo, había logrado mucho más en escasos cinco años que todos esos viejos y arrogantes empresarios en toda su vida. Aún así, su presencia quizá seguiría siendo como la de un fantasma. Y eso le divertía.

Luis Bredassi había logrado mucho más en escasos cinco años que todos esos viejos y arrogantes empresarios en toda su vida. A simple vista parecía un joven reservado y sin convicciones. Podría pasar desapercibido en muchos lugares y diferentes situaciones, y de hecho lo hacía en las reuniones que anualmente celebraba el FEMA, el ostentoso comité de empresarios fabricantes y exportadores de maquinaria agrícola para todo el mundo. 

Pero Luis no conocía el descanso. Durante aquellos años de juventud su gran capacidad de trabajo e inteligencia hicieron que finalmente la fortuna le sonriera. Con escasos treinta y dos años manejaba una gran fábrica de crecimiento exponencialmente, de varias hectáreas y cientos de empleados.

De repente, Bredassi Maquinarias Agrícolas comenzó a cotizar en la bolsa, y sus acciones treparon por las nubes. El FEMA se revolucionaba. 

Aquella noche no era diferente de las anteriores. La reunión anual del comité estaba plagada de esos tipos, empresarios arrogantes que se creían dueños del mundo. Los pesos pesados de siempre no faltaban; eran las estrellas de la noche, con sus autos de lujo, sus pomposas secretarias, y su más alta tecnología por todos lados, con la soberbia actitud de estar siempre concentrados en algo grande. Luis, como de costumbre, tenía reservada una sencilla mesa a un costado del salón. Se encontraba saboreando una champaña, intentando que el tiempo pasara lo más pronto posible. Siempre iba con su secretaria, pero aquella noche, y como venía sucediendo en varias ocasiones, la chica avisó a último momento la chica que no iría, por lo que su mesa estaba despejada, no había ni carpetas, ni agendas, ni computadoras. De vez en cuando pasaba algún renombrado presidente con alguna arrogante inclinación de cabeza. Sabía que todos hablaban de él, y algunos se acercaban con excusas infantiles para buscar conversación. Saboreaba la champaña perdido en algún remoto pensamiento, cuando una acalorada discusión se desató en la mesa de al lado. Uno de esos insoportables ejecutivos estaba reprimiendo a su secretaria por algo. Era corpulento, de unos 60 años, de cabeza casi totalmente calva, a excepción de una ristra de cabello blanco que asomaba por su nuca. Ella luchaba fervientemente por encontrar un archivo en la computadora mientras el perro gruñía en su oreja. Rubia, estilizada y elegantemente vestida; ceñida en un delicado traje color marfil muy ajustado. Erguía su cuerpo valientemente sobre la máquina, decidida a encontrar ese bendito archivo. Su espalda desnuda se deslizaba finamente bajo el escote que llegaba más allá de su cintura. Era un ángel, que estaba siendo atacado rabiosamente por ese patán. De repente se tapó el rostro con las manos en actitud desesperada, y comenzó a llorar. El sabueso se hizo a un costado, mirándola como si ya no hubiese nada que hacer, y el archivo finalmente se hubiese esfumado; se levantó, y se fue. Al rato, ella se tranquilizó, cerró la notebook con calma, tomó su cartera y se levantó, dispuesta a marcharse y no volver nunca más. Renunciaba. Su escote al frente era casi tan largo como el de su espalda, y al rededor brotaba la exuberancia de sus pechos. Una tarjeta a modo de pin rezaba: Roxana Weber, XLS Maquinarias Agrícolas. Nunca había escuchado hablar de esa firma. Pasó a su lado, dejando una estela de perfume dulce y delicioso, se miraron, y ella le sonrió compasivamente. Luis quedó estupefacto. Respiró profundo. Ella debía ser su próxima secretaria. Era evidente que ella había dejado su trabajo y él tenía una que ya no le interesaba el suyo.

La entrevista laboral fue dos semanas más tarde. Ella se presentó cinco minutos antes, entusiasta y enérgica. Ceñida en una minifalda color arena, que resaltaban sus delineados muslos y una blusa color naranja que hacía otro tanto con sus pechos. Su sonrisa radiante y carnosa dejaban ver su dentadura blanca y perfecta. Era realmente hermosa e impulsiva, como a él le gustaba que fueran las mujeres. Pero en su fueron más intimo sabía que no solo buscaba una secretaria y eso lo confundía. No se iba a engañar, aquel monumento de mujer lo calentaba, y en la medida en que ella más se le acercaba, más se alejaba él de su principal convicción de no mezclar trabajo con placer. Nada más al verse recordaron aquella mirada compasiva, y charlaron en complicidad de aquél asunto. El dulce y delicioso perfume lo trasportaba a esa noche. Mientras Roxana hablaba, con una serenidad admirable, Luis no pudo dejar de reparar constantemente en sus carnosos labios, pintados de un rojo intenso que contrastaban con su sonrisa blanca y radiante, y con sus pechos, prominentes, exultantes. Por un momento Luis ya casi no hablaba, sólo escuchaba, admiraba. Estaba absorto.

-¿Te ocurre algo?-, preguntó ella, sonriente.

Luis, en actitud totalmente transparente, sólo atinó a sonreír, como un idiota. Notó que ella se sentía cómoda en su presencia, y pudo reconocer desde el principio que querría algo con él; no sabía cuándo. Quizá antes de lo que imaginaba. Estaba confiado. Ella le hacia sentir ese poder. Le hacía sentir que era todo lo que ella necesitaba.

-  Nada. Estoy admirando la naturaleza –. Devolvió la sonrisa.

Roxana pareció relajarse. Retiró ligeramente la silla para cruzar sus piernas, y Luis pudo admirar aún más la naturaleza, a lo que ella sonrió pícaramente.

La charla no pasó a mayores. Cerraron los detalles laborales y todo quedó allí. Luis… Re caliente.

Pasaron los meses y Roxana resultó ser mucho más que esa bella mujer por la cual había enloquecido. Se ocupaba de cada detalle de la secretaría, de la empresa y hasta de su vida personal. Elegía sus trajes, sus camisas y sus corbatas. Con tan solo veinticinco años era la mujer perfecta. Y Luis no tardó en caer en las redes de Roxana. Tuvieron un romance pasional, lleno de encuentros furtivos y alocados. Ella era muy sexual, multi orgásmica, y tenían encuentros en cada lugar. En la oficina, dentro de la limusina, en los probadores de los locales de venta de ropa, en los baños, donde sea, encontraban la excusa perfecta para hacer el amor. Luis estaba hasta las manos.

Comenzó a notar que se enamoraba perdidamente de ella, y eso lo paralizaba. Le hizo todo tipo de favores. Uno de ellos, fue dar a su hermano, Rex, trabajo en la empresa. Roxana no tenía padres, su única familia era Rex, un paralítico excombatiente que vivía postrado en una silla de ruedas, genio de las computadoras. Ella solía contarle cuánto sufría por él, y por su estado, luego de su deportación tras la guerra de Malvinas.

Rex era realmente un genio de las computadoras. Y Luis quedó muy agradecido con Roxana. La empresa nunca tuvo un área de sistemas tan eficiente. Los informes nunca fueron tan precisos; y los datos estadísticos, que a Luis encantaban, y siempre sintió que escaseaban en la empresa, ahora fluían a pedir de boca.

En poco tiempo Rex se convirtió en gerente de sistemas y su mano derecha en el manejo estratégico de la empresa.

Cierta mañana de lunes, muy lluviosa, Luis llegó a la oficina algo mareado, quizá por el intenso tránsito que sufrían las calles a esas horas. La energía eléctrica se había cortado. Sin ascensor, debió subir los dos pisos por las escaleras hasta su oficina. Llegando al descanso final, encontró a Roxana sentada en su butaca, leyendo absorta unos informes sobre su regazo. El claro de luz que entraba por la ventana la iluminaba como si fuese un ángel recién bajado del cielo. Había retirado la butaca de su mesa y su minifalda negra dejaba entrever sus muslos delineados en unas medias tipo red también color negras. Un portaligas también negro acompañaba la vestimenta íntima. Se sorprendió al verla como alguien más que ese ángel al que había rescatado de las garras del diablo. Su cabello rubio dorado, su boca florecida, el dulce perfume de su piel aún flotaban en su mente, recuerdo de la noche anterior. Todo en ella lo habían sumido en una vida de película.

De repente, Roxana levantó la mirada, percatándose de su presencia.

-    Buen día señor -dijo, con picardía.

-    Buen día -respondió Luis, saliendo de sus pensamientos.

-    La reunión quedó concretada.

-    Bien, me alegro mucho. Voy arrancando con eso.

La reunión por el contrato de fabricación de las tolvas electrónicas debía celebrarse a las 9.30 hs. Le convendría darse prisa y echarle una ojeada a esos contratos, antes que los empresarios llegaran. Eran las 9 hs, tendría treinta minutos. Cruzó el pasillo hacia su oficina. Encendió su computadora y esta inició en modo batería, pero no se conecto a Internet; recordó que no había electricidad. No podría leer los contratos, ni siquiera conocer el nombre de la empresa. Pero no sería la primera vez que negociaría a ciegas. La empresa que lo fabricaba era la única que podía proveer las tolvas electrónicas en el mercado local a bajo costo. Estas poseían una tecnología pionera que controlaba el peso de la carga y tomaba decisiones en tiempo real con una micro computadora incorporada. Todo automatizado. Una locura. Con tal agregado, sus cosechadoras serian líderes en el mercado europeo y norteamericano. Estaban millones en juego y estaba seguro de poder obtenerlos.

Sintió pasar a Roxana por el pasillo, frente a su puerta. No dejaba de llamarle la atención la rapidez con la que se había concretado esa reunión. Ni siquiera conocía aun el nombre de la empresa, la cual debía desarrollar y ofertar la novedad en tiempo record, y moverse con discreción, dado que, de enterarse la competencia, el producto saldría al mercado antes que el de ellos, lo cual sería un fracaso total después de tanto esfuerzo de producción. Eso podía explicar el exceso de discreción.

Roxana apareció sonriente con un café, le guiñó un ojo y volvió a su oficina. Aun no había desayunado, por lo que se lo tomó de un trago, y se puso a leer unos informes que le permitirían conocer la cantidad de tolvas a adquirir. Los 30 minutos pasaron volando. Roxana no volvía a aparecer. El empresario tampoco. De pronto comenzó a sentirse mareado, embotado. 5 minutos más, 10 más, 15 más. Se desabrochó la corbata, la camisa..., apoyó la cabeza sobre sus antebrazos y cayó dormido sobre el escritorio.

Lo despertó el intercomunicador a las 6 de la tarde. Cuando miró el reloj supo que algo había ocurrido. Era el subgerente de Sistemas, Aníbal, diciendo que no podía encontrar a Rex por ninguna parte, y que había sucedido algo extraño en uno de los módulos del sistema principal. Con la cabeza aun pesada, trató de recordar inútilmente el interno de Roxana. Quiso levantarse, pero volvió a caer en la silla, casi desmayado. Grito su nombre; pero ella no apareció. En eso, volvió a sonar el intercomunicador. Era Aníbal de nuevo.  

 -  Va a ser mejor que hable con UD. en persona, señor.

 -  Bien. Te espero. -, respondió, aturdido.

En un minuto apareció Aníbal. Tocó y entró, sin esperar.

  - ¿Qué pasa Aníbal?

El segundo de sistemas quedó mirándolo fijamente como si tratara de encontrar las palabras justas que hicieran el menor daño posible. En eso suena el teléfono. Eran de la oficina técnica de la bolsa, para coordinar una reunión de urgencia a primera hora de la mañana del día siguiente. Luis aceptó sin preguntar porqué.

  - ¿Qué pasa Aníbal? Hablá por favor.

  - Señor. Hay algo muy raro. Alguien ha generado información incorrecta sobre nuestro estado financiero.

  - ¿Quien va a querer hacer eso?

  - No lo sé. Pero alguien obtuvo acceso a los módulos del sistema que la genera. No puedo saber quién lo haría y con qué fin, sólo se que se hizo con una cuenta administrativa que acabo de descubrir, creada para eso. La cuenta se llama XLS.

  - ¿XLS? 

  - Vamos por partes -continuó Luis-. ¿Me estás diciendo que alguien ingreso al sistema sin autorización y simuló nuestro estado financiero? ¿Para qué?

  - Lo ignoro, señor –el muchacho tenía los ojos como platos.

Luis iba a decir algo pero se detuvo de súbito, atravesado por un terrible pensamiento. Se desplomó en la silla. Su mente funcionaba a mil por hora. De repente se puso de pié, ante la mirada atónita del informático.

 - Aníbal, por favor rastreame la llamada que acabo de recibir y cuando la tengas pasamela al interno. Ubicá a Roxana, la quiero en mi oficina lo antes que pueda, con un informe detallado de nuestra cotización en la bolsa, y el estado de venta de nuestras acciones.

Aníbal se retiró.

Al rato suena el interno. Del otro lado alguien habló.

-   ¿Diga…?

-   ¿Con quien tengo el gusto de hablar?

-   Soy Juan Carlomagno, agente de seguridad del centro de procesamiento de datos de la bolsa metropolitana. ¿UD es?

-    Luis Bredassi, de Bredassi Maquinarias. Acaba de llamarme para coordinar una reunión para mañana. No puedo esperar tanto tiempo, por cuestiones relacionadas a la seguridad de mi empresa, puede que haya sido victima de un fraude.

-    Señor Bredassi, es un procedimiento de rigor constatar ciertos movimientos…

-    Dígame lo que tenga que decirme, por favor, ahora.  

-    Bien. Hemos registrado la compra del paquete accionario de su empresa. Lo cual ocurrió exactamente a las 930 hs. de hoy, al valor ínfimo de 5 dólares con 55 centavos por acción…

-    Pero eso es absurdo. ¡En principio las acciones de mi empresa no valen eso! ¡Es una burla! UD debe conocer muy bien nuestra empresa, sabe que estamos en un proceso de crecimiento exponencial... ¿Quién ha comprado esas acciones?

-    Señor Bredassi, discúlpeme, sólo soy un subordinado de esta oficina y dicha información por el momento es confidencial, permítame comunicarle con un gerente, con el que pueda hablar si lo desea…

-    Comuníqueme con ese gerente, por favor, ya mismo.

-    Enseguida.

Otra voz sonó del otro lado de la línea.

-   ¿Señor Bredassi?

-    El mismo

-    Soy el Ingeniero en Sistemas Samuel Denis. Teníamos pensado reunirnos con UD mañana a primera hora, pero dada la urgencia que usted tiene…

-    Si. Al grano, señor Denis, por favor, quiero saber qué está ocurriendo.

-    Bien. Nuestros sistemas recibieron información encriptada con la codificación correcta sobre el estado financiero de su empresa. Verificamos que el módulo informático haya sido autenticado y chequeado por la posible existencia de un virus, y se determinó que la transacción fue totalmente auténtica. Eso fue hoy, exactamente a las 9.20 hs de la mañana. 10 minutos más tarde, el 100% de sus acciones fueron compradas a costo ínfimo por una empresa llamada XLS. A  un costo ínfimo, lo cual nos pareció exacerbado. Sospechosamente, una hora más tarde, 10.30 hs para ser exactos, otro informe del mismo módulo informático produjo una recomposición del estado financiero de sus empresa y el valor de las acciones se recompuso ligeramente, aunque no al costo normal. Esto produjo una estampida de compradores sobre sus acciones. Con lo cual los compradores de XLS pudieron revenderlas al 900% de ganancia exactamente a las 10.40 hs, a la empresa InteliAgro.

-   Es un fraude -gritó Bredassi-. Esa información que recibió la bolsa es totalmente falsa. Nuestros balances siempre fueron positivos. La información fue tergiversada y enviada a su oficina técnica por un intruso en mi empresa, que accedió a nuestros sistemas con una cuenta falsa…

-   Señor Bredassi, lo sentimos, pero para nuestros sistemas es todo totalmente auténtico y legal. Le sugiero que, si UD asegura que es un fraude, lo denuncie a las autoridades pertinentes. Mientras tanto, aquí todo indica que InteliAgro es autentica y legal compradora de sus acciones, y ahora dueña mayoritaria de su empresa.

En ese preciso momento Aníbal entró en la oficina, agitado. Luis se encontraba con la cabeza entre las manos.

-   Señor. Roxana no está en la empresa. No hay registros de su salida. Pero según un registro de video, salió exactamente a las 10.40 hs de la mañana.

-   ¿Y Rex dónde está?

Aníbal buscó en el sistema de registros de personal.

-  Hay un registro de Rex –señor-. Se fue exactamente a las 10.40 hs.

Luis consultó las llamadas a su celular.

-  Es raro que Roxana no me haya llamado aún.

Luis sentía un torbellino en su cabeza. Se avergonzó de sentir que sospechaba de todo el mundo, hasta de su sombra. Le pidió a  Aníbal que por favor buscara el auto de la empresa para ir a la casa de Roxana.

Aníbal apareció con el vehículo, y ambos salieron a toda prisa. Durante el camino, Luis habló muy poco. Las palabras de Denis aún retumbaban en su cabeza.  No podía dejar de pensar que sus cientos de empleados, Aníbal, y él mismo, estaban en la calle, sin empleo. En el mejor de los casos, InteliAgro podría mantener la nómina de los empleados; pero Luis ya no sería su dueño. Podría solicitarle empleo, y quizá, con algo de suerte, dada su experiencia, lo tomarían. ¡Qué ironía! Su mente divagaba y rebotaba siempre con la misma idea.  

Eran casi las 20 hs. cuando llegaron a casa de Roxana. Tocaron la puerta y nadie atendió. Una vecina chismosa salió a su encuentro. Dijo que la había visto subir varias valijas a un automóvil. Se la veía eufórica, acompañada de un muchacho, que en ocasiones llamó irónicamente: Rex. Alto, apuesto, también muy excitado. Corrían y se besaban y, por poco, le hizo el amor sobre el capot del vehículo. Luis sintió el mayor escalofrío que en su vida había sentido recorrer su cuerpo. Junto a ellos iba un hombre también, mayor de edad, de unos 60 años, calvo, corpulento. Cuando terminaron de acarrear el equipaje, salieron derrapando las cubiertas, riendo como adolescentes, con la música a todo volumen. Gritaron algo como: "Islas Caimán, allá vamos".

Luis agradeció a la señora, y subió al volante.

 -    ¿Conduce Usted, Señor Bredassi?       

Luis sonrió para sus adentros, y lo miró.

-    Ahora decime simplemente Luis, por favor. 

Arrancó, puso primera y salió, con la mayor de la calma. 
 

-    Vamos Aníbal, hay que devolver este auto a sus nuevos dueños.


 


 


FIN


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Comments

Espectacular cómo escribis !!! Deberías publicar algo !!! Me encantó !!!
2010-03-06 09:04:11
wow!!!!!
2010-06-18 15:29:48
Me alegra que escribas un cuento no tan corto como la mayoría en esta pagina, ademas de que tienes una excelente consistencia en la historia, felicidades.
2010-09-17 01:00:05
Sí, me gustó como esta estucturado y como lo definiste.
2012-01-01 05:52:04