El duende que no paraba de reir

Purvesh San Martin  - CHILDREN'S AND EDUCATIONAL - 952 words

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Summary

CUENTO PARA NIÑOS

CUENTO PARA NIÑOS

CUENTO PARA NIÑOS

EL DUENDE QUE NO PARABA DE REIR





Más arriba de las altas montañas, había un valle encantado con bosques de

árboles azules donde era muy difícil llegar. Decía la leyenda que se

escuchaba la risa de un duende, haciendo eco por los bosques y por eso lo

llamaban el valle de la risa.

Rupert, el niño alquimista vivía en el poblado al pie de las montañas y

desde pequeño siempre quiso escalar las altas montañas para ir al valle de

la risa. Se entrenaba en las artes de alpinismo y escalamiento y hacía

ejercicios todos los días.

Una mañana muy temprano, Rupert sintió que estaba listo y preparó su

equipo de montaña, dejó una nota a sus padres y se marchó hacia su gran

aventura.

Escaló durante semanas enfrentando tormentas de nieve y una tempestad.

Por la noche acampaba sobre la nieve con su tienda de campaña y aunque

sentía frío, el sueño de encontrar el valle de la risa lo reconfortaba.

Al llegar al pico de la cadena montañosa, tuvo un accidente y tropezó.

Resbaló sólo unos metros pero se golpeó el pié y se torció el tobillo.

Rupert se vendó el pie herido lo mejor que pudo y continuó hasta la cima.

Finalmente llegó al valle de la risa. Con dificultad, Rupert caminó

rengueando hasta internarse en el valle encantado. Vio los árboles azules

más bonitos que haya visto en toda su vida en las montañas y escuchó la

risa del duende que parecía viajar de un lado al otro haciendo eco por

doquier.

Le dolía mucho el tobillo y estaba hinchado, el terreno era irregular y

peligroso, prosiguió caminando.

Al llegar a un desfiladero, el pié herido no lo sostuvo y resbaló otra vez,

cayendo y quedando atrapado entre dos rocas al borde del vacío. Estaba

sujetado con las manos de la saliente de una roca pero sabía que no

aguantaría mucho. Cerró los ojos y pidió ayuda en silencio, estaba asustado

y algunas lágrimas le corrían por las mejillas.

Al rato sintió que la risa que casi se había apagado, se hacía más intensa.

Rupert abrió los ojos y se encontró frente a frente con el duende de la risa.

Era pequeño, gordinflón, tenía los cabellos blancos y vestía de rojo. Su

gran nariz se movía al compás de su risa.

El duende mientras continuaba riéndose, ayudó a Rupert a salir del peligro

en que se encontraba. Lo cogió de los hombros y lo subió hasta un lugar

seguro. Desde allí lo ayudó a caminar hasta su casa que estaba hecha en el

tronco de un árbol y era muy cálida y hogareña.

Allí curó a Rupert su hinchado tobillo con hierbas del bosque mientras se

reía sin parar. Rupert comenzó a entender la risa del anciano, era su modo

de hablar. Hacia el anochecer ya le entendía perfectamente lo que decía y

se comunicaban sin problemas.

Los primeros días Rupert no podía caminar, así que esperaba al duende que

iba a por comida y traía frutos del bosque y una bolsa con nueces,

almendros y avellanas. Poco a poco Rupert se recuperaba y daba unos

pasos dentro de la casa.

Cuando pudo caminar, el duende lo llevaba a dar paseos por el lago verde y

el bosque dorado que eran los lugares más bonitos del valle de la risa.

Por la noche regresaban a la casita del duende y hacían fuegos y tomaban

sopa de legumbres.

¿Porqué vives tan alejado del mundo?. A todos le haría bien que vengas

a visitarnos al pueblo. Dijo Rupert con entusiasmo.

El duende en su idioma de risa le contestó.

Mi risa se esparce por el valle y las montañas, luego baja a los poblados

y contagia a la gente. Desde aquí hago mi trabajo y por eso le dicen el

valle de la risa. Pero tú puedes venir a visitarme cuando quieras. ¿De

acuerdo?

Pues sí, contestó Rupert muy contento.

Ya estaba casi recuperado y le faltaban solo unos días para emprender el

largo camino a casa. Aprovechaba cada momento para estar con el duende

y preguntarle cosas y caminar entre los bosques. Se sentaban en las rocas

para descansar y el duende le enseñaba a silbar canciones de duendes y a

mirar en la noche.

El duende y el niño se habían encariñado pero había llegado el momento de

la partida. El duende de la risa acompañó a Rupert hasta la entrada del valle

y allí se saludaron y Rupert prometió que volvería a visitarlo. El duende le

regaló al joven alpinista una cajita de música que emitía un sonido celestial.

Completamente recuperado de su pié, Rupert inició el descenso al mundo

de los humanos.

Tuvo especial cuidado en el camino de regreso, haciendo continuos

descansos. Cada tanto se reía como su amigo el duende para no perder la

práctica. Durante toda la travesía de vuelta, Rupert tenía una gran sonrisa

en sus labios, había concretado el sueño de su vida, escalar las altas

montañas para ver el valle de la risa.

Y no sólo eso, sino que conoció al duende que hacía reír al mundo y ahora,

era su amigo.







- FIN -


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Comments

Una bella historia que invita a no tener miedo a la fantasía
2010-03-14 10:16:12
Hola Paz Ramos? Te agradezco tu dulce comentario. Esta serie de cuentos infantiles fue escrita con esa perspectiva. Purvesh
2010-03-14 17:09:33
Que buena historia, me encanto. Lee mi cuento Escritor de Sueños y Pesadillas.
2010-03-25 12:46:54