Una de mafiosos

Augusto_Laffitte  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 1418 words

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- Sería conveniente que este tipo de hechos no volvieran a repetirse…

Finalizaba la conversación y la tensión flotaba en el ambiente. Ya no había margen para equívocos ni dobles interpretaciones. Giancarlo Montagnese, líder de la familia, lanzaba su ultimátum.

De pie, del otro lado de la mesa, sus empleados clavaban las miradas en el suelo, incómodos. Fulvio Malasagna no era mal muchacho, sólo que un poco bruto y cerrado; pero el otro, Attila Bonaduce, ese sí era de temer. Inteligente, frío y calculador, las cualidades necesarias para, llegado el momento, discutirle el reinado al jefe. Si bien le aguardaba bastante camino por recorrer, Giancarlo estaba convencido de que en cierto momento sus caminos se bifurcarían en sendas irreconciliables. Lo toleraba porque lo necesitaba, el tipo era brillante y gracias a él había logrado ganar varios pleitos que consideraba perdidos a priori. No obstante, esta vez se le había ido bastante la mano.
- Así que ya lo saben -concluyó Giancarlo resaltando cada sílaba-, no habrá próxima vez… ahora, ¡fuera de mi vista!

Los dos muchachos cerraron la puerta tras de sí y bajaron las escaleras. Al llegar a la vereda, Attila encendió un cigarrillo y le convidó otro a Fulvio. Caminaron hasta la esquina conversando sobre nimiedades, el clima fue tornándose propicio para calmar los ánimos, entonces Fulvio comenzó a hablar.

- De la que zafamos, hermano, cómo estaba el viejo… la sacamos barata. Imaginate, meternos con la mujer y la hija… no sé cómo logramos zafar…
Attila no le interrumpió, a sabiendas de que con el discurso liberaba la tensión. No habían zafado nada, el capo los mandaría matar a la primera de cambio, y le costaba entender lo duro que era su compañero para darse cuenta de las cosas. “Está perdido…”, pensó para sí, “más vale me lo saco de encima, pronto.”

Fulvio, convertido en una catarata de palabras, caminaba por la calle y gesticulaba, Attila lo acompañaba en silencio, asintiendo de tanto en tanto para que no notara que lo que decía le importaba un ápice. Entraron a un bar, pidieron algo fuerte. El mozo trajo ginebra. Exultante, el estado de ánimo de Fulvio mutó en euforia, y “zafamos, zafamos, zafamos”, repetía como un loro, al tiempo que volteaba un trago tras otro. Veinticinco minutos de monólogo insoportable. No obstante, las facciones de Attila no dejaban traslucir atisbo alguno de cansancio ni emoción, simulaba atender a lo que su compinche decía, y lo hacía en un nivel superficial de su mente, pero profundamente imaginaba otras situaciones. El nivel de alcohol en la sangre aumentaba peligrosamente las reacciones de Fulvio, al tiempo que la paciencia de Attila disminuía al límite de lo soportable. Treinta y tres minutos de escucha pasiva, demasiado tiempo perdido. Cuando Attila habló, fue tarde.

- Me pudriste…

Con hábil movimiento de su mano derecha sacó el arma de la sobaquera, y apoyó el cañón del Smith & Wesson .38 Special en la frente de Fulvio, quien inmediatamente, al verse perdido, se orinó en los pantalones. El estampido sacudió la modorra del bar. Los restos de Fulvio embadurnaron piso y paredes, al tiempo que los escasos parroquianos, acostumbrados a las conversaciones pesadas, huían displicentemente. Attila dejó un billete sobre la mesa, salió a la calle revólver en mano, y desapareció entre los oscuros recovecos del suburbio. El mozo tomó el dinero y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta percudida. Alguna vez fue blanca, y hoy lucía pequeñas gotas de sangre junto a los lamparones de antiguos e irreconocibles fluidos. Le dirigió una mirada de lástima al muerto tirado en el piso. Insultó al aire por tener que limpiar el enchastre y verse forzado a responder las siempre molestas preguntas de la policía. Volvió a mirar el billete… Attila había sido generoso con la propina, casi una indemnización. Con un balde y detergente empezó su faena.

Giancarlo fue informado de inmediato por Filippo Leoncavallo, su secretario y consejero privado. “Este imbécil…”, lamentó, “ahora sí que es hombre muerto”. El consejero, desconcertado, no supo a cuál de los dos hombres se refería, Attila o Fulvio. Ese estilo ambiguo era la marca registrada del capo. Tuvo la mala idea de preguntarle: sólo recibió una gélida mirada de desaprobación.

- Que venga Salvatore - ordenó Giancarlo y el secretario salió a toda prisa a buscar a su hombre fetiche, el exterminador calabrés.

Una hora más tarde, el hombrecillo menudo de apenas metro y medio de estatura, vestido con un terno color crema y zapatos al tono, entraba al despacho del jefe. Luego de besarle el anillo, tomó asiento frente a él en un cómodo sofá. La escena la completaban Leoncavallo, sentado en otro sillón, y un par más del entorno cercano, Adducci y Mastrantonio, dos matarifes.

El secretario sirvió tragos para todos, ron cubano y bourbon con soda. El capo le preguntó por la familia, Salvatore era esposo ejemplar y padre prolífico; luego por los negocios, hasta que, naturalmente, el ritual desembocó en el tema que les interesaba. El calabrés tomó la delantera.

- Sé de lo que quiere hablarme, Don Giancarlo… el rumor está en la calle, y mis informantes trabajan bien. Dígame de qué manera puedo serle útil.

Al jefe le encantaba el estilo profesional de Salvatore, sonrió al tiempo que lo señalaba balanceando el índice de su mano derecha, indicando aprobación. El gesto descomprimió la tensión.

- Es sencillo, Salvatore. Lo que te voy a pedir podrás cumplirlo sin esforzarte demasiado y sin dejar rastros que te comprometan, aunque esté de más decirlo, porque eres un profesionale de primera.

Le hizo un nuevo gesto para que se acercara. Salvatore se puso de pie y caminó dos pasos hasta el capo, luego se inclinó y Giancarlo le habló al oído. Los demás no lograron advertir qué le decía, sólo veían cómo el calabrés asentía con la cabeza y el capo subrayaba sus palabras con enérgicos movimientos del índice extendido. Al finalizar el discurso, Giancarlo le extendió la diestra, Salvatore besó el enorme rubí del anillo, giró sobre sus pasos y salió de la sala, saludando a Leoncavallo con una leve reverencia.

Siete días más tarde, la policía forzó la puerta de la habitación del hotel barato donde Attila se hospedaba. El conserje los había llamado, alarmado por el estampido de un arma de fuego. Sobre la cama del cuarto inmundo yacía Attila, con el .38 Special humeante en su mano y el cráneo destrozado. Verificaron el orificio de entrada del proyectil, los rastros de pólvora en los dedos y las quemaduras en la piel indicaban que había apoyado el cañón sobre la sien derecha.
Sobre la mesita de luz hallaron una carta. Los inspectores la abrieron y la leyeron.
- Confirmado. Es un suicidio.

Salvatore entró triunfal al despacho del jefe, sacando pecho, hasta parecía más alto. De nuevo el ritual del anillo y las bebidas, y la conversación intrascendente, hasta que el capo preguntó sin más rodeos.

- ¿Cómo lo hiciste, Salvatore?
El calabrés hizo un mohín, gesto falso de modestia.

- Debe usted excusarme, Don Giancarlo, es secreto profesional… pero sí puedo decirle que fue molto facile.

El capo se intrigó aún más, Attila era de los hombres más inteligentes que había conocido, hábil aprendiz y potencial rival, y este alfeñique frente a sus ojos se lo había cargado sin dejar huellas. Insistió con otra pregunta.

- Pero sí fue un suicidio… ¿o no?
- Por supuesto, Don Giancarlo… no debería decirlo pero… su amistad me honra. Ni siquiera estuve en la escena, ese pelafustán se mató él solito.

Giancarlo rió a carcajadas por el término: pelafustán. ¡Qué bien empleado estaba! Todos los demás rieron a coro. Siguió un silencio, que Salvatore sintió que debía llenar con más datos. El bourbon comenzaba a aflojarle la lengua.

- Sólo apelé a mi oficio, busqué dónde se escondía el fulano y le hice llegar cierta… ejem, correspondencia… Con membrete de mi banco, por supuesto… Le dije que todos sus ahorros habían sido confiscados, y que sólo podría disponer de una magra suma semanal… Pero eso sí, podría usar la tarjeta de débito para realizar todas las compras y consumos que quisiera, y nosotros le reconoceríamos una bonificación, migajas, bah… sobre el IVA… En definitiva, nos quedamos con tutto il soldi… pero legalmente, ¿eh?

Los ojos y oídos de Giancarlo no daban crédito a lo que veían y escuchaban. Jamás imaginó, en todos sus años en la mafia, semejante perversión. Ese hombrecillo era en verdad un genio. Miró a Leoncavallo, su consejero, asintiendo con una mirada de gratitud por haberle recomendado, en su oportunidad, contratar a un banquero. Ahora entendía por qué le decían el exterminador.

- Brillante, Salvatore, veramente brillante… Tomemos otra copa.-

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