En memoria de Daniel Hanselman

Kboom  - TRANSPORT: GENERAL INTEREST - 1213 words

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Todo lo que sé sobre literatura se lo debo a mi amigo y colega Daniel Hanselman, hombre mayor que yo y digno de ser recordado en estas humildes páginas por la admirable persona que fue, pero más aún por el inigualable poeta que quiso ser. Su repentino fallecimiento nos dejó perplejo a quienes solíamos frecuentarlo. Lo encontró su cuñado la madrugada del domingo. Estaba toda la familia reunida aquel fin de semana en su chalet de San Clemente del Tuyú conmemorando la fecha en que Celia (mujer de Daniel) murió a manos de la policía. Cabe recordar la desafortunada sucesión de hechos que dieron lugar a tal crimen: fue en agosto del noventa y cuatro cuando Celia, decidida a terminar con su vida, ingirió grandes cantidades de cera para piso cuyo efecto provocó que corriera en baby doll hasta Mundo Marino y tomase como rehén a una ballena. El suceso culminó en medio de un tiroteo. Celia, intentando esquivar una bala, resbaló y cayó al estanque de los delfines amistosos que la devoraron sin piedad.
Daniel tardó mucho tiempo en reponerse de la muerte de su amada mujer y para ser fiel al luto anduvo dos años con los calzoncillos sobre los pantalones alegando que “es lo que Celia siempre hubiese querido” pero sospecho que es lo que Daniel siempre hubiese querido ya que era un gran admirador de Súperman.
A Daniel, como dije, lo halló su cuñado Alberto. Éste había subido al techo para ver qué podía estarle sucediendo al tanque ya que el agua no bajaba. Inmensa fue su sorpresa al encontrarse dentro del gran recipiente con el cuerpo desnudo de Daniel flotando boca arriba con un número viejo de la revista Gente cubriendo su rostro.
Todavía se apodera de mí la duda: no sé si Daniel encontró la muerte por accidente o por voluntad propia. Recuerdo que en sus últimos años de vida no se lo notaba del todo lúcido. Mis sospechas de esto se confirmaron al hallarlo una mañana en uno de los baños de la estación Acoyte rezando de rodillas frente a un choripán en un incalculable esfuerzo por revivirlo. Pero no es la locura motivo suficiente para arribar en tal determinación, ni mucho menos aquella locura inocente que invadía el espíritu de mi querido amigo. Cavilando, llegué a la conclusión de que probablemente halla sido la hipotermia lo que provocó la muerte de Daniel considerando que, en Argentina, julio no es un mes propicio para andar nadando desnudo dentro de un tanque de agua.
Pero he dicho que Daniel no sólo ha sido un amigo para mí sino un padre. Pruebas fehacientes de ello son sus enseñanzas más los años que salió con mi madre antes de que yo naciera. Siempre le agradecí el hecho de haber enderezado mi pluma durante mis primeros años en este oficio. “Ponela derecha-me decía-sino no vas a escribir un carajo”. Fue él, más que la escuela, quien me enseñó a respetar las rígidas reglas de la sintaxis como a reconocer la invaluable eficacia de una metáfora. De él aprendí, además, la importancia de la métrica en un poema como así también el ineludible deber de aplicar oraciones cortas en un texto para que, tanto el autor como el lector, no se desvíen del curso que el pensamiento dominante de la frase ha establecido. Todo se lo debo a mi querido Daniel, hasta el hecho de haberme acercado a grandes escritores. A mi memoria acude aquel increíble viaje que hicimos hasta Colombia a dedo. Llegamos con las manos hinchadas y rotas. Le pedí que aunque sea volviésemos a pié. Paseábamos por las antiguas calles de Teusaquillo cuando vimos bajar de un ómnibus blanco al mismísimo Gabriel García Márquez. Vestía una chomba rallada, pantalones azules de grafa y sandalias. Llevaba con él una pequeña conservadora. Cruzamos rápido hasta donde estaba y Daniel lo llamó por algún nombre de pila que en este momento no recuerdo exactamente cuál pero supongamos que fue Energizer. García Márquez se dio vuelta y Daniel le sonreía con los brazos abiertos. Gabo parecía no reconocerlo del todo. Paseó su mirada de Daniel a mí. “¿Ya no te acordás de tus amigos Argentinos che?” le dijo Daniel. Gabo pidió disculpas al no recordarlo. “Daniel Hanselman” le dijo estirando su brazo que Márquez tomó con cierta distancia. “Yo a usted le firmé un libro” dijo el escritor con seguridad. “Exacto, qué memoria ¿eh?” le decía Daniel sonriente. “No es fácil olvidar a alguien que me pide firmarle un libro de propia autoría” dijo Gabo no sin cierto desprecio. “Y no sabe lo bien que me vino, la primera edición salió con su firma en el prólogo y tuve récords de venta. Pero ahora me crucé solamente para saludarlo y presentarle a este purrete”. Yo me puse colorado como los calzoncillos que Daniel llevaba sobre sus shorts. “Es una joven promesa. No se sorprenda si dentro de dos años escucha que Oscarcito Muñoz revolucionó la literatura latinoamericana”. Debo admitir que me pareció algo exagerado por no decir impertinente el elogio de mi amigo ante la presencia de un premio Nóbel. No puedo explicar como retumbó mi corazón cuando Gabo posó sus ojos sobre mí, sonrió y se agachó para hablarme. “¿Así que se te ha dado por la literatura?” me dijo. “Sí, y soy un gran admirador suyo” le contesté. “Vas por buen camino entonces” bromeó “¿Y qué te gusta escribir muchachito?”. “Escribo policial y letras de tango. Muchas veces hibrido ambas y me quedan policiales melancólicos o letras de tango demasiado trágicas”. García Márquez sonrió, tocó mi cabeza y me miró a los ojos que en aquel momento deben haber adquirido un brillo particular. “Voy a decirte la frase que me acompaña siempre a todos lados y a la que yo le atribuyo mi éxito”. Yo estaba sin palabras. Levantó un dedo a la altura de mi rostro como preparándose para la lección y dijo “siempre debes tener en cuenta que… ¡mi nevera!”. Como no había entendido bien le pedí que repitiera pero el dedo que antes tenía levantado, ahora señalaba algo sobre mis espaldas. Giré y lo vi a Daniel corriendo con la conservadora de García Márquez calle abajo hasta detener a un taxi y subirse en él.
Son infinitos los recuerdos que poseo de mi querido Daniel y es muy probable que se hagan públicos en las memorias que estoy escribiendo. Dichas memorias no son las mías sino las que Daniel dejó a medio terminar. Para honrarlo y homenajearlo he decidido, además, reeditar su libro de poemas “¿Qué me venís con el merval?” (1966) y sus dos novelas que le otorgaron cierto renombre “El caso del cotonete usado” (Policial) y “Me caigo y me levanto” (testimonio de una experiencia espiritual o la biografía de un boxeador). Ambas novelas fueron escritas durante su naufragio en el río Salado donde vivió más de cuatro meses sentado sobre una tabla de surf comiendo los restos de piel que el sol desprendía de su espalda.
Ojalá mi corazón y mi espíritu puedan calmar esta inquietante duda que rodea a la muerte de Hanselman. Todavía resuenan en mí aquellas palabras que una vez me dijo mientras nos duchábamos “si me pudiera morir ahogado en un tanque de agua, no lo pienso dos veces, querido”.

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Comments

Jaja, muy bueno. Me causó mucha gracia lo de los calzoncillos para fuera como Súperman.
2010-03-06 18:43:19
Buenisimo! como para admirarlo.
2011-02-15 07:02:54