Las nuevas Princesas.

Earlad  - CLASSIC FICTION - 457 words

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Summary

La típica historia de la princesa encerrada en el último cuarto de la torre más alta...

La típica historia de la princesa encerrada en el último cuarto de la torre más alta...


Cansada de esperar en la torre más alta, en el cuarto más lejano; cansada de ser acosada cada día por un dragón maníaco a las afueras de su torre; cansada de coser todo tipo de prendas y romperse cada uno de sus dedos sin llegar a sentir ni un asomo de cansancio o sueño; cansada de comer manzanas hasta la madrugada sin sentir ni un solo malestar; cansada de dejarse crecer el cabello por si le servía como escala alguna vez; cansada de ser la más bella –y solitaria- de todas las de su clase, se decidió un día la princesa a dejar estas sobras de vida a las que había sido condenada.
Tomó la tijera que usaba para cortar el hilo con que bordaba y, cerrando los ojos, se deshizo de todo el cabello que le sobraba, hasta entonces mantenido en prolijas trenzas. Luego, se sacó el vestido de dama y se vistió con las ropas que había estado creando, innovadores conjuntos de colores violentos y terminaciones rebeldes; nada de lo que acostumbraran a vestir las princesas hasta entonces.
Así hizo un sinfín de preparatorios y, finalmente, bajó de la torre, forzando la cerradura de la gruesa puerta de entrada con una de sus largas agujas. Descendió hasta el vestíbulo y encontró un dragón medio muerto acostado en el suelo, exhalando débiles columnas de humo por la nariz
“¡Cuánto hemos tenido que esperar, Oh dragón amigo, que incluso os habéis dormido!”- pensó la princesa al contemplar a la bestia.
Cruzó de largo las columnas de piedra que sostenían la entrada del castillo ya en ruinas, y salió al exterior por fin y sin mirar atrás.

Unas semanas después, un orgulloso príncipe burlaba al “temible” dragón anciano y subía a rescatar a su trofeo: la princesa de extraordinaria belleza y grandes modales que sería sólo para él. Llegaba a la habitación más lejana de la torre más alta… y la encontraba vacía. La cama sin hacer, el piso lleno de manzanas rojas enteras y medio mordisqueadas; un ropero con piezas de trajes grotescos y sumamente pobres, dignos ni por asomo de una princesa; en el suelo un vestido de seda rosa con un listón blanco para atar en la cintura. En el baño contiguo al cuarto encuentra dos largas trenzas enrolladas en el suelo, como víboras venenosas.
Vuelve al cuarto, desconcertado a más no poder, y se fija en un papel clavado (con unas tijeras) sobre el retrato de un príncipe esbelto sobre un corcel blanco. Se acerca y lee la nota:

“No creeríais, príncipe insulso, que habría de esperaros por siempre, ¿verdad?”

Y el príncipe se quedó solo de pie en mitad de la estancia, con un caballo blanco esperándolo en la entrada, sus botas lustrosas, sus ojos azules y su cabello rubio.

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