La búsqueda
Earlad - CLASSIC FICTION - 1121 words
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Summary
Cuento para ilustrar temas como el miedo y la incertidumbre.
Espero que lo disfruten.
Cuenta la historia de un elfo del bosque que vivía solo en su árbol, creyendo ser el único. Los elfos, decía él, se habían extinguido hacía ya largo tiempo, dejando tras de sí una huella de dolor y soledad en sus antiguos hogares, los bosques. Este elfo pasaba noches en vela, mirando las estrellas entre las copas de los árboles, preguntándose cuán lejos se encontraría la luna de la tierra. En las largas horas de interminable vigilia, el elfo solía vagar por los inescrutables senderos del bosque, buscando incansablemente algo, buscando un destello nuevo en la opacidad de su vida, buscando un susurro repentino que llenara la sordera de su alma.
Sin quererlo, este elfo construía dentro de sí una sutil vanidad, alimentada por la soledad que experimentaba.
“Soy el único sobreviviente de una raza antigua”- se repetía, con fingido orgullo, intentando convencerse. Y en sus largas conversaciones con las aves, les contaba que su pueblo se había marchado de la tierra a las estrellas, al no encontrar un lugar libre de la invasión humana, siempre tan inoportuna, con las armas y la muerte en sus manos. Habían decidido escapar, comenzar un viaje sin regreso con el fin de encontrar un lugar mejor. Obviamente, en la empresa se les había ido la vida, pero igualmente habían cumplido su cometido.
Decía no saber cómo el aún vivía. Sólo recordaba haberse despertado una mañana, y haberse sentido vivo.
Desde entonces había comenzado una búsqueda ciega e inconciente, una búsqueda de lo que fuera. Buscaba respuestas. Buscaba preguntas con las que justificar las respuestas. Y, a veces, sólo buscaba a otro élfico oído que escuchara sus palabras.
Y en sus caminatas solitarias sentía el viento golpear su cara, el frío congelar sus huesos, el calor quemar su piel. La llegada de la noche le indicaba que otro día más había pasado, y él apenas si lo había sentido; no era del todo consiente del transcurso natural del tiempo, tan absorto que estaba en sus solitarias elucubraciones. Y a veces miraba sus manos, de un tenue tono verdoso, y se preguntaba de qué servían si no tenía con qué emplearlas, si no había nadie para quien trabajar.
Algunos días, cuando la bruma se apoderaba completamente de su mente, se quedaba en su árbol, sumido en aquel estado de inconsciencia que preside al sueño, creyendo ver y oír a otros elfos a su alrededor. Y entonces era feliz, feliz de verdad, porque podía convencerse de que había alguien más allí, alguien más fuera de los pájaros, las serpientes y las criaturas endémicas de aquel lugar.
Y así pasaban fugaces los años ante él, despertando la sabiduría hasta entonces oculta de su mente. Ahora pasaba horas estudiando cada detalle de su entorno, llenándose de nuevos conocimientos, de nuevos colores y de nuevas fragancias. Relacionaba todo lo que había visto, sentido u oído alguna vez en su existencia, y llegaba a conclusiones grandiosas por las que cualquier humano hubiese dado su vida fácilmente. El centro de todos sus trabajos era la vida misma, por lo que contemplaba largamente a las criaturas salvajes, a veces a las hembras con sus crías, otrora a un depredador cazando. Se hallaba inmerso en un vórtice de vida: el bosque, y eso le hacía saltar de emoción.
Y la antigua angustia por saberse el único se iba desvaneciendo, quedando guardada en recuerdos pasados. Ya no le aterraba tanto estar solo, no mientras pudiese estudiar y aprender más cada día.
Con el pasar del tiempo, un par de décadas tal vez, aquel comenzó a ser el único motivo de su vida. Poco o nada importaba ya encontrar a otro como él. ¿Para qué, si aquella compañía sólo le traería distracción a su mundo de investigación? No, no estaba dispuesto a correr aquel tremendo riesgo. Los animales con los que convivía eran más seguros.
Hasta que ya casi no lo disfrutaba. Tan entregado estaba a adquirir nuevos conocimientos, que éstos ya no le causaban emoción, mucho menos dicha. Ya no disfrutaba el proceso, se apresuraba lo más posible para llegar a un resultado rápido. Dejó de apreciar el viento sobre su rostro, el frío y el calor sobre su piel; dejó de saborear los sabores y los aromas que el mundo le entregaba; dejó de regodearse la vista en los bellos paisajes que a diario contemplaba.
Y así fue como el elfo desechó toda aquella pura inocencia que antes hubiera sido su vida, dándole paso al estudio sin tregua, a la búsqueda de conocimiento infinito.
¿Qué importa ya que hubiese otro como él, dispuesto a escuchar sus élficas palabras? Nada.
Y su cuerpo empezó a envejecer, y su cabello comenzó a teñir pálido. Y ya su piel mostraba avanzada edad. ¿Y qué importaba? Cada día sabía y comprendía más sobre el funcionamiento del mundo.
Era el único y, en vista de eso, debía aprovechar todo el tiempo posible para aprender, adquirir sabiduría para lo que le quedaba de vida (si es que ésta tenía fin)
Y sucedió un día que, caminando por el bosque y sin apreciar ya su belleza, cavilaba sobre su último descubrimiento cuando sintió el elfo un cambio en el ambiente. Había allí algo desconocido para él, algo que olía diferente, algo que se escuchaba totalmente nuevo. Se asustó, porque aquel lo-que-fuera no estaba dentro de sus parámetros de conocimiento, y no sabía qué esperar de él.
Tímidamente, levantó la miraba y, cuando identificó al objeto desconocido, se olvidó de respirar.
Ahí, frente a él, de pié se encontraba un ser hermoso sin par, tan lleno, tan magnífico… y tan envejecido como él mismo. Un ser de largos cabellos, de ojos oscuros, de piel verdosa. Un ser con rasgos afilados y aún así suaves. Con mirada endurecida, pero sólo de miedo. Era como mirarse a un espejo por vez primera, aunque con algo más de cabello y curvas más definidas. Era un ser que llegaba a cambiarlo todo, de principio a fin. Un ser que llegaba a distorsionar los colores y los olores conocidos hasta entonces.
Un ser que le daba sentido concreto a toda su existencia.
Una elfa. Una elfa que vagaba por el bosque, creyendo ser la única, cavilando y adquiriendo a cada momento nuevos conocimientos, pasando por alto la belleza de las estrellas, la belleza de los animales, la belleza del bosque que antes había idolatrado. Una elfa que había dejado hacía tiempo ya de soñar con más elfos, con algún compañero que pudiese escuchar sus atribuladas palabras.
Y en aquel instante ambos comprendieron la verdad. ¿De qué había servido todo aquel conocimiento? Habían perdido el tiempo, olvidando su búsqueda principal: la de la amistad y del cariño fraterno, por haberla creído inútil e insensata. Habían desperdiciado así lo más lindo de sus vidas: la incertidumbre al mañana, las ansias de encontrar, el miedo de perder… la juventud.

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