Mia, Mia

pazramos1986  - ROMANCE - 3087 words

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Summary

Jorge, más conocido como "Coke", es un joven estudiante, que intenta buscar las explicaciones a su ruptura sentimental... Así, busca culpables y solo quiere vengarse.

Jorge, más conocido como "Coke", es un joven estudiante, que intenta buscar las explicaciones a su ruptura sentimental... Así, busca culpables y solo quiere vengarse.

Mia, Mia.


“Qué semana tan larga, bueno siempre es así, después de cuatro días feriados

cuesta volver a tomar el ritmo”, pensaba mientras observaba por la ventana del

taxi las calles cubiertas por una capa de escarcha, a uno que otro transeúnte

intentar cruzar la calle con luz roja, entretanto unos preferían esperar con miradas

pérdidas la señal verde. “Tan grises que somos para vestirnos; negro, verde

musgo, café, azul marino y negro de nuevo”, iba contando a los que llevaban ropa

oscura, cuando reaccionó y dijo: “Me bajo en la esquina”; “Ahí en el colegio,

señorita”, contestó el taxista mientras se estacionaba y se hurgueteaba la nariz; se

armó de valor para subir los interminables peldaños de cemento con dificultad,

pues en una mano cargaba un bolso y en la otra su cartera. “Qué tal el fin de

semana”, se volteó y vio a una de sus colegas que fugaz le daba alcance y

agregaba “el frío me congela los huesos, eso que recién es lunes, para el

miércoles anunciaron menos dos grados”, “Parece que sí”, intentó evitar seguir

con el insulso tema del tiempo; “No queda otra que beber harto café… -añadiendo-

¿Y tu bebé?”, a la mujer le brillaron sus grandes ojos verdes: “Feliz yendo al

jardín, si hasta el mismo ordena su mochilita. Si lo vieras se ve tan tierno, cuando

te dice: ¡vamos al jaldín mami!”, finalizó con un suspiro; “Ojalá siempre se

quedaran pequeñitos, ya sabes crecen y algunos se vuelven insoportables”,

Constanza hizo un gesto mirando a su alrededor a la decena de adolescentes que

pasaban como sonámbulos por su lado; “Sí, no faltan los que le complican la vida

a todos, pero en esos hay que tener mayor atención, aunque igual dan ganas de

mandarlos lejos”, agregó la orgullosa madre con una sonrisa nerviosa, luego se

despidieron, pues el timbre sonaba y debían ir a realizar sus respectivas clases.

Cargando el pesado bolso, de nuevo tuvo que subir hasta el tercer piso, iba

llegando al salón cuando advirtió a dos alumnas que se encontraban afirmadas

en la puerta y le dijeron con desgano: “Señorita, no haga la prueba, hace mucho

frío”, “Siempre con una excusa ¡eh!, además hallaron poco el fin de semana para

estudiar… Por favor, a sus puestos que vamos a empezar con la prueba de

Logaritmos”, una pifia general hizo retumbar las paredes, no las tomó en cuenta y

sólo se dio a la tarea de entregar las 4 hojas que olían a tinta de mala calidad, al

tiempo que el bullicio se apagaba dando paso al silencio, “Mucha suerte y den lo

mejor de sí”, añadió un tanto suspicaz a las posibles copias de los alumnos; se

paseó observando y la mayoría contestaba el examen, recayó unos momentos en

un puesto vació y a la vez en el muchacho de contextura gruesa que la miraba

desafiante casi con las pupilas dilatadas. Prediciendo el ataque verbal del chico

evitó cualquier conflicto, “Señor Herrera, tiene algún problema que no desarrolla

su prueba”, “Para qué, si no tengo idea de lo que se trata y menos me interesa

saber” – movió los hombros con indiferencia, se paró y caminó hasta la docente y

le tiró las hojas en la mesa. “Si algunos se vuelven insoportables”, recordó, dando

cabida al sarcasmo “No es necesario que se esfuerce tanto, si quiere espera y le

entrego de inmediato su nota, no creo que sea tan difícil de corregir. Se ve que al

menos sabe escribir su nombre”; juntó las hojas y con un lápiz rojo las marcó en el

dorso, sin embargo el joven ya había salido del aula; lleno de orgullo, ya que

persistía en su afán de desafiar a la mayoría de los profesores y en particular a la

de matemáticas, Coke se dirigió triunfante al casino, al baño, consecutivo a esto

decidió que ya era hora de irse y temerario cruzó la dirección, mientras desde

lejos escuchaba la voz del inspector, “Jorge Herrera, vuelva de inmediato, no

puede retirarse así como así, o lo suspendo, recuerde que está condicional”, el

hombre apresuraba el paso, sin embargo le fue imposible alcanzarlo solo le

agitaba la mano y refunfuñaba.

Después de andar unas cuadras, se sentó en una banca de la plazuela, el aire

casi congelado le tapaba la nariz, le enrojecía las manos y le dolía la garganta,

“¿qué hago? En mi casa no hay nadie. Mis amigos estudiando, creo. Extraño tanto

a la Jose; y si la voy a ver. No saco nada llamándola, si su mamá no deja que

converse conmigo. ¿Cómo estará?”. Se puso de pie, arregló el cuello de su

chaqueta, sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo prendió con un desgastado

encendedor y se apresuró. Entrando en la población “Los Jazmines”, saludó a

unos tipos que estaban afuera de un minimarket fumando y tomando cerveza, les

movió la cabeza y no hizo caso de lo que le vociferaban.” Casa roja; verde, azul y

naranja, si ahí vivía la Jose”, abrió la reja y antes de tocar a la puerta, echó un

vistazo por la ventana divisando a un anciano que leía el diario recostado en el

sillón, “Señor Jara, me puede dejar entrar, por favor”; golpeó el vidrio con sutileza,

el hombre se enderezó y dirigió sus pasos a la puerta entreabriéndola y le señaló

“Coke, sabe que mi hija no quiere verlo por aquí, ahora no está y me dejo a cargo

de la Josita, así es que mejor se va”, “Pero déjeme pasar, no estoy más de cinco

minutos, qué le cuesta”, el octogenario titubeó y dejándose llevar por su

amabilidad agregó, “Ya pase, pero si llega mi hija usted se las arregla”, “Gracias,

me porto bien se lo juro”, lo abrazó y fue directo a la habitación de la muchacha.

Tocó dos veces - con nerviosismo- la puerta que se hallaba junta. Percibió que le

hablaban: “Pasa Coke”, al ingresar se fijó en el nuevo color de las paredes y

dándole pie a su visita dijo: “Se ve bien… y tus posters, no me digas que los

botaste”, “¡Ven! y salúdame primero”, contestó la chica que aún se encontraba

acostada. “¿Cómo te haz sentido?”, ella le tomó la mano e hizo que se acomodara

a su lado, “Primero hablemos de ti, ok. Otra vez no fuiste a clases, te van a

terminar expulsando”, “Es que necesitaba saber de ti, porque me preocupa tu

estado de salud, poh Jose”, “Aún así no debes seguir faltando al colegio, aún así

te agradezco la preocupación” y continuó: “Exageras al decir que no haz sabido de

mi, te he respondido todos tus correos y por qué crees que ya no me importas”;

“Cómo no quieres verme y lo último que me dijiste fue que necesitabas tiempo”,

quiso envolverla en una abrazo, sin embargo se contuvo, “Coke, eres testarudo,

haber que te puedo contar hace dos semanas tuve control con la nutricionista y si

mi mamá no está es por que anda pidiendo hora para el psiquiatra, espero que le

vaya bien “, suspiró afligida quedando pensativa unos instantes, “¿Y cuándo te vas

a mejorar?, interrumpió el chico. “Este es un tratamiento de un año y medio al

menos, tengo para rato. Sabes la próxima semana vuelvo a clases”, anhelaba

cambiar de tema, aunque sin éxito. “Me alegro, pero no dejo de sentirme culpable,

si hubiera tenido idea que la bulimia era tan grave, no me habría quedado callado,

discúlpame por no ayudarte a tiempo”, Jorge bajó la vista y evitó llorar; “No tienes

qué culparte, ni siquiera yo tenía claro lo que hacía y si no hablaste fue porque yo

te obligué. Basta de sentirte culpable, además ya está pasando, o no me ves

mejor”, él asintió con la cabeza “Entonces para qué quieres tiempo y terminaste

conmigo, -no deseaba perder la paciencia- son cuatro años de relación que tiraste

a la basura”, “Cálmate, no es necesario gritar, además si mi abuelo te escucha te

saca a patadas de aquí, bueno. Y por los demás han sido dos meses terribles,

pensar en todas las estupideces que hice. Me acuerdo de ti y me atormenta verte

mal por mi culpa, por lo mismo necesitamos alejarnos, al menos un tiempo”, cruzó

los brazos por sus hombros y atinó a besarla, ella no quería sus besos, sino

alguien que continuara escuchando sus sentimientos más profundos que estaban

en su clímax, “Sabes, siempre creí que podía controlar esta cuestión, me gusta

comer, pero me remordía la conciencia el sólo echo de comer un trozo de lo que

fuera y ahí estaba como una panacea la bulimia. Podía tragar, tragar, luego

vomitar no tan solo lo que comía, sino también mis remordimientos, tristezas y lo

malo por completo. Ya se me olvidaron las tantas veces que te prometí dejarlo, te

chantajeaba y ahora…, yo soy la que tiene que pedir disculpas…Llegó un

momento donde exploté, perdí el control de todo y... ¡mira, mis nudillos!, con

cicatrices los detesto, además me da vergüenza…si no hubiese sido por la

profesora de matemáticas, no sé que sería de mi”, apoyó su nuca en el hombro

de Coke. “Entiendo, pero por qué terminar, además la profe hizo su trabajo y listo.

Estoy seguro que ella te aconsejo a que me dejaras, cierto”, “No se puede

conversar contigo, siempre gritas, mejor ándate”, se levantó de la cama, abrió la

puerta y obligó a Jorge a salir del cuarto, “Claro ahora me echas y que hay de mí,

yo soy el único que te quiere, pero tu eres tan egoísta”, el bullicio iba en aumento y

el abuelo temiendo lo peor lo sacó a tirones hasta la entrada; “No insistas más, si

vienes por aquí de nuevo, llamo a los carabineros”. Avergonzado al fijarse en el

espectáculo que daba con sus palabrotas corrió por los pasajes humillado,

mientras algunos lo observaban con extrañeza y otros con burla.

Pasadas las ocho de la noche, Coni llegó a su casa; se quitó los zapatos y se

acomodó en el sillón de cuero blanco, desde la cocina salía un olor que le abrió el

apetito; caminó hasta allá. “¿Qué cocinas?”, dijo al instante que abrazaba a su

pareja por la cintura, “Lo único que se hacer, tallarines con salsa blanca, espero

que no reclames”, “sabes que toda la comida me gusta, o crees que este rollito es

por regodeona”, se apretó la tenue grasa de su abdomen; “a mí, me parece sexy”,

contestó un hombre que no sobrepasaba los 35 años, aunque demostraba un

poco más. Siguieron la plática en la cena; “¿Cómo anduvo todo en el hospital?;

¿todavía sigue el paro de los funcionarios?”, interrogaba la mujer limpiando su

boca con una elegante servilleta color mantequilla; “Lamentablemente sí,

van dos días, sin embargo parecen una eternidad. La gente se altera, te reclama e

insulta a cada rato, un caos”, su rostro dilucidó molestia, “además no estudié siete

años para que me traten así”, “Tienes que estar tranquilo”, acarició la frente de

Mariano casi en gesto maternal. “Hoy entre todo ese ajetreo vi a la mamá de María

José, trataba de pedir una hora con el psiquiatra Domínguez; incluso yo hablé con

él por si podía hacer una excepción en la copada agenda que tiene, ya casi

aburrido por mi hostigamiento; le fijó un control en dos semanas más, es lo único

que conseguí”, “Hiciste todo lo que estuvo a tu alcance, cariño…Si en la mañana

se me pasó por la cabeza que a lo mejor tenía control, hoy no fue a clases y me

preocupé”, señaló pensativa. ”Por lo que me contó la señora, no se ha sentido

muy bien de ánimo y los medicamentos se le están acabando, por eso le

urgía encontrar una cita con el médico”, “Claro para extenderle otra receta, pero

Jose es una chica fuerte sabes, además con el apoyo de su familia va lograr

derrotar esa angustiante enfermedad”. Mariano adoraba la obstinación de su

novia, ya que durante meses se había dado la tarea de ayudar a la muchacha y de

lograr que su madre comprendiera lo fatídico de la enfermedad. Continuaron

conversando sin darse cuenta de lo rápido que avanzaba la noche.

Le era imposible dormir, daba vueltas la almohada, cerraba los ojos; se levantó

unas tres veces, pero la impaciencia y desesperación no le daban respiro; “Si la

maldita vieja no se hubiese metido, todavía estaría con mi Jose”, encendió su

notebook, le envió un par de mensajes a su ex, miró con nostalgia las fotografías

del viaje a la costa, quería retroceder el tiempo y volver a estar en una de las

terrazas cercana a la playa, sonrientes y muy enamorados; repetir los paseos en

motos de cuatro ruedas…No contaba con el valor para afrontar su nueva realidad

empezó a enredarse en sus divagaciones y concluyó que necesitaba botar toda la

rabia acumulada.


El miércoles resultó ser el día más gélido de la estación. Constanza se acostó

temprano - su novio había sido llamado para cubrir el puesto de otro médico en la

sección de Urgencias esa noche- se distraía viendo la tv, lo alternaba con revisar

unas pruebas y beber su café, “eres como una multifuncional, comes, miras la tele

y avanzas en el trabajo, espero que te queden energías para otras cosas”,

rememoraba las bromas de Mariano y su risa pícara; un par de bostezos,

programó el despertador, apagó la luz y se durmió. Desde la calle Coke intentaba

no flaquear en su propósito, “Si no será nada serio. Un escarmiento y punto”,

evitando la luminaria pública se apegó a un árbol, se puso la capucha del polerón

y con mayor convicción brincó la reja de estatura media, ágil corrió hasta la puerta

de la cocina, ubicada en el patio trasero, tuvo éxito al segundo intento de

hacer ceder la cerradura y a hurtadillas, se dirigió hasta el living sin equivocación.

Sabía el territorio que pisaba, pues infinitas veces había oído a la Jose alabar lo

maravillosa que era la casa de la profesora y cómo los accesorios se repartían de

forma uniforme y delicada. Sin embargo, él aborrecía el aspecto pulcro de los

sillones, estanterías que olían a lustra muebles; floreros enormes y lámparas tan

cursis en las esquinas. Con desinterés pasó cerca de una mesa repleta de

portarretratos de la mujer y un hombre –a su parecer con mal gusto, por escoger a

la poco agraciada maestra-, ¡qué diablos importaba!, cogió la cortaplumas de su

bolsillo, tuvo la leve intención de avanzar, pero al fijarse que las lámparas de pie

veloz por la cocina tropezando con el basurero y sin recaer en el ruido que hacía;

como un gimnasta saltó la reja y continuó su carrera como un caballo que fija su

vista nada más que adelante, su corazón latía a mil por hora y perdía el aliento.

“No corra niño, si ya pasó”, le vociferó una mujer cincuentona que estaba reunida

con otras personas –la mayoría en pijama- en el jardín de una casa; Jorge sin

fijarse atravesó la avenida con vehículos en doble dirección y sólo un peculiar

estremecimiento mientras era golpeado por uno de ellos; elevándolo y arrojándolo

lejos.

De soslayo observó a su alrededor; había gente que se quejaba y otra que se

movía presurosa, percibió un fétido olor, pero no supo explicarse de donde venía.

La única certeza era el dolor de sus extremidades, parecían tan torpes que le

dificultaba moverlas y su cabeza no podía mantenerla derecha, al tocársela una

venda de proporciones la cubría por completo, “¡Jovencito!, dejé eso”, una

enfermera se le aproximó y al ver su cara de espantó suavizó su tono “Niño, no se

preocupe sino fue tan grave lo que le sucedió”, “¡Qué hice!, por qué estoy aquí”, el

pánico lo llevó a imaginar lo peor “ataque a la profe y por defenderse”… Evitó

seguir suponiendo, “Dios, que hice”, se repetía. “Cálmese jovencito”, añadía la

señora, mientras llamaba al médico de turno; “fue más el susto, de verdad,

créame; cruzó mal la Avenida y una camioneta lo pasó a llevar, tranquilo ya está

en buenas manos”, decía fijándose en el médico que inquieto entraba en la sala

de tratamiento intensivo, “Yo también te amo, pronto estaré en casa, un beso”,

éste guardaba su celular y le señalaba a la enfermera; “Qué noche tan agitada,

creo que el sismo fue de cinco grados . Pero bueno, fue más el susto. ¿Y cómo

está el paciente?”, Jorge al verlo con detenimiento reconoció su nariz respingona,

su cabello oscuro y su mentón pronunciado; era el tipo de las fotografías que

estaban en casa de la profesora. Suspiró confortado, pues con un dejo de

claridad, hiló la llamada del especialista y al sentirse libre de culpas, sólo atinó a

musitar “Gracias, muchas gracias doctor”.
















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