El Profeta

gor_ham  - Religion and beliefs - 570 words

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El lugar es una esquina cualquiera. Un sitio en el cual no hay nada de extravagante,ni hay una calle conocida o, al menos, algún comercio de renombre. Solo es un punto urbano tan anónimo y desconocido como la mitad de la ciudad. Los transeúntes martillan silenciosamente el asfalto y el concreto, ensimismados en sus insignificantes problemas, sin saber que pasan en frente de un profeta de los de antaño: aquellos que escupían fuego en mitad del desierto y solo se alimentaban de langostas y miel. Un anciano con una barba que llega a los pies y vestido solamente con un mísero trapo que le cubre los genitales, se levante triunfante y pacífico entre el calor y el hambre. Su piel no es mas que un cuero raído por la lluvia o la brisa marina, sus manos largas y juiciosas señalan, acusadoramente, a cada uno de los rostros que pasan desprevenidos. Sus piernas largas y huesudas recuerdan los mástiles de los galeones españoles que cruzaron nuestro mar Caribe hace ya tantos años atrás. Camina descalzo hundiendo cada pisada en el ardiente petróleo, su mirada lanza llamaradas incendiarias y sus ojos ya no necesitan parpadear. Rulos de cabello grisáceo le caen en la espalda al mejor estilo "rastafari" dándole un aspecto salvaje y rudimentario. Tiene collares de todos los colores guindados al cuello, cruces de palma y un centenar de santos y amuletos contra el mal de ojo.

-¡El mundo se está acabando! ¡Ya viene! ¡El Día del Juicio! ¡En el cual la gente caminará para atrás y todos quedaremos ciegos!-. Su voz era como un trueno saliendo de una baratija vieja y oxidada. Su voz no se quebraba ni a sus pulmones les hacía falta aire.
-¡El dinero y las joyas no valdrán de nada y, sin importar quien hayas sido o seas, serás condenado por tus terribles pecados con toda la fuerza del Poder Divino!-. Agitaba las manos en el aire bruscamente, como describiendo un infierno inmediato sobre la Tierra, torres de fuegos y pozos de azufre en los que las personas eran sumergidas, seres sobrenaturales con látigos como el relámpago estrellándose en las espaldas de miles de condenados, cuerpos desnudos y sangrantes retorciéndose de dolor. En momentos de su discurso, sus ojos se nublaban y entraba en un trance del cual salía bañado de lágrimas. -¡Pero habrá un grupo que resistirá, unos que elevarán su espíritu y verán con sus propios ojos la gran Faz de Dios y el nuevo Edén en el que convertirá a la Tierra! ¡Ríos de leche y miel, mujeres vírgenes y de ojos hermosos! ¡Ya no existirá el hambre porque todos estaremos saciados! ¡No habrá pobreza porque todos tendremos nuestras manos llenas!-. Se enjuagaba las lágrimas dejándose un rastro de grasa en las mejillas y todo el discurso empezaba de nuevo.

Pasé a su lado y me detuvo. -¡Joven! ¡Sálvate! ¡Acepta el Señor!-. De cerca pude ver las inmensas grietas de que formaban sus facciones y gestos. Su aliento cálido e inodoro. Su mirada de pronto se calmó y sus ojos desprendieron una paz enorme. Por una milésima de segundo se me cruzó en la cabeza el pensamiento de dejarlo todo, ponerme un taparrabo y predicar escenas apocalípticas, infiernos y torturas y, finalmente, un renacer en una Tierra donde los ríos eran de leche y miel.

-Soy ateo. Creo-. Le respondí alejándome. El, simplemente, siguió gritando y vociferando el fin de los tiempos.

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