Prólogo
gor_ham - Religion and beliefs - 980 words
- 95
- 0
- 0
- 0
Summary
The author hasn't published a summary of this work.
La mujer danzaba violentamente en el medio de la habitación. Su ropa hecha jirones dejaba ver la silueta de un cuerpo desnudo y voluptuoso. Sus pies están descalzos y llenos de tierra húmeda. Todo huele a lluvia y a flores. La habitación está sumida en un denso e impenetrable silencio, a excepción de la respiración acelerada de la mujer que baila en el centro de la morada. Un ritmo ciego e involuntario se deja oír poco a poco; el crepitar de un fuego salvaje y el crujir de la madera vieja y dañada. De nuevo, el olor a humedad y a olvido, a recuerdos engullidos por la apatía y a palabras que jamás se dijeron. La mujer de pronto parecía más vieja, más decrépita y débil pero solo para volver, en un juego de sombras, oscuridad y luz, a ser más joven, más tersa y misteriosamente atractiva. Juega con su edad, es dueña del tiempo y de su caprichoso funcionamiento. Ella no es humana, es una diosa vestida con la desnudez de un mortal, se dibuja desapaciblemente en sus facciones la torpeza de una humanidad fingida y entre sus muslos, se deja ver la feminidad que le es propia al demonio.
La mujer no repara en mi presencia. Sigue y sigue danzando con frenesí y descontrol. Baila alrededor de un fuego alimentado por biblias y cruces, por santos y vírgenes. Su sombra se magnifica en las paredes y se arrastra hasta los rincones más oscuros de la habitación donde una vegetación tímida pero amenazante se oculta de la agresiva luz. La miro y me pierdo en sus movimientos, sus extremidades vibran y se distorsionan en un rápido zarandeo, sus ojos están fuertemente cerrados y sus cabellos flotan en el aire desafiando a la frágil realidad.
De pronto, un murmullo brota de sus labios y se derrama por su pecho. Una retahíla de palabras ininteligibles y guturales invade el aire. Una voz devastadora y sorda florece como un eco, se mueve como el humo del incienso y envuelve en un abrazo letal al silencio.
-¿¡Quién eres!?- grité interrumpiendo su constante siseo . La mujer voltea su rostro hacia la dirección en la que emergió mi voz.
Sus ojos aún permanecen cerrados y sus labios ya no producen ningún sonido. Camina lentamente hacia mí; sus movimientos son felinos, sensuales. Como la mujer que se sabe hermosa y letal. Cada paso que da hace que su precaria vestimenta deje ver un poco de su desnudez, de la firmeza prodigiosa de su cuerpo. Sus facciones son delicadas pero raramente masculinas, fuertes y acentuadas. De cerca pude apreciar sus límpidos pómulos, la carnosidad de sus labios y su amplia frente escondida detrás de mechones desordenados de un oscuro cabello negro. Su tez era blanca como la leche, sin ningún tipo de imperfección. Parada justo enfrente de mí, parecía una pieza de frío mármol. Se agachó y flexionó sus largas piernas para quedar a mi altura –yo estaba sentado en el suelo-. Estaba realmente cerca, tanto que, su aliento cayó en mi rostro como un cálido aceite perfumado, espeso. Toda ella olía a flores salvajes, a Naturaleza virginal y atroz. Irracional y tosca, breve y armoniosa permaneció unos segundos inmóvil, sin mover un solo músculo. Sin previo aviso, se levantaron sus párpados –no puede evitar evocar la grandeza de un amanecer- y debajo de ellos aparecieron dos esmeraldas color verde. ¡Dios es mi testigo! Jamás humano alguno ha visto ojos semejantes a los de aquella mujer. Ningún poema ni ninguna canción podrían hacerle justicia, un pintor no alcanzaría, ni en sueños, crear semejante amasijo de colores, angustias y alma. En la semioscuridad en la que nos encontrábamos, sus ojos parecían brillar levemente.
-¿Me preguntas quién soy?- dijo ella sin reacción alguna en su rostro. Su voz era grave, femenina pero madura. -¿Realmente quieres saber mi nombre?-.
Estaba paralizado. Algo turbio flotaba en el aire; alguna presencia etérea, un par de ojos posados en mí, unos pasos invisibles a mis espaldas, una respiración leve en la base de mi cuello. El miedo es básico y primitivo. Mis miembros estaban congelados y mi espiración era fuerte y forzosa. Sudaba a cántaros y un temblor recorría mi cuerpo provocando espasmos involuntarios. Sentía puro y elemental terror. La mujer se acercó aún mas. Se balanceó sobre sus piernas flexionadas y se apoyó en sus manos a la vez que las colocaba a mi costado. Sentí sus firmes pechos rozar mi torso y su muslo jugar maliciosamente con mi entrepierna. Emitió una risilla al notar como se endurecía mi miembro. Su olor impregnó mi paladar como un viscoso almizcle y su sudor aromatizó mi ropa. Se acercó a mi oreja y la tensión en mi cuerpo aumentó al punto del colapso.
-Tú sabes quien soy-. Sus palabras acariciaron mi cuello y se volcaron con suavidad sobre mis labios. Me hundí resignado en su frondoso cabello negro. Empecé a sollozar como un niño. La abracé totalmente devastado y fuera de mí. Claro que sabía quién era ella. Como no saberlo. La había visto en muchas ocasiones durante toda mi vida. No siempre tenía la misma apariencia pero en el fondo siempre supe que era ella. A veces era solo un sentimiento, una sombra, una voz o un gesto pero en todo momento tuve la certeza de quién era. Siempre quise negarlo, rechazar sus existencia y evitar su mirada escondida en los ojos de los demás. Nunca pude, por más que lo intentara.
La mujer abrazó mi cuerpo con sus piernas y pasó sus manos sobre mi cabeza. Encajamos como dos amantes fogosos que no conocen la existencia de un mañana. Colocó con una suave inclinación mi rostro en su pecho y mis lágrimas recorrieron mezquinas todos los pliegues de sus consistentes senos, al santo ritmo de una canción de cuna mal tarareada.
-Tranquilo, tranquilo hijo mío. Ya estás en casa- dijo Lucifer mientras posaba sus lascivos labios en mi boca .

1




