La Meretriz

gor_ham  - FANTASY - 810 words

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Entré a la habitación y allí se encontraba una enorme mujer con un cigarrillo igual de enorme entre sus labios y varios seres diminutos acicalándola continuamente. Estos no eran más grandes que niños de seis años y se balanceaban entre las tetas de la mujer, fregándole aceites de flores, nuez moscada, menta y otras especies. Ella vestía una especie de bata de tela transparente que dejaba ver la voluptuosidad de su humanidad, la grasienta apariencia de su piel y los pliegues infinitos que se formaban a través de todo su vientre distorsionando, cualquier intento de figura humana que pudiera existir en aquél vasto cuerpo era de imposible concepción. En la habitación bailaba entre las sombras una pequeña pero consiste nube de podredumbre, una niebla espesa de putrefacción mezclada con inciensos de tierras exóticas, que giraba en torno a la meretriz, haciéndola surgir inmaculada a través de los vapores fermentados. Admito que describir tal escena me enferma, pero haber estado ahí ha sido la experiencia más gratificante de mi vida. ¿Por qué afirmaría semejante cosa? ¿Acaso no leo lo que escribo? ¿O mi juicio ha quedado severamente corrompido después de esa visita a la meretriz? No, nada más alejado de la verdad.

No cabe duda que la imagen descrita no causaría placer a ningún ser humano cuerdo pero resulta que por nuestra naturaleza, solo encontramos placer en los detalles visuales y nada más. A veces usamos nuestros ojos como únicas fuentes para extraer la belleza del entorno, para exprimir la hermosura que puede esconder cada objeto o cada ser de éste sobrepoblado mundo. Nuestro sentido de la vista nos condena antes de emitir un juicio consciente, nos empuja a un acantilado en el cual si nos acostumbramos a la idea de que vamos a caer, la caída pasa desapercibida delante de la eterna espera. Es cierto, al entrar al cuarto de la meretriz mis ojos lo recorrieron como dos roedores, absorbiendo cada detalle. Luego mi nariz sopesó la atmósfera espesa y mi lengua tanteó con pesar los posibles sabores de semejante mujer. Pero mis oídos se mantuvieron intactos ante aquella suculenta y asquerosa muestra de gustos y olores. Hasta que aquella mujer empezó a cantar. Uno de los seres diminuto empuñaba una mandolina y con sus pequeñas manos empezó a acariciar cuerda por cuerda, rápidamente, casi imperceptiblemente. Una melodía nostálgica invadió la habitación y una voz que parecía rasgar las paredes y atiborrar los espacios vacíos de aquél espacio salió de la enorme garganta de la meretriz. No era una voz, era un sonido, algo parecido a una melodía continua y suave como una eufonía hecha por el rocío de la madrugada o por el leve crujir de una piedra al crecer. Su boca se abrió exageradamente, como unas fauces dispuestas a devorar a cualquiera de los seres diminutos, incluso al de la mandolina. Unos pocos dientes amarillentos y afilados se asomaron por encima de los reducidos labios, dándole a la meretriz un aspecto aterrador, casi sobrenatural. Pero su voz, su voz… ¡Dios es mi testigo, no hay una voz más dulce que esa escondida en la garganta de ningún mortal! Parecía derramarse desde su boca como la miel lo hace desde un tarro viejo y estropeado.

Mi visita a la meretriz duró apenas unas horas. Sin embargo, dentro de esas horas transcurrieron años, siglos incluso milenios. Jamás había sido testigo de la inexistencia del tiempo, de como algo que pierde valor pierde también su facultad de existir. Incontables fueron los días y las noches que me quedé sentado frente a la meretriz escuchando su canto. Incontables también fueron los días y las noches en las cuales no quiso cantar. Con una mueca infantil se negaba rotundamente a todas mis peticiones. Con el tiempo descubrí que los seres diminutos eran sus hijos, o los hijos de madres anónimas que los dejaban a las puertas de una iglesia o de alguna casa de pinta adinerada. Aquellos seres -jamás me acostumbré a la idea de que eran niños- no crecían, no se desarrollaban, no tenían ningún tipo de control sobre su existencia. Vivían para la meretriz y ella vivía para si misma. Un día y después de mucho tiempo, la habitación amaneció vacía. No mas niños y sus siluetas fugaces, no mas el olor fétido de la inmovilidad, no mas meretriz de voz encantadora. Todo era como estaba, excepto yo. Cuando conocí a la meretriz, era un niño. Ahora, mi pelo es una pelusa blanca, mi piel llena de arrugas y lunares cuelga en pliegues, los vellos de mi nariz se juntaron con los de mi barba. Mis uñas tocan el piso y mis dientes han desaparecido. El decurso del tiempo se coló entre mis huesos, la vejez se apoderó de mí mientras el fantasma de la meretriz ocupada el espacio vacío que ofrece el espasmo de la locura repentina y el exceso de imaginación.

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Comments

Me gusta la forma en como escribes haces que imagine el olor y la escena
2010-03-14 19:27:14
m recuerdas (salvando distancias) a "la increible y triste historia de la candida erendira y su abuela desalmada", allí describen unas abluciones parecidas a tu meretriz... también, debo reconocer, a mi la malvada abuela siempre me pareció mas meretriz que proxeneta e la nieta... y me gusto muchisimo tu relato, coincido con veruzca, me haces oler esa pasta aceitosa, pútrida pero a la vez, un poco dulzona. Tal y como es, a mi parecer, el olor de la decadencia. ;-9... también me recuerda a la princesa leia encadenada a aquél sapo... ;-)
2010-03-15 10:17:30
Que buena historia, me encanto. Lee mi cuento Escritor de Sueños y Pesadillas.
2010-03-25 12:30:34