Lágrimas por una puta anónima

gor_ham  - FANTASY - 1152 words

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Hay lugares que simplemente fueron creados para que uno escribiera sobre ellos. Un burdel a orillas de una carretera es definitivamente uno de esos lugares. Son mágicos y repulsivos a la misma vez, tan desagradables y bizarros que de pronto se hacen, al menos, tolerables. Mi conocimiento sobre ellos es bastante limitado pues solo he ido un par de veces (sobrio). Pero no es complicado, un burdel es simplemente un local en donde hay putas (por putas entiéndase esas mujeres que venden su feo y malogrado cuerpo por dinero). Es muy sencillo. Pagas por tener sexo con una desconocida que ya ha hecho el amor con miles de tipos antes que tu. Pensándolo bien, ellas deberían pagarte a ti: lo sé, el mundo no es perfecto.
La primera vez que fui a un burdel tenía 15 años. Si, era muy joven. Pero al parecer, en algunas regiones de Venezuela es un rito ser llevado a un lugar de estos apenas te salga un poco de vello púbico. Y si, fue un burdel a orillas de una carretera. Recuerdo haber entrado triunfalmente con mis dos primos mayores mientras uno de ellos gritó a toda voz: "¡Aquí les traigo un virgo!" Estuve apunto de decir que mi signo no era Virgo, sino Aries, pero luego caí en cuenta de que no se referían a los signos del zodiaco.

El local quedó en un silencio sepulcral. Los únicos ruidos que se escuchaban eran los resortes de una cama mal lubricada y los ladridos de un perro. Nada más. De pronto, y con rostros que dibujaban muecas de hambre y lujuria, salió un harén de mujeres desvalidas y realmente feas. En serio, horribles. Con sus pequeños ojos pintorreados y libidinosos me miraban como las hienas miran a su presa convulsionar mientras muere lentamente, muy lentamente. "¡Si es un virgo, lo quiero para mí!" Gritó la primera. Mis primos reían a carcajadas mientras se sentaban en una mesa y observaban desde lejos la inminente carnicería. "¡No, la que se coje los virgos en esta vaina soy yo!" Dijo otra saliendo medio desnuda de un cuarto mientras un camionero tuerto y desnudo la perseguía con sujetando con su mano derecha un pene erecto. Y así, una tras otra, hacían notar su avidez por mantener entre sus piernas a un joven de 15 años virgen durante 45 min. Yo callaba, como un inocente cordero, como Jesús calló frente a los sumos sacerdotes, como Bush cuando le avisaron el ataque sobre las Torres Gemelas. Les digo, mi silencio fue digno de admiración. De todo el revuelo de putas medio desnudas correteando de un lado a otro salió una mujer que parecía todo menos una puta. Era hermosa. Una ninfa entre un montón de hojas secas. Sobresalió tanto sobre el montón que por un momento todo retornó al silencio que fue testigo de la creación del Universo. Caminó hacia mi con un pequeño vestido que mostraba más de lo que pretendía ocultar, sus senos a pesar de no ser perfectos, se asomaban amenazantes entre un escote húmedo de sudor y saliva de miles de bocas anónimas. Se detuvo a pasos de mi y no dijo nada. Se acercó y pude sentir el hedor, el tufo que produce el amor pagado con dinero. Sus labios eran voluptuosos, sus ojos extrañamente tiernos, sus manos ásperas pero de movimientos delicados. Aun sin pronunciar palabra alguna, alargó su manos hasta mi entrepierna y me sujetó con gentileza, fuerte pero con suma gentileza. Me llevó así, agarrado de las gónodas hasta la habitación del fondo. Atrás no quedó mas que un murmullo de voces y ojos que no sabían a dónde mirar. Pero yo no me di cuenta de eso, en realidad no me di cuenta de nada. Toda mi concentración estaba enfocada en la mano izquierda de la mujer que me tenía agarrado por las bolas. No podía pensar en otra cosa. Entramos a una habitación pobremente alumbrada. El piso era de crudo concreto y las paredes de bloque. El calor del día se filtraba por las hendiduras de un penoso techo de zinc y un ventilador moribundo suspiraba en un rincón lejano.

-¿Has visto a una mujer desnuda?- me preguntó mientras su mano soltaba con reticencia mi entrepierna.

-No. Jamás.- mi voz sonó patética.

En una de las paredes había un espejo de cuerpo entero, estaba roto pero aun era posible verse en el. Me colocó en frente del espejo y ella se puso detrás. Me desnudó poco a poco frente al espejo. Luego se desnudó ella y nuestras miradas se encontraron en el espejo.

-El cuerpo que Dios nos dio es la cosa mas bella que hay en el mundo. Mira mis senos, mi cintura, mis muslos. Mira tus hombros, tus brazos y tus piernas. No conocerás nunca nada mas perfecto que esto-. Me decía mientras sus manos acariciaban las partes que su boca pronunciaba.

Sus senos reposaban en mi nuca, el calor de su cuerpo lo nublaba todo. Me recostó en una mugrienta cama hastiada de tantos amores fugaces y superficiales y, simplemente me hundí en ese sueño hecho de mujer. Salí hecho hombre, cansado y un poco desubicado pero hecho hombre. No supe su nombre, ni siquiera se lo pregunté.

La segunda vez que pisé un burdel fue años mas tarde. Ese mismo burdel. Si, buscándola a ella. Por alguna tonta razón pensé que la encontraría. Quizás pensé que el tiempo no corría dentro de los burdeles o que las putas no envejecían y morían. Por lo que me contaron en aquel entonces, ella no envejeció. Pero un camionero sediento de amor le abrió la garganta con un puñal oxidado mientras ella se rehusaba a tirar con él. Murió sin pena ni gloria. Ni siquiera llamaron a la policía. Enterraron su cuerpo a unos kilómetros del burdel. Me adentré en la selva prematura que puebla las orillas de las carreteras en Venezuela y caminé durante media hora hasta encontrarme con una lápida hecha a toda prisa. Un vela consumida y un ramo de flores secas reposaban como centinelas a sus pies. Me permití una lágrima, de todas manera nadie me estaba viendo llorar por una puta. Me agaché y limpié la lápida de hojas secas e insectos muertos. Vi un nombre. Por un momento se me heló la sangre y mis ojos se negaron a digerir lo que leían. Era el nombre de ella. Años atrás no lo supe, ni siquiera se lo pregunté. Y hoy se alzaba en silencio en medio de la nada. Mierda.

Me quité un pequeño Cristo de madera que me guindaba del cuello y lo deje en la lápida. La escena de Jesús perdonando a María Magdalena se vino a la cabeza, me permití una risa cínica. Estuve un rato más frente aquella lápida, perdido en pensamientos y recuerdos. Reunía el valor suficiente para pronunciar su nombre por primera vez: lo hice y tuve una erección.

Desde ese día no he vuelto a pisar un burdel.

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