KAN-KAN

pazramos1986  - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 1209 words

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Summary

KAN-KAN, es un joven aborigen que vive el difícil momento de la llegada de los invasores a su tierra

KAN-KAN, es un joven aborigen que vive el difícil momento de la llegada de los invasores a su tierra

KANKAN.

Los arbustos empezaban a ser recurrentes en el paisaje, eso le infundió seguridad, luego de haber caminado por inhóspitos senderos; que se entrecortaban entre sí y que para cualquier inexperto serían una trampa mortal. Sin embargo, él, estaba acostumbrado al lugar. Toda su vida -y la de sus antepasados- había transcurrido en medio de esas llanuras que se empinaban temerarias una sobre otra hasta perderse entre el cielo. Con nostalgia recordó los días en que iban de caza y como la suave brisa del oeste les hacía más llevadera la ardua tarea, mientras los muchachos jugaban a imitar a sus padres; quienes por su parte cuchicheaban entre sí temas de adultos. Que ellos todavía no podían oír, pues solo después de los 15 años y del rito que pondría a prueba su hombría, serían considerados como tal dejando atrás la despreocupada niñez y dando paso a la juventud aventurera que tan ansiosos deseaban alcanzar. Uno de ellos era Kankan, quien hace poco había cumplido los trece, aunque su contextura fornida le hacía ver mucho mayor que sus pares y eso le enorgullecía; aunque ahora comenzaba a dudar de su valentía.
Hace dos días que estaba huyendo de unos hombres blancos que un día aparecieron en su vida y la de la tribu sin que nadie pudiera detenerlos. En un comienzo, parecían amigos o al menos fingían serlo, con ingenio y astucia se habían ganado la confianza del jefe de la tribu; deslumbrándolo con sus ostentosos ropajes, con su acento gentil y con los artefactos que traían como regalo. Ellos a cambio, compartieron sus secretos y tesoros ancestrales: les enseñaron el lenguaje de la naturaleza y los visitantes aprendieron muy bien, luego les enseñaron los indómitos senderos de la zona y éstos aprendieron a sortearlos sin inconvenientes. Hasta los ancianos de la tribu, habían tomado la llegada de los extranjeros como el gran acontecimiento que veían en sus premoniciones y que les cambiaría la vida, pero haciendo caso omiso de los peligros que se acercaban. Pero no todos creían lo mismo y existía un grupo de aborígenes que no habían sucumbido ante los encantos de los extranjeros y que luchaban con fiereza para defender su territorio. Y con la leve esperanza de unírseles, Kankan había logrado huir del enemigo, pero recibiendo a cambio una estocada que le dificultaba su tarea. Se puso de pie y evitando fijar su mirada en la profunda herida que tenía en su muslo derecho, volvió a internarse en los sombras del bosque, al tiempo que evitaba dejar rastros que lo delataran y dieran ventaja a sus captores. Sólo llevaba consigo un pequeño morral, en el que guardaba con recelo unas ramitas verdes, muy largas y dóciles, que su abuela (la curandera de la tribu) le había encargado proteger antes del ataque de los hombres blancos.
La rabia le provocaba mareos, intentó calmarse, pero no pudo, al continuar pensando en lo cobarde que fueron los visitantes; quienes luego de aprender con pericia todo lo que se les había enseñado, sacaron a relucir sus verdaderas intenciones y los obligaron a doblegarse ante ellos, en nombre de un rey que vivía a miles de kilómetros, al que jamás habían visto y nunca conocerían. A menudo intentaba imaginárselo, y lo veía como un monstruo marino que con sus tentáculos manejaba todo a su alrededor o en otras ocasiones lo dilucidaba con miles de ojos, ya que los de la hueste siempre hablaban de su “alteza” con temor y respeto como si éste estuviera sobre ellos como una sombra: “Esto es en nombre del Rey, que todo lo ve…” Pero ya ni eso importaba: si su majestad era un hombre de carne y hueso o si sólo se trataba de un ser mitológico inventado por los hombres blancos con tal de justificar sus actos. En medio de la oscuridad y sintiendo como el miedo le hacía perder la templanza tropezó en un agujero - supuestamente hogar de un quique o de cualquier otro roedor que habitaba por el sector- y rodó un par de metros quedando cerca de un acantilado. Intentó no chillar, pero el dolor pudo más y su grito desesperado retumbó en el bosque y bajó con estrépito por el mismo sendero -que tanto trabajo le había costado enfrentar- y así alertó a los hombres blancos que venían tras de sí. Éstos con atención siguieron la dirección de los alaridos y montando con habilidad sus caballos continuaron con la persecución.
Antes que los hombres se le acercaran, atinó a esconder el morral; tirándolo a un costado, pero con la precaución que no cayera al abismo. Cerró los ojos y espero lo peor. Para su sorpresa los jinetes al ver su mal estado rieron entre sí y dijeron: “Nada que valga la pena”. Luego de rastrear a su alrededor y no encontrar ni una insignificante pepita de oro se marcharon furibundos y comentando entre ellos: “Carne para buitres. Sólo carne para buitres”.
A pocas horas del amanecer y ya casi inconsciente vio entre sus delirios dos siluetas que vestían como él –torso pintado y traje con piel de animal- eso lo tranquilizó y les hizo señas; los hombres al acercarse intentaron levantarlo, pero los gritos del muchacho les hizo desistir . Se miraron confundidos, sin saber qué hacer y luego de cerciorarse que el chico no tenía esperanzas de sobrevivir, encomendaron su alma a los dioses. Cuando estaban a punto de retomar su camino, Kankan les habló bajito, utilizando sus últimas fuerzas: “Mi morral, por favor no dejen que se seque, no dejen que se seque…Mi abuela dijo: no dejes que se seque”. Uno de los guerreros tomó el morral y sacó la pequeña planta que había en su interior y antes que pudieran preguntarle alguna cosa éste inhaló y exhaló aire por última vez, sintiéndose aliviado después de tanto dolor. Se quedaron al lado del cuerpo por un instante, luego prosiguieron con su larga caminata y solo se detuvieron en un charco fangoso en el que enterraron la planta, cumpliendo el último deseo del joven.
Años después cuando los mismos aborígenes continuaban luchando contra los extranjeros -y en una de las tantas emboscadas que les preparaban- pasaron por el mismo sitio y al ver el enorme árbol que había y fijarse en los extraños frutos que daba, sucumbieron ante la curiosidad y los probaron. Su sabor dulzón les fascinó y sin perder tiempo sacaron semillas del mismo, mientras intrigados se preguntaban sobre el nombre de esa especie; a lo que uno de los guerreros, recordando al muchacho, respondió: “Kankan. Se llama Kankan”.

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Comments

Me gustó la forma, la descripción es bien nutrida al punto de no dar vueltas en lo mismo ya que por el tipo de cuento se podría caer en eso. La narración es dinámica y el paraleo con la historia no es grosero, se acerca pero no se envuelve totalmente. Ahora me queda imaginar el sabor del Kankan jajaja ... buen escrito ( gaiaaaaaaaaaaaaaaa) jaja.
2010-03-16 11:06:46