El reloj
Al - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 732 words
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Summary
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El pantalón rasgado de Pedro mostraba toda su niñez adulta y trabajadora. Su corta vida era nada más que un puñado de privaciones y carencias. Al alba un grito despiadado lo despertaba de un salto y una tierra agotada debía ser azotada palada a palada para que diera aquello que ya no podía.
Al mediodía un mendrugo de pan y un pedazo de queso que elaboraba la madre era todo el almuerzo. Y por la tarde volvía a remover los terrones enormes y caprichosos para que su padre o su verdugo, sembrara las semillas que en alguna época del año mal venderían a los comerciantes de siempre.
Pero cuando la luz del sol se apagaba, Pedro ataba el carro a la bicicleta y salía en busca del camino polvoriento que lo llevaba al pueblo. Ahí sí que Pedro era feliz. Toda la libertad inconmensurable estaba en sus pies menudos que giraban los pedales cantores. Sus ojitos ámbar, primero descubrían el resplandor y, más allá, cuando llegaba a la cima de la loma invitante, aparecían las luces del pueblito luciérnaga. Y luego la empinada le dejaba descansar los pies agotados por el esfuerzo de la subida y el sonido de la cadena se oía como un cascabel, apenas opacado por el carro enganchado que un poco a los saltos bajaba obediente.
Una vez que Pedro entraba en el pueblo, la libertad adquirida en el camino se esfumaba como casi todos sus sueños. El trabajo debía hacerse porque el regreso a su casa no incluía grandes promesas de bienestar si no llevaba nada. Ya había probado varias veces esa medicina que sabía a porrazos y bofetadas.
Calle por calle Pedro revisaba los botes de basura en busca de algo que sirviera. Lo más habitual eran los restos de alimentos, pero a veces, cuando la suerte estaba de su lado, encontraba algún tazón medio roto. Una noche hasta un reloj detenido en el pasado halló. Claro que no servía, pero se lo había guardado debajo de la cama y cuando tuvo tiempo, un poco por magia y otro poco por sabiduría, el tic tac gastado comenzó a marcar la vida.
Pero esta noche, como tantas, Pedro no halló nada más que desperdicios. Mientras emprendía el camino de regreso, miró por las ventanas de algunas casas y adivinó el calor que no sobraba allí afuera, y hasta una felicidad que no conocía pudo entrever.
Cuando llegó a su casa observó los dos faroles hundidos y beodos de su madre, por donde lo espiaba sin expresión. Pedro le devolvió la mirada. Más atrás el padre borraba las decepciones con algún vino rancio. La paliza no tardó en llegar, primero fue la mano de la mujer sin expresión que le dio de lleno en el rostro redondo y pálido de frío. Después el otro, el que bebía sin decir nada, comenzó a lastimarlo con el látigo con el que fustigaba a la vaca buena y vieja que aún y por milagro, le daba la leche.
Pedro no se quejó porque sabía que ninguna palabra era bienvenida cuando la bestia desataba su furia. Colmado de ese espanto conocido, el niño quiso dar un paso hacia atrás, más intentando escapar de la mirada iracunda de su padre que del golpe que se preparaba a dar. Pero tropezó con algo y cayó hacia atrás golpeando la cabecita con un banco robusto que estaba a sus espaldas. La madera o los huesos de la cabeza menuda sonaron como trueno primero, como astillas después. Un cuerpito medio deforme y un poco enjuto se terminó de desplomar mientras un río bermejo apareció en el piso de tierra aplastada. Cuatro ojos borrachos y estúpidos vieron el torrente sin comprender todavía que un reloj niño, debajo de una cama se detenía para siempre.
Pero algunas noches, el viejo mecanismo de ese reloj callado parece palpitar y entonces unos segundos se agolpan en la única aguja que tiene. Y de la nada, como por milagro o por magia, casi un niño montado en una bicicleta, sube la cuesta otra vez y dos candelas relucientes color ámbar miran asombradas las luces del pueblo y se emocionan, pero el dueño de esos ojos ya nunca más bajará por la empinada que aún lo aguarda.

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