Bendición

farrokha  - FANTASY - 1072 words

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Summary

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Y finalmente todo acabó, como fue escrito.
La bola se cubrió de fuego por siete días. Sus arrepentidos ocupantes crisparon los puños al cielo y profirieron blasfemias como alguna vez en el Spleen se dijo. Aquella ocasión enmarcando los llantos de una madre desconsolada por ser el fruto de su vientre, nada más que una vergüenza asquerosa. Nuestra madre también nos abandonó. Se quejó de nosotros, quiso ocultarnos sin lograrlo por parecerle ante sus benditos ojos una lacra digna de ser calcinada.

Nos dejó reposar en sus puros vestidos, siglos, décadas años. Nos miraba empequeñeciéndonos, como el maestro mira a su discípulo que sabe es mejor que él sin esfuerzo alguno.

Nos aventuramos a escapar de sus dominios un día. Quisimos probar eso que llamaban dolor. De su boca sólo se escapó una palabra y supimos que era suficiente para alentarnos y salir. Caminamos, tomamos lo necesario, transformamos y creamos. Fuimos grandes, saboreando los frutos y sudando el esfuerzo. La recompensa fue sentir el suspiro que se escapa. Ya no éramos la masa andante que colmaba las despensas de esa madre ajena. Valíamos por nosotros mismos. Sin embargo, el peso de su mirada cubría el cielo día y noche. Con la incapacidad de ignorar su presencia y el lazo que con ella se erguía inquebrantable, nos dormíamos en la profunda frustración. Estaba allí, aún sintiendo pena por nosotros.

Un día sin advertirlo se presentó con esa majestuosidad soberbia envuelta en lenguas celestes. Su presencia fue la rendición. Alegó nuestro desprecio, que cada avance sin ella era una burla a sus esfuerzos, que le debíamos todo y nuestra condena sería lo que desde el principio quisimos conocer.
Llenando de aire sus pulmones, nos habla:
- de mis manos se alzaron, de ellas escaparon. Renegaron de mí, se atrevieron a cuestionar mis afectos. Ni para mí la perfección fue concedida, es mi falta haberlos segregado, pero mi afán no fue más que dejarlos descubrir. De mis ojos nunca se escapó ni el más mínimo de sus movimientos. Los vi caerse y levantarse, pero también mirar con desprecio al cielo. Apuntando a la que para ustedes, era mi maldita presencia. Ahora les digo, no serán más que simiente para encender este mundo que creen suyo, y consumirlo entre gritos, manotazos de desesperación y asfixia en su propio orgullo.
Las piernas de cada uno de los hijos desheredados empezaron a desencajarse. En armonioso desfile se quebraban para llegar al suelo. El sonido de la lenta combustión opacaba los gritos que despellejaban las gargantas. El fuego conocía su poder y se dejaba avivar pausadamente al son del desolador espectáculo. El rojizo del escenario teñía su alrededor, el chillido de la sangre hirviente parecía alimento para esa mujer que observaba su flamante venganza.

Siete días dejó a las llamas el dominio de la bola azul. El primer día algunos cuerpos cercenados seguían reclamando su lugar, viendo cómo lo creado se dejaba envolver por las olas de fuego. Arremetedoras se colaban por cada recodo de la minuciosa construcción. Al final del día no era más que ceniza inservible que sin embargo, se prendía con fiereza. Esa ceniza, mezcla del esfuerzo materializado por estos seres en conjunto con sus propios huesos.

Al final del séptimo día el soplo universal acabó con la gran llamarada. De lo conocido, no quedó más que los cimientos carbonizados. Se escuchó la voz entonces, haciendo eco en las paredes de la gran esfera. La voz que escapa para reconstruir, cada vez que la furia se desmide y arremete con todo lo que pretende desdeñar su magnificencia.

De todas las emociones que se pueden cultivar, la peor de las pretensiones es querer ver a los demás lamiendo tus pies, nutriéndose de tus comisuras, dedicándote sus reverencias. De todos los mundos que he visto derribarse, este, que creció bajo la protección de la madre no pudo menos que dolerme hasta lo indecible. Decía la voz mientras intentaba calmar los fuegos que vergonzosos ante la pureza de su apacible entonación, se extinguían a si mismos. Sus lamentaciones hacían vibrar la tierra, el espasmo despertaba el germen de las raíces alcanzadas por el fuego. El reflejo de su espíritu le recordó al cielo que la tarea comenzaba nuevamente. Esta vez bajo su brazo crecerán las nuevas generaciones.

La voz tomó forma entonces…
Cuando haya llegado a la cima de la montaña inextinguible, gritaré tu nombre. Abrazado sin consumirme en el fuego, la fiereza de mi voz alcanzará tu oído.
Cuando haya burlado a las fieras que crías para aplastarnos y conquistado a tus infectas legiones ¡sabrás quien soy!

En el viento se diluye el hombre para cubrir con su polvo de vida a los testigos temblorosos de su sacrificio. Se aplastarán las amenazas espesas, se extinguirá su fuerza y su inmenso poder de infección quedará adherido a las espinas.
Se reconstruye la vida bajo su sombra, la esperanza se moldea entre arcilla y ceniza. No es ya el sol el dueño de la mañana, sino el reflejo de las almas

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