Al final del día

Antón  - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 1829 words

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Summary

Simona encuentra el amor, del que huye desde pequeña, de la manera más sorprendente.

Simona encuentra el amor, del que huye desde pequeña, de la manera más sorprendente.

AL FINAL DEL DÍA

Por Nadim Marmolejo Sevilla



Cada mañana, camino de la oficina, Simona Badel se duerme en el autobús como consecuencia de madrugar. Aunque ha luchado por deshacerse de la bendita costumbre, no ha tenido éxito. Por el contrario, en ocasiones se ha profundizado tanto que ha logrado soñar. No obstante nunca ha llegado a roncar. Y por eso es poco lo que tiene que decir acerca de la guerra del centavo en la que se debate el transporte público de la ciudad.
—Parece que no vivieras en este mundo —le recriminan sus compañeras de trabajo cuando conversan sobre el tema en los intermedios laborales y ella no es capaz de opinar algo. Y se acongoja porque ninguna le reconoce que no es por falta de interés sino de fuerzas para controlar la somnolencia que de manera infaltable la atrapa apenas se embarca en el autobús.

Y hoy no es la excepción. Va sentada junto a la ventanilla con la cabeza desgonzada hacia adelante, como una veleta sin viento. Sobre sus piernas lleva el bolso de fique que usa a diario, arriba del cual yacen sus delgados brazos. La luz de la bombilla del techo le cae justo en la cara. Es blanca, esquelética, pero denota estar en las mejores condiciones físicas. Tiene el cabello liso y negro, largo hasta los omoplatos, y unas manos intachables que permiten determinar con facilidad que nunca han sido empleadas en oficios duros.

El pasajero que le hace compañía en el asiento de al lado, quien allegó luego de que se durmiera, no deja de mirarla de vez en cuando como si vigilara su sueño. O como si le atrajera su físico. Es un hombre de piel achocolatada y cabello ensortijado. Lleva la mano puesta sobre el espaldar de la silla de enfrente, dejando ver toda la extensión de la manga larga de su camisa rayada. En los frenazos que da el automotor a cada momento, debido a la mala forma de manejar del conductor, se ve obligado a sujetarse con fuerza a la silla para guardar la posición. Simona se da cuenta de su presencia cuando se despierta, justo antes que el autobús llegue al paradero que le corresponde. Y por un instante queda alelada creyendo que se trata de alguien conocido, pero al cabo del mismo se aparta de aquella impresión pues no puede hallar en su memoria ningún indicio que se lo corrobore. Sin embargo, le queda el pálpito de haberlo visto antes.

A continuación de ponerse en pie, Simona le pide al desconocido permiso para cruzar hacia el pasillo, y este gentilmente gira las piernas hacia un lado para permitir su salida.
—Con mucho gusto — le dice el hombre, además.
Y Simona descubre que su voz es la misma del locutor de la radio que escucha todas las mañanas en la estación de las canciones románticas que sintoniza antes de partir hacia el trabajo y de la cual se ha enamorado perdidamente. Sin que pudiera evitarlo es asaltada en forma repentina por un inesperado escalofrío y no consigue articular palabra para decirle cuánta fascinación le produce su voz, como imaginaba hacerlo cuando pensaba en aquella posibilidad. Incluso empalidece. Y el locutor de la radio se percata de ello.
—¿Le puedo ayudar en algo, señorita? —inquiere.

Simona, sintiéndose profundamente apenada, se apresura a desaparecer de su lado y toma rumbo aprisa hacia la puerta de salida del vehículo. En el fondo hubiera preferido recibir el auxilio del locutor a huir, ya que lo ansiaba interiormente, pero se impuso la naturaleza timorata de su personalidad. A poco de descender del autobús, se sienta en el andén a reponerse del impacto que le dejara el furtivo encuentro y sólo se levanta cuando la respiración, que se le hubo alterado también, vuelve a su ritmo normal. Al cabo de dar los primeros pasos la invade una súbita alegría al consentir que se la ha cumplido uno de los sueños de su vida. No del modo en que esperaba, pero conciente de su validez. Luego de alcanzar la calle que lleva a su lugar de trabajo, avista el enorme edificio que alberga el bufete de abogados en el que durante los últimos cinco años ha desempeñado el cargo de secretaria del doctor Ibáñez que le permite ganarse el sueldo de pobre al que está condenada la gente común y corriente. Es como una cápsula de concreto que parece encallada en aquel declive andino repleto de casas antiguas.

Sin saludar, involuntariamente, al vigilante de turno, se introduce en el ascensor que por casualidad ha encontrado abierto como si la estuviera esperando. Marca el piso 26. Y cuando se cierra se mira en el espejo que le manda el reflejo de su rostro enjuto, del que pronto mana una sonrisa pícara. La imaginación de Simona juega por un momento con la imagen del locutor envuelta con las sábanas de su lecho, dispuesto a empezar el tercero. Y aquella fantasía la hizo abrumar. Luego se retoca un poco el maquillaje para corregir los puntos que resultaron afectados por la exposición a la intemperie. Igual hace con su cabello que muestra un leve desarreglo. Es bella, indudablemente. Lleva puesto un jeans y un suéter ajustados que le resalta la esbeltez de su jovial cuerpo que invita al hombre a la aventura y el delirio. Posee unos ojos del color del océano que a cada rato se los están loando, pero que en vez de hacerla sentir contenta y orgullosa ha logrado ensanchar su inhibición hasta el punto que procura no participar de los festejos que con frecuencia programan en la oficina por motivos distintos cada vez, ni aparecer en las fotografías que se toman luego para guardarlas de recuerdo.

Aunque este empleo no satisface sus aspiraciones, dado que su estipendio es inferior a sus necesidades ni compensa siquiera el sacrificio de levantarse todos los días a las tres de la madrugada, tal como les ocurre a todos los trabajadores del mundo, no le queda más alternativa que conservarlo. Las dificultades económicas por las que atraviesa a causa de la estrechez que atesoran los de abajo, no le permite abandonarlo para ir en busca de otro de mejor condición. Sólo la pretensión de obtener una pensión que le sirva para afrontar la vejez con dignidad, la animan a continuar ahí en contravía de su gusto.

Toda la mañana permanece en un ensimismamiento tan abrazador que nadie en la oficina escapa a su conocimiento. Por eso cuando se sienta a almorzar, una de sus compañeras de trabajo, con la que sostiene un trato más allá de las formalidades que impone el rigor oficinesco, indaga qué le ocurre. Pero ella, dispuesta a proteger el secreto de su encuentro casual con el locutor de la radio ya que era bien conocida por las amigas su admiración por él, se sale por la tangente acusando a las vicisitudes financieras que la acechan de ser las causantes de su situación. Sin embargo, al instante se arrepiente y lo cuenta todo.
—Tú lo que estás es enamorada de ese señor —conceptúa la compañera apenas Simona acaba su relato.
—Que va, sólo piensas en eso —le reposta ella. No creo que el amor se le meta a uno así de esa manera.
—No te resistas; si quieres tener algo con él, hazlo; ¿cuál es el problema? —incita la amiga interesada en arrancarla de los garfios de la timidez.
—Los hombres sólo saben labrar desdichas —sentencia ella, recordando las rudas manos y el aliento de animal de su padrastro que osó usurpar sus entrañas de infante. Pero la compañera, inocente de todo, se ríe.

Al acabar la jornada laboral, sale de la edificación con destino a la casa. Cruza la calle corriendo ya que el semáforo está a punto de cambiar a verde y traspasa la ancha avenida. A pocos metros de allí, entra en el establecimiento de comidas rápidas que hay diagonal a su lugar de trabajo a comprar algo para llevar a la casa. Pide una hamburguesa con gaseosa y se marcha sola hacia la caseta más cercana a esperar el autobús que la llevara de regreso a su domicilio. Por suerte llega uno pronto y encuentra puesto cerca a una de las ventanillas del ala izquierda, muy cerca del lugar del conductor. No había acabado de sentarse bien cuando tiene que aferrarse al espaldar de la silla de adelante para soportar el frenazo en seco que da el vehículo y al buscar la causa de semejante barbaridad observa que fue para poder recoger a una persona.

Y casi se paraliza al advertir que aquella persona era ni más ni menos que el locutor de la radio. Se le antoja creer entonces que es víctima algún espejismo o de una mala jugada de su imaginación, que le gusta siempre estar volando nada más por el simple placer de no estar quieta. Pero la realidad es contundente. Es él. Entonces opta por rezar, cerrando los ojos, para que no se le acercara. Pero al abrirlos se da cuenta que el locutor se ha plantado justo donde está ella, serio y distante como un maniquí, mirando hacia la ventana. Y otra vez es presa del mismo escalofrío del que fue víctima en la mañana. Su corazón también se inquieta de tal modo que pareciera querer escabullirse de su pecho. Pero el hombre jamás se da cuenta de aquello. Sólo se percata de su presencia cuando la ve ponerse en pie para buscar la salida del autobús.
—Hola —la saluda, verdaderamente extrañado de topársela de nuevo.
—Hola —le responde ella, cargada de nerviosismo.
—¿Vives por acá cerca? —pregunta él.
—Sí —asiente ella.

Entonces comprende que no es de su voz que está enamorada solamente sino también de él, como había tratado de hacerle entender su compañera de la oficina, y admite que si desciende de aquel automotor perdería una oportunidad preciosa de desenterrar la ilusión que por tanto tiempo ha mantenido oculta por culpa del ruinoso pasado que la persigue y que posee como fiel aliada a su opresiva inhibición. Por eso se decide a decirle, con una osadía que jamás hubo experimentado:
—Cásate conmigo.

El hombre, de veras sorprendido, se apresura a sonreír para disimular los efectos de la impacción que sobrevinieron a la inusitada invitación.
—Estoy hablando en serio —le dice ella cuando ve su sonrisa.
—¿No crees que es descabellado? —anota él. Apenas te conozco.

Entonces Simona Badel lo toma de una mano.
—Incluso el camino hacia el edén está plagado de absurdos —arguye ella.
—De todos modos es mejor pensarlo bien, ¿no te parece? —propone él.
—Tranquilo, la reflexión suele venir siempre luego de obrar —le dice Simona. Y lo hala hacia su ser.

El locutor de la radio se resiste un poco y vuelve a sonreír. Es como si temiera que Simona pretende divertirse a costa suya. Y la mira de una forma inquisidora, como si tratara de extraerle de lo más profundo la razón exacta de tan rara actitud, pero lo que resulta del ejercicio es que irremediablemente no es lo bastante firme para negarse a su inesperado petitorio. Y en el siguiente paradero bajan juntos del autobús.


FIN

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Comments

Que buena historia, me encanto. Lee mi cuento Escritor de Sueños y Pesadillas.
2010-03-25 12:29:21