Entre el Odio y la Soledad
maryan - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 500 words
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Summary
Este relato está basado en un pequeño fragmento de una publicidad que vi sobre un cortometraje.
Tenía tan solo 3 años cuando su madre lo abandonó y quedó al cuidado de su única tía: una señora de unos 45 años que jamás se había casado, ni mucho menos había tenido hijos.
De pronto todo cambiaba, ya nada sería igual para ambos. De pronto, algo en Enrique empezaba a oscurecer, y su alma comenzaba a llenarse de tristeza, soledad y melancolía.
Su tía nunca llego a quererlo; al contrario lo consideraba una molestia, una carga. Sin embargo, no se atrevía a abandonarlo. No obstante, jamás desperdicio la oportunidad de despreciarlo, humillarlo, lastimarlo verbalmente: -“Eres un vago, inútil, bueno para nada. Sos una basura como tu madre”- le decía constantemente.
Todos los días era lo mismo. Siempre las mismas palabras. Frases que poco a poco fueron quitándole dignidad y autoestima al niño.
Con el pasar de los años Enrique se dio cuenta que no solo su cuerpo crecía, sino también un sentimiento que lo llenaba de dolor, le hacia recordar lo infeliz que era y que lo atormentaba día y noche.
No había nada que lo motivara, su vida era un suceso de hechos y palabras que, simplemente, sucedían y él no hacía nada por detenerlas… Hasta ese día.
Mientras regaba una planta que había visto crecer en su jardín, pensaba. Quizás en la vida, en su vida y su tristeza.
En su mente, revivió todos los momentos pasados, el abandono de su madre, las agresiones de su tía. De repente, ya no le importaba nada mas, quería perder la memoria, olvidarse de todo, quería ser alguien diferente. En ese momento, llego a sus oídos la verborrea de insultos. Su corazón comenzó a latir fuertemente y la subida de adrenalina comenzó a actuar como una droga que inhibió cualquier sentimiento de piedad.
El gran día había llegado y Enrique estaba listo. Soltó la manguera, y de su bolsillo saco una navaja. Descargo todo su odio en el corazón de la mujer que lo había criado, hasta que ésta dejó de respirar.
Luego levantó el teléfono, habló con alguien y salió de la casa. Caminó sin rumbo, con desgano, agotado. De pronto, sintió una extraña sensación, no sabia donde ir y por primera vez en su vida experimento el miedo. Decidió regresar.
Al llegar a la esquina, divisó resignado la luz azulada de una sirena. Un frío lo recorrió de pies a cabeza al acercarse cada vez más. Cruzó unas cuantas palabras con un hombre vestido de azul y se sentó en el asiento trasero de un automóvil. Este se puso en marcha y Enrique vio como se iba alejando de aquel lugar donde pasó su infancia y adolescencia, sin siquiera sentir remordimiento por lo que había hecho.

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