EFECTO DE MAGIA CONTEMPORÁNEA

Jorenra  - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 1064 words

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EFECTO DE MAGIA CONTEMPORÁNEA

La encontré una tarde en Cartagena. Hacía 25 años que no la veía, y nunca hubiera imaginado que un hechizo de magia pudiera ser capaz de conservarla de esa manera. Caminaba solo por la orilla del mar, sintiendo las gotas de agua lanzada por el chapoteo de las olas, cuando escuché su voz de entre la multitud de turistas que ocupaban la playa.

La última vez que nos habíamos visto era un 31 de diciembre al amanecer, mejor dicho un primero de enero de 1985. Ese día ella pensaba regresar a la capital, donde estudiaba interna en un colegio de monjas. Yo sabía que en el fondo ella no estaba contenta de ese viaje, que necesitaba un motivo para no hacerlo. Me había escogido a mí para ayudarla a decidirse, lo miré en sus ojos adormilados al verme, con aquella ternura de alma ingenua tan suya. Lo dijo ella misma, cuando apretaba mi mano, en su reticencia a subirse en el carro, en el cual se transportaría hasta la ciudad donde quedaba el dichoso colegio. Pensaba que yo era su última tabla de salvación, antes de continuar hundiéndose más en su alma, hasta perderse a sí misma en los caminos de Dios. Sin embargo, no tuve el valor de retenerla, no sé si pueda justificar la razón, pero lo cierto es que no pude hacerlo a pesar del amor que ella hacía florecer en mí.

Ahora estaba ahí de nuevo, radiante como un sol, como el mismísimo sol primaveral de aquel inicio de año, cuando ella apenas había cumplido sus 20.

Ese día nos habíamos separado. Desde entonces yo me dedicaba a vivir entre la gente, concentrado en mis sentidos para no darle oportunidad a mi cerebro de pensar en ella. Pues, mi capricho de ser libre me había obligado a perderme de su compañía angelical.

Supe que era ella desde la primera vez que escuché mi nombre en la playa cartagenera, vaciado en aquella voz suave y cristalina, en aquella voz matemática, calculada a la perfección para que llegara justo a mis oídos.
Me volví hacia la fuente de aquel sonido, tenía ya la imagen suya dibujada en mi mente. Entonces quedé solo de nuevo junto a ella. El mundo entero desapareció de mis sentidos. El tiempo se detuvo al mirarla. Se había detenido en su rostro, tan joven y tan bello como el de aquel 1 de enero de 1985.

Me acerqué dudando de mi razón. Debía estar equivocado, aquella mujer no podía ser mi Juvina. Debía ser otra igual, pero no la misma… la observé fijamente… ¿sí es ella?… ¡No, es imposible!, imposible después de tanto tiempo. Debía ser una hija suya. ¿Pero entonces cómo era que ésta belleza conocía mi nombre? “José Venicio”, así me llamó. Yo era conciente de que muy pocos me conocían por ese nombre compuesto. Casi todos se limitaban a llamarme José, a secas, por eso me extrañé tanto al oír ese “José Venicio”. Además del timbre de su voz, fue lo que me hizo voltear de inmediato hacia ella. Quedé estupefacto un instante al mirarla. Estaba agitando su mano en el aire para que yo la viera.

Caminé hacia ella. Anduve mientras que sentía la duda escarbándome por dentro, mi corazón latía como el perro cuando le ha encontrado el rastro a su presa. Pero en este caso yo representaba la presa, al menos de aquella emoción idiota que asaltaba mi voluntad, que me ponía a respirar como si estuviera subiendo por una escalera interminable.

Al llegar junto a la mujer estiré mi mano un poco temblorosa, de manera automatizada por la costumbre. No miraba la suya, que salía cálida al encuentro de mi saludo emocionado. Mis ojos se habían quedado inmóviles en el bello paisaje de su rostro. Sin duda era la misma mujer, pero distinta al mismo tiempo. Casi igual de joven, pero más bella que antes. Creo que la hermosura estaba acentuada en su nariz, acentuada en sus labios, acentuada en sus ojos castaños; más, no en el color sino mejor en la forma de su contorno exterior, la diferencia estaba en sus párpados quizás, yo no estaba seguro. Su erguido cuerpo lucía más armonioso, con mayores curvas, dirían mis labios correspondiendo a lo que veían mis ojos. ¡Parecía increíble después de tanto tiempo!, sin embargo era cierto. Sí, ahí al frente estaba mi Juvina de hacía 25 años atrás.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó.
—¡Claro!, tú eres la inolvidable Juvina.
Mi voz temblaba, mientras que por dentro sentía despierto un animal, un animal que saltaba en mi pecho como intentando romper la cáscara de mi corazón. Y yo, ¡Cómo no recordarla si su figura acababa de amontonar vivos sobre mí todos los recuerdos! Pocos recuerdos, pero vivos que surgían de pronto de entre un montón de cosas, quitándole importancia a todo lo demás.
Rió muy divertida mostrándose aun más hermosa. También su risa había mejorado, estaba más blanca y pareja, más perfecta, más deslumbrante. Luego de recrearse un momento en su boca, mis ojos indómitos rodaron inconscientes hasta su cuello, donde los besos caen por regla general siguiendo la huella del deseo, cuando han abandonado los labios para seguir el rastro del placer hasta su profunda madriguera. Ahí, donde cayeron mis ojos atrevidos, el tiempo había dejado que sus mascotas empezaran a cascar un poco la lozanía. Pequeñas arrugas se insinuaban tratando de imponerse ante la juventud y su belleza, esa belleza y juventud que la magia contemporánea de un bisturí había vuelto a extender por encima de su rostro retocando además la figura de su cuerpo.
—Ven te presento a mi familia —me dijo.
Como aturdido, oí que me hablaba de su esposo y de sus tres hijos. Estaban a su lado. Al verlos me ubiqué de nuevo en la playa, y pude volver a ver también al resto de la gente. A mis oídos volvió también el rumor de todas las voces unido a los sonidos del mar.

Después de ese encuentro la seguí viendo con su familia durante una semana. Ella andaba siempre junto a su marido. Se veían tan felices que yo procuraba mantenerme lejos de ellos. Además, cada vez que veía a Juvina, el animal que yo sentía dentro empezaba a revolcarse, y ahora parecía morderme el corazón. Celos, supongo. Celos, además de otros sentimientos inútiles, mezclados en mi alma de viajero sin tierra.

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