El abuelo de Josiah

Antón  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 2024 words

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Summary

Josiah ya no podía soportar el hecho de tener que besar la mano de su abuelo, obligado por su madre. Por eso cuando el anciano muere experimenta el alivio de saber que por fin acabó aquella imposición.

Josiah ya no podía soportar el hecho de tener que besar la mano de su abuelo, obligado por su madre. Por eso cuando el anciano muere experimenta el alivio de saber que por fin acabó aquella imposición.

EL ABUELO DE JOSIAH

Por Nadim Marmolejo Sevilla


Corría la infancia de Josiah.

Era completamente feliz realizando las actividades propias de la edad excepto cuando le tocaba ir a besar la mano de su abuelo. Su madre alentaba esa antigua tradición familiar esperanzada en que no se perdiera. Todas las mañanas antes que partiera hacia la Escuela, muchas veces sin reparar que estuviera tronando, relampagueando, o que llegara tarde a clases, lo obligaba a cumplirla.

Pero esta mañana afloró la protesta.
—Ya no voy más, mamá —gritó, chocado por la desilusión de ver que ella no se daba cuenta que lo estaba exponiendo a la burla de sus condiscípulos si lo descubrían, pues se había percatado que no era algo común en sus casas, y dispuesto a que reconociera de una vez por todas en el abuelo al invasor de su mundo que preferiría no encontrar nunca más en su camino.
—Nada de eso —sentenció ella. Tú abuelo se “calentaría” mucho si no vas.
—No me importa —el chico siguió en su actitud. Yo ya no soy un niño.

Había cumplido apenas ocho años el mes pasado.
—Usted no se manda solo —reaccionó su madre con energía, poniéndole fin a su insolencia. Vaya antes que…
Y Josiah se dio vuelta al ver el brazo alzado de su progenitora con el que había cortado la frase y a paso rajado se dirigió a la salida. Mientras iba hacia la puerta del corralón de la casa lo abordó un deseo irrefrenable de encontrar pronto la forma de zafarse de aquella obligación, pero no logró idear ninguna. En cierto modo porque lo agobiaban más las consecuencias que se derivarían de contrariar la autoridad de su madre, y en especial la del abuelo que ejercía sobre ella un control inaudito. Antes de cruzar el umbral lo sacudió un gritó inesperado de su mamá.
—Y no te demores —escuchó a su espalda. Vas a llegar tarde a la escuela.

En la calle ya se insinuaba una ardentía temible. De todas maneras los pocos transeúntes matutinos parecían andar sumidos en un profundo letargo, como si la noche hubiera macerado sus vidas antes que dispensarles energía. En el caso de los más viejos su paso delataba tanta dificultad que parecían no poder con la melancolía irremediable que dejan los años, mientras que los más jóvenes manifestaban un desánimo total como si no los aguardara el futuro. Y Josiah por su lado sentía, mientras avanzaba conforme a los enrejados enmohecidos que separan a las viviendas de la senda, como si literalmente una ola fuera la que lo empujara con fuerza hacia delante. No obstante, guardaba la esperanza que fuera aquella la última vez. A poco vio venir una ave que no logró reconocer, aunque su aspecto se parecía a la de una paloma torcaz, volando muy bajo, bordeando los guayacanes del vasto solar de los González, sola y silente como una alma, y la siguió con la mirada hasta que se disolvió a lo lejos detrás de él. Y acto seguido imaginó cuán fácil sería escapar de allí si también supiera volar.

Al llegar a su destino, una casona hecha de hormigón y techumbre de zinc ya oxidada, custodiada por dos palmeras de vino que casi llegan al cielo, no pudo retener la sombría impresión que toda la vida le ha causado la ruindad de su fachada. Y al pisar el rellano de la puerta abierta que da a la grande terraza de atrás avistó al abuelo. Estaba apoltronado en su taburete, recostado contra la pilastra de la cerca de palos que aísla la casa del patio, envuelto en el leve humo plomizo que sale del tabaco pestífero que a diario se fuma antes de marchar hacia la finca, sólido y circunspecto, como el buda de ornato que cunde en los mercados persas. Aunque ya se le notan bastante los setenta y siete años, parece que no se cansara de durar. Tenía una mirada energúmena, imperiosa, como si no fuera la de un hombre sino la de una Cobra colmada de una serena ferocidad. Y como para que no pasara inadvertida la mantuvo puesta en Josiah durante el trayecto que los separaba, pero el pequeño sólo se fijó en las uñas de cocodrilo de sus pulgares.

Maquinalmente, el viejo, como es su costumbre, extendió la mano derecha para que él posara el beso. El indecible temor que le inspira cada vez que está ante su presencia trató de someter a Josiah, en principio, inclusive quiso devolverse pero luchó fuerte por quedarse para no desairar a su madre. E igual que ayer, anteayer, y todo el tiempo que lleva haciendo lo mismo, el chico arrugó la cara apenas sus cándidos labios tocaron la piel rugosa del anciano como si hubieran tenido contacto con un limón. Y del mismo modo en que ha sido incapaz de expresar ternura en toda su existencia, el abuelo no correspondió a su postrer saludo de buenos días. Empero si tuvo ánimos para frotarle la cabeza de una forma en que no lo tenía habituado.

Con un ágil movimiento, propio de su edad, Josiah se apartó de su lado dispuesto a marcharse, pero aconteció lo inesperado: el abuelo por fin abrió la boca.
—Dile a tú mamá que venga a verme a la noche —le dijo. Y descubrir el violento vigor de su voz después de tanto tiempo fue para Josiah la comprobación de que al viejo no lo habita una alma humana sino una de animal de lucha.
—Sí, señor —asintió Josiah, con fácil sumisión. Y se afanó por salir más rápido que de costumbre para no olvidar el mensaje, ya que sabía que al abuelo le disgustaba la mala memoria de la gente puesto que la consideraba una clara muestra de menosprecio hacia sus mandamientos. Y en el peor de los casos susceptible de punición, según lo ha comentado con frecuencia su madre. Por ello durante todo el trayecto a casa permaneció repitiendo lo que le había dicho para que no se le olvidara.

Su madre cambió de semblante luego que le diera la razón, y mientras le ponía la mochila de los útiles escolares y se aseguraba de que nada faltara, no pudo encubrir los acelerados latidos del corazón. Sus manos temblaban. Y no era para menos. Su aprensión hacia el papá le había resultado insuperable. Ella nunca esperaba de él nada distinto a mandatos y prohibiciones que la disgustaban mucho pero debía cumplir de todos modos para no contrariar su temperamento catastrófico como el de las termitas. Como cuando debió resignarse a no asistir a los bailes de quince años de sus contemporáneas a causa de su negativa de darle el permiso con el argumento insostenible de que a esas fiestas sólo concurren las mujeres que andan en busca de marido. O cuando le impidió casarse, por las buenas, con el hombre que la inició en las lides del amor arguyendo que iba a meterle el enemigo a la casa, por el simple hecho que se trataba del hijo de un liberal. Razón, esta última, que ha llevado a Josiah a creer que ahí está el motivo por el cual su abuelo es así con él. “Tú estás muy niño para entender esas cosas”, es lo que Josiah ha escuchado de su madre las veces que le ha mencionado la relación que tiene una cosa con la otra.

Pero, hacia el anochecer, cuando estaban a la mesa y ella apuraba a Josiah para que acabara de comer, a fin de contar con el tiempo suficiente para alistarse y cumplir la cita imprevista que le había puesto el abuelo, su expresión se tornó distinta. Eran las seis y media cuando llegaron con el aviso. El hombre que lo trajo, de astrosa vestimenta, no pasó del umbral de la entrada de la casa por lo que no se pudo dar cuenta de la transformación general que sufrió la fisonomía de ella. Lo que dijo el emisario, Josiah no lo entendió nada pero se asustó con el gimoteo de su madre. El mensajero continuó su rumbo con sus pasos apagados, cual monje de abadía, y mientras culminaban la comida ella trató de esconder las lágrimas para que Josiah no las viera. Al cabo de conseguirlo fue que volvió a hablar.
—Lávate rápido las manos para que te vayas a acostar —fue lo que le indicó. Tengo que ir a ver que fue lo qué le pasó a tú abuelo.

La soledad en que quedó Josiah trajo consigo un silencio sepulcral, que nunca se había sentido en la casa. Era como si el mundo se hubiera esfumado y nada más existiera él y el rumor de su propia respiración descontrolada. Era la primera vez que su madre lo dejaba solo, con la casa a cuestas, sin saber cómo cumplir su mandamiento de dormirse, y para sentirse un poco más tranquilo tomó la inofensiva decisión de taparse las orejas con las manos para alejar de su lado cualquier posibilidad de peligro. Y así lo encontró su madre, al día siguiente, cuando pudo volver a la casa tras permanecer toda la noche atenta a la suerte de su padre que se hallaba en una clínica de Sincelejo. A Josiah le dio alegría no recibir ninguna amonestación de su parte al verlo de tal forma y le confesó, entusiasmado de repente por expresarle su solidaridad, que lo había hecho por ella.
—¿Qué le pasó al abuelo? —preguntó Josiah, luego.
Pero ella optó por no contarle acerca de su fallecimiento sorpresivo a causa de un derrame cerebral mientras recogía sus corotos esa tarde, luego de culminar su rutinario día de trabajo en la finca.
—Nada —prefirió decirle.
La curiosidad de niño, que había vuelto a ser el chico manso y obediente que a su madre le gustaba, acabó ahí.

Como nunca antes, esa mañana ambos permanecieron callados mientras ella lo arreglaba para ir a la Escuela. Cosa que sorprendió muchísimo a Josiah ya que la actitud de su madre era contraria a su proceder cotidiano. Y aún más cuando no lo mandó a que fuera a besar, primero, la mano del abuelo sino de una vez para el colegio. Salió aprisa, creyendo que de esa manera no le daría tiempo de que se acordara si se le había olvidado, y cogió la calle en veloz carrera con el pensamiento puesto nada más en llegar en el menor lapso posible al salón de clases. Por fin había llegado el día en que no cumpliría aquel encargo incómodo que repudiaba y que temía que pudiera convertirse en cualquier momento en el motivo de la mayor vergüenza de su vida si lo llegaban a saber sus amigos. Y ello generó en él una intensa e inopinada sensación de completa liberación que lo hizo ver aquel día diferente a todos los demás.

Por la tarde, cuando corría sobre el delgado lomo de un caballito de palo por la calle que pasa por su morada, vio arribar a la casona del abuelo un automóvil negro, cuyas ventanillas cubiertas con negras cortinillas realzaban su carácter lúgubre, del que extrajeron un ataúd de color caoba que fue puesto de inmediato en mitad del cuarto principal, adonde ya estaba construido un altar en el que sólo le llamó la atención el telón blanco enorme con una cinta negra cruzada que estaba pegado a la pared. Dentro del cajón vio al abuelo acostado, bien vestido de saco azul y corbata, pero más viejo. Oyó reventar luego el llanto de su tía Mariam cuando se acercó a verlo. Observó a su madre tocarle la frente con tanto cariño y en su cara un hondo pesar que le dio a entender que jamás concibió que la mano dura con que la crió no haya sido por amor. En cambio él sintió que se le introducía al alma, inusitadamente, una dulce sensación de alivio que reflejaba la certidumbre de que ya no tendría nunca más que volver a besar la mano del abuelo Herculano. ¡Por fin!, es lo que habría dicho en medio de la angustia de los otros, si aquel pensamiento no se hubiera conformado con quedarse dentro de su cabecita. Y durante el transcurso de las nueve noches del velorio permaneció irremediablemente feliz, silbando a veces melodías de moda que ya se sabía, como emancipado de una triste esclavitud.





FIN

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Comments

o.O impresionante
2010-05-01 09:49:46
Esta muy fuerte este relato, te genera una sensación de incomodidad muy grande. Pero es también un poco triste, el abuelo es una figura tan inhumana que su muerte alegra en lugar de entristecer... Ojalá cada vez menos abuelos sean así. Muchas gracias por los comentarios, los aprecio mucho de verdad. Saludos.
2010-12-12 07:08:23