El silencio de las habitaciones
Netomancia - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 1125 words
- 123
- 2
- 0
- 0
Summary
Juana era madre soltera. Sus días se dividían en partes iguales. Trabajaba mañana, tarde y noche. Esa automatización asustaba a Matías, su hijo, porque parecía un fantasma y no una persona. Cuando su madre se iba del hogar, se quedaba asimilando el
Juana era madre soltera. Sus días se dividían en partes iguales. Trabajaba por la mañana en un empleo, como camarera en un bar; tras el mediodía regresaba a su pequeño departamento para prepararle algo de comer a Matías, su único hijo, de solo nueve años. Tenía solamente tiempo para eso, pues a las tres de la tarde ya estaba en una casa a cinco calles de su hogar, como doméstica.
Regresaba cansada a prepararle la cena a su niño, que a todo esto se las arreglaba solo para vestirse, ir al colegio, volver, esperar a su madre, jugar a los videojuegos, ver televisión, esperar a su madre e irse a dormir.
Luego de comer, ella se acostaba un rato. A la medianoche tomaba un turno de seis horas en un puesto del peaje, en una autopista en las afueras de la ciudad.
A pesar de tantos trabajos, con suerte pagaba los gastos del departamento, incluido el alquiler y las despensas, además de mantener a su hijo bien vestido y alimentado. Era consciente que sacrificaba no solo su vida y salud, sino también la posibilidad de ver crecer a su pequeño, que cada día estaba más grande, como así también ayudarlo en sus tareas cotidianas.
La rutina era parte de su vida, hacía todo en forma automática, y esa automatización era en realidad lo que más asustaba a Matías, porque parecía un fantasma y no una persona. Cuando su madre se iba del hogar, se quedaba asimilando el silencio de las habitaciones; luego, inspeccionaba el sonido procedente desde la ventana que daba a la calle. Soñaba con que su madre se arrepentiría de dejarlo solo y regresaría, para compartir sus juegos y ayudarlo con las tareas de la escuela .
Pero luego de sopesar primero el silencio propio y luego el ruido ajeno, entendía que sería un día como todos, sin milagros ni alegrías.
Esa mañana en particular, salió al colegio más triste que otras veces. Debía actuar en una obra y su madre ni siquiera había leído la invitación que le dejó la noche anterior sobre la mesa de la cocina.
El papel, hecho un bollo, descansaba ahora en el fondo del bolsillo de su pantalón. Caminaba casi rumiando de bronca y no podía ocultar los ojos sollozos. Pensó en ir hasta el trabajo de su madre, pero desechó la idea. En cambio, fue hasta el colegio y soportó la ausencia, como quién se resigna a recibir una vacuna o una paliza, cuando se porta mal. Deseó con todas las fuerzas de su alma, que fuera la última vez que su madre faltara a una obra suya.
De regreso a casa sintió que algo de tranquilidad había vuelto a su cuerpo. No obstante, se prometió decirle lo que sentía a su madre.
Llegó al departamento, se detuvo frente a la puerta y sacó la llave. Se percató sin embargo que la puerta estaba abierta. ¿Mamá? Se preguntó casi sin creerlo. Entró velozmente. Ella no estaba en la cocina, tampoco en la habitación. Miró con detenimiento la cama y vio que estaba sin hacer. Las sábanas revueltas, la almohada torcida y una frazada a los pies de la misma, esperando a que alguien la recogiera.
En el centro del colchón, había una mancha roja, que parecía vieja, como lavada por el tiempo y a punto de esfumarse, pero visible aún.
Matías se asustó y llamó a su mamá por el nombre: ¡Juana! ¡Juana! ¿Estás en casa? Recorrió el pasillo hasta la cocina, observó las ollas colocadas en sus estantes, los platos en el fregadero, la mesa aún sin levantar, con la taza de su desayuno y las migajas que había hecho al comer.
Abrió la heladera, casi por un impulso tonto y no encontró más que un par de botellas y comida vieja. Algo, además, olía mal. Supuse que era un plato con carne al horno, que vaya a saber cuánto hacía que estaba allí dentro.
Corrió a su cuarto, mamá podía estar armándole la cama. La ilusión lo embargó, lo llenó de alegría. Mamá se había tomado la mañana para él. Abrió la puerta sintiéndose un misil, pero la habitación lo recibió vacía. Su cama estaba como la había dejado cuando se levantó. El despertador con forma de payaso seguía marchando. Los segundos pasaban delante de su mirada. Matías volvió a llamar a su madre, gritando su nombre. El silencio le contestó sin inmutarse.
Volvió al cuarto de su madre. Volvió a la cocina. Había estado en el living cuando llegó y allí no había nadie, pero no vaciló y fue esperanzado hasta allí. La nada misma. Una brisa le rozó el cuerpo; sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. La puerta vidriada que daba al balcón estaba abierta. La brisa y el frío penetraban ferozmente.
Salió al balcón y observó el mundo que se extendía ante sus ojos. Una ciudad ajena al sufrimiento que lo atormentaba, el anhelo casi vívido de querer a su madre en casa, la sospecha que ella ya no quería estar con él. Sentimientos que se encontraban en su mente y le hacían un nudo en el corazón. Pero para la ciudad que lo rodeaba, no era más que una nimiedad en un universo de problemas. Su realidad no le importaba. Era un niño, una pequeñez, una insignificancia, apenas un número en las estadísticas.
Matías se aferró de la baranda del balcón y con fuerzas gritó: ¡Mamá! El sonido se prolongó por los aires, pero sin llegar a ningún oído. En la ciudad, los gritos son mudos y los demás, sordos. Lloró, rendido sobre suelo del balcón.
La puerta estaba abierta, si. La puerta siempre estaba abierta desde hacía varios meses. La dejaba así para creer que ella había vuelto. Recreaba esa rutina, la que tanto había odiado para soñar que aún estaba. Y se ilusionaba con su presencia para no odiarla tanto por su ausencia.
Había días en que el plan funcionaba, que salía por la puerta y al volver, todo parecía normal, y entonces, en silencio, se preparaba la comida creyendo que era su madre la que lo hacía. Y se conformaba engañándose que nuevamente había ido a trabajar, por no tenerla cerca para mostrarle algo que había descubierto en la televisión o pedirle ayuda en los deberes que no entendía.
La rutina del engaño, ahora era suya. Desde el día que ella agotada, resentida y hasta quizá, odiándolo a él por la vida que llevaba, se clavó un puñal en su propia cama, dejándolo solo, además de testigo.
La policía se llevó el cuerpo y nadie volvió por él. Sin embargo el volvía todos los días por su madre, temiendo que si no lo hacía, ella jamás lo perdonaría, sea donde sea que estuviese.
Porque al final, se había convertido en ese fantasma que tanto temía. Y no habitaba la casa, sino aún peor, residía en su mente.

1


