Una ópera de Wagner

Sanchez  - THRILLER / SUSPENSE - 965 words

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Summary

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Al doblar en San Patricio para caminar las últimas dos cuadras que lo separaban de su casa, Mateo Manzi aminoró la marcha. Todos los días al regresar de la escuela, en el mismo lugar, el mismo cambio de ritmo, el mismo cambio de humor. Para colmo de males, esa tarde gris no se cruzó al cartero ni encontró latas de gaseosa para patear en el camino. Llegó hasta el hall de entrada y se sentó en uno de los enmohecidos escalones a mirar el jardín mientras empezaban a caer las primeras gotas. A la hora de la siesta Empalme Lobos era un pueblo fantasma, de persianas bajas y calles desiertas. No es que en otro momento tuviera gran actividad, pero entre las dos y las cinco de la tarde uno podía vagar casi anónimamente desde Lamadrid hasta Santiago del Estero. Para Mateo, ese horario era su condena. Y si por un momento lo olvidó, distraído con los pliegues del rostro del mastín napolitano de la Sra. Visconti, lo recordó al escuchar la bisagra de la puerta de entrada y ver tras esta la sombra de Jorge, su padre.
El chico se sentó una vez más en el piano, puso en el atril las partituras y con una mueca de resignación se dispuso a cumplir con la rutina. Sus dedos recorrían torpemente las escalas como si la práctica diaria nunca fuera a hacer mella. Habían pasado ya más de tres años desde la muerte de su madre Isabel y dos desde el comienzo de sus lecciones, pero parecía no ser suficiente. O era tal vez que el tiempo no era lo importante, sino la resistencia que el mismo Mateo ponía en el aprendizaje. El piano nunca había sido su elección. Y aunque la música no despertaba en él las mismas pasiones que históricamente habían despertado en la rama materna de su árbol genealógico, si le hubieran preguntado, él hubiera preferido la guitarra. Sin embargo, mientras vivió, su madre no insistió demasiado en la formación musical del chico, sino que fue su padre, tras la muerte de Isabel, quien hizo de esto su principal y caprichosa misión.
Ese miércoles lluvioso, Mateo golpeaba las teclas con más saña que de costumbre, como si tratara de acompañar el violento repiqueteo del granizo sobre las tejas, cuando tuvo una sensación extraña, nueva. Sintió que los dedos se le dormían y por un momento dejaban de ser realmente suyos para entregarse por completo a las negras y semicorcheas. La Sexta sinfonía en fa mayor de Beethoven finalmente después de tanto intentarlo ahora sonaba, por lo menos, prolija. Aunque todo esto duró apenas unos minutos, desde la cocina Jorge saludó el avance con un escandaloso aplauso. Tu madre estaría orgullosa, le diría luego en la cena. Excitado, esa noche Mateo Manzi casi no pudo dormir. Si bien los dedos se sentían nuevamente suyos, algo todavía le resultaba ajeno y lo incomodaba. Aún más, lo inquietaba.
Durante varias semanas la lluvia no cesó. Tampoco lo hicieron las lecciones de piano de Mateo y su particular técnica que llamaremos de “extrañamiento”, la cual día a día le prodigaba mejores resultados. El Rondó en do mayor de Chopin, La Primavera de Vivaldi; todo sonaba ahora armónico y luminoso. Sin embargo, al chico cada vez le costaba más recuperarse de ese trance de otredad, de esa alienación. Ya no eran solo sus movimientos los que le resultaban ajenos, sino ahora incluso sus pensamientos. Al acostarse intentaba prolongar la vigilia llevando al límite la resistencia de sus párpados. Tenía miedo. En sus sueños también se filtraban memorias e imágenes exóticas pero a la vez aterradoramente familiares.
Una tarde, después de escuchar completa y sin tropiezos la Kreisleriana de Schumann, el regocijo de su padre era supremo. Sentado en el sillón de terciopelo bordó junto a la salamandra encendida, Jorge sonreía moviendo desacompasadamente las manos. El inverosímil director de orquesta jamás había percibido el estado de enajenación que experimentaba el chico al entregarse al piano. Y ese día tampoco lo hubiera notado de no ser por el repentino cambio de repertorio. Los dedos de Mateo, o esas extremidades foráneas que ocupaban el lugar de aquellos, decidieron de improviso innovar con la obertura de Tannhäuser, una ópera de Wagner.
-¿Dónde aprendiste eso?- preguntó Jorge poniéndose abruptamente de pie y revisando las partituras sobre el atril sin encontrar lo que buscaba.
Mateo seguía tocando sin dirigirle siquiera la mirada. Su padre lo tomó por el brazo pero el chico no reaccionó. Estaba ya no extrañado sino en pleno estado de posesión. Otra vez el incesante ruido del granizo contra las tejas se mezclaba en el aire con la vibración de los arpegios.
-¡Basta Mateo!, ¡Basta! ¿Te pregunté de dónde sacaste eso?
El que parecía extraviado ahora era Jorge, que ante la inacción de su hijo tras el apretón del brazo llevó bruscamente la mano hasta el cuello. El chico dejó de tocar y miró a su padre con los ojos inyectados en sangre y a la vez colmados de lágrimas.
-¡Si pudiera despertarme ahora!- gritó al tiempo que se soltaba poniéndose de pie.
Pero la ahogada voz que habló tampoco era ya la suya. El hombre intentó sujetarlo una vez más pero el cuerpo flacucho se le escurrió de las garras y fue a encerrarse bajo llave en el baño. Con la vista borrosa por la profusión de lágrimas, Mateo se miró al espejo y no se encontró. En lugar de su reflejo lo que vio fue a una mujer apenas más alta que él, de cabellos rojizos y sepulcral semblante. Se acercó para distinguir mejor las facciones de ese rostro intruso y, entre llanto, descubrió a su madre Isabel, la pianista, llevando en su cuello una gargantilla morada de un ancho trágicamente idéntico al de las manos de su padre.

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Comments

Muy bueno el relato. Saludos.
2010-05-28 08:46:58
Que buena historia me encantó, es muy original. Disfruta de mi cuento ¨Escritor de Sueños y Pesadillas III¨ antes del gran final de la saga. Angel Feradez.
2010-07-05 12:06:35
Muy buen relato, me encantó.No me esperaba ese final.Felicitaciones!
2012-03-30 14:37:27