El Espejo

RonaldRipper  - FANTASY - 4856 words

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Summary

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En una tarde muy calurosa, de èsas en que los pensamientos suelen tornarse tormentosos, un tipo a quien llamaremos D., decide salir a dar un paseo y llega a un parque. Toma un descanso en una silla situada justo frente a unos pajaritos, quienes se hallan picoteando libremente el suelo en busca de algún terroncito de alimento que pueda servir a su libre e incondicional sustento. En eso, mientras los contemplaba, comenzò a sentir una profunda tristeza - dònde quedò mi felicidad ? - decìa en voz baja; sintiò ganas de llorar mientras con sus manos cubriendo sus ojos intenta inútilmente abatir su pena. Se retira del lugar y acude a la casa de un amigo con la intenciòn de visitarlo. Su amigo es una persona cuyos mayores temores radican en la soledad. El amigo recibe a èste en la casa, acto seguido se saludan. D. entabla una conversación con el amigo acerca de la felicidad.

- Còmo consigues ser feliz ? - ,le pregunta D. con algo de cansancio fìsico
- La felicidad està en el amor, tù necesitas encontrar a alguien - ,contesta el amigo muy seguro de su afirmaciòn
- Pero, por què el amor ?, si eso no es eterno, es un vano tormento envuelto en sentimientos superfluos que no te permiten ser feliz de verdad - ,responde D. pensativamente
- Pero si el amor es lo màs hermoso, te hace sentir que la vida es màs fácil - , contesta el amigo
- No, tù eres un hombre pequeño y a decir verdad, no sè por què diablos quiero hablar de felicidad si dicha felicidad es la que tù conoces y la que gran parte del mundo tambièn conoce, entonces esta felicidad es efìmera. El amor se acaba, las circunstancias de la vida y la muerte se encargan de ello, entonces el amante queda desolado en un sufrimiento producido por aquella vanidad que nos produce el deseo de amar, ser amados, adulados o hasta idolatrados
- Eso lo dices porque jamàs te has enamorado
- Mejor me voy, adiòs ! -, se despide enérgicamente.

Se marcha y mientras camina de regreso a su casa, empieza a meditar en voz alta de la siguiente manera: La belleza, la virtud, la pureza, la inocencia, esto es lo que nos han quitado. La inocencia, la dicha de no vivir marcado por el bien y el mal, pues èstos son sòlo signos no definiciones, marcados por una sociedad infectada por el virus creado por locos que estùpidamente buscan alcanzar las estrellas. Ellos son culpables, culpables de condenar a la humanidad al eterno martirio de lo objetivo, eso es. ¿ Para què vivir en un mundo envuelto en sentimientos vulgares, creados por gente enferma por sus vanidades y desprecios ?. Debemos buscar la inocencia, la cual no distingue entre el bien y el mal, la cual ademàs encuentra en la vida una dulce sinfonìa, plasmada en nuestros buenos recuerdos pero que en este mundo sòlo devienen en terribles pesadillas. Sì, es ahì, donde estaba nuestra felicidad y la hemos perdido, pero si hemos de vivir en este mundo acorde a sus condiciones obsoletas, el suicidio entonces es una gran alternativa. Creemos que la infelicidad està en la falta de amor, falta de dinero, pero no es asì. Nuestra felicidad quedò hundida en la subconciencia y en nuestra conciencia sòlo hay superficialidad. Hemos dejado de ser dichosos el dìa que empezamos a razonar. ¡ IOh razòn, maldita razòn, eres falsa, eres un fantasma que droga mi vida, eres la mayor adicciòn del mundo, màs que la cocaìna o el alcohol. ¡ Oh muerte !, este mismo mundo te ha convertido en algo horroroso, capaz de producir el peor temor, un temor de ignorantes, un temor que impide que muchos sean capaces de realizar sus sueños. Eres necesaria en este mundo devastado y sin remedio, muchos piensan que el temor no es a la muerte sino a lo que vendrà después, pero yo digo, la muerte no mira sexo, edad o condiciòn social, cualquiera puede morir, si muero violentamente no tendrè tiempo de pensar en cualquier tonterìa y si muero enfermo, de què diablos me sirve pensar si igual voy a morir y no habrà dios alguno que me podrà ayudar, pues todo eso es falso, son sòlo obstinadas creencias absurdas que intentan acabar con lo inevitable de la vida.

Durante este profundo pero confuso soliloquio, las personas que se encontraban cerca lo creen desquiciado y deciden llamar al hospital psiquiàtrico, entonces acuden al sitio los enfermeros y lo dirigen a una institución estatal para maniacos, capaces de pensar por sì mismos.

Durante su estadìa en el psiquiàtrico en su mente se aglomeran pensamientos, tan abstractos o absurdos para algunos, pero al final sòlo son pensamientos o al menos es lo ùnico certero que se puede observar al momento de calificar a la mente humana, la cual tiende a ser la màs atormentada en muchos de nosotros…los simples mortales. Estas son sus locuras mentales:
“La noche cae, el sol se consume lentamente en el claustro de su agonizante luz. La brisa veraniega sopla entre sus suspiros una dulce esperanza, que busca cobijarse bajo las penumbras de la lenta muerte del dìa. Bajo las distantes estrellas perdidas en la infinitud del firmamento permanezco sentado en una desolada silla, aquì, en la Tierra. Sumergido en las màs profundas abstracciones de mi mente, amoldada acorde a las circunstancias, a las visiones que ofrece el mundo interior y exterior; a las sensaciones y sentimientos, desenterrados de mi sepulcro, de mi inercia, de mi alma adormilada. Mas quièn soy ?, nadie, nada, sòlo un manuscrito teñido de palabras absurdas. El mundo es una maqueta y yo una marioneta. Las cosas tienen el sentido que yo les otorgo. Me levanto como una cortina abrazada impulsivamente por el viento. No siento ganas de levantarme y caminar. Mi cuerpo es un peso, una ilusiòn palpante y verdadera de mi mortalidad. Un ataùd lleno de flores marchitas, cada una de ellas conteniendo infinitud de promesas, mientras en sueños bebo el sacrificio de cada uno de sus pètalos. Bebo su sangre, la esencia de sus glorias màs inalcanzables, los amores que guardè detràs de las pinturas de retratos de dos personas mirando hacia el horizonte, dos personas de espaldas ocultando su mejor sonrisa por miedo a caer en la infausta zanja del vacìo. Me miro en un espejo. Distanciada parece mi vida. Mis ojos han inmolado la ùltima làgrima, la ùltima gota de humanidad. El brillo en ellos es un fuerte destello, un relámpago perdido en la oscuridad y ahora…, què…, què màs queda ?, sòlo el espejo, sòlo el vacìo. Mi sombra un dèbil faro, yo… una proyecciòn suya. Cada dìa es la descripción susurrante de mi destino y este espejo, el epitafio de una vida ausente. Mi corazòn ha abrigado el dolor eterno, ha subyugado sus latidos al primer amor, ha manoseado el frìo mármol sepulcral, derramando letanìas en odio y masoquismo, tratando de unir las cenizas que restan de la pudriciòn.”

D. decide dar un paseo por el patio del psiquiàtrico. Luego de un extenso recorrido por las instalaciones de la institución, comienza a sentir sueño y entonces resuelve retirarse a su habitación, pese a que dentro de su alma el miedo aùn respira los màs esenciales cimientos de su sentido de la libertad, mas èl està conciente de que todos sus temores siempre han sido regidos por supersticiones. Y su profunda timidez, cada vez màs luctuosa, màs enraizada al pasado, a los malos tratos verbales que recibìa por parte de sus compañeros, amigos de clases y la vulgar gente citadina durante su niñez y adolescencia. Su existencia era un paisaje sin colores, un acuarelado paraje con la pintura chorreada por el exceso de agua. Sus dìas eran migajas de pan que devoraba con desconsuelo. Su soledad, una mano extendida esperando las monedas de la dicha y los manjares de la experiencia, sòlo eso, una mano extendida, una mendicidad, de la cual sòlo la muerte se compadece, para dejarlo aquì, viviendo su oscuridad. La muerte lo ha acogido en su mansiòn para que sienta el sabor de la vida sin experimentarla. D le escribe a la muerte.
“Misteriosa muerte.
¿ Por què tardas tanto ?, mis dìas se nublan ante los deseos, sintiendo que me asfixian constantemente. Vivir es vagar en la nada, es vivir como muerto viviente, actuar como payaso, para despuès caer en la cruel realidad. Camino entre sombras, buscando algo de paz. Mi vida es obsoleta en medio de tanta gente alegre. Mi sangre frìa està.

Muerte, tu sangre quiero beber y asì soportar este pesar, que de hoyos marca mi podrida existencia. Muèstrame tu frialdad y cùbreme con ella, lìbrame de la desdicha de amar y de odiar. Muerte, tu amor es ùnico, tu amor nos libera de esta obstinación que nos marchita lentamente, mientras esperamos la quimèrica felicidad.
Muerte, tu compasiòn es tan grande, que acaba con las tribulaciones de los desgraciados, por què alejarme de ti ? y encerrarme en esta inerte necedad por la vida, si mi verdadera existencia a ti pertenece y a tu lado estar, …placentero es.”

Se acuesta en el piso, la litera està muy deteriorada, el colchòn està agujereado y sin cubrecamas. A su alrededor las paredes estàn acolchonadas y ennegrecidas por la suciedad. La habitación sòlo cuenta con una mediana ventana hacia la calle, cubierta por unas rejas por afuera. Mientras permanece acostado hasta que el sueño llegue a ser su calmante màs necesario, se escuchan pasos en el suelo. Una ligera ventisca llega a su rostro. Se levanta asustado, cayendo nuevamente en los miedos màs diabòlicos que solìa experimentar durante toda su juventud hasta la etapa en que conociò a Sandra y de quièn se enamorò después, volviendo a sentir de esta manera el ardiente hielo de la soledad quemar sus ya devastados sueños. Todos sus temores regresaron. D. cayò en una resquebrajable desesperación, quieta y silenciosa, pues no se movìa por nada, se quedò neutralizado en su posición para dormir. Sus ojos experimentaron una visiòn, una sombra, probablemente su sombra. Èsta intenta ahorcarlo. D. siente que su respiración se acorta cada vez màs por la fuerza de la melancòlica silueta.

Sus manos se aferran violentamente para levantarlas mas no logran moverse. Despierta, ignora lo que le ocurriò y ve un espectro, luciendo una gran casaca oscura, sin rostro, pues el sitio donde supuestamente se ubicaba èsta, se hallaba cubierta por una capucha armada a una gran capa, ambas oscuras. Era la muerte, sin rostro, pues ella no ha experimentado la humanidad ni sus pasiones ni deseos, mas esto no es impedimento para que no las conozca, pues las confiere a quienes acogen a ella en su corazòn y en su alma cuando èstos estàn condenados a la marchita condiciòn de la inercia y a la pèrdida de la felicidad, convirtiendo a estos estados en esencias de inmortalidad mas no eternidad, pues ella otorga inmortalidad mas no eternidad. Ella regala victorias, no glorias. Ella es su soledad, la cual es sinònimo de muerte. Soledad y muerte son una misma banda atada a nuestros pies desde el nacimiento. Son el cuchillo que afila y ennoblece nuestras condiciones humanas.
D. entabla un diàlogo con la muerte:
D: Muerte, dime, ¿ por què te temen mucho ?
Muerte: No es que me teman, lo que ocurre es que algunas personas al morir temen dejar lo que amaban y dejar esta vida sin haberla disfrutado al màximo, sin haberse entregado a los placeres màs mundanos, ademàs ¿ còmo podrìan temerme, sino me conocen ?, es màs, aquellos que han amado la vida de verdad me han recibido de muy buen ànimo, me refiero a aquellos que han hecho del peligro su màs noble profesiòn.
D: O sea, que el temor a la muerte no existe
Muerte: Exacto, el temor a la muerte es sòlo una ilusiòn mediocre, pero que ha influenciado mucho en las personas e incluso tiemblan muchos cuando escuchan mi nombre. Yo soy sòlo una etapa transformadora de la substancia, es decir que ahora eres hombre y después sòlo seràs huesos, polvo, eso es todo lo que ocurre después.
D: Sè que has hecho a muchas personas, famosas
Muerte: Asì es, sino fuera por mì, què serìa de la memoria de los hèroes, de aquèllos que optaron por una vida corta pero de inmensa posteridad. Què serìa de ellos sino hubieran hecho esta elecciòn ?. Algunas religiones, sectas o filosofìas han convertido a la muerte en el pasadizo a mundos monstruosos, que a su vez engendraron miedo en las personas, un miedo causado por la ignorancia, pues no me conocen, por consiguiente el miedo a la muerte es producido por un mundo quimèrico, creado por personas, que vacìas consigo mismas buscan ser idolatradas o aduladas. No, el miedo a la muerte es una falsedad, hay quienes dicen que no se trata del miedo a la muerte sino acerca de lo que pasarà màs adelante, y yo pienso para què vivir ?, en un mundo donde se ha perdido la inocencia, en un mundo corrompido por el bien y el mal, pues èstos son sòlo signos mas no definiciones.

Terminada la conversación se encuentra solo en su habitación. Descubre que su conversación con la muerte no le pareciò del todo muy intelectual e incluso la encontrò muy irònica. Se acerca a la ventana de su habitación y mientras contempla el oscuro firmamento nocturno y la amarillenta luna, engrandecida en todo su soñador y siniestro esplendor a travès de las oxidadas rejas. Un recuerdo llega a su soledad como una gota de agua cayendo de un grisàceo cielo invernal. Una simple gota que cae sobre D. como un manojo de flores sobre una làpida, su làpida. Una gota que le dice: Lo siento, una làgrima que cae junto al viento, como el inapelable tiempo y un oscuro cielo que se convierte en su hogar, en su etèreo jardìn para plasmar todo aquello que nunca pudo llegar a ser realidad, todo aquello que acorde a sus carencias resultan inalcanzables. Para engendrar en cada estrella una luz de consuelo, luego de soportar la asfixiante luz del dìa. Su inmensa sensación de pèrdida sòlo desangra un nombre: Sandra, aquel amor que sòlo existiò en su locura, una ilusiòn, sòlo eso, una agonizante y ridìcula ilusiòn, pero que lastima profundamente como una daga surcando heridas en el pecho para después cicatrizarse y continuar nuevamente con las heridas y asì sucesivamente. D. navegaba en su inmortal melancolía, mientras escribìa una carta sin destino alguno, desatando asì un poco sus sentimientos, apagados en el encierro de sus delirios poèticos, acaecidos gravemente por su torturada imaginación. Anhelando todo lo que el amor en sus màs extremas definiciones puede brindar y todo, absolutamente todo aquello se resumìa en una mujer: Sandra.

“ Demasiadas pèrdidas en esta vida veo, como piedra soy, incapaz de moverse, mientras la lluvia sobre mì cae, consumièndome lentamente que a travès de los años, a mi pesadez, eternos parecen. En esta fosa caì, de tierra fui cubierto, y a un gris mundo regresè. De estas cenizas me levantè, sin alma y sin corazòn.
Vagando voy por estos escombros, que un dìa, el sustento de mi felicidad fueron. Dentro de mì ya nada existe, sòlo este gran vacìo. Mis làgrimas se han secado, ya nada tiene razòn de Ser. El color aùn veo en tus ojos, aùn ardes, aùn veo ese fuego en ti que incansablemente contra la lluvia lucha. Mi indolencia te ha lastimado. Mis sentimientos, el tiempo los matò y sepultados quedaron.
Muerto estoy, sin humanidad y sin saber còmo rescatar ese amor que por ti yo sentìa. Ayùdame ! con tus tiernas y nobles caricias a encontrarlo y recobrar la vida de la cual privado fui, cuando entre abrazos empujados por el miedo de la separaciòn dejamos a la libertina suerte nuestro pròximo encuentro, mientras contemplàbamos cuàn desgraciadas, minuto a minuto, nuestras vidas se tornaban.”

Terminados sus escritos, se escuchan unos ruidos ensordecedores en la puerta. D. decide salir, pero lo que halla en el suelo es una flor de acònito marchitada, la cual la guarda en un libro de poemas. La recuerda, su corazòn sufre una terrible presiòn, como si alguien intentase ahogarlo y detener sus latidos. Su obsesivo amor por Sandra deviene en sueños atormentados y fúnebres, en visiones macabras. Su aliento se resquebraja, pues sus latidos sòlo obedecen a una mujer: Sandra. Una marchitada flor para su sepultura, una marchita flor era el ornamento para su melancolía. El tiempo, los minutos, los segundos, acuden lentos a su vejez. Todo se ha detenido. La oscuridad se abre frente a sus ojos y los fracasos se acoplan a sus espaldas. El peso es tan grande. La desdicha se convierte en el sabor màs dulce que su alma podrìa saborear, en el ajenjo de sus despertares, en el licor màs hechizador al momento de sentir las punzadas del amor lejano, perdido y muerto a la vez.

Una noche, D. cae en un sueño pesado, sin percatarse del repentino golpe somnoliento que lo derriba sobre el suelo, quedando asì profundamente dormido y mientras esto sucede empieza a soñar. El velo de lo imaginable e inimaginable lo envuelve en su desvelado aposento. Se encuentra en un inmenso salòn, ornamentado con cuadros enmarcados en un estilo barroco. Amplias y grandes cortinas rojas bordeando las vastas ventanas. El suelo cubierto en alfombras rojas, pedestales con figuras de àngeles, candelabros alumbrando el salòn con solitarias velas que bailan con el viento, que va golpeando frenéticamente las puertas de las mosaicas y gòticas ventanas. En un rincón se halla una mujer, de espaldas con un vestido blanco, una falda bien larga arrastràndose en el piso. D. se acerca, ella se voltea y la reconoce inmediatamente. Era ella, Sandra, quien lucìa màs hermosa que el primer dìa en que su cansancio por vivir renaciò en esperanzas. Cuando creyò ver la imagen de Dios reencarnada en su humilde y divina belleza, en sus rosàceos y tìmidos labios, en su blanca y suave piel, intacta en su incorruptible juventud. Càlida en su suavidad de fuertes angustias que expresan aquel deseo de ser amada, ser tocada, ser venerada. Su pùdico misterio guardaba mucha humanidad. Aquello se expresaba sin reserva alguna en sus amielados ojos, marchitados en un extraño e irreconocible dolor, pero llenos de nostalgia y sensualidad a la vez. Una belleza que parecìa romperse. Una frágil ninfa que saliò de los bosques. Su lozanìa reservada para una eterna pero cansada posteridad, buscando en la uniòn el llameante resplandor de su inquieta belleza. Las làgrimas y el dolor, causados por el amor y la desoladora inquietud de la distancia era precisamente lo que ambos sentìan, tanto Sandra como D. Las razones que les llevaron a la separaciòn al final ya no tenìan importancia. Sòlo la cercanìa expresaba una gran caricia, aun sin tocarse, la mutua añoranza desentrañaba los màs asfixiantes sentimientos. La mutua necesidad se torna dolorosa y este dolor se torna placentero. Ambos humanos, ambos enfrentando el destino con un frágil canto, callado en las penumbras del pensamiento, reflejado en el brillo y rojizo color de los ojos. Cegados por las iras del rechazo y ahogados en un extenso e inexplorable mar de sueños.

- Sandra, Sandra, mi amada ninfa – expresa D. – Nunca pude olvidarte, siempre te amè, diosa mìa. Tu nombre es una palabra que mis labios pronuncian en la suciedad del fango donde nuestro amor aùn permanece desesperado por resucitar. Sandra extiende sus manos sobre las suyas sin expresar una palabra. D. se despierta, acude a revisar el libro donde depositò la flor de acònito, y èsta volviò a adquirir su tono de color original. La flor habìa despertado de su marchitez. Lucìa un hermoso color azul, tan azul que cobijaba a la imaginación en un mundo infinito, hallado sòlo en la grandeza de dos almas en espera por la luz del dìa, por un mediodìa que permita ubicar en el centro de cada Ser un doble corazòn, capaz de sentir, no por uno solo sino por ambos. Sus pètalos adquirìan un ligero degradado violàceo, un azul inyectàndose en la sangre del martirio. Y es que el amor es felicidad precisamente por eso, por todas las emociones que nos pueden brindar y los sentimientos que èste puede hacer renacer en nosotros. Anhelos que muchas veces los creemos perdidos cuando el cansancio de vivir se ciñe a nosotros como el peor y màs corruptor de los vicios.

D. sale al patio para respirar un poco y regocijarse en sus sueños y deseos al contemplar el milagro de la flor, pero al salir, el patio habìa cambiado, ya no era un patio, sino un cementerio. D. se queda muy asombrado y anonadado al encontrar un desolador paisaje poblado por làpidas ( èstas no tenìan descripción alguna ) y estatuas de mármol,. Mientras D. recorrìa el inhabitado panteón, encuentra al final del camino, a lo lejos, al lado de un deshojado árbol a su amada, luciendo igual que en el sueño. Se queda estupefacto y ambos se abrazan suave y lentamente como buscando dèbil pero esperanzadoramente el inagotable calor del consuelo en el contacto corporal, en la fusiòn de un impotente beso, que lucha por conseguir la uniòn de dos almas, que buscan resucitar algo perdido. Un sol entre las olas de un turbulento mar, enfurecido por las violentas confusiones y las mediocres expectativas de un mundo enfermo.

Ambos voltearon hacia el sitio donde se hallaban las làpidas y en todas encuentran inscritos sus nombres. Cada una relatando las caìdas del amor y la esperanza de un cariño que siempre muere en el desprecio para después regresar a la fecundidad de los sentimientos muertos, pues cada vez que èstos mueren renacen màs fuertes, sì, el amor entre D. y Sandra ha renacido y no sòlo màs fuerte sino inmortal. Para ellos no ha existido otro camino que vivir juntos, en la muerte, al amparo de la luz del dìa y de la noche. Los empleados del manicomio al hacer un rutinario paseo por los pasillos de la institución encuentran su habitación abierta, entonces èstos proceden a entrar y lo ùnico que encuentran en su cama, son dos flores de acònito, dormidas en sus esplèndidos colores. Como D. y Sandra, dormidos en su amor, con todas sus miserias y porvenires, pues nada màs importa al final. El amor es lo ùnico que debe bastar para ambos. Un amor mutilado pero noble, infinito e inmutable.

Ambos permanecen abrazados. D. observa que entre las tumbas se halla un féretro, aùn no sepultado, muy ornamentado, con figuras angelicales y hechas de oro. Procede a abrir la tapa del ataùd. En su interior se halla un cofre de cristal. Dentro de èste se encuentran dos anillos. En el centro de èstos un rubì, destellando su resplandeciente brillo rojizo. Ambos se los colocan en sus dedos y empiezan a bailar lentamente y tomados de la mano. Como en un empañado sueño, poblado de sensaciones enterradas y extrañas escenas, sus lentos movimientos se armonizan a los golpes de los encantamientos de la cercanìa, que fluyen por las venas, que apuñalan enèrgicamente su tristeza en el ardiente pulso, cuando caemos en su magia y creemos que todo està perdido sino estamos con la persona que amamos. La mùsica suena demasiado lejana. Un ritmo muy irreconocible, parecido a alguna entonaciòn de violines. Todo es raro, el baile, la mùsica, el féretro. Ambos cesan de bailar, se besan profundamente. De repente suena el sonido de una campana. Cansada suena, como si sus tonadas pretendieran disipar entre la brisa un llanto casi imposible de cantar y a la vez, una reprimida risa que intenta al mundo maldecir. Sus latidos se agudizan a cada momento. La sangre se derrama en éxtasis y demencial furia. Sus rostros adquieren un ligero color rojizo, carentes de un tono màs sublime, como extrayendo de su palidez hasta su ùltima tinta calcàrea. Mientras la lluvia destila violentamente entre las nubes sus inagotables làgrimas.

Què duele màs, el amor o el deseo ?, - medita D. dentro de su mente. Recuesta su rostro en los pechos de Sandra. Escucha su desahogado pulso. Acaricia con sus labios sus pechos pero sus latidos son tan fuertes que alcanzan un estado que decae en oscuridad. Sus manos cesan de sostener el torso de D. Èstas caen denodadamente en el piso. Su respiración se extingue en el silencio en medio del ruido de la orquestal lluvia. La observa frìamente. Siente una calor dentro de su cabeza, en sus piernas, en su pecho. La sensación se vuelve insoportable. El tiempo ha corrompido su dolor. Su vida le parece una eternidad, una vela inapagable, una sombra que busca a travès de la sangre mantenerse encadenada al corazòn. Su solitario corazòn, asqueado de su subyugadora sensibilidad, de sus confusiones, de sus màs elementales ilusiones pasajeras. Su acechadora sombra, una gràfica y espantosa novela de los designios del corazòn, una filosofìa retorcida, un hùmedo pañuelo, arrojado al desvelo de sus memorias màs infantiles, ilusas y recordadas. Dentro de su alma, que es la ùnica que aùn puede salvar se acumulan los fragmentos de una idea. Sòlo ella le queda, su alma, su alma en peligro. Todas sus desabridas emociones estallan en un vasto desconsuelo, hasta que finalmente no soporta màs los estragos de su alma envejecida. Sus dientes apuñalan encolerizados los labios de Sandra hasta desangrarlos. La sangre de la amada brota incesantemente por su boca. Su garganta siente aùn la calidez del lìquido. Sus ojos se tornan blancos como los de un ciego y a travès de la succiòn, su cuerpo se llena de una gran cantidad de la sangre de Sandra, quien yace inerte, como una blanca flor caìda por el peso de los chubascos de una mañana invernal. D. afloja el cuerpo suavemente y empieza a cargarlo.

A lo lejos del cementerio, al pie de una gran cantera encuentra un castillo. Ingresa por sus grandes puertas de madera sin esfuerzo alguno. Avanza los viejos escalones cubiertos de telarañas hasta llegar al ùltimo piso del victoriano aposento. En este piso, se halla un gran corredor. No existen habitaciones, sòlo el corredor, el cual està rodeado de espejos de todos los tamaños, pero muy elegantes. D. avanza hasta el centro del lugar, se detiene y deja el cuerpo reposar en el piso. Permanece observando el cuerpo. Su rostro totalmente pàlido, pero aùn conservando su singular y etèrea belleza, cuya esencia ahora permanece en sus venas. Quizà èsta fue la ùnica alternativa para arrancar algo de lo que resulta muchas veces prohibido para muchos, el amor, el amor a la belleza de una dulce mujer con dotes de cortesana. La ùnica forma de conservar aquel recuerdo que parecìa marchitarse en las tragedias de la desesperanza de un amor no correspondido. Se acuesta a su lado, la abraza y finalmente se queda dormido.

Al despertar se percata que el cuerpo desapareciò y al levantarse observa que en los espejos se encuentra retratada la imagen de Sandra, mucho màs bella aun que la ùltima vez que la encontrò debajo del árbol. Se queda muy maravillado al contemplar su imagen en los espejos, mientras empieza a amanecer y los primeros rayos del alba se pincelean a travès de las ventanas. Un amanecer acuarelado, pintado con los tonos màs claros. Siente una extraña e inmensa gratitud hacia todo, pero sobretodo hacia sì mismo. Entusiasmado al ver las maravillas de la luz, nacida de los horizontes del ensoñador crepùsculo sale a contemplar la maravilla de colores que el cielo ofrecìa. Se pasea por los alrededores del jardìn, relucido por los verdeados colores de sus àrboles, renacidos desde aquella mañana. Observa la estructura del edificio y descubre que sus paredes y todo lo que se encuentra adentro de la mansión se ha recuperado de los descuidos y la suciedad propios de una casa abandonada. Sale nuevamente al jardìn y nota que entre dos gigantescos y robustos cedros se halla una puerta sostenida a la interperie, sin pared alguna que la respalde. La abre y pasa a travès de ella. Al otro lado de la puerta encuentra un pañuelo blanco en la tierra, humedecido, con un profundo e indescriptible dulce olor. No era capaz de distinguirlo, pues de olores ignoraba mucho. Sin embargo la fragancia le relataba lo sencillo, lo dulce y profundo que era su amor por Sandra, a quien siempre la tendrìa dentro de su alma, pues ella es su idea, su creación. El amor es sòlo un ideal. Su màs infinita Idea, Ella, que permanece encerrada en todos los rincones de la gran mansión de su ànima y que le brinda la luz para sobrepasar los lìmites de la debilidad y la ceguera humana, mas sòlo es una idea. Todo desciende ante nosotros a travès de nuestra propia perspectiva, la verdad no existe, lo que existe es nuestra propia y privada realidad, nuestra mente. Desdobla el pañuelo y a un costado de la tela descubre una letra D, bordada de color rojo y en letra cursiva. Sonrìe, mira aguzadamente hacia el cielo como retando al destino y presentàndose ante un pùblico còsmico y dice - D de Demonio, èse es mi nombre y nunca jamàs serè modificado.

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Comments

Excelente trabajo !!!
2009-10-15 03:14:43