El Agujero
RonaldRipper - FANTASY - 4102 words
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Summary
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Nuestro personaje principal, cuyo nombre es De Mens, se encuentra en una mediana habitación, sentado en una silla, frente a una mujer, Lira, quien se halla de pie junto a la pared. Ella, temerosa, exhalando miedo a travès de la trèmula inquietud de sus mejillas y el horror expresado en su divino rostro, enjugado en làgrimas que recorren sus rosàceas mejillas, como el rocìo, recorriendo incesantemente su quebranto, tejido en la suavidad de una flor, que después del corto tiempo en el que sus colores sonrìen ante el sol, espera absorberse en la marchites. De Mens observa a Lira indiferentemente mientras èste sostiene en su mano derecha una afilada y corta daga, con la cual se acerca hacia ella y juega inescrupulosamente al rozar la cortante hoja de acero alrededor de su garganta.
Ella bebe sus propias làgrimas de angustia. Con su lengua saborea los bordes de sus labios, engullendo su salino sabor, mientras abandona unas palabras en el silencio y el olvido del instante. Palabras que caen de su boca, bordeada por sus frágiles y hermosos labios. Palabras perecibles pero deslumbrantes. Palabras que al rato, sòlo se solidifican en agonizantes vapores en el cristal. La esclavitud es el privilegio de quienes gozan en la entrega – expresa en su extraña y desvariada mirada de nostàlgica criatura que permanece petrificada en las alturas de una antigua catedral - Su entrega es el mayor acto de bondad que pone ante los ojos de quienes son tan miserables para ser esclavos, pues en su reinado, en su señorìo, sus coronas son de arena y de arena sus reflejos. Mi esclavitud, mi sumisión, son la màs alta muestra de mi poder, de mi altura de ser supremo, de mi divinidad, que supera a la humanidad. Soy ama de mì, de mi mente, de mi cuerpo, de mi dolor. Y prodigarlo a ti me llena de dureza y melancolía, las cuales me fortalecen y me ennoblecen aùn màs. No soy humana. Soy humana porque absorbo las experiencias ajenas y las moldeo en mi corazòn, el cual late tan fuerte cuando siento las penas de los demàs. Bebo el asco de los demàs y permanezco inmutable ante el tiempo. Me alimento de ti, de tu sangre. Las personas, los seres humanos son sòlo etapas de transición para mì. Para ser amo debes ser esclavo. Eres acaso, tan esclavo para ser amo ?.
De Mens permanece callado al escuchar su sorprendente razonamiento. Sin embargo, ignora despuès su admirable tormento de sabidurìas y se acerca hacia ella, intenta acariciarla, pero algo dentro de èl le impide hacerlo, algo desconocido o quizà algo insignificante. La mira con desprecio, ella sòlo tiembla. Se sienta en una silla ubicada frente al balcòn. Observa el obscuro horizonte donde se ciernen las pasajeras y grises nubes, al final de un cercano y a la vez infinito espacio, construido ante sus ojos, que no contemplan una ciudad sino una maqueta. Se siente maravillado con el cuadro realista que ofrece el mundo a su cansada y perturbada mente. Se levanta y vuelve su mirada hacia Lira, quien se encuentra callada y sentada en la silla con sus largos cabellos, descuidados y cubriendo su hermoso rostro. Con la mirada y la cabeza inclinadas. Sus ojos mirando un pequeño agujero, abierto en la mesa. Un vacìo incrustado en sus retinas, que son como vidrios empañados por el vapor de la humedad del invierno. Sus azules iris retroceden en el tiempo cuando las hojas de los àrboles se secaban en el verano y corrìan arrastradas por el viento y alegres por los charcos de la lluvia invernal. Donde el sol desteñìa sus rayos en un firmamento azulado. Donde el monte verdeaba cuando los columpios cesaban de mecerse. Entonces sus labios dibujaban una desinteresada y profunda sonrisa, que brillaba en los manantiales de sus esperanzados y despreocupados ojos durante aquellos interminables dìas. Durante aquellos interminables minutos.
De Mens toma una flor del rosal plantado en una sencilla maceta, que està en el balcòn. La lleva hasta donde Lira se encuentra, la huele y la ubica entre las manos de ella, que descansan arrojadas sobre la mesa, rodeando sus cabellos y su cabeza, quieta en la desolación de su pequeño espacio, de su pequeño lugar, el cual es un abismo acuñado en lapidadas promesas. Tantas promesas, entre las cuales se hallan tantas cortas frases que deslumbran y se oscurecen en el instante. Entre ellas, la màs desdichada, aquella que supuestamente es la mayor de ellas, aquella que al escucharse se desvincula de todas las sencillas promesas para convertirlas en hechos, aquella que dice: te amo. Te amo – es lo que le dice en ese momento De Mens con un acento que detalla lo simple que es decirlo. Èsa es una corta frase que se arrastra – le dice ella, aguijoneada por la profunda tristeza y aburrimiento de su vida que sòlo camina y camina y no se detiene a mirar por donde transita - como la noche en el crepúsculo, que esconde debajo de sus vestidos una gota de sangre que arde aun cuando caminamos sin sombra por los vacìos callejones de todo aquello que esperamos y que precisamente eso que esperamos y anhelamos es lo que nos llena de esperanzas, pues las esperanzas son un destello tan lejano que intentamos alcanzar pero nunca lo conseguimos. Creemos lograrlo pero al final sòlo encontramos un salòn infestado de cucarachas.
De Mens empieza a sentir que se ahoga. Se aleja, sale de la casa para intentar respirar un poco pero es imposible. Cae sobre un charco, mas èl intenta soportar la respiración. Mientras esto ocurre, empiezan a saler raìces del suelo, del fondo del charco, las cuales lo aprisionan alrededor de todo su cuerpo. Su respiración se normaliza pero su cuerpo permanece inmòvil por la fuerza de las raìces. De los charcos salen larvas que buscan penetrar en su cuerpo. Penetran dentro de èl, mientras su cuerpo y su rostro envejecen inexplicablemente. Entonces grita exclamando imparable lo que surge desde el fondo de las bajezas de su vida sin rastros.
El amor es la desesperanza de una carencia auto-inflingida – dice desesperado - el sexo es una tumba para el condenado, un profundo agujero, una contradicción marcada en aquella palabra que intentamos pronunciarla con sinceridad, mas èsta es una rama espinada de la que intentamos agarrarnos para no caer en la obscuridad de nuestra niebla que aguarda algo de lo que muchas veces nos horrorizamos. El sexo es la expiación del crimen que busca consumarlo todo con la sangre cuando el deseo evoluciona en su tristeza que eyacula toda nuestra miseria al caer desterrados del ùltimo sol, del ùltimo amanecer en que la ùltima rosa floreciò para después morir en su inevitable marchites. Las sombras se mantienen alejadas mientras la obscuridad nutre al cielo con las nubes que vagan lentamente como una ilusiòn arrastrada por encima del filo acerado de la razòn.
Muchas sombras aparecen desde los extremos de los obscuros rincones de unas alcantarillas cercanas a èl, atrayendo junto a una espesa brisa restos de helechos y moho. Se acercan y una de ellas le habla:
Quièn eres ? – le pregunta arrogantemente
No sè quièn soy – contesta resignado
No eres nada o mejor deberìa decir, eres nada – le responde
Soy como un árbol retorcido que crece y evoluciona en su torcedura – continùa respondiendo.
La humanidad es una pesadilla que se esconde en las mentiras de sus retrògradas fantasìas – le dice la sombra.
El tiempo se ha perdido – contesta en posición algo filosòfica - apenas reconozco lo que busco. Mis labios se petrifican en la resequedad de los lamentos caìdos sobre la pilastra, a los pies de una diosa que me mira con sus ojos, brillando en furia y fuego que va desmembrando mis piernas al sentir el frìo de su helado rostro que augura una extensa llanura sin montañas, sin sol, sin riachuelos.
Lira se acerca al balcòn, lo observa, mientras que èl le exclama: Mi sangre te ofrezco – le dice, ebrio en su cinismo - blanca diosa de mi invalidez, de mi descenso al cadalso de la longevidad rejuvenecida que reconoce en la luz una rota promesa y la embriaguez de la muerte que descansa en el suicidio que se filtra por las rendijas de una inexplorable mazmorra. Ella sòlo lo ignora y regresa lentamente al interior de la habitación.
Un lobo aparece repentinamente en la calle, atravesando la ventana de una casa obscura y abandonada. Sus patas traseras estaban atadas a rotas cadenas de acero. El color de su blanco pelaje se diferenciaba vivamente entre las sombras. Portaba entre sus colmillos un corazòn desangrado. Las iras y el resentimiento hacia el mundo escarbaban tumbas vacìas que se estrujaban desveladamente en sus grises ojos que destellaban su crucifixión en el vicio y la desesperación, que purificaban en sus crímenes, suspiros de soledad, abatimiento y deseos inconsolables. Grises ojos que despiertan moribundos en el dìa, arrastrando sus quemadas penas como la sangre derramada que yace aùn fresca en su corazòn que se extiende hasta el suelo entre gotas que promulgan el rastro de una muerte constante, de una llama que aùn arde en el candelabro de un solitario templo, de un àngel abandonado a los pies de un pedestal fragmentado en la desesperada lujuria del tiempo. Entre sus mandìbulas carga el peso de su dolor silencioso que se desvela en melancòlicos cantos ante la luna. Sus latidos aùn se escuchan lejanos. La muerte marcha lentamente junto a sus sigilosos pasos. Arrastra sus cadenas ruidosamente, pues la noche para èl no termina y no terminarà nunca. La voracidad de sus deseos se cristalizan en el sacrificio que se vierte sobre un cuerpo arrojado a las orillas de un barranco. Un alma en pena, un desertor errante que asienta sobre los caudales de su pequeño espacio, de sus estrechos senderos amarillenta esperma para establecerse y separarse de todo y de todos, pues la pudriciòn y el odio son el legado que deposita en la tierra. Sus crìas, sus hijos son el amargo sabor accidental de su atormentada lujuria. Son la raza, nacida del dolor, la sangre, el sudor y el esperma. Y su lugar, inmundo pero vasto territorio. Es todo lo que tiene mas no posee. En un mundo que no alberga esperanzas, las almas de los resucitados se incineran en las cenizas del recuerdo para después reinar junto a su cruz.
El lobo se acerca hacia èl muy pensativo con sus ojos latentes, silenciosos y profundos. Clava su mirada en el horizonte poblado de gigantescos àrboles y coronados por la espesa niebla y le dice: El mundo exterior es un gran excremento nublado en convencionalismos, estàndares de vida y gustos evolucionados en las necesidades màs caprichosas de la humanidad actual y desesperada por alejarse del aburrimiento. Aquella engañosa estaca de encina y ramas de laurel enterrada en nuestras almas cuando vemos las cosas como queremos verlas y nos percatamos que èstas no son como las esperamos o vemos. Nos desilusionamos y entonces buscamos entre el obscuro valle de nuestra existencia un poco de luz pero nunca la hallamos. Aquello que llamamos Amor lo encontramos en un arco iris que le agrega color y dolida estabilidad a nuestra obscuridad. Entonces nos aprehendemos a las tablas de aquella vieja madera flotante. Restos de algo que perdimos pero no sabemos lo que es. Naufragamos y ya estamos flotando alrededor del tiempo y el espacio, somos una evolución para el tiempo y el espacio pero nosotros somos nada. El tiempo transcurre de manera indiscriminada mientras envejecemos irremediablemente, subyugados a las manijas de sus sonàmbulos pasos. Un minuto, un segundo, un microsegundo màs en sus interminables escalones. El espacio nos establece o nos establecemos un puesto en el mundo. El mundo es su salòn, su pùblico. Sòlo somos un estorbo màs en un salòn infestado de seres extraños. Cada uno de nosotros, sòlo un retazo màs de esta creciente poblaciòn. Una composición de huesos y carne mientras permanecemos entre los espectadores. Un ahondado agujero, albergando huesos, abierto en una pared, mancillada en necias palabras cuando salimos.
Al escuchar estas palabras, provenientes de aquel fiel amante de su pena, vertida violentamente en la sangre. De Mens vuelve a su estado actual de rejuvenecimiento y consigue liberarse del charco y las raìces donde estaba cautivo, pues èstas simplemente cesaron de aprisionarlo. Enseguida sale a caminar y mientras transita solitario por los olvidados caminos de piedra del pueblo, una inmensa brecha se halla en una de sus calles. Èsta es muy profunda. Inclina sus ojos para observar su profundidad y por debajo de sus pies empiezan a brotar hiedras que se van adhiriendo a sus piernas. El miedo se apodera de èl, por lo que permanece congelado en sus temores, mientras que cientos de murciélagos le rodean a la altura de la cabeza. Su corazòn bombea fuerte y aceleradamente. Se halla postrado frente a esta gran hendidura.
Miro dentro de mì y en mi mente sòlo hallo respuestas equivocadas – piensa perdidamente -. Sentimientos que alguna vez creì eran puros y divinos, hoy son nada.. Las hiedras me liberan – continùa mientras las hiedras empiezan a engrosarse pero cesan de aprisionarlo. A continuación detalla en palabras lo que va ocurriendo a su alrededor - y detràs mìo encuentro un ataùd, donde se halla una vida enterrada. Mi desesperación, mi temor a naufragar en el olvido del tiempo que devora mis sueños, me empuja a enterrar violentamente mis manos en la caja y romper sus maderas para descubrir lo que yace sepultado, lo que yace reprimido, pero sòlo encuentro gusanos, millares de gusanos negros. Mi mente se detiene en extraños pensamientos. En mis manos descansa el suplicio de una vida que nunca existiò, las cenizas de lo insignificante que he sido. Mi sombra vaga fuera de mi cuerpo. Todas las cosas proyectan una sombra, la mìa proyecta un gran abismo, mientras yo me hallo sin alma, sin sombra. Mi cuerpo es un espectro blanqueado en las cenizas del deseo carnal, la sombra del amor. Mas èste nunca muere. El deseo es un nido de hiedras que me consumen lentamente. Un cristal por donde mis ojos contemplan la desdicha, la miseria y el crimen y mis labios creen saborear y degustar de la sangre del mundo. El deseo aumenta y se alarga el dìa. En mi armario yace una inextinguible làmpara llameando un nombre, un rostro, dos almas. Evoluciono, el tiempo transcurre y yo soy un ser evolucionado en mis deseos màs profundos y diabòlicos. Pero mi corazòn aùn alberga la esperanza. Aùn alberga un recuerdo que ahora me parece extraño, bizarro. Mi corazòn aùn bombea humanidad. Recuerdo tu piel, tus cabellos, tu rostro. Me aferro a ti, pero sòlo permaneciste en mi alma poco tiempo. Te fuiste y mi alma junto a ti. Te amo, perdì tu cercanìa, perdì a Dios. Amo una ilusiòn rota, una flor marchita. Amo lo marchito, lo mortal. Mi cuerpo se adhiere a los brazos de la inmundicia carnal, a la tierra, a los gusanos…a mi muerte.
De pronto se halla en un penumbroso callejón, iluminado por dèbiles faros amarillentos. Al final del mismo se encuentra una atractiva mujer con sus pechos desnudos y cubierto el resto de su cuerpo ( desde la cintura hasta el final de sus pies ) con una falda larga y negra. Sus pezones estaban ornamentados por anillos de oro que los atravesaban. Sus ojos llameaban el amarillo rojizo de sus iris. Su piel, blanca como las estelas que deja la luna en el mar nocturno. Sus cabellos eran dorados, tupidos, frondosos y muy largos. Llegaban hasta por debajo de sus espaldas. Ella lo mira frìamente y èl le responde de la misma manera. Ella extiende hasta sus manos un clavel. Èl Las abre para acogerla, pero se marchita apenas la siente en ellas. Cierra sus manos, la aprieta y se la traga sin morderla. Los labios de aquella mujer lucìan delicados en su rosàcea luminosidad. Dèbiles y a la vez, resistentes al invierno de las pasiones y a los golpes de las mentiras y las farsas de las intenciones ocultas en el beso desesperado del instante. Unas palabras brotaron de aquellos celestiales labios.
Mi mundo es un nubloso valle donde las flores crecen sin raìz. Donde el arco iris enmarca las sombras, escondidas detràs de viejas y remotas puertas de piedra. Mi realidad, èste es el preámbulo de mi realidad. La obscuridad es luz pero anhelo la luz. La esperanza es el auto-sacrificio, el suicidio de mi sombra, de mi alma. Corre, vete de aquì, regresa a mì amado mìo, continùa adoràndome en tus noches eternas. Enciende un candelabro, incrusta tus manos en el fuego impaciente de sus extinguibles velas, siente el ardor del puñal de la pasiòn sepultada. Siente mi esperanza, que naufraga bajo el canto de las sirenas, siente el sacrificio. Las rosas mueren y nuevamente florecen. Pues bajo este suelo… yacen aùn los recuerdos.
La luna se oculta, la mira nuevamente. Con los pies helados y crispados, camina y se ubica detràs de ella, mientras que con sus manos acaricia sus hombros y le expresa: Sandra, mis pensamientos encarcelan tu imagen cuando este abismo se abre por debajo de mis pies. Mis palabras quedaron cansadas y abandonadas en el intranquilo deseo, en la mirada torcida hacia abajo, en la amarga caricia del pasado que desuella aquello en lo que creì y lo venera, ahora transformado en errante lemur*…ciego, sanguinario y sin destino. Tus restos reposan en las penumbras del martirio de una làgrima resentida a contemplar la luz que alberga el polvo de lo que desapareciò antes de nacer. En el aullido de voces que se pierden en el olvido de una vida que se apagò y que desciende a los cimientos de este necromàntico* valle, donde crecen àrboles retorcidos, cuyas ramas crecen abrazando la niebla mas no el cielo abierto.
Unas espinadas ramas encuentra entre las flores cercanas. Las arranca y con ellas intenta estrangularla fuertemente y desangrar su cuello: Yo no fluyo alrededor de las cosas y circunstancias como un pedazo de madera flotante en el rìo – le dice con tonalidad sàdica -. Soy como una piedra vastamente pesada, indiferente en su pètrea estructura ante las corrientes del furioso rìo y las olas del insondable y misterioso mar. Las cosas y circunstancias se acoplan a mis interpretaciones. Todo fluye a mi alrededor y no por el contrario. Cuando todo fluye a mi alrededor, mis ojos se recubren del lodo de mis pensamientos y veo un mundo màgico pero a la vez desolador, sin embargo, extinto del dolor inmortal. El dolor es inmemorial, pues lo siento pero lo desconozco, sin embargo està ahì, presente en mi soledad, carcomiendo mis dìas en las llamas de mis deseos. Un dolor heredado ?, no sè, el dolor de existir quizà, pero èste es un trago amargo y dulce a la vez, un veneno asesino y redentor. Cociendo mis pàrpados y postràndome a contemplar lo irreversible de mì. Pero mostràndome lo extenso de mi mundo, lo no-absoluto de èl, lo infinito de mi mundo. Mi mundo es el disfraz de mi cinismo, de mi obra que corroe el maquillaje de los retrògrados y enfermos bufones, cuyas ostentaciones sòlo son el reflejo de su divertida comedia, retratada en sus lenguas clavadas en clavos oxidados, frente a un pùblico de truhanes que rìen a carcajadas frente a su ignorado y apolillado taburete, ubicado para erigir su mediocre escenario. Tù… eres mi gran vacìo. Entre la realidad concebida por mì y la realidad absoluta existe un gran abismo, Tù. Pero te doy las gracias por el dolor que me concediste, te amo aùn màs porque siento mi sacrificio y sentirlo es palpar intensamente el tuyo.
La mujer desangra progresivamente, sin embargo continùa con vida y de pie como si no hubiese experimentado nada. Mientras De Mens se aleja tranquilo y continùa avanzando por el empedrado callejón. Al final del mismo encuentra una habitación, toda descuidada e inmunda. Entre unos libros arrojados en el piso encuentra unas fotos, las mira detenidamente. Las imàgenes detallan momentos de personas que por los abrazos, caricias y besos que se prodigan parecen muy felices. De Mens las mira de manera nostàlgica y alegre a la vez, como si fuese su vida la que està retratada en ellas. Después sonrìe, hasta que finalmente no puede reprimir màs la risa, la carcajada. Rìe de manera demencial. Pero luego se acerca hacia un espejo y se percata que sus ojos se han tornado blancos, a excepción de la pupila. De inmediato se asusta, pero se mantiene estupefacto, estàtico, rìgido. El miedo consume sus movimientos, sin embargo consigue caminar. Lentamente se acerca hacia una pequeña ventana con el vidrio sucio. Mira a travès de èsta y logra apreciar que el cielo està completamente despejado y soleado. Su temor se destiñe en su purpùrea tristeza. Se aleja de la ventana. Acude al baño y desesperadamente deposita sus manos en el agujero del retrete. Levanta las heces que se hallan ahì y se las unta en el rostro, en los ojos mas no consigue recuperar el obscuro color de sus ojos. Sale de la habitación y se dirige a la casa corriendo.
Al llegar, encuentra a Lira con el cuello desangrado pero insólitamente aùn con vida. Èl, la observa por un momento creyendo ver ante su perspectiva a alguien que conocìa, sin embargo le resta importancia y empieza a besarla profundamente. Besa su herida, bebe su sangre. Ella, complacida, excitada. Ella reconoce algo en sus ojos, algo que la lleva de regreso a un mundo perdido. Aquel blanco abismo es lo que ella esperaba hallar en èl. El apego o la adhesión entre dos seres es una autoflagelación irremediable cuando descendemos y desenterramos nuestro vacìo y sòlo encontramos que somos nada, sòlo eso… nada. La adoración, devociòn o como sea que se le nombre a aquello que llamamos amor les ha hecho ver entre ellos lo miserables e insignificantes que son en el mundo. Aquella condiciòn los acerca inevitablemente aun màs. Aquella pisoteada palabra alberga esperanzas de invàlidos seres. El orgullo, la vanidad son las raìces de aquella insignificancia. Las màscaras caen, el suelo es inerte y la muerte es nuestro destierro a las sombras. Somos una proyecciòn de ellas y no lo contrario. Vagamos libremente pero estamos atados a nuestro sepulcro. El agujero permanece ahì pero lo ignoramos. Caemos en èl siempre, cuando en el desierto vemos al àngel arder en el sol de sus màs sublimes conocimientos. Entonces todo empieza a desteñirse y nos horrorizamos al contemplar semejante obra de arte.
He caminado por senderos de opulencia creyendo redimir mis lamentos pero sòlo he hallado mis osamentas – dice, retratàndose a sì mismo -. Cada instante es una petición que el tiempo desgrana para luego regarlas sobre extensos muros cuarteados. Mira a travès de la ventana, el sol està ahì, desmintiendo nuestra somnolienta inercia. Miremos, contemplemos lo irreversible. Nuestras vidas son el ultraje de nuestro abandono. De Mens la toma por sus nalgas y la penetra violentamente, mientras ella, entre dolores se muestra aùn màs complacida, con sus risas embriagadas en voluptuosidad. La desdicha de ser quienes somos - continùa diciendo – se descarga ante lo ojos de los demàs en la mendicidad de nuestros corazones y en el parasitismo de nuestra soledad. Ambos se acercan a la ventana y contemplan el sol. Lira, mirando gustosa hacia el cielo dice: Todo este tiempo nos hemos alejado de la penumbra mas èsta continùa ahì. De Mens dice: sòlo somos las heces de lo que jamàs pudimos ver. Lira dice: què quieres decir ?, Nada – dice – sòlo eso, nada. La nada – dice Lira sonriendo - se desvirtua junto a los pasadizos de nuestras locuras. Ademàs, quièn podrìa estar equivocado en su propia creación u obra ?, nadie, pues todo nace de la nada, de lo que somos. Nuestras emociones, sentimientos, pensamientos sòlo son nada por eso resultan insignificantes ante los demàs. Cada ser es un agujero sin fondo. Què error podrìa existir si reinamos en nuestro propio sepulcro ?, ninguno. Somos perfectos en nuestras imperfecciones, pues èstas el mundo reprueba pero son nuestras obras y èstas nos poseen a nosotros. La obra posee al creador. Ahora, te pregunto: tù…me amas ?. De Mens la mira asombrado y atemorizado, y sòlo dice: què ?. Lira rìe malévolamente y sin mucho ruido entre sus inocentes risitas. Luego lo mira complacida. Te agradezco todo lo que me diste, te lo agradezco eternamente. – dice finalmente ella, riendo descaradamente.

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