Un día perfecto para la pesca
Sanchez - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 702 words
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Summary
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El día más frío del año Gauna sale del edificio cuando empieza a aclarar. Toma el setenta y uno hasta Mitre y Paraná, camina por esta última las tres cuadras de rigor y al llegar a la puerta de la casa toca el timbre. Dos veces. Susana abre la puerta pero no le pregunta nada. No hace falta. La cara y el bolso en la mano son suficientes. Ella se cierra la bata y sonríe. Él solo dice: -Hola mamá.
Deja el bolso sobre la cama pero no lo abre. La luz del patio entra por la ventana e ilumina apenas algunos rincones de la habitación, de su habitación. Se sienta en el borde de la cama y quiere llorar. Trata con todas sus fuerzas pero no puede. Tal vez porque se distrae con su vieja colección de soldados de plomo, todavía ordenados con prolijidad sobre el estante superior de la biblioteca. Los mira pero no los contempla, los cuenta. Hay catorce.
En la cocina está Susana preparando café.
- Falta uno.
- ¿Qué?
- Los soldados, eran quince.
- Hace añares que falta un soldadito Marcos. -Le alcanza la taza- Tiene dos de azúcar.
Gauna piensa, duda, como de costumbre.
- ¿Vos estás bien Marcos?
- Tenía un caballo. Era un soldado arriba de un caballo. Me acuerdo que un verano los llevé todos para Oliveros cuando papá me llevó a pescar.
Gauna deja la taza, se acerca hasta la heladera y toca la llave de auto que cuelga de un llavero imantado.
- ¿Tiene nafta?
- Acostate un rato. Descansá y después hablamos.
Después de casi tres horas Gauna baja del Renualt nueve frente a una casa perdida entre una veintena de arboles pelados. Tiene todo el aspecto de estar abandonada y dentro de ella hace aún más frío que afuera, donde al menos ahora calienta el sol. Las sábanas sobre los muebles le dan al ambiente un tono de cuento fantástico y la luz dibujando figuras indescifrables con el polvo del aire hace otro tanto. Gauna deambula entre fantasmas por los pasillos y los cuartos vacíos aunque sabe perfectamente que lo que busca no está en el baño y que en la cocina puede encontrar algún cubierto herrumbroso pero ningún soldado. Si está en esa casa, el lugar a buscar es la habitación principal. Prefiere no encender la luz pero en cuanto sus ojos se acostumbran a la penumbra no puede evitar distinguir las formas. Si bien la soga ya no cuelga del techo, la silla de madera todavía yace tumbada en el parquet. Gauna se resiste a participar de la escena pero termina arrodillándose junto a la cama. Su ejército no es lo mismo sin una pieza. Tantea debajo de esta y encuentra una caja plástica que es, para ser más precisos, una valija de pesca. La lleva hasta el living y, sentado en el sillón que tantos veranos oficiara de cama, la abre sobre la mesa ratona. En el primer compartimento encuentra una ordenada colección de plomadas y anzuelos, debajo de este, en el fondo de la caja, un treinta y dos cargado y, casi escondido, en uno de los rincones de la caja, el soldado desertor.
Tira dos o tres libros viejos al hogar y no hace falta más que un fósforo para que encienda. Durante un rato observa su trofeo de plomo a la luz del fuego, lo contempla, como si allí fuera a encontrar una respuesta a quien sabe qué pregunta. Finalmente lo arroja a las llamas y recostado en el sillón lo mira arder hasta que el sueño lo vence. Duerme horas, tal vez días. Cuando se despierta no lo sabe, está desorientado. Solo recuerda haber soñado con un nene y una casa en llamas. Lo primero que hace al incorporarse es revolver las cenizas hasta encontrar esa pequeña masa amorfa de plomo que alguna vez fuera una figura de capa y espada. La guarda junto a los elementos de pesca y con la valija bajo el brazo sale otra vez a la luz del día, de un nuevo día. Sin apuro camina varios metros hasta perderse entre los árboles en busca del río. El sol se asoma entre las nubes y para pescar sólo le falta una caña.





