EL VIEJO DE LOS PAPELITOS
Hernan A. Calvo - CLASSIC FICTION - 2526 words
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Summary
El dolor de un ser humano, que comete sin ninguna culpa un daño irreparable, que lo lleva a la destrucción de su vida.
EL VIEJO DE LOS PAPELITOS
Otro personaje muy raro, que estaba entre nosotros, se presentó como el viejo de los papelitos.
Vestido con una camiseta, dos camisas, dos trajes, uno encima del otro, un pulóver gris y un sobretodo azul marino.
Desde luego todo manchado, de grasa, otras de chocolate, leche, suciedad natural, por tanto tiempo sin aseo.
Por ultimo un sombrero, que no disimulaba para nada ni su barba, ni su pelo canoso, medio enrulado, largo y sucio, igual que toda su ropa, juego exacto con toda su persona.
Detrás de esa apariencia se advertía una persona normal, que por algún motivo nada grato, habría llegado a esta pobre condición.
Se notaba con preparación y educación, por sus correctos modales.
Lo que dolía, y llamaba fundamentalmente la atención eran sus ojos, grandes, tristes y profundos.
- Cada tanto dejaban caer alguna lágrima.
Mientras nos comenzaba a contar su historia, tenia en su brazo izquierdo, una pila grande de diarios viejos.
El lomo de los diarios, los apoyaba como a caballo, en su brazo, entre el codo y la muñeca.
Sacaba con prolijidad cada cuadernillo de dos hojas, que iba rompiendo pacientemente con sus dedos poco a poco, haciendo pequeños papelitos, tipo papel picado.
Cuando llegaba a una buena cantidad, que iba juntando en cada puño, los tiraba hacia arriba y nos llenaba de papelitos a todos los que estábamos cerca de él.
Luego se quedaba mirando hacia abajo, delineando una pequeña expresión de tristeza.
Nos contó que tenía una familia hermosa, la mejor familia del mundo.
Tres hijos un varón de ocho y dos nenas, una de cinco y la mas chiquita de tres años.
Eran la luz de sus ojos, y una maravillosa mujer, que lo acompaño, desde siempre, en todo lo que el decidía.
Se conocieron, siendo muy jóvenes, le toleraba todo, sin decir una palabra, para Mirta, siempre estaba todo bien.
Nos contó sobre la vida laboral que le había tocado en suerte, un trabajo fuera del común de la gente, era el que tenía.
- Se llamaba Miguel.
Trabajaba en el ferrocarril Roca, era maquinista de trenes de larga distancia.
Su mujer se quedaba siempre sola al cuidado de los chicos, casi todo el año.
Una constante, semana de por medio de todo el año, estaba fuera de su casa, de seis a siete días.
Los motivos siempre los mismos, tantos kilómetros, problemas de carga o descarga de mercaderías, a veces también situaciones con pasajeros o clientes con mercaderías que se atrasaban.
Cada tanto detener el tren, para sacar los animales que muchas veces se paraban, o acostaban entre las vías.
Por ultimo, las lógicas roturas que se producían, cada tanto en las locomotoras, o tramos donde debían ir a paso de hombre, por el mal estado de las vías.
Cuando por fin llegaba a casa, lo recibían con gran euforia y amor, tanto ella, como sus tres hijitos y las sonrisas nuevamente inundaban el hogar.
Cualquier dificultad pequeña o grande en la casa, ella sola o con ayuda de su padre la resolvía y le hacia ver a su marido, cuando regresaba, que todo estaba en calma.
A él nunca le trasmitía ningún problema, ella se decía, ya tendra bastante con el ferrocarril.
Con su locomotora, sus jefes, compañeros de trabajo, pasajeros, la carga y descarga de mercadería, las estaciones que debía detenerse.
Los horarios estrictos que debía cumplir.
El amaba a su familia y amaba su trabajo, no tenía dudas que había nacido para dicho servicio.
Sentía al manejar la locomotora, como si se comiera los kilómetros, necesitaba esa comida.
Miraba con los ojos perdidos, los durmientes y las vías, lo mismo que las estaciones que pasaba de largo, o las que se detenía.
No se cansaba nunca, atribuía que su locomotora, la 3418 , las vías, los durmientes y las estaciones que debía parar a cargar o descargar, eran de su entera propiedad, se sentía feliz.
- Se sentía útil, se sentía necesario.
Con un buen termo de acero y un mate bien amargo, que le duraba horas, tomaba uno cada tanto, se decía que Dios le había regalado dos posibilidades de vida.
Pensaba, la de su familia y la de todos los días, su locomotora, las estaciones, las vías, los durmientes, sus miles y miles de kilómetros atravesando ida y vuelta el país.
El mate, el termo de acero machucado, y la foto de toda su familia, constantemente delante de su vista.
Haciendo kilómetros y kilómetros, elaboraba mentalmente proyectos para la ampliación de su casa, una pieza más para los chicos, en el fondo ideal, una pileta.
El estudio de sus hijos, los recuerdos del noviazgo, con su amada mujer, sus próximas vacaciones merecidas, después de un duro año de trabajo.
Vivía en Burzaco, a unos treinta kilómetros de Capital Federal.
Hacia poco había cumplido treinta y cuatro años, su esposa treinta y uno.
Cuando se produjo todo, llevaba tres días en su casa, disfrutando de sus hijos y su mujer.
Aprovechando el franco, siempre algún amigo venia a visitarlo, al enterarse que estaba en casa.
Compraban un poco de asado, algunos chorizos y carbón, un poco de ensalada, un vinito, una gaseosa para los chicos y a prender el fuego, para un asadito.
Lo preparaba como si fuera una ceremonia, trasmitida por su familia.
Lo esencial, hacerlo despacio, haciendo un círculo con las brazas prendidas y el asado en medio de la parrilla.
Mientras se iba asando, contaba sus historias del viaje, mientras salía un rico asadito.
Cuando estaban justo terminando de almorzar, lo llamaron con urgencia de la Jefatura laboral, con cede en Constitución.
Eran sus jefes informándole, que por enfermedad de un compañero, debía presentarse de urgencia, en cuatro horas a su trabajo, para un nuevo viaje.
La formación debía salir de Constitución a Bariloche, con nueve paradas, mil seiscientos y pico de kilómetros, de ida y otros tantos, a los dos días de vuelta.
Retornaría a los seis o siete días y tendría como compensación, cinco días de licencia hasta realizar el próximo viaje.
- Lo de siempre......
Era el 28 de Julio, el tiempo acompañaba, se preparo el bolsito de siempre.
El con un beso a cada uno en la frente los despedía, diciéndoles que en dos o tres días estaría con ellos nuevamente.
Estos como siempre lo despedían con algunas lágrimas en sus ojos.
Fue caminando tranquilo, saludando a los vecinos, hasta la estación de Burzaco.
El motivo, tomar el tren, que lo conduzca hasta Constitución.
Por suerte al ratito vino uno, serian tres menos cuarto de la tarde, se saludo con el guarda e intercambiaron algunas palabras, ya que se conocían hacia muchos años, después de tantos viajes.
Llego a Constitución a las tres y veinte, se presento en la jefatura, donde recibió, de sus superiores las órdenes y las planillas con todas las especificaciones, que debía cumplir durante el viaje.
El tren debía salir exactamente a las dieciocho y quince.
Se dirigió al anden catorce, de donde saldría, la formación con la locomotora 3456, gemela de su 3418 del alma.
Los vagones y la locomotora ya estaban allí, se subió, controlo que esté todo en orden.
- Era idéntica a la suya, solo un poco más descuidada.
Se preparo unos amargos, mientras tomaba los mates sentado en su control de mandos.
Con la vista perdida observaba, como llegaban los trenes eléctricos de los andenes dos al ocho.
Llenos de gente, que bajaban como hormigas y se dirigían hacia la salida, en uno a dos minutos las formaciones quedaban vacías.
En instantes, con prisa, se iban llenando nuevamente, para salir con destino contrario.
Soñando observaba sus fotos familiares, las que siempre lo acompañaban para distraerse.
Fue pasando el tiempo, y comenzaron a llegar sus compañeros de trabajo, lo saludaron con afecto.
Luego fueron tomando cada uno sus posiciones.
Él desde la locomotora miraba por los espejos, como el personal del ferrocarril, llegaba con carretones llenos de mercadería a los furgones de carga.
Los llenaban en orden observando las planillas, tomando en cuenta el peso, las estaciones a las cuales iban dirigidas, así como las mercaderías que recibirían en distintos destinos.
Terminada su tarea, cerraban con fajas y candados todos los furgones que cargaban, para evitar posibles robos.
El tiempo pasaba rápidamente y comenzaban a llegar los viajeros, con valijas y bolsos, lo que hizo que pronto se llene su tren.
El constantemente miraba por su espejo retrovisor, como los familiares y amigos despedían con pañuelos y brazos en alto a los viajeros.
Llego el momento, se hicieron las dieciocho y quince en punto, y tras los banderazos, el pitido del guarda anunciando la salida.
No falto como en cada viaje el rutinario pitido de la locomotora.
Lentamente comenzó a salir, desplazando esa tremenda mole, mientras quedaban los parientes en el andén despidiendo a los viajeros.
El los miraba por el espejo, hasta que poco a poco desaparecieron de su vista.
Pasadas las dos primeras estaciones, el tren comenzó a tomar velocidad, a la altura de Banfield ya iba a ochenta kilómetros.
Quedaban pasar los altos edificios de Lomas de Zamora y Abrogue, donde ya iba como a noventa y pico de velocidad.
En menos de dos a tres minutos estaría en su pequeño mundo, en plena estación de Burzaco.
Pasando la estación, se dio imprevistamente la catástrofe, fueron segundos fatales, por error del guardabarrera justamente de la estación de Burzaco.
Dejo la barrera abierta, éste omitió fijarse en las planillas de los trenes de larga distancia.
La planilla indicadora, por desgracia le había quedado debajo de las planillas de los trenes eléctricos locales. Justo para continuar con la mala suerte, se dio cuando Miguel estaba controlando los comandos de su tren.
Al levantar la vista, al ver lo que sucedía, todo en uno o dos segundos, no lo podía creer.
Cerró los ojos con horror, había chocado a un coche blanco que cruzaba las vías, con las barreras abiertas, al que arrastraba violentamente, a casi cien kilómetros por hora.
Inmediatamente puso los frenos, sin poder hacer otra cosa dentro de sus posibilidades.
La gran mole iba bajando forzadamente la velocidad, mientras seguía arrastrando delante suyo el vehiculo, destruido.
Decía mentalmente que le parecía el coche de su cuñado.
- Pero no, no podía ser.
Pensaba que se estaba volviendo loco, pero le resultaba todo familiar.
Por fin cuando paro por completo la locomotora estaba cerca de quinientos metros de la barrera, el vehículo, hecho pedazos.
Eran todos trozos de chapas rotas y retorcidas, al costado del tren, en esos quinientos metros de arrastre.
El guarda y todo el resto del personal bajaron del tren corriendo.
Miguel nuestro maquinista, quedo dentro de su habitáculo, cerraba y habría los ojos con horror.
- Paralizado.
Creía en el divague mental, ver la cabeza de su mujer, cortada, con sangre chorreando, sin su cuerpo, entre unos alambres de púas, del fondo del terreno de un vecino, que daba a las vías.
Los cuerpos de los chicos, totalmente mutilados, se parecían por la ropa a sus hijos.
Ante tanta tragedia ya se escuchaban cerca las sirenas de los bomberos.
En un instante de lucidez, desde su cabina casi cayendo la noche, vio la chapa patente abollada del coche de su cuñado, es el número, es el número, se decía.
Cuando por fin tomo algo de conciencia, observaba la cabeza de su mujer, el numero de chapa, del vehiculo de su cuñado.
- No pudo más, largo un grito aterrador.
Luego entro en un estado de shock, del cual nunca más pudo salir.
Intervinieron los bomberos, la policía, él había quedado como en estado de trance, ido y mudo.
Tras el accidente, nunca respondió nada, aunque en realidad no era culpable de nada.
- A lo sumo la situación la había creado el destino.
Le intentaron comentar sus compañeros, de mil formas la situación real, de lo ocurrido.
Que fatalmente fue una equivocación, en el control de las planillas del guardabarrera, que de inmediato lo llevaron detenido a la comisaría.
- El solo los miraba, con los ojos llenos de lágrimas.
Luego por su estado lo trasladaron a un psiquiátrico.
Ahí lo sedaron con todo tipo de tranquilizantes potentes, pero no lograron que nunca salga, de su estado de shock.
Ningún tratamiento hacia efecto, estaba como perdido, seguía aturdido, en sus ojos se notaba una angustia alarmante.
- En realidad daba miedo mirarlo.
Siempre se alejaba de todos, estaba tirado al fondo, entre los árboles del hospicio.
No contestaba ni hacia caso a nadie, tomaba cada tanto un poco de agua, y unos pocos bocados, de alguna comida que le dejaban en un plato, cerca de donde se encontraba y nada mas.
Paso el tiempo y como era pacifico, al cabo de tres años de internacion, lo largaron a la calle.
Nunca más quiso tener ningún contacto con algún amigo o pariente.
Tampoco fue a su casa, y se quedo viviendo en la calle, como un perro sarnoso abandonado.
Lo único que hacia, era hacer cada tanto gestos, a algún transeúnte que pasase fumando cerca de él, pidiéndole un cigarrillo.
Además pedía en los comercios, pilas de diarios viejos, caminaba una o dos cuadras se sentaba y apoyaba su espalda en la pared de alguna casa.
Ahí, poco a poco se encargaba de romper en pedazos bien chiquitos los diarios y dejaba una montaña de papelitos.
Luego caminaba unas cuadras nuevamente se acomodaba, y otra montaña de papelitos.
Llegada la noche, las parrillas de la zona le daban las sobras de carne y una botella de jugo o agua.
Se alejaba y comía despacio, luego dormía debajo de los andenes de la estación, entre las ratas del lugar, o debajo de unos camiones de acuerdo al día.
Así estuvo algunos años, se había transformado definitivamente, en parte del paisaje.
Siempre acompañado por un perrito negro con algunas pintas blancas en el lomo.
Cualquiera que pasara cerca de él, si lo miraran, el le devolvía, con sus grandes ojos quebrados la mirada.
Se notaba que estaba atravesando una vida atormentada de dolor.
Nunca, aunque pasaron los años, se pudo perdonar, lo del accidente, aunque repito nunca fue culpable de nada, excepto el haber pasado tan tremenda desgracia, producida por él mismo, a toda su familia.
Hasta que una mañana al levantarse no pudo más con tanta carga.
Con gran calma, fue caminando desde Burzaco hasta el puente de Turdera, a unos seis a siete kilómetros.
Ya en el medio del puente, se quedo absorto mirando las vías, con lágrimas en sus ojos, pasaban los trenes eléctricos debajo suyo, para un lado y para el otro.
Miro hacia los cielos, abrió muy grandes sus tremendos ojos pardo verdosos, por fin, una expresión de paz le cambio su mirada.
Cerró los ojos, se encomendó al creador, tomo fuerzas y se tiro debajo de un tren eléctrico, que venia a alta velocidad, para por fin darle término a su inmenso dolor.
Al llegar allá, decirle a su familia, que a partir del accidente nunca más tuvo un segundo de lucidez, ni de alegría, ni de vida.
Que pago en la calle como el peor de los perros apestados, muchos años de pena, por no poder compartir su vida con ellos.
Que venia a pedirles perdón y a reunirse eternamente con ellos.
Por ultimo nos comento, a todos los que estábamos rodeándolo.
- Veo que en este sitio del cual no sabia de su existencia, se da como en mis estaciones de trenes, hay que hacer algunas paradas, hasta llegar a nuestro destino final.
HERNAN A CALVO

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