Daedolen

RonaldRipper  - FANTASY - 6386 words

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Summary

Esta narración fantástica fue escrita por mí, en compañía de una amiga, Evelyn Tobar, por consiguiente la narración o cuento, fue escrita por dos personas que tenían muchas fantasías en común, pero que nunca las pudieron compartir...

Esta narración fantástica fue escrita por mí, en compañía de una amiga, Evelyn Tobar, por consiguiente la narración o cuento, fue escrita por dos personas que tenían muchas fantasías en común, pero que nunca las pudieron compartir...

Daedolen siguió caminando por aquel viejo sendero, tal como le habían indicado en la destartalada estación del tren, la luna en lo alto, semioculta por los frondosos árboles, era la única luz que la acompañaba, cada cierto tiempo se detenía a descansar y dejaba su maleta en el suelo, su reloj no funcionaba desde hacía un par de días, pero ella lo olvidada constantemente y consultaba la esfera para luego apartarlo de su vista con enfado. Recordó con amargura lo que le dijo el anciano ‘En menos de 10 minutos estará en la finca’ ya habían pasado por lo menos 3 horas desde eso.
Daedolen, que se consideraba a sí misma una mujer moderna e independiente de la ciudad, ahora se encontraba al borde de las lágrimas, el cansancio del viaje, la caminata y la oscuridad la desesperanzaban. En el bolsillo de su abrigo encontró el paquete de galletas saladas que había comprado en la ciudad antes de subirse al tren, las devorò por completo, aunque se arrepentía de ello pues ahora tenía sed. La mujer se levantò, tomò su maleta y continuò caminando por el sendero que por momentos parecía jugar con ella. Es sólo el juego de las luces y las sombras - se dijo en tono animado, aunque no muy convencido, pues ‘estar convencido es acallar las fragmentaciones de lo incierto’, se dijo entre sus abrumadores pensamientos. Las calles son las praderas de mi soledad’, meditaba consigo misma.. Continuò en su paso, disctanciàndose de la estaciòn, en su caminata frìa y distante, introducièndose en los extraños barullos del bosque, mientras la luna con su argentino manto, aclaraba su camino. Era de noche, y sus pensamientos se desmoronaban en su pasado, ausente, pero aùn acechador. Las montañas se observaban como dibujos carentes de forma en el horizonte, sobre un fondo cobaltoso. Sus ojos se perpetuaban en la distancia, en los montes, alzados por detràs de los àrboles, que se empinaban hacia una cumbre infinita. ‘¿ Què es, lo que existe detràs de aquellas colinas ?’, era una tormentosa pregunta que circundaba su cabeza. Sus làgrimas, congeladas, retenidas en la divagación de sus razonamientos. Se acuesta sobre el lodoso sendero, mientras unos cangrejos aparecen de entre la tierra y lentamente se apresuran en desgarrar con sus tenazas, sus elegantes ropas, mas no su piel, mientras en su paladar saborea su oxidada saliva. Con sus dientes muerde nerviosamente sus labios. El sabor de la sangre le deleita de manera casi mòrbida . Su elegante vestido escotado y satinado, queda arruinado. Entre la confusa obscuridad, los cangrejos se retiran de manera muy sigilosa. Continùa caminando, hasta una vieja cabaña abandonada y habitada por una mujer. Joven, con edad aproximada de 20 años, esbelta, de rostro lùgubre y sonriente a la vez. Quièn eres ? - èsta le pregunta, Daedolen – le contesta ella, con tono algo reservado. Yo, soy el pesar de los dìas, la mentira de las fronteras, el calor del abismo. En mì no encontraràs algo duradero, pues lo duradero es una aficiòn irresistible por lo quebrantable, como quebrantables son tus làgrimas – le dice la joven. Daedolen sòlo se limita a verla analíticamente. La joven le concede pasar la noche en la cabaña.
Caminando a lo largo del sucio y pestilente corredor, llega a su habitación, ubicada al fondo. Sus paredes son de madera, mientras que frente a la puerta se halla la cama, arrimada a la pared. Detràs de la cama està la ventana, la cual màs se asemejaba a una abertura, por lo rùstica de su apariencia, bordada por piedras. Daedolen mira a travès de ella el azulado y nocturno firmamento. Al lado de la ventana, en una mesita de noche, se encuentra un cràneo. Ella lo examina frìamente. Empieza a sentir un profundo miedo, sin embargo, luego de unos minutos, se calma y decide dormir con ella, abrazàndola y aferràndola a su regazo. La contornea con sus brazos, mientras la besa y la acaricia. Su esquelètica estructura le parece tan hermosa. No te conozco, pero te amo – empieza a hablarle al cràneo. Sì me conoces – le responde èste. Desde que te despiertas hasta cuando vas a dormir, sabes quièn soy,….tu esperanza, tu inexplorada obsesión, la llama que se apaga en los candelabros de la habitación de tu tiempo. Yo soy tù, soy tu desolación consolable, el brillo de tus ojos, que destella cuando permiten tus pensamientos perder lo que nunca se perdiò. Siempre estuve junto a ti, soy inseparable de ti y te amo. Daedolen se queda muy sorprendida por la respuesta. Pero, luego le sonrìe, convencida de lo que ocurre a su alrededor. Luego de un par de horas, consigue dormir. A la mañana siguiente, la joven la llama desde afuera de la habitación. Daedolen, Daedolen – le grita. Violenta la puerta y, consiguiendo asì entrar en la alcoba. Daedolen se halla bien arropada, de pies a cabeza, pero no despierta. La joven la sacude, pero resulta inútil .Mueve las sàbanas y en su lugar sòlo encuentra un esqueleto, probablemente el de Daedolen. En la mesita de noche encuentra una nota: “Estoy durmiendo, nunca màs volverè”, la joven recoge el papel y lo guarda, mientras sus pensamientos empiezan a experimentar un mundo muy recòndito e inexplorado, oculto totalmente de cualquier civilización o cultura. Ella, ahora es Daedolen y sus cabellos se tornan rizados y de un color castaño cobrizo y con varios mechones rojizos. Su rostro era tan bello que el sol del mediodìa parecìa irradiar aùn màs, debido a su impotencia por desaparecerla y raptarla entre sus luminosos rayos y tenerla para siempre en su inagotable aura.
Acude a la estación, presenta la nota al empleado del ayuntamiento, quien sòlo la mira y acepta la notificación como boleto de viaje. Faltan diez minutos – un anciano ebrio y sentado en una deteriorada silla le anuncia en tono perdido y casi hipnotizado y con sus pupilas contraìdas, como si una luz le hubiese cegado de manera imprevista. Diez minutos, en diez minutos tu rostro desaparecerà – Daedolen, con un severo acento amenazador le contesta al anciano. Èste la mira e inmediatamente regresa de su hipnotismo y la mira sonriente, para después continuar bebiendo.
Daedolen se queda esperando el tren, el cual justo a los diez minutos aparece entre sus abundantes cortinajes de humo que describen una capa màgica que oculta algo siniestro. Aborda muy pensativa y serena el tren, mientras bastantes personas salen apresuradas y temerosas del transporte. Se sienta al final del vagòn, al lado de la ventana. El ferrocarril se halla un poco vacìo, a excepción de unos cuantos pasajeros y en su ambiente se respira una atmósfera de dolor y demencia. Ella es casi la ùnica pasajera.. Va usted a Nekralia ? - el empleado, encargado de tomar los boletos le murmura sin expresión en su serio rostro. Descansarè – se limita a contestar, soslayando asì la pregunta, mientras el empleado la mira imperturbable y continùa con el resto de sus actividades pendientes.
Nekralia - musita suavemente, una vez que el empleado se aleja. Nekralia - repite una vez más, mientras sus ojos se posan en el paisaje cambiante. Le parece que ha sido todo muy extraño, está segura de haberse encontrado en una cabaña, sin embargo sus recuerdos son difusos. Tiene la ligera sensación de que sus pensamientos ya no son siquiera de ella. La calavera parece mirarla y su sonrisa le atraviesa el corazón. Daedolen sacude la cabeza con determinación y sus rizos cobrizos cubren su demacrado rostro.
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No recuerda cuàndo colocò la calavera en el asiento delantero. Ella apoya los codos en sus muslos y luego observa detenidamente el cráneo. Sonríes, sonríes mostrando tu hilera de dientes blancos, hasta parece que te burlaras de mí, ahora que no sé cómo llegue aquí – divaga algo absesionada. Ella llegó a nuestra cabaña, nosotros estábamos tranquilos, pero ella llegó y ahora no sé què hago aquí - Daedolen, por momentos trataba de recordar algo, antes de su transformación, pero después, sòlo cruzó los brazos con resignación. Lo que ella no descubrìa, era que ella y la joven eran la misma persona.
Se levantò de su asiento y empezó a caminar en el tren, veía a los pocos pasajeros que se hallaban en el vagòn, de forma interesada. Muchos de ellos rehuían su mirada, lo cual le divertía mucho. Lo sé, lo sé - dijo en tono amable observando a una mujer que abrazaba a su hijo con expresión espantada. ¿Sabe?, hace un momento estaba muerta, dejè mi esqueleto antes de abordar - agregò en tono conspirador y se marchò riendo.
El tren avanzaba con rapidez. Siguiente parada,…Nekralia - el acomodador anunciaba con cierto aburrimiento. Cuando el hombre pasò cerca de la calavera se persignò concienzudamente y elevò una muda plegaría por el difunto. Estos estudiantes de medicina ya no respetan - dijo con indignación.
Daedolen logrò escuchar el reclamo del hombre y suspirò. Estaba hastiada de toda esa gente.
Se detuvo en la parada de la estación de tren. Su rostro brillaba rejuvenecido aùn màs que cuando estaba en el pueblo. Sus pasos aceleraba hacia la salida, llegando asì a la plaza de Nekralia, donde las aves cantaban alegres y las personas sonreìan sin saber por què y sin limitaciòn alguna. Su jùbilo era una irònica felicidad, un absurdo halago a sus vidas sin sentido alguno. Nekralia era entre otras cosas, el sitio donde las emociones se despertaban de manera inútil y resignada a una realidad ajustada a un juego sin fronteras. En Nekralia se vivìa por vivir, asì como se peleaba por pelear sin tampoco saber por què. La esperanza en este lugar es algo que ni las mentes locales màs extraordinarias eran capaces siquiera de imaginar. El sol no claudicaba en su inclemente claridad detràs de las nubes que se comprimían por momentos entre sì, como peleando por dominar el firmamento. Daedolen clavò sus miradas en lo alto de un edificio antiguo de construcciòn neo-gòtica, donde en cuyas fachadas exteriores, se apreciaban dantescas escenas esculpidas, que detallaban momentos tràgicos, cuya perfección artística destacaba aùn màs su dolor y placer, que se conjugaban inquietantes en la expresión de semejantes obras.
Ingresa por su portal, bordeado de columnas que describen criaturas monstruosas a lo largo de su estructura. Sus escaleras de metal, ornamentadas con calaveras hacia cada lado de sus escalones, surcados por esculpidas flores espinadas, en bronce y plata. Finalmente se adentra en el ùltimo de los diez pisos del edificio. Frente a ella, un inmenso salòn, cuyas paredes son de mármol blanco y el piso, decorado con grabados de seres aberrantes y monstruosos, cuyas figuras se hallaban encerradas entre cuadros negros y blancos, a lo largo de todo el corredor del piso. Las paredes dejan una impresionante exploraciòn a la vista, al contemplar sus vastas ventanas de estilo renacentista, cubiertas por cortinas blancas de seda. En una de ellas se halla de espaldas una mujer, cuya apariencia es muy juvenil y atractiva, pero a la vez muy perturbada. Vestida con una ex5
tensa gabardina de cuero negra. Su negro cabello y mechones blancos, cuidados rìgidamente y cayendo hacia su lado derecho, llegando hasta por debajo de su seno. Su piel, muy blanca y con dèbiles tonos azulados y grisàceos. Sus ojos, amarillos, brillando de soledad entre la obscuridad de su misterioso rostro. Sus labios tenìan un acentuado color rojo. Tan naturales y hermosos como la frialdad que se desprendìa de ellos al hablar. Su exhalación despedìa una fresca brisa, como el viento de una suave y hùmeda mañana de invierno que incitaba a dormir y no despertar nunca de sus encantos.
Te conozco ? - le pregunta a Daedolen. No - le contesta frìa y serena. Entonces, què quieres ? - sin emoción aparente alguna. Sòlo quiero vivir y morir en ti - le afirmò Daedolen. He estado en este lugar durante siglos – permanece indiferente frente a la ventana. Tus huesos aùn sienten el temor. He escuchado el lamento de la sangre derramada a travès de los ojos de quien quiso redimir al mundo de sus crueldades. El perdòn es la victoria de quienes se esconden en el encierro de su pasado. Una automutilaciòn de los hechos ejecutados por aquèl, que se proclamò, como el salvador de la humanidad. Su raza, nuestra raza y ante ella, el cielo y el infierno se despertaron en el aliento de sus agonìas, aquejadas por el misterio de la razòn y el vicio de la perdiciòn. Cuàntas desilusiones perecieron en mi potestad ! y sin embargo las estrellas albergaron al ùltimo que naciò. Al ùltimo que lamiò el acerado filo de la espada que brilla atravesada a travès de la garganta de aquèl que pereciò en el desierto.
Aùn asì, no sè ni siquiera tu nombre – emite entre cortantes palabras, Daedolen. Ella sòlo gira su cabeza hacia Daedolen, miràndola por detràs y con expresión cruel, indiferente y lùgubre. Soy quien esperas o aquello que incluso tù desconoces de ti – ruge levemente con voz violenta. Daedolen, impresionada y dejando caer su màscara de dureza, se acerca a ella lentamente por detràs, mientras èsta la separa violentamente de ella con una fuerte sacudida de su pierna derecha, dejàndola en el piso, desangrando por la boca y la nariz, mientras la mujer la mira de manera acusadora.
Una nube de pesares cae sobre mì – tumbada sobre el frìo piso de ajedrez y tiñendo con su sangre los cuadros blancos y mirada retadora. Mi angustia se aferra a ti, a ti, mi eterno deseo, la razòn de mis noches desveladas, pero este deseo es sòlo una ilusiòn, que penetra en mis tribulaciones, obteniendo la apariencia de un paraìso, un paraìso que me resulta inalcanzable, tu desaparición marcò en mì la desesperaciòn, abandonarte… no lo consigo. ¡ Estas espinas, en mi corazòn se clavan, el tiempo agudiza mi enfermedad, recordàndome a cada instante, cuàn triste es mi soledad !. A la oscuridad y al silencio me arrojè, como pilares cuarteados mi vida es, mis memorias de la infancia y la juventud como cristales rotos se dispersan, y sòlo cabe en ellas, mi amargura desolada y apoyada sobre violetas, que tiempo atràs, alejadas yo creì.
La mujer sòlo la observa frìamente. Sin embargo siempre has sabido como encontrarme, pequeña - tras unos instantes, que parecieron años para la atribulada Daedolen, respondió con desprecio. Siempre has escuchado mi voz, pero pretendías no oírme, tu vida mundana te impedía escucharme. Vanos son tus ruegos ahora – clama negando con la cabeza de forma desesperada.. La mujer se acerca a ella y sostiene su barbilla ensangrentada. Una sonrisa cruel desfigura sus facciones y lame la sangre del rostro de Daedolen.
Intenta retroceder, pero la mujer sujeta fuerte y firmemente su muñeca. Aquí estoy, ¿no
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me estabas buscando?, pues aquí me tienes - riendo con lujuria Daedolen. La mirada de la mujer era ahora indescriptible, el horror que habitaba en sus ojos no tenía comparación con cualquier cosa que hubiese visto. Daedolen contemplaba la antesala misma del infierno.
-¡Suéltame! Gritó horrorizada, pero la mujer no se inmutò y continúo lamiendo la sangre del rostro de su prisionera mientras èsta gritaba cada vez más fuerte. A lo lejos se escucha el tenue sonido de un objeto que parece rodar sobre el suelo de mármol. El sonido se acerca cada vez más y màs. Unos gusanos se arrastran por sus piernas, mientras sus làgrimas se adentran en sus labios, que saborean angustiados la desesperaciòn de los retorcijones que el despertar perpetùa en sus perdidos ojos grises. Anochecìa, mientras las libèlulas aguijoneaban el exterior del palacio, concibiendo en el eterno espacio, los destellos del recuerdo ante sus ojos, redimidos en la humillación, postrada ante su esencia divina.
La mujer la conduce hacia una habitación de paredes rojas. Un cadalso se halla en su interior, conformado por tres horcas, listas para ser ubicadas en el cuello de quien espera el abrazo final de la àspera piel de sus cabos. La mujer la arrastra de brazos. No tienes idea de todo lo que tuve que pasar – entre leves sollozos, ruge la mujer. Mi alma sentìa el resplandor de la luna, inyectada de la sangre del amanecer que se translucìa en mis pesares. Esta habitación se desmorona en el clamor del perdòn y se fortalece en las victorias de mi inframundo. Inframundo, es aquì donde estàs. Seas bienvenida, te entrego mi soledad y mis pesadillas. Desencarna de ellas tu potestad y aquello que los demàs llaman libre albedrío. Sabes que sin mì, tus dìas declinan en las planicies de tus angustias. La pasiòn y el dolor se disuelven en el sacrificio de tus bendiciones, plasmadas en santidades que ahora permanecen en el fondo de mis altares. Tù eres mìa, carne, sangre y muerte. Mi angustiada y perdida trinidad, eres tù.
Daedolen es forzada y colocada en una de las horcas mientras ella proclama: “De mi piel he cercenado los ùltimos goces, mientras de tus labios he saboreado la grisàcea penumbra de mis dìas. Tus manos son el desconsuelo de mis tormentos. De aquì he de encontrar en mi horror la promesa que nunca vi de tu alma venir. Tu soledad es un coàgulo de realidades amargas y dulces. Nunca he hallado en nuestros momentos un secreto que desangre nuestros corazones y exclame hasta el infinito renacer de nuestras pasiones el temor que aùn nos envuelve en la desdicha de nuestra obsesión”
“Esta quizás sea mi ultima hora de vida, pero sin duda también será tu ùltima hora de paz - dice en tono enigmático mientras la horca, que parece ser guiada mentalmente por su captora, se cierra con rudeza en torno a su cuello. La delicada piel quedò marcada enseguida y de entre los pliegues de piel, escapaban algunos hilos de sangre que corrían describiendo un sinuoso camino. Sin embargo no da muestras de verse sorprendida o incluso asfixiada ante la presión de la soga en su cuello, si bien es cierto, su rostro rápidamente adquiere una coloración ciruelada. Aùn te faltan dos personas - dice con despreocupada naturalidad, señalando con el índice las otras horcas. ¿O es que acaso me acompañaràs aquí? - pregunta sonriendo de forma descarada mientras las lágrimas escapaban de sus ojos. La mujer observa a Daedolen y niega con la cabeza, casi pareciera tener la actitud de un padre amoroso corrigiendo a su hijo travieso. No te acompañarè ahora, pues eso arruinaría la sorpresa – ruge la mujer . Daedolen cierra los ojos por un instante y con horror se da cuenta de que la horca que aprisiona su cuello, comienza a subir lentamente, pero ahora està más arriba. -¿Sorpresa? - dice con falso interés. ¿Qué traerás ahora? , alguna espada o quizás,
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otro juguete me imagino. Ya lo veras - la mujer rio, mientras observaba a su prisionera.
La mujer trae unas pequeñas esferas de zafiro que se hallan arrojadas sobre un pedestal. Con unos màgicos lazos la ata, los cuales estàn hechos de un irreconocible cristal, pero poderosamente inquebrantables. Le abre la boca a Daedolen de manera violenta con sus manos de insondable fuerza y se las introduce en su boca, mientras èsta empieza a sentir que se asfixia desesperadamente. Tù reflejas el sabor de mi perdiciòn - le susurra en tono lastimero cerca de sus oìdos, mientras su aliento despide un fuerte y dulce olor, totalmente desconocido. En tus labios quiero prodigar el olvido de mi condena. Tu odio se sellarà en mis venas y de mi corazòn brotarà la destrucción que nos abrazarà hasta el final. En los rojos cielos se ha entumecido mi mirada y la lluvia ya no cesa en mis desvelos. El rocìo ha germinado en las llamas de la laguna que avanza sobre mis alas y me ahoga entre sus golpes penetrantes, al igual que aquel dìa en que tus cadenas me encerraron en los antagonismos del tiempo y yo me volví màs cambiante que antes y mis dìas marcaban en mi garganta solitarios aullidos que arrastraron mis miedos hasta lo que soy ahora, un espejo destruìdo, una visiòn de lo irrceconocible, que ni siquiera yo alcancè a atestiguar cuando aquello ocurriò. El diluvio de nuestro reino ha desaparecido hace muchos eones, pero tus latidos aùn soplan sobre las cortinas cuando observo el frìo y el deshielo de la tempestad. Me encuentro encerrada entre las paredes del hastìo, nunca el caos y las victorias han sido suficientes para mì.
Le retira los zafiros de la boca y le desata las manos, posando las suyas sobre ellas, mientras caen fragmentadas sobre el piso para después mutarse en un cristalino lìquido transparente y de un ligero color azulado y rojizo a la vez. La deja libre, mientras la mujer se aleja y entra en otra de las habitaciones. Luego de unos minutos regresa con un cofre pequeño, ornamentado con topacios, rubìes, zafiros y esmeraldas. Se lo entrega a Daedolen, mientras ella sòlo observa estudiosa y profundamente el rostro de la mujer que ahora luce cambiado, pues su pàlida piel ha adquirido un color màs humano, màs rosàceo y sus cabellos adquirieron un color menos oscuro y sus mechones blancos desaparecieron. Su apariencia parecìa màs juiciosa y menos atormentada. Mordraug, es el nombre de este palacio - le dice en su suave acento pero castigador a la vez la mujer. Alguna vez lo conocì..., Mordraug, el señor de este lugar. Nunca supe quièn era èl en verdad – continùa la mujer - sòlo sè que desapareciò y yo permanecì aquì, y la verdad no sè por què !. Ambos nunca nos conocimos, sòlo nos tenìamos el uno al otro. Quizà fue a buscar otro reino y dejò èste para mì, Nekralia. Sòlo algo es cierto…ya no recuerdo quièn era yo antes de conocerlo. Nadie pudo comprenderlo, ni siquiera èl se comprendìa, ni siquiera yo, quien siempre estuvo a su lado – relata en tono reflexivo y con mirada melancòlica. Casi todo el tiempo querìa estar solo, últimamente ya no querìa ver a nadie, ni siquiera a mì, no sè lo que le ocurriò, simplemente se fue, se fue, se fue…. – reìa disimulada con un gesto de reprimida burla y tristeza mientras decìa esto. Sòlo salen de mis labios, palabras que ni yo entiendo, ni comprendo. No conozco mi final, quizà podrìa existir alguien que entienda todo este loco mundo creado por èl. Quizà tù podrìas desentrañar lo extraño de todo esto. Encuentro en ti esa potestad que nadie tiene, para conocerlo. Eres extraña, casi como èl. Yo estoy encerrada en su aposento, en sus notas borradas, sòlo eso, no sè nada. Todos los habitantes de este reino estàn igual de atormentados que yo. Sòlo somos personajes de sus fantasìas. Inmediatamente, su apariencia pàlida regresa, pero el cambio fue tan repentino que ella se queda inmóvil, parada, mientras lentamente volvìa a abrir sus azulados ojos bestiales, sin embargo aùn quedaban
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destellos de su estado humano, los cuales le ayudaron a reprimir sus impulsos de sadismo.
Inmediatamente, la mujer se aleja de ella y se retira hacia la habitación roja de la tortura. Daedolen siente curiosidad por saber las razones por las que entrò ahì, pero no encontrò nada, sòlo aquel dulce y extraño olor que emana de su aliento y unos fervientes y desgarradores aullidos de temibles lobos en el interior del palacio, mientras sola permanecìa con el extraño y ornamentado cofre .
Todo lo que había dicho la mujer aùn resonaba en los oídos de Daedolen, cada palabra creaba ecos en su mente, caminò por el pasillo un momento, sin rumbo fijo, sólo caminaba, perdida en sus pensamientos. Llegò hasta una mesita de madera sobre la que reposaba un enmohecido candelabro, aùn habían un par de velas y las encendió con unas cerillas, aferrò el candelabro con su mano izquierda y avanzò por el pasillo, observando con más cuidado las paredes, en algunas de ellas habían pinturas, algunas ya habían sido devoradas por la humedad y el paso del tiempo, otras permanecían extrañamente intactas, como si una fuerza se hubiese propuesto protegerlas. Daedolen regreso sobre sus pasos y observò atentamente las pinturas. En los rincones donde èstas estaban deterioradas también se apreciaba un aire de abandono, polvo e insectos muertos pululaban por ahí, sin embargo donde las pinturas estaban intactas, todo a su alrededor permanecía limpio, como si el tiempo no hubiese pasado por allí y se hubiera ensañado con el resto de la propiedad.
Caminando sin un aparente rumbo llegò hasta una puerta de ébano ricamente ornamentada, la luz de las velas le permitió apreciar la forma del picaporte donde, con perfecta maestría, se hallaba tallada la cabeza de un lobo aullando. Colocò el candelabro en una mesa cercana y tomò el pomo de la puerta. Apenas sus dedos rozaron la fría superficie toda la casa se estremeció con una nueva ola de aullidos que lograron erizarle cada vello, sin embargo su mano se volvió a aferrar al pomo y lo girò. La puerta se abrió con suavidad y una suave luz se derramò sobre el rellano del pasillo. Evidentemente el candelabro ya no sería necesario y la mujer no le prestò atención. Tan asombrada estaba con lo que sus ojos le mostraban. Un gran salón se abría ante ella, del techo colgaba una gran araña de cristal que era la responsable de iluminar el lugar. El piso era de mármol negro, tan pulido que reflejaba a la araña en èl y la luz parecía provenir de arriba y de abajo a la vez. Durante un instante Daedolen se preguntò si aquello realmente sería mármol y no alguna otra sustancia. Con algo de temor se adentrò en el salón. Apenas dio unos pasos, la puerta se cerrò con fuerza detrás de ella, lo que provocò que ella se girara con rapidez, pero detrás de ella ya no se apreciaba una puerta, en realidad parecía que no había una entrada, pues ahora todas las paredes del recinto eran iguales, en las esquinas superiores de cada lado caían gruesos cortinajes rojos y en el centro de las paredes se repetía la misma decoración, consistente en un blasón hecho con rosas y espinas de intrincada forma. Aferrò con más fuerza el cofre y caminò hacia el centro de la habitación, justo debajo de la araña. Estuvo allí durante unos segundos, pensando lo que debería hacer ahora, por momentos le parecía escuchar una suave música que salía de algún lugar cercano, pero que no podría identificar con seguridad, al mismo tiempo fragmentos de conversación y risas también se empezaron a escuchar y de súbito, casi como de la nada, ante ella se empezó a ejecutar un baile, el salón estaba repleto de personas de todas las edades elegantemente vestidas. Daedolen retrocedió despacio y entonces notò con horror que sin darse cuenta había atravesado a una pareja que bailaba animada, aquello
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que veía era una ilusión, pero todo parecía tener sustancia. Extendió una mano con temor y esta atravesó a un anciano que caminaba muy animado por el licor que bebía. Fantasmas - musitò despacio, pues necesitaba escuchar su propia voz para asegurarse de estar allí.
Entonces la música cesò de pronto y entre los presentes se escucharon fuertes aplausos. He ahí al señor Mordraug que nos honra hoy con este baile - uno de los hombres exclamò. Daedolen observò en la misma dirección que señalaba el hombre y en una de las esquinas se encontraba un hombre vestido completamente de negro, que apenas notò era observado por todos, se escabullò por una puerta falsa. Y tan súbitamente como había empezado la ilusión se desvaneció, ya no había música ni voces, ni personas ni risa, sólo el silencio. Sin embargo Daedolen sabía ahora lo que debía hacer, caminò segura hacia donde había visto escabullirse al hombre, la pared se veía igual que las otras, pero ella tocò suavemente una de las rosas y un tabique se abrió. Un pasillo oscuro y lleno de telarañas la aguardaba, ya lo había decidido y una vez que decidía algo... lo hacía. Así que se adentrò en la negra oscuridad, tanteando en las paredes y pisando con cuidado, al cabo de varios minutos sintió una brisa y la siguió, a lo lejos pudo distinguir una pálida luz, la salida con seguridad se encontraba allí y sin dudarlo empezó a correr. Sus ojos quedaron cegados brevemente, pero recuperò la visión tras unos minutos. La nueva habitación en la que estaba era más pequeña y estaba vacía, a excepción de una vieja silla en la que reposaba una pequeña daga. Casi de forma automática empezó a revisar el cofre con sus manos, parecía no tener una cerradura, pero sus pulgares presionaron dos esmeraldas y el cofre se abrió. En su interior sólo había una sustancia negra, de aspecto reseco, la tomò con su mano, casi no pesaba, su forma le recordaba algo, pero no sabía qué, soltó el cofre casi sin darse cuenta. Sus ojos se posaron sobre la daga, antes casi no le había prestado atención, sin embargo ahora no podía dejar de mirarla, la tomò con su mano libre y la observò un instante. Al examinar su filo se hizo un corte superficial en el índice, apretó la herida para detener la sangre y una gota roja cayò sobre la sustancia negra que pareció absorberla con voracidad e inmediatamente empezó a hincharse y su color cambiò rápidamente de negro a rojo, ahora sabía lo que sostenía, era un corazón humano ... un corazón que latía y bombeaba sangre, un corazón del que empezaban a salir venas y arterias. Daedolen dejo caer el corazón atemorizada y observò lo que sucedía ante sus ojos con un temor cada vez más grande.
Lo que al principio era una sustancia reseca y negra ahora crecía y se agitaba con cada latido del corazón. Ahora los músculos comenzaban a cubrir el esqueleto que se había formado, todo el proceso llevaba unos minutos, pero la velocidad del cambio era alucinante. Ante ella se encontraba ahora el cuerpo desnudo de Mordraug, parecía dormido ahora, mientras Daedolen lo observaba muda de asombro, nuevamente los lobos aullaron con fuerza, sin embargo esta vez el aullido era diferente, casi parecía como si los lobos supieran que uno de sus miembros había regresado. Parece que te echaban de menos… - le dice en voz comprensiva.
Nunca perdimos la esperanza de que volviera a nosotros - dice la mujer, su aspecto ahora es completamente humano. Han pasado cientos de años desde que su corazón se secò, cientos de años - repite observándolo. Ahora estaremos bien, la ciudad ya se està recuperando. Muchas lo intentaron y no superaron las pruebas, hasta que tú llegaste.
Daedolen la observa aùn sin comprender lo que dice, entonces la mano de Mor10
draug aferra la suya con fuerza. Mucho tiempo te he esperado Daedolen - fue todo lo que dijo y volvió a dormir sin soltar la mano de Daedolen. Y ella supo que ya nunca más se marcharía de Nekralia, pues había encontrado lo que siempre buscò sin saber.
El mundo es demasiado horrible para estar sin ti – vuelve a pronunciar palabras, con feroces y tristes ojos, mientras posa delicadamente sus manos sobre sus mejillas. Soy la imagen de este desgraciado mundo y como tal he sido, un ser deplorable, que sòlo vive para matar sin saber siquiera por què – su acento tiembla de tristeza y resentimiento, mientras la mira con sus centelleantes y amarillos ojos, mientras sus retinas desangran reprimidamente, como conteniendo su màs profundo dolor. Su rostro parecìa albergar dos topacios radiantes de esperanzas e impotencia. No concibo vivir sin ti, nadie jamàs….,- pero su voz se apagò, abrumada por el dolor y sus ojos sòlo permanecìan en los de ella, cuyo rostro era tan suave como el terciopelo. Sus manos se deslizaban fácilmente a travès de la perlada y angelical piel de sus mejillas. Asì permaneciò, con su rostro descansando sobre su regazo y sus brazos acogiendo a quien fuera su esperanza. Miles de cardenales volaron atravesando la ventana y el sol ya empezaba a dibujar sus primeros rayos en el horizonte de Nekralia. Miles de lobos corrìan despiadadamente a travès de las colinas, tratando de alcanzar el primer resplandor, como si fuera la ùltima esperanza de vivir. Duerme Mordraug, duerme, yo estoy aquì por ti – fueron las palabras de Daedolen, quien permanecìa observando el encuentro crepuscular entre la luna y el sol. La mujer se acerca a ella lentamente, como congelando con sus pasos las austeridades del tiempo y emanando su dulce fragancia como el jazmìn que dosifica los senderos con sus punzantes olores. Mi nombre es Lykaiana – con expresión radiante y esperanzadora, le habla posando su rostro sobre el hombro de Daedolen. Mira las aves, antes no volaban, sòlo permanecìan ocultas, debajo de las cascadas que corrìan torrencialmente sin sosiego alguno y no reflejaban nuestros rostros cada vez que nos detenìamos a vernos en sus manantiales espejos. Los monstruos en los que nos hemos convertido dejaron de ser sòlo ilusiones y se transformaron en algo peor, nosotros. Cada vez que miras un espejo, ves lo que quieres ver y sentir, pero aquello puede cambiar y todo lo que soñaste ser, puede devenir en una pesadilla. El mundo està enfermo y nosotros hemos sido aquella enfermedad. Hemos sido el dolor y la belleza de lo salvaje, de aquello que nunca descansa en los corazones de los hipócritas y quienes ocultan su naturaleza en mentiras moralistas. Somos el sufrimiento y el placer de lo oculto que existe en la humanidad y sin embargo, aun asì, nos odian, jajajaa. Nuestra raza nunca podrà estar en paz con ellos, pero hemos recuperado parte de ello, de lo que èramos, antes de que Mordraug apareciera y nos concediera lo que nunca imaginamos ser en nuestros corazones. Ahora, tù has llegado a èl y todo lo que se perdiò ha regresado, gracias a ti, a tu fortaleza para enfrentar al màs viejo y cruel de nosotros, con sòlo abrirle tu alma. Èl siempre te esperò. Todo el tiempo estuvo confundido y atrapado entre el sol y la luna. Ahora se han juntado, en el momento exacto. El ciclo se ha completado y con ello nuestra raza ha recuperado su ùnica y màs preciada esencia mortal: la potestad para translucir las cosas màs allà del odio, la intolerancia y los feroces deseos – permanece observando el crepúsculo junto a Daedolen, mientras con su mirada risueña y maliciosa, empiezan sus ojos a ceder ante las primeras làgrimas que el resto de su raza, al igual que ella, creìan perdidas. Làgrimas que han sido aullidos durante todo este tiempo, pero el silencio aullador quiebra en algùn momento. Inmediatamente sin decir nada màs, desaparece entre sus demenciales risas, movilizàndose a una velocidad casi imperceptible, de la presencia de Daedolen, quien ahora permanece sola con Mordraug.
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El sol desprende su llama, en un cielo con nubes grisàceas. Sus rayos descienden sobre la tierra entre las sombras que se hayan elevadas y entrelazadas con la niebla, que camina errante entre los àrboles. La nieve creaba un hermoso espectáculo blanco, donde las manadas de lobos, hombres y mujeres lobos jugueteaban entre ellos, como si nunca hayan perdido su infancia. Su raza no conoce madurez alguna. El instinto es su ùnica madurez y su ùnica vìa de alcanzar la plenitud es siguiendo lo que su corazòn prescribe. Aquello, la humanidad en su mayorìa detesta. La humanidad es su mayor y màs severa amenaza. Mordraug despierta y ante sus ojos ve a la hermosa Daedolen, ahora dormida. Los rayos penetran sus pàrpados y abre sus ojos despacio, como resignados a despertar. Èl la observa cariñosamente, mientras ella lo mira un poco extrañada. Debemos unir nuestra sangre – le dice abruptamente Mordraug. Asì serà – se apresura a decir, deslumbrada por la matizada fuerza, despertada entre ambos. Mi raza serà la salvaciòn de este mundo perfecto, sè que asì lo predijeron mis sueños en figuras abominables. Lo feo y lo bello, lo repugnante y lo admirable, son sòlo puntos de vista, lìmites de la pasiòn humana. Trascender aquellas murallas es la visiòn del fuerte y mi fortaleza nunca permanece en las aberraciones de las que el resto de mortales consideran como inferioridades. La inteligencia de ellos se reduce a lo que navega en las superficies de su idiocia conformista. La mediocridad y el conformismo, son elementos de los que siempre carecì. En este mundo habitan nobles y esclavos…. Tù siempre fuiste noble, lo sè – le interrumpe Mordraug - al igual que los de mi raza, sino, nunca me hubiera fijado en ti. Eres la escogida, para reinar en Nekralia. Te cedo potestades, pues la guerra se avecina y mi corazòn, cansado de enfrentar lo que està mal, no podrìa soportarlo màs en soledad. Ahora que apareciste, la esperanza ha regresado y la decadencia ha desaparecido con la ferocidad de los habitantes de este reino. Tù seràs la reina….- se detiene, mientras arranca una orquìdea y la deposita sobre el cofre, que ubica cariñosamente entre las manos de ella. Seguidamente despunta una daga y la penetra en su propio cuello, desangrando asì, imparable y abundantemente sobre el cofre. Daedolen procede de la misma forma y seguidamente, ambos, de manera salvaje y desmedida, beben mutuamente su sangre, hasta que finalmente las heridas se cierran.
El cofre es depositado en el subterràneo del palacio, en un salòn, cuyas paredes son ornamentadas con figuras esculpidas en seres monstruosos y espejos, enmarcados con motivos abstractos y complejos. En el centro se halla un agujero, cuyo fondo es insondable, sitio donde el cofre permanece sepultado. Lo màs apreciado por el corazòn, permanece siempre oculto ante los demàs.
Daedolen es presentada ante el resto de los habitantes en la plaza de Nekralia. Todos se hallan muy contentos y emiten aullidos tan ensordecedores, que las aves huyen asustadas de lor àrboles y el sol es aplastado por las grises nubes. Los lobos salen al encuentro de la soberana y se detienen frente a ella. Daedolen conducirà ahora a los clanes en sus incansables batallas. Durante la ceremonia, Mordraug sòlo permanece a su lado, tomando su mano y después arrodillàndose y besando su anillo de rubì, perteneciente a la estirpe likona. El màs antiguo de Nekralia finalmente se arrodillò, sòlo ante alguien, ella. Todos sabìan que su alma estaba predestinada sòlo para ella, por lo cual todos aceptaron y veneraron a Daedolen, por devolver la fuerza y la esperanza al reino. Y ahora, todos saldremos a beber – sostuvo Daedolen, al final de su discurso - la muerte nunca sondearà nuestro dolor…. , jajajaja….

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Esta narración fue escrita por mí, en compañía de una amiga, Evelyn Tobar...escrita por dos personas que soñaron juntas, pero nunca compartieron una ilusión...
2009-10-01 03:44:59