La inolvidable pasión del profesor Rivera y sus alumnas de la secundaria

Zuasnabar  - ROMANCE - 19171 words

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LA INOLVIDABLE PASIÓN ENTRE EL PROFESOR RIVERA Y SUS ALUMNAS DE LA SECUNDARIA. Editorial Simurg. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2008 (103 Págs.) ISBN: 978-987-554-115-3

Nouvelle erotique. Transgrediendo los límites de las convenciones so

LA INOLVIDABLE PASIÓN ENTRE EL PROFESOR RIVERA Y SUS ALUMNAS DE LA SECUNDARIA. Editorial Simurg. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2008 (103 Págs.) ISBN: 978-987-554-115-3 Nouvelle erotique. Transgrediendo los límites de las convenciones so

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La inolvidable pasión entre el profesor Rivera y sus alumnas de la secundaria
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Horacio de Zuasnabar
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La inolvidable pasión entre el profesor Rivera y sus alumnas
de la secundaria
nouvelle para adolescentes liberadas
+ 2 cuentos libidinosos
Ediciones Simurg
Buenos Aires
2008
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Imagen de Tapa: Sin título. Serie «Yo la peor de todas» (Eduardo Medici)
Foto del autor: Hugo Goñi
ISBN: 978-987-554-115-3
© Horacio de Zuasnabar, 2008
hdezuasnabar@hotmail.com
http://www.zuasnabar.com.ar
© Ediciones Simurg
Jerónimo Salguero 33 6º D
1177 Buenos Aires - Argentina
simurg@sion.com
http://www.edicionessimurg.com
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
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a mis ex alumnas de 5º año
a mis colegas docentes, como humilde ejemplo de sublimación
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Como cada otoño, ese día el profesor Rivera alistó su
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carpeta, se miró, aprobándose, por última vez en el espejo y salió para dar la primera clase del año, a conocer a sus nuevos alumnos. Rivera llegó al colegio durante el recreo, por lo que entró para hacer fotocopias a la cantina-bar y papelería. Quedó fascinado con una tan bonita y sexy adolescente que a duras penas pudo realizar su cometido. Mientras el empleado hacía las fotocopias, el profesor, con disimulo, observaba el gatuno desplazamiento de la jovencita, vestida con un pollera corta, bastante por encima de las rodillas que, a diferencia de lo que podría no ocurrir con otras chicas, en ésta, por sus formidables curvas, a cada movimiento, se subía hasta muy alto, dejando a la vista unas fibrosas piernas e insinuando un duro culo que al profesor, de placer, le empezó a doler el pecho y el estómago, y su cabeza entró en vértigo.
Esa necesidad de apartar la vista de una belleza que, de tanto gusto que provoca hace doler, le ayudó al profesor Rivera a alternar a la chica con otras cosas, evitando ser descubierto. Cuando recibió las fotocopias, se dio vuelta, y clavando la mirada en la salida, se fue lo más directo posible. Ya en los pasillos, recordarla, embobado, hizo que chocara contra las paredes, hasta que vio a algunos alumnos y a otros profesores que le hicieron, de repente, recomponerse.
En la sala de profesores se quedó mudo y con la mirada fija sobre el escritorio, al que también estaban sentados otros docentes, charlando. Mientras, Rivera recordaba cada curva y gesto de esa alumna que conceptuó como “celestialmente brutal”. Los cuestionamientos éticos
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fueron, por Rivera, dejados de lado con la justificación de que todo lo que imaginara no sería nunca más que pri-vadísimos pensamientos, jamás dables, por su honor. “¡Y el de mis padres!”, se dijo justo antes de entrar con una benemérita sonrisa paternal al aula de su nuevo curso.
Sin mirar a los alumnos se presentó a la preceptora, con quien charló sobre aspectos generales. Ella luego se retiró. Rivera, sentado ya en su silla, detrás del escritorio, miró a la clase y dijo “Buenas tardes” en voz tan serena que hizo que se acallaran sus parloteos y lo saludaran, tranquilizándose el ambiente. Entonces Rivera se puso de pie y se acercó a ellos, con la intención de conocerlos. Sin darse cuenta, mejor dicho, sin esperárselo, al llegar a una alumna sospechó, sentada detrás de ella, a la brutal hermosura que minutos antes lo había mareado. Pudo contener la mirada, apenas lo imprescindible, para que la alumna se sintiera tan atendida como las anteriores, y miró a quien estaba atrás. Se encontró de frente con la chica sexy, ahora sentada y con las piernas cruzadas, casi descubiertas por la mínima pollera. Al mirarla Rivera temblaba, aún de forma imperceptible. Pero el profesor tembló de forma ostentosa cuando encontró igual de bella a la siguiente, en su estilo; luego, a la de más atrás, al suyo. Y así a todas. Al profesor Rivera lo embargó la alegría de los que sienten que la fortuna les es propicia: la felicidad de los bienaventurados. Más sereno, pero sin poder ocultar su curiosidad, volvió a mirar a la que había visto antes de descubrir al hermoso ejemplar de la fotocopiadora y la encontró igual de bella. Lo mismo
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con las anteriores. Todas distintas pero, cada una a su manera, perfectas. Retrocediendo hacia su escritorio, y hablando temas de la materia, Rivera se cuestionó a sí mismo de calificarlas —aunque temía no equivocarse— de “perfectas”, por haber visto que no todas, sólo unas pocas, tenían cuerpo perfecto: algunas eran gorditas, otras realmente delgadas, pero cualquiera, en un balance final, resultaba fascinante, tal cual le había resultado, a solas y a primeras, la de la fotocopiadora.
A medida que transcurría la clase, con las preguntas y explicaciones de Rivera, las chicas fueron reubicándose en sus pupitres, dejando ver al profesor (por corto y por largo tiempo) muy jóvenes y sabrosas piernas, espaldas, vientres, pechos, hombros, cuellos, cabellos y rostros. El profesor Rivera sintió que flotaba armoniosamente entre vestales que eran discípulas suyas. Discípulas de ese Maestro —él— que, de inmediato, en estado de real gracia otorgado por sus nuevas alumnas, planeó una trama,
todavía en neblinas pero que, en definitiva, reuniría a esas mujercitas con él.
Al respecto, lo primero que Rivera tuvo en claro fue que la cuestión no incluía a los alumnos varones.
A ese colegio religioso de moda, sus altas cuotas
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mensuales y de inscripción lo hacían tentador para los nuevos ricos que nacían y morían de la noche a la mañana. Mandar a sus hijos allí demostraba tener mucho dinero y poder, por ende, los chicos aprobaban sin problemas. Y se relacionaban —incluso hasta llegar a casarse— con pares económicos, en general mal educados, prepoten-tes. Fascistas, como algunos de los padres, y como otros, verdaderos laburantes, quienes, por desear lo mejor para sus hijos, y creyendo que esto es mandarlos a los colegios caros, así lo hacían, educando equivalentes fachos. De todo esto, algunos eran conscientes, y otros, no.
Año tras año Rivera había comprobado esta desgracia
con cada curso que le iban asignando. Hasta que le correspondió el que, ya al entrar, notó distinto de los anteriores. Rivera sintió a ese curso como una irrealidad dentro del colegio. Pese a que, apenas él entró, todos estaban
inquietos, bruscos, nerviosos, riéndose sin sentido, pegándose, apoyando una chica, por ejemplo, la cabeza sobre el hombro de otra, o de otro, Rivera entendió que sólo estaban haciendo tiempo —de la manera menos sospechosa— para luego interesarse (como lo comprobó) por saber cómo era él: lo anticipó en cuanto enfrentó las miradas del curso. Luego vería que ellos querían averiguar,
ante todo, si él era un profesor del stablishment, es decir de los ideales de esa escuela, si era un hipócrita —como muchos de ellos—, un enajenado, o si, por el contrario, era una persona, una de esas que se decía que había que ser y que, el decirlo, causaba gracia, asco. Rivera
enseguida entendió que querrían saber si era un in15
moral o no. Entonces les dijo, entre otras consideraciones iniciales: “…en mi clase está permitido hablar de todo, siempre que se hable con propiedad, sin levantar la voz, pidiendo turno para hablar, mejorando los argumentos, ya que no estamos ni en casa ni en una cancha de fútbol, donde hablaríamos distinto. En definitiva, señoritas y señores, procurando ser bueno con uno mismo y con los demás… simplemente porque así siempre la humanidad ha entendido que es mejor.” En el primer momento, los chicos pusieron cara de no entender nada, también, de creer que cínicamente les podía estar tomando el pelo. Pero al rato todos se relajaron y se reacomodaron, algunos
irguiéndose, otros despatarrándose, dando evidentes muestras de que se proponían atender.
—Yo, papi, le pregunté al profesor Rivera: ¿Por qué me mira con esa cara...?
—¿Le preguntaste eso al profesor, María?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
—Porque es la única que tengo...
—Pero, ese profesor, ¿se hace respetar?
—Sí, totalmente.
—Y entonces, ¿cómo te atrevés a preguntarle por qué te mira con la única cara que tiene?
—Porque, con él, con Rivera, papi, si no faltamos el respeto, se puede hablar de todo.
—¿Y te parece que no es una falta de respeto preguntar
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por qué te miran como te miran?
—No, es simplemente eso: preguntar por qué me miran como me miran, y eso, el profe de Filosofía también nos lo pregunta a nosotros.
—Pero en su caso es distinto.
—¿Por qué?, él no se parece en nada a los otros profesores.
Sabe de todo, historia, teatro, psicología… ¡qué sé yo! Y lo sabe transmitir, y nunca le falta el respeto a nadie, ni a nosotras ni a los varones...
Los padres de María se sonrieron entre sí sin imaginarse
lo que iba a suceder.
—¿Cómo ha sido con tu marido?
—Con mi marido empezó muy tranquilo, cada vez me fue gustando más, hasta hacérseme imprescindible pensar en todos los hombres, cosa que, antes, yo no hacía...
—O sea, que tu marido te volvió puta...
—Algo así, tal vez. Y con el tuyo ¿qué hay?
—Con el mío empezó todo fuego, unos orgasmos fabulosos, a lo animal, ¿viste? Con el tiempo esos orgasmos
se fueron haciendo más suaves pero igualmente profundos, otra cosa. De todas maneras, a veces, cuando estoy gozando también estoy pensando que podría estar al mismo tiempo haciendo otra cosa, y que estoy actuando, aunque gozo, no sé... y con tu amante, ¿cómo es?
—Es de locos, me encanta, es como con mi marido ahora, o mejor: por lo prohibido, y… ¿con el tuyo?
—También, por lo prohibido, como decís, es emocio17
nante —me transpiro toda— pero no sé, estoy mejor con mi marido, creo que lo quiero, quiero decir que lo quiero más..., ¿vos querés al tuyo?
—Por supuesto, ¡qué pregunta!, pero estoy recaliente con mi amante, estoy recaliente con los dos... es raro, yo que antes no me calentaba con nadie...
—Qué paradójico para tu marido, ¿no?, te hizo para otro...
—No te creas, y para él también, no sabés las cosas que hacemos, mejor dicho las cosas que me hace...
—¿Culean?
—Claro, ¿vos no?
—Con mi marido, a veces, ahora ya muy de vez en cuando...
—¿Y con tu amante?
—Él quiso...
—¿Y vos?
—No mucho...
—¿Por qué? ¿no te gusta hacerlo?
—Sí, a veces....
—¿Y por qué no lo hacés con él también?
—No sé, ya me lo pidió, incluso lo ha intentado, pero yo, de una u otra manera, lo evité...
—¿Y te preguntó si lo hacés con tu marido?
—Claro.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí —lo mismo que a vos— que de vez en cuando...
—¿Y no te cuestionó por qué no lo hacés con él?
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—Hasta ahora no...
—Tiene miedo que le contestes que sí con tu marido y no con él, y que se pudra todo...
—Tal vez, es probable, ¿y vos?
—Mi marido lo intentó varias veces, pero no lo sabe hacer bien...
—¿Entonces?
—Que con mi marido no lo hice nunca, por completo quiero decir, libremente...
—¿Y con tu amante?
—Es bárbaro...
—¿Me querés decir que culeás con tu amante y que no culeaste nunca con tu marido?
—Exacto, es bárbaro, si no no tendría gracia tener un amante, ¿no te parece?
—Lo que me parece —si no te enojás...
—No, por favor....
—Lo que me parece es que sos una puta terrible —reflexionó
entre risas.
—No sé quién lo es más... porque vos te andás con muchos escrúpulos que, a la hora de cogerte tan peca-minosamente al tuyo, no sé lo que andarás sintiendo, ¿no te parece?
—Quién sabe qué culpas estoy pagando o haciendo pagar....
—Yo no sé en mi caso, pero la paso bárbaro, me empapo....
—Yo también, no creas...
—¿Con los dos?
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—Ahora, últimamente, más con mi amante, pero yo lo quiero más a mi marido, lo quiero de verdad....
—Ya veo...
……………….
Rivera siguió tecleando suavemente en su computadora
para dejar que su mujer y su amiga se fueran a gusto: habían pasado por la sala a oscuras sin percatarse de la presencia silenciosa de Rivera. Cuando se marcharon Rivera
se consoló de sus recién conocidos cuernos pensando de nuevo en sus alumnas. Hasta eyacular.
El profesor Rivera no tenía ningún problema en imaginarse todo tipo de posibilidades con sus alumnas, secundarias y universitarias. Aunque prefería imaginarse con las secundarias, en la seguridad de que, siendo aún menores de edad, se descarta de pleno toda posibilidad de real aproximación. Aproximación física, porque mental, eran las preferidas del profesor.
El profesor se imaginaba a sus alumnas secundarias implicadas sexualmente con él. Pero, por esto, no dejaba de verlas como en realidad eran, unas adolescentes de diecisiete años. Algunas, con físicos muy desarrollados, pero intelectual y emocionalmente muy inestables, entre la niñez y la adultez. Es decir, con sus cuarenta y cinco años, pudiendo ser padre de ellas, también las veía como hijas. Y como bellos ejemplares humanos jóvenes, no desde el punto de vista sexual, sino estético, como manifestación
de la pura belleza. Las trataba, muchas veces,
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como niñitas, aunque luego se las imaginara cogiéndoselas,
incluso, de forma muy animal.
“Así se erotiza el profesor con sus alumnas, jugando a los roles de papito e hijitas liberados de las complicaciones
edípicas”, pensó Rivera mientras le miraba las piernas y la bombacha a una alumna despatarrada sobre una mesa, que se hacía la que no se daba cuenta.
Desde un principio Rivera se dio cuenta de que o era él mismo con las chicas o todo se le pudría. Sabía que si intentaba, por ejemplo, hacerse el joven, la relación con ellas se dificultaría —de una u otra manera— hasta hacerse
insoportable, estado opuesto al que Rivera aspiraba para sus chicas y él.
No al azar había pensado en la imposible situación de hacerse el muchachito de esa película.
Porque, como es obvio, él se meaba por ellas, se deshacía
los ojos contemplándoles su perfección: su piel, mucho antes que maculada por lo que fuera, era joven, casi infantil, es decir, era más bebé que mujer, aunque algunas —realmente todas— llegado el caso, fueran unas lobas calentonas. Eran lobas, sí, muy hormonales, y de carnes tiernísimas; en ellas, las arrugas que en pocos años tendrían estaban suplantadas por carnes y piel poco antes nacidas. Mucho después, por supuesto, que las de Rivera, quien sabía que, antes de hacerse el pibe, honestamente le correspondía venerarlas, echarse a sus pies, lamerlas y chuparlas íntegras, mirarlas por horas y por siempre. Y
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sabía, Rivera, que hacer esto era representar con muchas probabilidades el papel de viejo baboso, actuación que se negaba a realizar, por la única razón de que quería hacer el papel de él mismo, decírselo a las chicas, hacerlo, y que las chicas actuaran, cada una, en consecuencia, vale decir, como cada una quisiera, como él, sabiendo todos explicar por qué lo hacían de esa manera.
De hecho, Rivera había trasladado su orgullo académico
a la puesta en práctica de lo que él, en cierta manera, pregonaba entre sus alumnos: el flower power de sus setenta, “haz el amor, no la guerra”. Rivera, a las pocas clases, sabía, como lo sabían también sus alumnos, varones
y mujeres, que sus clases, en definitiva apuntaban a eso, pero no a eso sexual, o, mejor dicho, a eso y a muchas cosas más, a todas.
En el medio de una clase las chicas le pidieron a Rivera
permiso para salir más temprano, porque tenían que atender asuntos referidos a la última conmemoración del Día Internacional de la Mujer trabajadora. Rivera quedó a solas con sus alumnos varones, y enseguida se notó en el ambiente, ya que todos se aflojaron y en general se quedaron en silencio, como reconociendo que se había retirado la mitad de la humanidad por la que la otra se desvive, y viceversa; ahora estaban todos y sólo los que no se ambicionaban entre sí, casi como en un vestuario después de un partido de rugby. El tono de los alumnos, al dirigirse a Rivera, era tan correcto que hasta sonaba
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aburrido. El profesor, en un principio no supo qué hacer con esta actitud tan extraescolar, por su fuerte componente de familiaridad. Pero luego Rivera sintió la necesidad de atenderlos como atendería a sus alumnas, con la única diferencia de que el sexo no sería atracción entre ellos. En un primer momento, luego de retirarse todas las chicas bajo la mirada disimulada de compañeros y profesor, y antes
de que Rivera pudiera dar alguna indicación respecto a la continuidad de la lección, sus alumnos se relajaron en sus bancos, uno se quedó de pie mirando por la ventana, otros comentaban algo sin interés, y uno se encomendó la misión de charlarle al profesor, pero desde su banco, como para que escucharan todos. “Mujeres es el tema”, se dijo Rivera al escuchar el primer comentario de su alumno: “Y usted, profe, ¿ha tenido muchas mujeres?”, le preguntó Matías al mismo tiempo que con la cabeza señalaba a las que recién se habían ido. “Tené cuidado con lo que decís”, se previno Rivera, “estás en un colegio, sos el profesor y éstos no son amigotes: son tus alumnos”. De todas maneras Rivera sentía una exquisita pasión por las mujeres, incluidas por supuesto todas esas congéneres
que se acababan de retirar, dejando incompleta a la humanidad, que enseguida —como lo demostraba el muchacho— preguntaba por ella.
—¿Creés que yo he tenido muchas mujeres? —le devolvió Rivera con una sonrisa que podría verse como despectiva si los alumnos no conocieran su forma de ser, mejor dicho, de actuar para ellos con el fin de que aprendieran todo lo que quisieran, dándoles primero
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el ejemplo, al interesarse en saber y discutir sobre sus adolescentes puntos de vista, con la seriedad y la sorna de los mayores.
—Porque a todas éstas —Matías volvió a señalar con la cabeza a sus compañeras ausentes— usted las tiene enamoradas.
Apenas escuchó esto, Rivera reprimió un respingo de placer que, sin embargo, fue percibido por sus alumnos, que rieron de forma procaz.
—¿Cuál le gusta más, profe? —le disparó Ismael, desde muy cerca.
—¡Ah!, ¿cuál le va a gustar más? ¡Julieta, por supuesto!
—contestó Julián.
Rivera restauró cierto orden y, al rato, sonó el timbre. Se despidió de sus alumnos, todos sonrientes, y Mariano lo alcanzó en el pasillo.
—¿Profe, puedo hablar con usted?
—Claro —contestó Rivera, deteniendo su marcha.
—¿Podemos hablar en un lugar menos concurrido... en el gimnasio?
—Claro —repitió Rivera, despejándose cualquier duda de inconveniencia: era un alumno y, el gimnasio, parte de la escuela.
Una vez en el gimnasio, Mariano arremetió: “Profe, en el salón no podía decírselo pero tengo problemas con mi novia. Con mi viejo me llevo bien, bárbaro, pero de estas cosas no puedo hablar con él, no sé por qué, y había pensado que tal vez con usted...”
Rivera imaginó cómo podría ser la novia de su alum24
no:
—¿Qué edad tiene tu novia, cómo se llama?
—Lorena tiene diecisiete, igual que yo, va a una escuela
de barrio, de la Provincia...
—¿Y eso qué tiene? —lo retó Rivera pero dándole pie para continuar.
—¿Sabe, profe…? Lorena se queja porque dice que, cuando hacemos el amor, yo termino antes y ella...
Rivera esperó sin decir nada.
—Y ella —continuó Mariano— se queda mal...
El profesor caminaba acompañado por su alumno por el centro del gimnasio, y sus pasos se escuchaban repercutir
en las chapas del galpón. Y se queda mal…
—¿Por qué? ¿Se lo preguntaste?
—Sí, Lore dice que ella no tiene tiempo de acabar...
—Pero, Mariano —se enfervorizó Rivera—, ¿vos le das tiempo a tu novia para que ella también acabe?
—Y, yo, profe, cuando puedo, se la meto y después no me puedo contener...
—No, Mariano, no es así —dijo Rivera ya jugado en que ésta no sería una clase de la materia que la dirección de la escuela le había encomendado sino otra, desde lo humano muy interesante, pero ajena a su profesorado—. Vos te tenés que contener todo lo que sea necesario. Primero
la dejás satisfecha a ella y recién después acabás vos, no hay otra...
—Pero es que no puedo, profe, se la meto y ya estoy con ganas de...
—¿Llenarla de leche? —le dijo Rivera, como para
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distender la charla.
—¡Sí, profe, eso...!
—Bueno, no tenés que hacerlo así, por el bien —por el gusto— de los dos...
Mariano lo acompañó en su paseo por el gimnasio sintiendo que ahora Rivera le daría la fórmula.
—¿Así que vos encarás a Lorena apenas la ves y se la metés? —preguntó entre risueño y preocupado Rivera.
—Y... qué quiere, profe...
—Yo no quiero nada —mintió Rivera—, vos sos el que querés...
—Sí.
—Bueno, entonces, antes de metérsela, mimala mucho.
—¿Cómo?
—Mimala, ¿no sabés tampoco mimar a una mina?
—No.
—La desnudás toda de golpe o de a poco, la acariciás mucho, por arriba y por abajo de la bombacha y del corpiño,
mientras tanto la besás mucho en la boca, le acariciás y le apretás la panza, los muslos, las tetas, el cuello, hasta el pelo: la masturbás mucho, mucho, hasta que veas que se está por acabar, entonces parás, y vos, que estás reduro de verla tan caliente y de estarle haciendo de todo —tenés justo en ese momento el pito bien duro, parado— entonces,
la dejás de pajear y la empezás a penetrar, cuando ya está empapada y tan caliente que con lo mínimo ya se acaba, y se la metés toda, y se acaba con tu pito, sintiendo a tu pito dentro de ella —ya no tus dedos—, se acaba por
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sentir tu henchido pito caliente y duro… y tierno. Primer round. Ella ya acabó y vos todavía te guardás hasta el primero.
Entonces, con cualquier simpática excusa, te salís, y te servís y ofrecés algo para comer —por ejemplo—, dejándola recaliente, y aunque pida a gritos que largués todo y que te vayas con ella. Vos, además de aguantártela, recargás baterías y bajás el voltaje, y ella no se da cuenta: sólo distingue a un hijo de puta que se la coge cuando le apetece, haciéndola acabar como si nada y, él, inmutable, comiendo con su pija parada. Luego vas y te la cogés un rato más, si es necesario maquinando cualquier cosa que te evite pensar en acabar, pensar, por ejemplo, en un tren que, monótono, pasa por el horizonte. O cualquier cosa así, mientras el pito se te mantenga parado, duro, insensible,
dale que dale a ella, que está en otra cosa: en esa cosa que vos le estás metiendo. Y la hacés acabar de nuevo y, antes de acabar vos, te volvés a salir: vamos a ver ahí si te vuelve a decir que está insatisfecha. Pero vos todavía no has acabado ni una sola vez y a ella ya le sacaste dos. A esa altura, Ma-riano, es cuando las mujeres empiezan a entregarse a cualquier cosa…
—Están muy felizmente emputecidas…
—Como lo estamos nosotros, a nuestra manera. Entonces,
vos, que seguís todavía con la calentura total, te deleitás haciéndole hacer lo que quieras, porque, aunque no te lo diga, más aún, aunque Lorena, por su edad, aún no se dé cuenta, lo que ella va a estar queriendo es que vos le acabés: ellas se dan cuenta, más que nosotros de ellas, si acabamos o no. Ése es su gran mérito, hacernos
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acabar, siempre y cuando las hagamos acabar también a ellas... —Rivera dijo esto mirando hacia los amplios ventanales, en los que vio reflejados, en el entrepiso, a sus alumnas, sentadas casi en un semicírculo, sin moverse, escuchando. En un instante Rivera comprendió que sus alumnas, reunidas allí quizás para debatir sobre el Día de la Mujer estaban escuchando todo, y que si cambiaba de golpe de tema con Mariano —quien no sabía que sus compañeras estaban presentes—, todo se haría evidente, por lo que prefirió ir terminando con detalles menores la charla, conduciendo a Mariano hacia la salida. Y el profesor se fue sin mirar hacia atrás.
Rivera estaba al corriente de que el vestuario de las alumnas tenía un ventiluz en un rincón oscuro de la azotea,
a la que nadie subía porque todos sabían que, desde este lugar, se podía ver, desde las penumbras exteriores, el bien iluminado vestuario donde las chicas se desvestían, bañaban y volvían a vestirse. Cuando por necesidad, por ejemplo, un operario debía subir a esa azotea se preavisaba
para que el vestuario estuviera cerrado. Pero Rivera también sabía que si en el vestuario se estaban bañando sin haber nadie más en el establecimiento, alguien que tenía llaves —como él— podría entrar y subir a la azotea sin ser descubierto. Ese atardecer, por ejemplo, cuando Rivera sabía que sus alumnas medirían su resistencia corriendo en el patio, para luego ducharse y vestirse de gala para salir a bailar. Cuando Rivera supo de la misma
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competencia llevada a cabo por sus alumnos varones no sintió otra cosa que simpatía, pero, desde que supo qué sábado por la tarde habían elegido sus alumnas, cuando las veía en clase o por la calle, no podía evitar imaginárselas,
con esa enérgica juventud, probándose en resistencia
física, agitándose, transpirándose, cansándose hasta relajarse, no podía evitar luego imaginárselas bañándose, pasándose el jabón entre variadas tetas, unas más lindas que las otras, grandes, voluptuosas, pequeñas, púberes... y por último no podía evitar imaginárselas mientras eran cogidas y culeadas, una a una, por él, por Rivera “vuestro
profesor calentón” que mientras imagina muestra un pantalón levantado por la bien henchida verga, tal como puede deducirse. Así, aproximado.
El sábado de la prueba de resistencia, Rivera se comportó
como un robot imposibilitado de pensamiento. Media hora más tarde de la fijada por las chicas, él enfiló hacia la entrada del colegio sin siquiera preparar una coartada por si alguien le preguntaba los motivos de su presencia allí, un sábado a esa hora, y justo cuando sus alumnas hacen gimnasia.
Entró suavizando sus pasos, pero sin mirar a los costados.
Se dirigió hacia la azotea y al llegar se quedó quieto, mirando para todos lados pero sin moverse, hasta comprobar
que no se armaba ningún alboroto, es decir, había llegado al punto estratégico para aumentar su calentura sin que nadie lo percibiera. Recién entonces se acercó
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al ventiluz, y lo primero que vio iluminado, brillante, fue a Florencia pasando por delante, en total desnudez, hasta desaparecer de la vista de Rivera, quien entonces se acercó del todo —ya recaliente—, hasta apoyar la cara en un ángulo que daba vista a un magnífico espectáculo. Durante hora y media Rivera pudo analizar una a una a sus alumnas. Todavía haciendo ejercicios, ya venidas del gimnasio, se mostraron soberbiamente potentes, frágiles y amariconadas, corroborando o corrigiendo el juicio que en clase Rivera tenía de cada una. Luego al bañarse, más o menos en detalle, le hicieron imaginar a Rivera que con ninguna le faltaría intimidad y entrega. Por último, el profesor quedó deslumbrado al verlas producirse, es decir, desde ponerse bombachas, corpiños, medias y demás
vestimenta sexy o naif —según quién fuera— hasta peinarse y maquillarse tomando apariencia de chicas mayores y —si esto era posible— más atractivas que de costumbre.
Cabe destacar que, a poco de haber comenzado a espiarlas,
Rivera se desprendió el cinturón, se desabrochó los botones del pantalón y se bajó éstos y los calzoncillos para poder masturbarse a su antojo, mientras miraba a sus alumnas. Esta tarea le insumió dos orgasmos, uno a la mitad del espectáculo, y otro cuando las chicas ya estaban “producidas”, pero Rivera con su imaginación las volvía a desnudar, las volvía a coger, una y otra vez.
Al llegar las había contado para ver si tenía que ponerse
a averiguar cuál no estaba. Contó veinte, es decir, todas. Y con ellas se masturbó. Al acabar por segunda
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vez, agotado, las volvió a contar nada más que por jugar: dieciocho. Con horror vio que Fabiana y Eliana reingresaban
al gimnasio por la puerta que conducía a la azotea de al lado, a sus espaldas. Las dos lo habían estado viendo
que se masturbaba con ellas. Rivera, inmovilizado, esperó que ambas llegaran hasta las otras, vio que no comentaban nada, que se marchaban charlando aparentes trivialidades.
Esperó a que todas las chicas se hubieran ido, apagó luces y cerró con llave. Luego Rivera se fue a paso rápido pero zigzagueante, muy aturdido.
Rivera experimentaba que la gripe —o lo que fuera aquello— lo había atacado sin ningún aviso y, ya enfermo,
confundidos los tiempos y lugares por la fiebre, sintiéndose en extremo desganado, fue encontrado por una alumna que lo ayudó a llegar hasta la residencia de estudiantes.
Allí se encontró el profesor, sin recordar cómo había llegado, acostado en una cama, sólo en calzoncillos y medias, tapado por una sábana, en una pequeña habitación comunicada a otra muy amplia donde Rivera podía ver, en las penumbras y por los reflejos de una puerta abierta, la circulación y los quehaceres de unas cuantas y agraciadas adolescentes, casi mujeres, asimismo en ropa de noche.
Rivera, afiebrado, pensó que esas bellas imágenes —pese a su estado, se le habían vuelto eróticas y placenteras—
no eran más que alucinaciones para que midiera
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cuánto sufría.
En este estado, desfalleciente, vislumbraba a estas hermosas mujercitas cuando iban y venían, se detenían, se agachaban mostrando tetas y culos y, a veces, el profesor
Rivera presentía que lo miraban a él como quien mira a un enfermo. Pero él sentía, por la fiebre, caliente su sexo, tapado sólo por una sábana ya también caliente, y las sentía a ellas de otra manera, o como enfermo, pero también como otra cosa... sexual.
Las chicas y él, en su relación profesor-alumno, habían estirado —todavía dentro de lo permitido— lo más posible
su seducción y enamoramiento recíprocos. Cualquier paso más, en este sentido, significaba romper las barreras de la moral imperante. Ahora, en esas habitaciones, ya de noche, ellas en camisones —algunas sin nada debajo—
y él en unos absurdos calzoncillos, bajo una leve sábana que le contorneaba hasta el pene, el límite ya se había traspasado sin que, profesor y alumnas, hubieran hecho nada. Parecía que ahora todos sintiesen, aunque nadie dijera nada, que ellas y él estaban ya más allá de la frontera social que le ponía límite a nuevas libertades comunes que todavía no entendían.
Rivera, sudado y calenturiento, sentía que ellas iban y venían y, de repente, que una llegó hasta él. Con suavidad le quitó la sábana y casi por arte de magia, el cal-zoncillo.
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Y le empezó a besar, muy suave, los testículos para, rápido,
empezarle a chupar, entre mucha saliva y haciendo vibrar la lengua, el pene, que empezó a endurecerse con tanta rapidez que al profesor le pareció que esta vez se moría, de puro gusto, sacudiéndose todo. Luego de acabar
y dormirse —o desmayarse— y, en los sueños, soñar cómo esas hermosas chicas le daban de comer, lo bañaban, jugaban y charlaban con él. Y sólo despertarse para volver, como en sublimes pesadillas, a trenzarse con ellas.
Después de un tiempo que nunca pudo determinar con exactitud, Rivera se mejoró y llegó a curarse, por lo que le dieron el alta médica, que significaba reintegrarse a su cátedra y reencontrarse con esas alumnas con quienes sentía que había “mantenido relaciones”, durante su febril enfermedad. Si bien trataba de serenarse diciéndose que eso no era posible y que la idea sólo era consecuencia de su alta fiebre. “¡Qué delirio!” se repetía Rivera.
Nervioso, entró al aula, donde encontró a su alumnado con el mismo ánimo de antes de caer enfermo. Con la misma naturalidad y afecto de antes de que él comenzara a sentirse afiebrado. Y dio la clase como siempre la había dado, con libertad para reírse y decir, con respeto, lo que cada uno quisiera.
Y así siguieron.
Al final del año Rivera volvió a coincidir con ellas,
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pero esta vez lúcido, en Bariloche. Él recordó sus delirios y sintió que empezaba a enrojecer, amén de empezar a transpirar, por lo que se alejó de la fogosa chimenea de Grisú y abrió una ventana a la nieve, acción que nadie llegó a comprender. Luego, ya enfriado, la cerró.
Ellas se mostraron jubilosas, encantadas de que su profe se hospedara una semana en el mismo hostal. Rivera observaba cómo sus alumnas se mostraban, de una forma o de otra, según el modo de cada una. Las contemplaba como las conocía en clase pero también como las había conocido en sus delirios.
Las primeras horas transcurrieron poco menos que a la manera escolar.
Al rato, una de ellas, Pamela, se le acercó y le susurró: “Profe, nunca nos dijo si le gustó...”. Rivera la miró a los ojos intentando que le confirmaran que ella le estaba reprochando, con cariño, que él nunca les haya dicho que le había gustado la orgía, la que creía sólo haber vivido en su mente, por la fiebre.
El profesor no quería adelantarse a preguntarle si se refería a esa noche de sexo entre todos, que él primero había creído real y luego adjudicó a un delirio. Delirio terminado de aceptar al reintegrarse a clase y comprobar que nada había cambiado. Y, ahora, esa chica, Pamela, lo miraba a los ojos sin aclararle nada, al contrario, haciéndolo
delirar sin fiebre con pensamientos eróticos que lo empezaron a poner duro, estando lúcido. “Claro que me
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gustó”, dijo Rivera casi con dolor, eyaculando mientras se miraban a los ojos con su alumna, quien, con una sonrisa
lo tomó de la mano y lo acompañó adon-de todas las chicas lo esperaban desnudas y decoradas con esas cosas que ellas se ponen para encarar la sexualidad.
“Total...”, se dijo Rivera desperezándose, “aunque los sueños, sueños son, mis alumnas no lo son.” Y se fue a clase, previo paso por el baño.
Durante una clase, Rivera observó que circulaba, provocando
tumulto y exclamaciones, una foto por la que se interesó. Primero sus alumnos se la escamotearon, guardándola dentro de una carpeta. Pero luego todos se miraron, incluido Rivera, como si se consultaran entre ellos para tomar una decisión que dependía de las conclusiones
que sacaran mirando a su profesor. Por último, bajo la mirada de Rivera, algunos asintieron con las cabezas, y otros se sonrieron bajando o dando vuelta la cabeza. Una alumna, como siempre, se puso de pie y, sin dejar de mirar al profesor, sacó de abajo de sus carpetas la foto y de inmediato, con andar ondulante, se la alcanzó al profesor.
Rivera agradeció con corrección, mirando a los ojos de Luisina, la chica y sonriendo, como ella. Enseguida pasó a observar la foto, colocándose los anteojos para su incipiente presbicia. Encontró que en la foto se veían las escaleras del colegio, repletas de alumnas que las subían, dejando al descubierto las piernas y bombachas y culos de todas.
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—Muy bonito —dijo Rivera—, ¿quién la tomó?
—Un chico que vino por las Olimpíadas.
—Ajá... —Rivera de inmediato se acordó de cuántas veces él había subido por esas escaleras (al igual que los restantes profesores y autoridades de la escuela) mirando con disimulo el hermoso espectáculo de esos jóvenes y preciosos culos, decorados por todo tipo de bombachas y tangas.
—Bueno ¿y qué tiene esta foto, de bueno o de malo, para que haya causado tanto revuelo?
—¿Y a usted qué le parece, profe?
—Que con las polleras que ustedes usan, y en esas escaleras, a todas se les ve más que la ropa interior... Pruebas a la vista.
—¿Y eso qué le parece?
—Me reservo mi opinión. No es a mí a quien le tiene que parecer bien o mal. Yo sólo soy un docente. Éste es un colegio religioso, con gabinete psicopedagógico y comisión de padres que —obvio— conocen el largo de vuestras polleras… y el escenario que representan nuestras escaleras.
Las chicas y Rivera se rieron mirando la foto juntos y en la comunicación y entendimiento común valieron más unos preciosos silencios y miradas que se hicieron entre todas ellas y él.
Nadie vaya a suponer que al profesor Rivera, con sus cuarenta y cinco años, le gustaran sólo las de dieciocho. No, para nada, a Rivera le gustaban muchas de veinte y pico, treinta y pico también, pero es muy probable que
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no supiera relacionarse con ellas. Quizás su jovialidad, su marcada entrega paternal, más su natural sensualidad y espíritu lúdico, casi infantil —aunque inteligente—, provocaba una aproximación mutua con las jovencitas, poniéndoselo difícil con otras, mayores, más serias, o amargadas. De hecho, Rivera tenía amigas de más de treinta, amigas de su fiel mujer, con las cuales era muy amigo, confidente, pero con ellas Rivera sabía que nunca pasaría nada. Mejor dicho, se hacía películas con ellas, pero soñaba realizarlas con teenagers. Sentía que, con las que tenía mejor onda era con las de, más o menos, dieciocho. Como las alumnas de quinto, pero no sólo con sus alumnas —¡qué calumnia sería!— sino con todas las chicas del mundo que rondaran los dieciocho. Por ejemplo,
la hija de la almacenera que se instaló en el barrio, cuando la nena, Luciana, tendría unos once años. Pero ahora tenía dieciocho y, habiéndose conocido desde que ella era chiquita, había un real afecto, no sólo entre Lu-ciana y Rivera sino con toda la familia de la niña. Pero, a medida que Luciana iba creciendo, acercándose mucho a los dieciocho, con cada vez más amplia sonrisa recibía a Rivera. Y Rivera tenía que devolvérsela a escondidas porque si no la almacenera —todo el barrio— empezaría a decir que entre el profesor y la nena (¡a la que el muy degenerado ha visto crecer!) pasaba algo, porque no es normal esa forma de sonreírse entre un señor y una chica-tan-chica. Eso lo pensaban también Rivera y Luciana, confidentes, que bajaban el tono de sus comentarios cuando alguien se les acercaba. Pero nunca ninguno de
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los dos propuso nada en concreto al otro. A Rivera le espantaba el escándalo que se le podía armar si a la nena se le ocurría insinuar que él había procurado acercársele. Pero esa indefinición no anulaba lo antes dicho: entre ellos, qué duda cabe, había onda.
En realidad, como siempre pasa, fue Luciana la que empezó esta onda de mujer a hombre con Rivera, quien, hasta el momento sólo observaba, con discreción, el inquietante
crecimiento de la niña.
—Profe —lo llamó cuando él pasaba—, cámbiese esas bermudas y no ande provocando a las chicas del barrio...
Rivera retornó sobre sus pasos.
—Mirá, Luciana, un psicólogo te diría que estás proyectando
en otras mujeres lo que sentís por mí…
De la reposera donde estaba sentada, tomando mate, Luciana se levantó inquieta, a los saltitos, hacia la puerta de su almacén: “¡Ay, quién entiende a esos psicólogos!”, comentó entre contenta y nerviosa y se despidieron riéndose,
mirándose con cariño.
Otro día, Rivera entró y preguntó como a las apuradas si no había venido un señor a comprar comida diciendo que él lo había mandado. Luciana, ya a mitad de la pregunta
sonreía. Sí, se sonrió mirándolo desde abajo hasta los ojos. “¿Viste?”, siguió Rivera, “cuando vi que eran muchos y de guita, les dije fueran al superm... ¡No!, corregí,
mucho mejor vayan allá —y les señalé acá, ¿no?— porque así le compran a la almacenera y a su familia, que son personas que yo quiero mucho, y ayudan al barrio y
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no a los poderosos... ¿Qué tal, Luciana?” Y viendo que ella se reía como él, se acercó rápido y, poniéndole su mejilla al lado de su boca, le reclamó: “¡Hasta clientes te mando!, ¿no me merezco ni un beso?” Luciana lo besó, con suavidad, para hacerlo más largo. Hasta allí —por ejemplo— llegaban las aproximaciones del profesor con púberes y adolescentes, hasta que llegaron las chicas del colegio, sus máximos amores sexuales.
El profesor Rivera detestaba las inconductas morales. De ser tan librepensador, se había vuelto, en sumo grado, exigente consigo mismo, sin depender de otros juicios. Casi era un puritano, y claro, viéndose así nada le podía repeler tanto como el ser considerado un depravado pervertidor
de meno-res. No le dejaba de horrorizar ni aun pensando que, legalmente, no lo fuera, por mayoría de edad, o por emancipación. Se horrorizaba de eso y no se tranquilizaba hasta que se pajeaba imaginando pendejas con dieciocho cumplidos.
Rivera no olvidaba que sus compañeras de secundaria, en ese hablar fraternal entre pares, tantas veces comentaran,
de una forma u otra, “¡Qué bueno que está el profesor Fulanito de Tal! Mirá, si yo pudiera, me lo llevo a la cama” (dicho así porque —en especial las chicas— hablaban de otra manera en tiempos cuando Rivera era estudiante).
También recordaba cómo se calentaba —cómo se
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calentaban todos los varones— con ciertas profesoras y preceptoras, jóvenes y no tanto. Ya en aquel entonces a Rivera le parecía incomprensible que a un tipo de su edad le gustaran mujeres mucho mayores: treintañeras, por ejemplo.
Por otra parte, Rivera discernía que, en caso de relacionarse
con una de dieciocho (además de no gustarle nada a su ex mujer) no iría preso, por ser la pendejita, por la bendita nueva ley, una mujer mayor de edad a los dieciocho. “Insólitas las leyes humanas”, pensaba risueño
y pacífico Rivera cuando conoció a las alumnas de ese año, de diecisiete, todas amables en el sentido más extenso del término y, encima, con un inconveniente técnico salvado a fin de año, cuando hayan cumplido los dieciocho, cuando sean mayores de edad, cuando puedan coger a la vista.
“Bien... Si yo saliera con Luciana, quien recién acaba la secundaria, sacó su carné de conducir, y se puede ir, casarse —lo que quiera— como yo, con la diferencia que ¿yo podría ser su abuelo? A ver. Ella dieciocho, más un padre también a los dieciocho son treinta y seis, y treinta y ocho a mi edad —cuarenta y cinco— son... siete. Imposible,
tendría que haber sido padre a los siete, abuelo no puedo ser, excepto siendo un caso muy excepcional, muy Guiness, de sucesivos padres muy prematuros. No
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es mi caso: nena, te puedo coger, tan libre como vos a mí. Nadie te pide que te quedes toda la vida conmigo: eso es otro tema que puede o no ocurrir y que no hay más manera que comprobarlo, poniendo buena intención, día a día, ¿entendés, nenota?, ¿sí?, bueno, entonces de premio
vení a chuparme mi pijota un rato, que después te re-cojo”, pensaba Rivera paseándose por la peatonal, al atardecer, cuando las más hermosas chicas se pasean por allí. Y de pronto Rivera veía a una hembrita estupenda pero se daba cuenta de que apenas era una criatura, de inmediato se recriminaba pero con excitación, es decir, como cualquier señor, aunque lo niegue.
Entre caliente y agotado por sus disquisiciones y las minas que le pasaban por al lado, Rivera se metió en un café con aire acondicionado y pidió: “Un café solo y un vaso enorme, por favor. de soda o de agua, pero helada”.
Rivera se sosegó de su último cuestionamiento moral sin dejar de ver a través de la ventana del bar otras pendejas
que iban y venían, en general, una mejor que otra.
Moralmente estaría para el culo —masticaba Rivera— con la escuela, con todo el mundo. “Voy a estar en boca de todos, pero… ¿Qué proyectás, boludo?, ¿cuándo vas a estar en boca de alguien por estar con una pendeja? Si te vas a morir sin volver a probar eso...” Y se extasió mirando, todo lo que la ventana le permitió, una hermosa potranca, ésta de unos dieciséis.
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Luego se detuvieron frente a él unas seis chicas evidentemente cercanas a los dieciocho (debido a sus inscripciones de fin de carrera) y Rivera sintió cómo se movía su pene, cómo se envergaba, ante tan provocadoras
pendejas. Por una u otra razón, era una tan apetecible
como la otra. En su defensa moral, Rivera apeló al recuerdo de un conocido profesional cuyo padre, con cuarenta y cinco, casó a su madre, de trece, ya que todo fue arreglado con el clero: eran muy religiosos y entonces
todo era designio de Dios: “Cosas del Señor”, como escribió Paco Marquina. “Pero”, se cansó Rivera, “¿es inmoral o no? A mí sólo me gustaría hacer el amor con pendejitas de dieciocho. ¿A quién no? Y ella puede tener ganas de echarme un polvo, ¿por qué no? Casos, hay, de sobra. San Martín y doña Remedios, sin ir muy lejos. Yo las amaría a todas...”, pensó ensoñado mientras salía del local. En la estrecha puerta rozó su pecho con los de una chica que entraba de manera muy social, y al rozarse, lo miró pícara, sonriéndole.
Habiendo heredado Marina a sus padres, muertos en un accidente con su avioneta, ella, hija única de dieciocho
años y de repente mayor de edad, por la ley recién aprobada, se vio rodeada de contadores y abogados, amén de parientes y nuevos amigos que, por un motivo u otro, le hablaban de la fortuna que ahora tenía, sin tener ellos en cuenta que horas antes la jovencita había sufrido semejante pérdida. Socorrida por la clase, se sobrepuso
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y, de paso, empezaron a gozar de reuniones en una casa, o especie de casa, que consistía en un enorme, pero en verdad enorme salón de danza, con las dependencias necesarias como para que allí residiera un elenco estable de ballet. Cuando los abogados se lo mostraron, Marina recién tomó conocimiento de su existencia, pero nunca supo para qué lo habían comprado sus padres unos meses antes del accidente.
Un día, Marina invitó a toda la clase, a los cuarenta, y a Rivera a conocer la mansión. Desde entonces, juntos o por separado, empezaron a ir cada vez con más frecuencia.
Mientras se encontraba Rivera —al menos, durante todo el curso lectivo— los alumnos se comportaron con decencia, es decir, se podían abrazar y besar —en la boca, por ejemplo— pero nadie cogió quiero decir. Eso hasta que terminaron el vínculo escolar y las chicas y Rivera hablaran de que ellas y él se podrían ir a vivir a la casa de danza de Marina, quien la ofrecía gustosa.
“¿Y quiénes me acusarían de inmoral? ¿Los dirigentes?
¡Si son todos unos inmorales! ¿Los curas? ¡Si a cada rato andan pidiendo perdón por atrocidades —¡cruzadas, complicidad con los milicos, pedofilia...! ¡Pero si yo sólo quiero que me amen y yo amarlas a ella, por un día aunque sea, nada más!”
“Mirá, Rivera”, se sonrió, “ponete a hacer algo útil porque si no, no vas a tener ya no minas sino ni siquiera para comer.” Y se fue a clase, y en el camino concluyó,
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como tantas otras veces, que exageraba las posibles consecuencias
de una relación con una mujer mucho más joven que él, mayor de edad, pero pendeja, de dieciocho, de diecinueve. Por escrúpulos, por moral o moralina, como fuera. Por pensar que eran unas niñas que él, debido a su edad, ya no podía ambicionar más que en su mente, órgano
que, como todos saben, es libre aunque uno no quiera. “No te animás, macho, eso es lo que te pasa”, se decía el profesor. “Pero no... si son muy chicas... ¡andá a cagar, cagón!”, se terminó por gritar hastiado Rivera, y miró casi con odio —pero era calentura— a una de dieciocho por la que, en otro momento, se hubiera babeado.
“¿Y Camila O’Gorman y su curita? ¡Pero cómo los van a mandar a fusilar! ¡Porque no estaba bien que cogieran! ¡Y ella embarazada!”, se estremeció Rivera. “¡Dónde se ha visto!... Por todos lados, se ve de todo por todos lados... son de terror, la gente, somos de terror... Pero si yo no le deseo el mal a nadie, ni a los dirigentes, sólo les pido que dejen de culearnos. En fin, así es la condición humana, todos somos capaces de todo, llegado el momento, pero algunos tenemos más o menos inclinación por matar o amar —protestaba Rivera—. Pues bien, a mi edad, ya tengo decidido, y demostrado, que yo tengo una fuerte inclinación hacia el amor, hacia el amor con pendejitas de entrepiernas calientes y húmedas, de tetas que están justo en explosión, de boquitas que prueban por primera vez el sabor de una verga, la mía por supuesto. Y les gusta.
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Y alguien como yo que las emputece. Que les masajea las tetas mientras las penetra por el culo, o por adelante, o sentadas arriba, o en cucharita. O en un sincronizado nado, con el 69...”
Y recién entonces el profesor se tranquilizó.
Cierto día, cuando terminó la clase, Rivera se quedó sentado al escritorio del aula sumergido en un capítulo de la novela Lolita que había despertado su especial interés
por lo tórrido. Al rato, notó que una de sus alumnas estaba sentada en otro banco, a sus espaldas, mirando pensativa algún punto del pizarrón, como tratando de localizar el Aleph. La vio apoyando su cabeza sobre sus dos brazos en cruz, en la tabla del pupitre, y en un primer momento estuvo tentado de llamarla y hacerle alguna de esas bromas profesorales y paternales, alegres... pero superficiales, para un momento como ése, en el que, es raro, se quedaron después de hora largo rato un profesor enfrascado en una novela y una alumna en su banco, pensando cada uno vaya a saber qué.
Rivera no la llamó, no al menos de inmediato, porque se relajó por instinto para no emitir ondas —energías negativas— que despertaran a la joven. Se quedó mirándola:
“Pará, Rivera”, se avisó, “tranquilizate un poco, todo bien, ¿OK? Que no estamos haciendo nada malo... Rivera”, siguió el profesor, “no le digas cualquier pelotudez
y que ella te conteste con una forzada sonrisa y se sienta obligada a irse, ¿de acuerdo, imbécil?”
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—Laura —le dijo muy pero muy suave, en intimidad, como para que ella sintiera que podía seguir pensando en voz alta.
—Mmm… —contestó Laura sin dejar de tener sus ojos perdidos en el pizarrón. El profesor percibió apagados
esos ojos, pero también escrutadores de algo que se propuso averiguar.
Esas solas dos expresiones de ambos —nombre y murmullo— hicieron que entre ellos se quemen etapas intermedias, se avance a pasos agigantados. En honor a la verdad, Rivera, siendo más experimentado, podía haber pronunciado ese “Laura” con intención, con, por lo menos, un dejo sexual. Como dirían las vecinas: “Para aprovecharse de la pobre nena”. Pero Rivera no lo pensó ni lo sintió esta vez así. El festín de encontrar a un ángel sentado casi a su lado, acompañado cada uno en sus soledades, hizo que sintiera que esa imagen sintetizaba todos sus anhelos de paz, compañía y realización. No es descabellado conjeturar que Rivera, en un nivel aún más íntimo de su imaginación, puede haberle agregado a esa aula los decorados de un hogar y de unos niños jugando con serenidad.
—Continuá por favor lo que estás pensando, si querés, en voz alta...
Laura siguió, sin inmutarse, mirando la pizarra por un rato, luego hizo esa mueca que se parece a una sonrisa pero sólo en una mejilla, para decir: “¡Qué sé yo! ¡Tantas
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cosas!”. Rivera miró el anochecer a través de uno de los grandes ventanales del aula, pensativo no ya en el intento de desentrañar los pensamientos de su alumna sino en los suyos propios. Al rato, hizo la misma mueca que hiciera Laura, dándose cuenta que ella lo estaba mirando, y ambos
se rieron. Ella se levantó de su pupitre, caminó con confianza hacia su profesor y se sentó junto a él, sobre el escritorio.
—Lo que me pasa es que no sé que me pasa, profe...
—Eso lo dijo Ortega y Gasset...
—¿Quién?
—Ortega, un filósofo español.
—¿Y lo dijo de mí?
Rivera tuvo ganas de abrazarla y besarla. No era la primera vez que tenía ganas de abrazar y besar a sus alumnas.
Por supuesto que no, ya que bien que se masturbaba pensándolas a ellas, así como en clase bien que se cuidaba de no mirarles el culo porque sus compañeros, cuando ellas le daban la espalda, lo observaban sin demora para comprobar si el profesor las espiaba.
Pero Rivera siempre se encargaba, yéndose al fondo del aula, pasándoles bien al lado, mandarlas a ellas a pasar al frente —todos mirando ese frente—. Con lo que Rivera podía mirar sin ser descubierto. Con estos métodos, a cada una de sus alumnas Rivera les conocía, bien de cerca, hasta la textura de piel, en espalda, piernas, manos, abdomen, pechos, cuello y cara, en especial por las horas de consultas, más íntimas.
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Rivera sintió que esa vez podía ser auténtico con uno de sus alumnos, porque este alumno era Laura, una hembra.
Este sentimiento le chocó con su orgullosa creencia de que siempre era auténtico con sus alumnos, y así transcurrían los años, auténtico cada vez con más gente, excepto con aquellos con los que, ser auténtico, representa comportarse como un necio peor que el otro, es decir, una imbécil pérdida de tiempo. Rivera miró hacia abajo, bajó la cabeza, Laura percibió esto y giró su cabeza para mirar a su profesor de frente. Por supuesto que Rivera, aún mirando abajo se dio cuenta de que Laura lo observaba, y a pocos centímetros.
—No aguanto más todo esto —le dijo de frente Laura. Y luego bajó los ojos.
—Bueno, Laura —arriesgó Rivera, encogiéndose de hombros—, ya terminó, en dos meses acabás la secun-daria...
—No es por el cole, profe. Me encantan mis compañeros,
son todos, chicas y chicos, geniales. Aunque cada uno tenga, como usted nos dijo, valores y objetivos personales, como grupo nunca nos faltaron cosas comunes...
—¿Y entonces?
—No hemos podido fijar objetivos realizables, ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo...
—Esta clase, Laura, es la más linda que tuve en mi vida. Me alegro de que compartan los valores que yo creo que todos ustedes tienen, y que yo también comparto. Laura, con sinceridad, creo que ustedes tienen los mejores
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valores humanos —morales si querés— que a través de la historia la humanidad ha mantenido sin interrupción.
—Sí, claro que lo entiendo. Yo se lo digo más fácil, ya sé que somos buenos, profe, pero…
—Pero...
Y Laura levantó y apoyó sobre la mesa una de sus rodillas, dejando a la vista hasta su bombacha, amén de sus largas piernas y bastante de su vientre y pechos a través de la camisa blanca del uniforme, abrochada —o desabrochada— de “cualquier manera”.
Como es obvio suponer, Rivera no miró todo esto de arriba abajo con la chica mirándolo a los ojos, pero lo hizo, durante lo que duró la charla, de forma profusa. Y ella se dio cuenta.
La calentura (es más apropiado que la “excitación”) que embargó a Rivera fue tremenda, pero al menos él creyó que no se le notaba; deseaba con desesperación que no se le notara, para poder seguir contemplando.
“Claro que son buenos”, consintió Rivera, quien para sí dio rienda suelta, dentro de su felicidad, al buen humor.
“Claro que estás buenísima, Laurita, ahora mismo te cogería toda.”
Entonces Rivera sí se atrevió, sonriéndole cómplice, sin pensar en que Laura se pudiera enojar, a mirarla desde la punta de los pies hasta los ojos. Y le siguió la charla.
—Si a eso, que son buenos, ya lo tienen claro, ahora pueden decidir sus objetivos con la conciencia tranquila. Pero los objetivos, Laura, cuando dejen el colegio, ya no serán colectivos, son muy individuales...
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Laura se reclinó más para adelante, como para decírselo
bien en la cara:
—A eso voy, profe —le dijo de muy cerca—, ¿qué objetivos puedo tener en esta ciudad, en este país?
—Eso depende de muchas o pocas cosas —atinó Rivera—, aunque casi todo en Argentina es una mierda —con perdón—, a vos te puede ir bien: incluso podés llegar a ser una potentada dirigente. O por desgracia, tal vez elijas irte del país, pero luego quizás seas afuera tan feliz que te compense de sobra ser una extranjera. O toda la desgracia aquí o afuera. Nunca se sabe.
Rivera, lejos de estar hablando con la posible autenticidad
docente, ahora desgranaba sus pensamientos de manera confesional, personal, es decir, entre dos personas en igualdad de condiciones. Rivera lo hacía de forma tan auténtica como auténtica era, a la vez, la calentura que sentía por Laura. Y vivió con entregada desesperación, no exenta de un real fondo de placer que, además de sentir ya hace rato un incremento térmico y sudor en su entrepierna, ahora notaba cómo su miembro se engrosaba, y sus testículos se agrandaban y el escroto se expandía. En pocas palabras, Rivera dedujo, con trémulo placer, que Laura en cualquier momento iba a percibir que su pantalón se elevaba justo ahí.
—Si no le entendí mal todo el año, si yo soy una potentada dirigente, como usted dice, yo seré una mierda,
¿o no? —dijo Laura sacudiendo la cabeza y, en el
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movimiento, acariciándole a Rivera toda la cara con sus cabellos castaños y lacios.
Rivera comprendió que no se debía comportar como un estúpido, con una imbécil ironía por ejemplo, en ese momento. “Por favor, Rivera, date la oportunidad de ser feliz: no le digas boludeces”, se ordenó. Miró a la niña y se enmarcó a sí mismo: “Ninguna estupidez más”. Y con una naturalidad despojada, Rivera puso una de sus manos sobre la pierna que Laura tenía sobre el escritorio, más exacto, tomándole la carnecita de atrás de la rodilla. Laura levantó la cabeza, miró a los ojos de Rivera y luego siguió hacia arriba, para decirle, mirando casi al techo: “Sabe, profe, yo me tengo una fe bárbara, tengo un ego enorme…” Se miraron a los ojos y se rieron cómplices. “Pero yo no quiero ni mucha plata ni nada de lo que vivo todos los días...”
Rivera le acarició —poco y suave— detrás de la rodilla.
—¿Te querés ir del país?
—No, para nada, profe.
—¿Y qué querés hacer? —preguntó Rivera ahora tan interesado por los planes que podría hacer la nueva generación
que por sus rodillas, aunque no dejó de acariciarlas, aumentando velocidad y en mayor extensión, animando a la chica a que siguiera hablando.
—Profe, usted nos habló sobre los deberes que tenemos para con nosotros mismos, ¿verdad?
—Sí.
—Y nos dijo que debemos luchar por nuestras con51
vicciones, porque, si no, somos como los necios que... no...
—Que no se reconocen a sí mismo sus propias verdades.
—Sí, eso, bueno... —Laura hizo una pausa para reacomodarse
en el escritorio, ya en completo despreocupada (si en algún momento lo estuvo) de cuánto o poco se le veía. Más bien ya era notorio, para ambos, que habían pasado, sin que les importara, holgadamente la barrera de lo permitido, en cualquier lugar del mundo, entre el profesor y una alumna, a solas en un colegio, ya tarde y no habiendo encendido ni una luz. Ella juvenil, salvaje, despatarrada pese a su corta pollera, con la camisa que, de tan movida, mostraba un hombro y un profesor, aunque no tan desarreglado, o justamente por eso, que exhibía evidentes signos de erección.
—¿Y a vos qué te gustaría hacer, qué te gusta? —preguntó
Rivera sin dejar de ser paternal, tierno, pero ya también con profunda lascivia. Rivera temió lo peor, que ella lo considerara un viejo baboso, pero sólo fue un segundo:
—A mí, profe —dijo Laura apoyándole un momento la cabeza en su pecho—, me gustaría —y no se ría— quedarme
y aportar mi granito de arena para que la Argentina mejore.
—Para eso, de algún modo, tendrás que ser dirigente...
—No es imprescindible, profe, ¿no? ¿O se olvidó cuando
Fede le preguntó qué era la resistencia ciudadana?
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Rivera se sonrió y le dio un sonoro beso en una me-jilla:
—Desde el principio supe que eras una excelente a-lumna...
—Y se lo debo a usted, profe. Bueno, ahora lo quiero aplicar...
Y, con tranquilidad, Laura le dio un largo beso en los labios, a Rivera, que no se movió, de extasiado que estaba.
Luego, como sucede siempre a posteriori de comienzos
tan promisorios, empezaron, de forma muy vulgar, a transar, según la nueva jerga de Laura y a chapar, según la del viejo Rivera. El profesor le metió con desesperación la mano en la concha, aún con la bombacha, que ya estaba mojada; la sintió húmeda y muy caliente, un fuego. Luego Rivera se ensañó con los pechos de la pendeja, y se los mordió dejándole marcas, hematomas, de tan fuerte que se los chuponeaba. Y se la cogió en el suelo, a la manera clásica —del misionero— pero embistiéndose lo más fuerte que podían. Y contra la pared, metiéndole dedos en el culo. Teniéndola aprisionada contra la pared y su dura verga. Sea cual fuera el nombre, lo hicieron a la manera que los hombres y las mujeres se prodigan, en perfecta combinación, ternura y sexo.
No hay que ser demasiado sagaz para imaginar el
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delicioso placer que sentía Rivera por haber cogido con Laura, como a nadie se le escapará el terror que a la vez le embargó suponer que Laura contara a alguien lo sucedido
entre ellos.
Aunque era pánico lo que en realidad sentía Rivera, él no dejaba de sentirse satisfecho de sí mismo, “pero no por haberme cogido a una chiquilina” sino porque, no encontrándole más inconveniente que los legales y morales al uso sentía fascinadamente que ninguno de los dos había actuado con la más mínima maldad, con malos sentimientos, sino todo lo contrario. “¿Sabés cómo?”, se decía Rivera no creyendo que ése que veía en el espejo de su baño era quien había cogido con una de las alumnas
más bellas de la escuela. “¿Sabés cómo?”, insistía el profesor (obvio, ya sabiendo qué contestaría). “Como Dios manda”, dijo, “como —fijó— le agrada a Jesús”, remató. Rivera se sonrió a sí mismo y se dijo: “Típico síntoma de esquizofrenia —lo mezclo a Jesús— o, más simple, típico síntoma de amor, compendiado en Laura, en representación de toda una clase, mejor dicho de la porción femenina del curso más hermoso que todo docente
pueda soñar.”
Tuvo tiempo, antes de tener que volver a ir al colegio, de cuestionarse si estaba bien de la cabeza, si estaba loco o si se había transformado en un delincuente. “En todo caso”, argumentó para sí Rivera, “como bien dijo Se-bastián Soler: he delinquido, tendré que pagar, pero no por
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eso soy siempre, de forma permanente, un delincuente, como quien es manco, o, en mi supuesto caso, pervertidor de sucesivos menores.” “Dios mío”, dijo Rivera cuando bajó del colectivo y vio el colegio y a algunos profesores y alumnos saliendo y entrando. Si en forma normal Rivera, en el entusiasmo de su cátedra, se transpiraba un poco, en ese momento empapó todo el saco y el pantalón, cosa que lo ponía impresentable. En otra ocasión, le hubiera sido harto suficiente para pegarse la vuelta y avisar que estaba enfermo. Pero sintió que en esta ocasión lejos de salvar un mal momento iba a prolongar un terror insoportable
ya.
Caminó como un zombie rumbo a la puerta de entrada y por fortuna empezó a soplar viento que, además de secar algo de sus ropas y cuerpo le despejó un poco la mente. Además, al ver que lo saludaban con la normalidad acostumbrada
logró serenarse lo suficiente como para llegar hasta el baño de la sala de profesores. Allí se lavó la cara y manos —transpiradas, pegajosas— se aflojó la corbata y se abrió la camisa. A falta de toallas de papel se secó con abundante papel higiénico el pecho, las manos, la nuca y la cara. Con la carpeta se abanicó. Y después de orinar, cosa que también baja la temperatura y la presión corporal y, por ende, cerebral —dedujo— decidió salir rápido del estrecho baño para meterse, con la mayor calma posible, en la sala de profesores, sala con un nunca tan bendecido aire acondicionado. De golpe, se sintió recibiendo de lleno ese aire frío y seco. Y pensó en Buda y en el Tao, hasta que se dio cuenta de que no era el momento. Entonces,
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se concentró en comportarse con toda hipocresía, como el más respetable profesor.
Como suele suceder en casos análogos, Rivera adoptó luego, camino al aula, una actitud fría y decidida sustentada
en no sabía aún qué argumento. Una actitud, con seguridad, algo a la defensiva, en la que el profesor se empezaba a obstinar con intransigencia en que, lo que había hecho, “pese a las leyes y normas que establece la sociedad”, no fue nada malo. Si era descubierto ése sería su único defensa: que lo hecho no era malo.
Al entrar al curso, si bien lo notó más callado que de costumbre, la normalidad imperaba. La preceptora le alcanzó, como siempre, amable y simpática, el libro de firmas, les dijo algo sobre otra materia a los alumnos, que le contestaron, y se fue.
Ante esto, Rivera tuvo claro que de él dependía “no poner la nota”, ya que los otros, con más o menos diferencias,
se comportaban como de costumbre. A diferencia de otras clases, en las que Rivera, antes de comenzar la lección, se interesaba en cómo estaban todos, esta vez optó por entrar de inmediato en un punto del programa, y los chicos atendieron y participaron con normalidad.
Laura, presente, tomaba apuntes como cualquiera, aunque mantenía la mirada en su carpeta o se distraía mirando por las ventanas, pero no hacía nada que no fuera corriente.
Mientras terminaba la clase, Rivera iba convenciéndose
de que Laura, al menos a sus compañeros y docentes, no les había dicho nada. Incluso, eufórico de nuevo, ima56
ginó que Laura y él podían seguir una relación secreta.
Al tocar el timbre, antes de preferir retirarse primero, se quedó en el escritorio haciendo como que ordenaba sus cosas pero con el fin de observar hasta último momento
a Laura y a todos sus compañeros, por si alguno le delataba que sabían pero disimulaban. Mientras iban saliendo, Rivera vio con una nueva mezcla de espanto y placer que las chicas, a su vez, disimulaban y se demoraban,
con charlas y otras ocupaciones, para quedarse en el aula mientras sus compañeros varones salían, saludando y haciendo bromas boludas.
Fascinado, y también con placer, se sintió indefenso ante algo que veía que se avecinaba pero que no podía saber de qué tenor sería. Comprobó que, en efecto, las chicas esperaron a que los varones se fueran y, entonces, todas miraron a Rivera, se le acercaron, serias pero cariñosas
como siempre, y una, Mercedes, le dijo: “Profe, a nosotras nos gustaría hablar con usted, fuera del colegio”. “En un bar, por ejemplo”, dijo otra. “O en la isla”, agregó una tercera con el beneplácito de las restantes.
Sin saber si la propuesta se debía o no a su asunto con Laura, y para no levantar sospechas ni, menos aún, entrar tan abruptamente en “tema” (si era por eso) Rivera exclamó:
—¡Sí, cómo no! Ya me contarán. ¡Díganme cuándo y dónde y yo miro mi agenda y les digo ya mismo si puedo!
Entonces, una de ellas fue hasta la puerta para mirar que no hubiera nadie y le asintió con la cabeza a Laura,
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quien fue hasta Rivera y lo besó en la boca. Las demás sonrieron, cómplices.
Atónito, asumiendo que estaba viviendo una experiencia
extraordinaria, arregló con sus alumnas, las que tenían todo decidido: lugar, día y hora. Y todos salieron del aula y de la institución como si nada ocurriera.
Aunque mucho se cuidara Rivera en no simular una sordera para que las chicas se le acercaran más —como sus alumnas le contaban que hacían ciertos colegas suyos—
nadie podría dudar de que se las cogería a todas. Desde luego, en el supuesto caso de que nada se opusiera y todo lo siguiera propiciando. Rivera sabía, y lo hablaba, corroborándolo, con las chicas, que, con la ley de mayoría de edad a los dieciocho años y todas ellas egre-sadas de la secundaria, dueñas de sus actos —como ya lo era él— se podían organizar como se les ocurriese. No hay ninguna ley que prohíba que un macho se vaya a vivir con veinte minas, siempre y cuando todos sean mayores de edad y no causen escándalos u otras tropelías que, para nada, Rivera y compañía se proponían cometer.
El pudor de cada uno era la medida de cada uno. Y si a alguno el comportamiento o cualquier situación de otro le molestaba a su pudor, no tenía más que decirlo que (pelea más, pelea menos) se convenía —tanto racional como emotivamente— de la forma que satisficiera a todos,
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porque, sin dudas, el objetivo principal era estar juntos, y su principal curiosidad ver qué pasaba, qué hacían y qué decían desde la portera hasta el intendente, pasando por toda Internet. De esto estaban conscientes, porque no eran locos ni desubicados. Era más simple, estaban fuera de los usos y costumbres, aunque dentro de la ley. Por ende, autorizados, aunque a los dirigentes, porque sí, les jodiera.
Lo que le gustaba perdidamente a Rivera era la juventud
de sus partners. Le fascinaba correr hacia la raya del culo las bombachas de las chicas, cuando estaban —en bombacha— sentadas a su lado, o en la cama, con él echado, o recostado, o casi sentado, sobre almohadones (en especial le gustaba cuando, casi sentado, sus alumnas
se la chupaban, para verles y acariciarles sus frescas caritas, amén del resto del cuerpo). Asimismo, al profe le encantaba acariciarles las tetas y el culo, mientras ellas hablaban entre sí, con o sin él, hasta que dejaban de hacerlo porque una de las acariciadas empezaba a quejarse, de gusto, bajo la mirada de sus compañeras, y la de él. En el caso de Mecha, entonces, casi mecánica, automá-ticamente, ella manoteó el pene, y los testículos, todo junto, o por separado; y se agachó y se los empezó a chupar, a lamer, muy suave o con mucha perentoriedad. Eso le gustaba al profesor. A ellas también, porque no había noche que Rivera no recibiera la visita de más de una; más de una vez, de todas. Les corría la bombacha
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hasta metérselas bien en la raya, marcándoles así mucho sus tiernos, firmes glúteos, blancos por no haber sido nunca expuestos al sol, a casi nada antes que a él. Y luego
les metía un dedo, o más de uno, dentro de la concha, hasta que ella se empapaba (era cuando la chica dejaba de hablar y pasaba a gemir, bajo la supervisión de sus compañeras, que alentaban con comentarios elogiosos y admirados). Las otras chicas se excitaban tanto como la que estaba siendo cogida a dedo, pajeada. Se impresionaban,
y se desesperaban, y se echaban sobre Rivera a besarle la boca, el cuello, el pecho, y chuparle —de a una o todas juntas— con ansias la verga, a la que él dejaba reaccionar casi con independencia de sus otros sentidos. Por su parte, sus alumnas, gozaban lo mismo, y se lamían y baboseaban toda la boca y la cara con él, mientras, por abajo, casi sin saberse quién a quién, no había nadie que no fuera masturbado, acariciado, de repente succionado, o cogido, o, con suavidad, culeado... En una hirviente sesión, con palabras de distintas voces, perfectamente armónicas: quejidos, llantos, risas, murmullos y gritos, en acelerante pasión sinfónica...
Muchas veces Rivera, incluso con las chicas, se preguntó, sin saberse responder, cómo era posible tanta
perfección afectiva, sexual y moral: pequeños pero monumentales gustos perversos, particulares de cada uno de ellos, pero atendidos comprensivamente por los otros. Así, Sofía, una bonita morocha de aspecto guerrero, de pelo largo y lacio, con vigorosas tetas y con un culo prieto pero muy bien dibujado, a la vez blando y firme
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por la juventud, empezó a mostrar preferencia en ser penetrada más anal que vaginalmente: no había vez que el profe y ella se acercaran que ella no terminase, por iniciativa propia, de espaldas y moviéndole, incitante y bien suge-rentemente, su ya de por sí levantadito trasero. Tanto como Rivera, las otras chicas se daban cuenta de la preferencia creciente o al menos circunstancial de Sofía y, lejos de ofender de alguna manera las necesidades de la amiga, favorecían situaciones en donde Rivera, entusiasmado,
bien se la culeara a la Sofi. Y si, Rivera, por su parte, tenía algún deseo, todas ellas sabían cumplírselo, como a cualquiera de todas las otras, según correspondiera.
Sintiéndose todos, a cada momento, más unidos y leales. Porque no sólo en lo sexual se entendía el grupo: ellos sabían que ante todo, sobre todo y después de todo, ellos eran, en esencia, amigos. Si algún día, después de haber terminado de coger, no seguían como los sinceros amigos que se autoproclamaban ahora, sería porque nunca habrían sido sinceros de verdad, por lo tanto, tampoco amigos: sólo habían usado ese término para justificar el echarse unos cuantos polvos, como sabían que hacen tantos: exactamente esa mayoría a la que no querían, nunca, engrosar.
No pocas veces, mientras convivía desnudo con ese conjunto tan variado y bello de hembras jóvenes, Rivera recordaba cuando su mujer le había dicho que no sólo a ella se le caían las carnes, queriendo decir que a él tam61
bién: “por lo que deberías tener en cuenta tu deterioro y dejar de pensar en jovencitas”. En definitiva, su mujer le rogaba, por una mezcla de amor propio, orgullo y odio que continuara pensando en ella, porque eran más acordes las respectivas carnes. Rivera solía, gozando entre las pendejas, sonreírse rememorando que había estado algo feroz, al contestarle a su mujer que a él no le importaba un carajo estar todo arrugado si las pendejas igualmente querían cogérselo. Al respecto, a Rivera le gustaba, por ejemplo, poner su mano al lado de la de alguna de sus tiernas alumnas y, entre todos observarlas, meditando sobre el accionar del tiempo. Y en la meditación sentir todos al unísono que se erotizaba lo viejo con lo joven, y viceversa, que empezaba a arder el ambiente, que se transpiraban las zonas que se rozaban, que se mojaban los labios de las vaginas, que se hinchaba su majestad el falo, que una nueva, sana y ardiente orgía comenzaba.
Rivera recordaba que, antes de irse a vivir con sus alumnas, a solas ante el espejo o ante alguna mujer más adulta que sus actuales compañeritas, se había visto, si no viejo sí bastante deteriorado; cosa que, desde el primer momento con las chicas, no tuvo en consideración para nada. Todos los cuerpos, el de él incluido, eran como mínimo incomprensiblemente deseables, queridos, bien amados, y apetitosos, todos y cada uno, juntos o por separado.
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Vivían en un mismo espacio. No había habitaciones individuales. Por lo tanto, se compartía todo, excepto defecar que, aunque se podía hacer en público, si la situación
daba para ello, también disponían —es lógico— de un baño privado. Pero todas las demás cosas, duchas y baños incluidos, las hacían en el mismo ambiente donde se comía, se recomponían de una enfermedad y se cogía, de a dos o de a más, ante la mirada, interesada o despreocupada,
de las restantes. A Rivera y a las chicas les gustaba
esta franca promiscuidad: todos ellos mismos eran de todos, sin secretos. En cierta manera, se sentían una familia y, por cierto, a Rivera lo sentían el padre, aunque tantas veces, y pese a sus escasos años, ellas oficiaran de madres y hasta de abuelas, o de todos unos hombres que saben conducir una empresa o un hogar. Lejos de ignorar u ocultar este sentimiento familiar, tanto las chicas como el profesor se erotizaban con el consciente gusto perverso de mantener relaciones sexuales entre un padre y sus hijas. Tanto ellas usaban decirle papito, como él usaba hacerlas poner a su lado en cuatro patas sobre la cama y mientras les daba “chás chás en la cola” y ellas le chupaban la verga, babeándose con impaciente gusto; él las arengaba: “así... bien, bebota, seguí, seguí, más fuerte, más, seguí, ¡dale, dale!... aaaasí, nena... chiquitita, mi nenita... Vení ahora para acá... subí, gatita, vení, bebota hermosa: ¿te gustan las cosas que le hacés a tu papito?... mirá si te estuviera
viendo tu papá de verdad..., ¿eh?, ¿te parece bien todo lo que hacés con papi?” Y ellas tapándose con las
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manos los ojos y una nerviosa sonrisa (por la impresión que les causaría imaginarse allí a sus padres) bajaban de nuevo, se deslizaban hacia abajo y se volvían a prender, como si de una mamadera se tratase. De nuevo del pene, erecto, inflamado, por estallar, de Rivera, a quien miraban de reojo con una sonrisa, mientras se lo lamían cada vez más, hasta que el semen les empapaba los ojos.
Aunque tener relaciones sexuales era un leit motiv del grupo, no lo hacía todo el tiempo. Cuando estaban ocupados
en otros menesteres —como leer, cocinar, limpiar, etc.— charlaban entre ellas esperando, de alguna manera, la opinión de Rivera, al que seguían considerando tan profesor como él a ellas sus alumnas. Tan era así como si estuvieran en el aula, aunque se hallaran cogiendo. La cultura, la experiencia, sumadas a un profundo y bien entendido paternalismo, demostrado sin excepción en siempre buenas intenciones finales —exigidas a sí mismo y a ellas— hacían que las chicas, con naturalidad, vieran en él a un profesor y a un padre. Asimismo, conviviendo, no era obstáculo para que, en el momento menos pensado, cualquiera de ellos se saliera con cualquier barbaridad, de adolescente o no, llegando incluso a reír todos groseramente,
como no lo hubieran hecho nunca en casa de sus padres, ni en el cole.
Eran realmente amigos, con sus dificultades y dife64
rencias, pero nobles, entendiendo a la nobleza no en el sentido que se le daba en el colegio, de clase social, sino nobles por la siempre reconocida gama de virtudes que hacen
a la belleza de espíritu, a la bondad, al amor, a la paz. Como es natural, este rasgo común del grupo se advertía también fuera de la casa que compartían. En realidad, lo notaban todos. Incluso, quienes los envidiaban y odiaban; en verdad los amaban. Lo evidenciaban ante las cámaras de televisión, con esas caras entre estupefactas y ridículas, igual que sus palabras, al manifestar que desconocían lo de Rivera y su banda de forajidas. Porque, había para todos los gustos. Estaban los que consideraban que las chicas
eran unos pobres angelitos, otros, que eran llanamente putas y otros —la mayoría, es natural— oscilaba entre los dos extremos con todo tipo de singulares consideraciones sobre esta cohabitación post-escolar. Había un grupo, los más lanzados, los que lideraban la idea —y los que se le colgaban— que opinaban que el profe y las alumnas hacían muy bien, ya que los dirigentes dan vergüenza con sus fantochadas públicas, cualquier ciudadano, o grupo de ciudadanos, podía también hacer lo que se le cantara las pelotas. Por supuesto, siempre mucho más dentro de la ley que todos los truchones dirigentes, pasados, presentes y por venir que nos gobiernan. Desde la conquista, todos unos hijos de puta. Y así. Ahí entraban, por oposición, el profesor y las alumnas, oponiéndose cívicamente a una clase política puesta más que en entredicho, por sus descaradas corrupciones comprobadas no por los jueces corruptos, sino por estar a la vista de todos. La coyuntura
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ayudaba públicamente a Rivera y sus pibas, o sus putas, o sus santas, o sus bebés, y a él lo consideraban, desde todo un salvaje depravado y depredador hasta todo un santo varón. Pero la ciudadanía común los apoyaba por hinchar las bolas, por joder al gobierno, que se mostraba molesto por lo que el grupo estaba practicando. Cosa que venían haciendo desde rato antes bajo el conocimiento de los vecinos, sin que nadie se molestara. Rivera y las chicas eran queridos en su barrio y entre sus conocidos en general, por los que sabían que vivían en comunidad como por los que, al no ser tan próximos, lo ignoraban. Pese a saber que un madurito profe conviviera con veinte amorosas pendejas a nadie entonces se le habría ocurrido ir a denunciarlos. En realidad, pocos comentaban la existencia
en su barrio de tan singular colegio de postgrado, casa que ellos tenían muy presente, pero sin necesidad de mencionarla.
Por su parte, Rivera y sus chicas no estaban resentidos. Simplemente querían, dentro de la ley, experimentar sus exóticas ocurrencias. No eran, como es obvio, una secta: cada uno salía cada día —o no— de la casa y trabajaba, comía afuera, iba al cine, etc., como cualquier jefe o jefa de hogar. Y a la noche volvía.
Unas encontraron trabajo, otras se pusieron a trabajar en un portal de Internet, algunas buscaban empleo y había quienes no hacían nada.
Saltaron al estrellato cuando unos padres, muy com66
prensivamente, acusaron al grupo de haber captado, y luego tener en cautiverio, a su hija, también de dieciocho años, ahora, embarazada, aunque no la única.
Pero mejor profundicemos antes sobre la dinámica de presiones que padecieron Rivera y las chicas.
Uno de los escándalos fue que dos de las niñas estaban embarazadas, por supuesto de Rivera.
El grupo apeló, ante cada presión directa o encubierta,
a la denuncia ante los tribunales por ataque contra la intimidad, honor o lo que correspondiera.
Además de recurrir a Tribunales, Alejandra, una de las chicas que tenía preferencia por la abogacía —de hecho, era la legu, por leguleya— se ocupó con Rivera de los trámites. No perdieron oportunidad en Tribunales para escaparle a los medios y a los curiosos, mezclarse entre los presentes, entrar a una imponente sala tapizada en rojo, y ahí hacer el amor a lo bestia, en cinco minutos, para luego salir bastante compuestos, ser reconocidos de nuevo por la gente, y mostrarse tan naturales como siempre.
Cuando Alejandra y Rivera volvieron de Tribunales, se veía que habían quedado calientes (justamente por haber cogido poco antes). Después de almorzar Rivera se recostó con Fabiana, muy distinta a Alejandra, muy suave, mucho más entrañable que agresiva. Contrastaba también en que aquella era de pelo oscuro, y Fabi sumamente
rubia, como una alemana o escandinava, y de hecho algo tenía, porque era la hija del cónsul de uno de esos
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países nórdicos, quizás Finlandia. A ninguno de ellos le interesaba mucho esas cuestiones de apellido y plata que se alimentaban en el colegio, en verdad no les interesaba casi nada. Ese rasgo fue descubierto de inmediato por Rivera,
cuando, a principio del año lectivo, se hizo cargo del curso: no había una chica que se encuadrara mínimamente con las que había conocido en cursos anteriores. Y, por supuesto, fueron éstas las que le concretaron las mayores fantasías de su vida, en una alimentación bidireccional: las alumnas hasta le aceptaban el cabeceo, cuando el gesto se entendía claramente por eso.
A diferencia de la directora, que con su aire agresivo, serio (siempre enojada), escondía —reprimía— todo el fuego que contenía, el prelado que los visitó, el cura confesor de la escuela, era todo lo contrario. De unos treinta años, sin ser físicamente desagradable, siempre andaba con una sonrisa tonta y se acercaba fregándose las manos y les preguntaba a las chicas si todo marchaba bien. Les recordaba que fueran a misa, luego de la cual, algunas, a veces, se confesaban cara a cara, y se regocijaban
observando sus absurdos gestos, cuando escuchaba historias perfectamente inventadas. Con Rivera, hasta que éste fuera echado, la relación había sido distante y cordial. Rivera no asistía a misa, argumentaba que él creía en Dios, pero a su manera, cosa que los curas y monjas primero tomaron a mal, pero luego se convencieron de que era cierto, y se lo toleraban.
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Cuando llegó el curita a la casa, todos lo estaban esperando,
naturalmente, vestidos y haciéndose los normales, porque se daban cuenta de que la circunstancia era difícil: el que llegaba pertenecía a uno de los grupos de poder que más quería disolverlos.
El cura fue recibido por Rivera y las chicas se fueron acercando, en normal desorden, a saludarlo, con un beso en cada mejilla, como se habían acostumbrado a hacerlo, desde que Arantxa, una española hija de un ejecutivo vasco,
incorporara esta costumbre. Tal cantidad de besos de chicas con la reputación de las que lo estaban besando liberó
signos dubitativos en el cura. Rivera se excusó, alegó que tenía que salir a visitar a un colega, del que se había olvidado que lo esperaba justo esa noche y se fue.
Solos el sacerdote y las chicas. Se hizo un repentino silencio, pero luego, progresivamente, las chicas se fueron reintegrando a distintas actividades, sin dejar de atender y conversar con el visitante. Cuando al final Rivera regresó, se asombró primero de que aún el cura estuviera —era pasada la medianoche— pero en seguida sospechó que allí había pasado algo. Habló unas palabras con el cura, que se mostró tan meloso como en el colegio. Luego se apartó y entonces se acercó Lorena, la más religiosa —casi practicante—
y le contó que ella se lo había cogido al cura, con la ayuda de todas las restantes, y que el sacerdote se había portado muy bien. Las últimas palabras las dijo con un volumen de voz por todos audible. El cura primero
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bajó los ojos, se sonrió con la cabeza gacha, levantó los ojos y miró a Rivera, sonriendo plácido, y luego a cada una de las chicas. Por último, se encaminó hacia la puerta, saludó con la señal de la cruz y salió.
El erotismo entre el profesor Rivera y su alumna Mi-lú se manifestaba muy en especial. Era una atracción fatal y todas lo sabían. Milú se probaba ropa mostrándose en bombacha y corpiño ante Rivera, quien la miraba lamiéndose
ostentosamente. Milú se reía de sus muecas. Todo fue vertiginoso, de un aumento mutuo de deseo del otro, manifestado hasta en el roce de los brazos en el colegio y los besos de los encuentros previos. Un día en que Milú se disponía a limpiar el hall de la misteriosa herencia de Mariana, cuando las restantes asistían a una manifestación
pacifista, Rivera le preguntó qué ropa llevaba para trabajar en un día tan caluroso ya que Milú vestía calzas y botas. Al escuchar: “Ninguna otra que la puesta”, se le ocurrió alegremente proponerle limpiar en ropa interior, quedándose al fin ambos en bombacha y corpiño y calzoncillos.
Ya durante la limpieza la temperatura fue in crescendo. El sudor de cada uno en contacto con el del otro les erizaba de gusto las pieles. Cuando terminaron de limpiar se bañaron juntos y luego, desnudos, tomaron un café con dulces. Abrieron un buen tinto, un merlot.
El merlot y el chocolate consumidos relajaron las tensiones y desinhibieron los deseos lujuriosos. Rivera se reclinó sobre Milú y comenzó a besarle el vientre y
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los pechos. Así estuvieron un rato, entre gemido y gemido.
Luego, Milú se levantó y con vigor ubicó a Rivera debajo de ella. Le besó, a medida que iba bajando, boca, cuello, pecho, abdomen y, por último, se le prendió, rica y constante, a sorberle la pija, a veces como si fuera un frágil helado y, otras, como si fuera el grueso caño de un cañón. Así estuvieron un montón de tiempo. Hasta que, a su vez, Rivera puso de nuevo debajo a Milú. De frente, y, sin darle oportunidad de nada, la ensartó suave pero rápido hasta el fondo. Milú gritó de gusto y luego siguió gimiendo mientras el profesor se la cogía con todas las ganas acumuladas en ambos. Milú se retorcía como un cervatillo y Rivera más se la cogía. En el momento en que tenía todo el culo mojado por su propio flujo, Rivera la puso de espaldas y suavemente empezó a penetrarla por el ano. Al principio, Milú se alarmó, pero luego, con la dulzura de su profesor, sintió el placer de relajarse y dejarse penetrar. Milú ayudó, y al rato los dos culeaban sin ningún problema. Así estuvieron horas.
Luego de estar toda una noche y una mañana cogiendo, aún cuando las demás habían vuelto, los dos se desafiaron
en cantidad de orgasmos. Con las otras al tanto. Por supuesto, ganó Milú, pero Rivera recordó que no había tenido semejante performance desde que había estado de luna de miel, veinte años atrás.
No eran, es evidente, unos mediocres más. No había nada de qué preocuparse. Todo por vivir y lo vivían.
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Rivera —era esperable también— al ser conocida su situación familiar había sido suspendido. El día que se definió la suspensión, Rivera se encaminó hacia dirección sabiendo que le esperaban momentos emocionantes por demás. La directora era una mujer de unos cuarenta años, bien conservada, de piernas torneadas que le gustaba exhibir,
y de uno de estos caracteres humanos que necesitan apabullar, seducir con su presencia, y hacerse obedecer. Desde que la directora fuera simple profesora, con Rivera se habían hablado y mirado poco porque había algo que los atraía tanto cuanto los repelía: se hubieran echado un polvo, pero sus situaciones no se lo permitían, ambos eran casados. Rivera sabía que esta situación, por supuesto nunca hablada, potenciaría la furia de la directora. Apenas fue interrogado, reconoció que sí, que se había ido a vivir con veinte ex alumnas del colegio. La directora tenía en su camisa blanca inmaculada un botón más desabrochado que de costumbre, que ahora dejaba ver unos sensuales breteles blancos contra unos, en exceso expuestos en esta escuela de monjas, pechos bronceados. Ante la confesión
de parte de Rivera (ella ya lo sabía de antes, pero ahora se hacía la que no) la directora tartamudeaba un “pero, pero” tan nervioso, que sus pechos se veían aun más, y Rivera supo a ciencia cierta que la mujer estaba indignada, pero no porque él se fuera a vivir con algunas alumnas, sino porque a ella le daba rabiosa envidia no ser uno de ellos, ni siquiera poder decir que le gustaría serlo.
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Además, Rivera le hacía una afrenta personal: nunca se había mostrado interesado por ella y ahora se interesaba por veinte alumnas comunes, a muchas de las cuales la directora adoraba, como odiaba a otras porque en clase le habían dado trabajo.
—Si querés venir a ver cómo vivimos te invito para cuando vos quieras. Sólo tenés que llamarnos antes...
—Para no encontrarlos a todos en la cama...
—Puede ser, pero también porque podemos estar fuera de casa...
Poco después de que Rivera fuera despedido, recibió la llamada de la directora, quien, en términos muy distintos a los utilizados en la suspensión, le pidió permiso para visitarlos. Cuando llegó, la persona que lo hizo distaba mucho de ser la directora que todos conocían, aunque coincidía a la perfección con la directora que Rivera, y, por supuesto, las alumnas, intuían. Además de llegar con una minifalda de cuero cortísima y una camiseta muy escotada y apretada, llegó serena y con aspecto cómplice, como diciendo “acá estoy y quiero saber de qué se trata, por esta noche”. Fue complacida: primero cenó desnuda con todos y después Rivera, en presencia de todas, hizo el amor con la directora, la que confesó, antes de irse, que nunca había gozado tanto. No hubo necesidad de aclarar que su visita era privada.
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Las presiones que empezó a padecer el grupo surgieron de golpe puesto que, hasta que no saltaron al estrellato mediático-institucional-jurídico, habían vivido como cualquier buen hijo de vecino, amén de muy simpáticos incluso para quienes tenían, fatalmente, que detestarlos.
Las chicas eran veinte, muchas y, en la generalidad de los casos, andaban calientes, por novatas curiosas o, directamente, ya por calentonas, como Dios manda. Las más religiosas —cuatro, en total— se repartieron: las tres más reprimidas por un lado y, la cuarta, muy fogosa y místicamente desesperada, por otro.
Las vírgenes eran también cuatro, que no es demasiado, entre veinte, de dieciocho infantiles añitos.
Una de las anécdotas vividas por una de las vírgenes merece mencionarse. Rivera y Romina, en presencia, atenta o despreocupada —simple convivencia— de todas
las otras, empezaron a histeriquearse, calentándose de mutuo acuerdo tácito, instintivo, animal. Desnudos y habiendo franeleado hasta sudar mucho, él la empezó a penetrar, a la virgen Romina, en ésta, su primera vez. Ella dijo un ¡no! dudoso. Rivera le contestó un intima-torio: “Si te duele, decime, que te la saco”. Ella se estremeció (quizás de miedo a que se la sacara), lo abrazó desesperada,
entre temerosa y ansiosa. Se movieron un rato así, hasta que Rivera de nuevo empujó queriendo entrar más allá, y ella se volvió a estremecer. Él le repitió: “Si te
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duele, la saco”. Entonces Romina se agitó por completo y, con lo que le quedaba de lucidez, llena de amor y pasión, ella misma se introdujo, aun más, el super erecto y mojado pene de su profesor. Luego, se empezó a bambolear, con buen ritmo, es decir, se lo empezó a coger ella a él, hasta que Rivera la penetró hasta el fondo, y ambos, como poseídos,
acabaron al mismo tiempo. Las demás chicas, en un rapto que después fue festejado, aplaudieron, también embobadas.
—Parece que María quiso hacerse la superada, y le dijo a su ex novio, adelante de los demás: “Adiós, buenos polvos te he echado”. Y todos rieron. “Sí”, contestó él en voz alta y, luego, más a su oído: “Pero yo te he culeado y vos no a mí”. Sonrió satisfecho y se marchó, indicándole a María, con señas, que le contara a los otros lo que le había dicho al oído: cosa cierta y que la hizo rabiar: roja, comprimida, con los ojos inyectados...
—Y entonces ¿qué pasó?
—Antes de llegar a la esquina, él empezó a reírse a carcajadas, hasta después de doblar...
—Qué hijo de puta... ¿Y María?
—Los amigos comprendieron...
—Me imagino: deben de haber escuchado...
—Seguro que rieron a escondidas. Y la invitaron esa noche a bailar a una disco...
—Donde se la pasó depre todo el tiempo...
—Pará, no. Se apareció Rivera, lo habían invitado.
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María primero estuvo quieta y expectante, hasta que eligió como presa al profe, con el que bailó frenética e histérica, sexy....
—¡No me digas...!
—Te digo.
—¿Y entonces?
—Entonces, su circunstancial partenaire —nuestro profe— vio posibilidades... mientras las chicas del lugar lo miraban con odio...
—¡Dale! ¿Y qué hizo María?
—Ella lo besó...
—¿Y él?
—Él la quiso sacar al coche, las chicas del boliche lo impidieron, otros se metieron, ellos dos se escaparon....
—¿Y?
—Que —según parece— María se lo cogió a lo animal y, apenas acabó, se largó a llorar, sin medida....
—¿Y el profe?
—Rivera no entendía nada. La quiso calmar y fue peor...
—¿Por qué?
—Porque el profe medio que se le enojó...
—¿Qué pasó?, seguí...
—Él la apretó —María boca abajo— contra la cama, y se le acostó encima, para sujetarla...
—Seguí, boluda...
—Bueno, che... entonces ella lo sintió a él en su... trasero, ¿no?
—En el culo, boluda... ¡trasero!, ¿qué te hacés?, ¿la
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nenita?...
—No me hago nada... ¿querés que te siga contando o no?
—Sí sí, seguí...
—Entonces María, en ese mismo momento, recordó a su novio, sus palabras, ¿te acordás...?
—“Yo te he dado por el culo y en cambio vos no a mí..”, sí, seguí…
—Eso mismo, y —tal como nos contó— se excitó tanto que lo levantó —a su culo— hasta sentir el pito del profe.
—¿Y el profe?
—Él entendió y, sin muchos miramientos, le buscó el agujero con los dedos...
—Y se los metió hasta el alma...
—Sí, pero los suplantó rápido por su pene. Dijo María que su pene parecía sobreexcitado, más que el hombre mismo, muy largo y grueso, y muy duro...
—Y María ¿qué hizo?
—Ella contó que le tocó el pito —supongo que para comprobar algo— con una mano, que él, suave pero firme, se la retiró junto a la otra, por encima de su cabeza, entre su melena toda alborotada...
—¿María estaba boca abajo?
—Claro, boluda, ¿no entendés? María oyó cómo a sus espaldas el profe escupía y le mojaba la cola. Dijo María que se la notó “húmeda y fresca”...
—¡Qué hija de puta!, dale, ¿y entonces?
—Bueno, que el profesor se la metió, la penetró, hasta
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el fondo, con una rapidez y facilidad que María dijo: “No me evitó el dolor pero me dio un gusto enorme”.
—Qué guacha, ¿gusto enorme de qué, dijo?
—De sentirse así clavada, boluda. María se quiso mover algo, para sentir si era posible más...
—¿Más qué?
—Sentir, nena, gozar más; pero María nos contó que acabó en seguida, de una manera alevosa, que le avergonzaba
y la rendía —según dijo—, que la emputecía...
—Y que por varios días le hizo sentir al profe atrás, dentro suyo... ¡la veo a María andando por todas partes con el culo abierto!
—Sí, no sabés: después le sonreía a todos, en especial a su ex novio...
—Porque el profe es como un padre para mí.
Las demás chicas se rieron. Rivera no estaba a la vista.
—No, de verdad... Se quejó Lorena. No se rían: Ya sé que no es mi padre —todas lo sabemos— pero él, además de quererme como mujer, me cuida, me aconseja, como podría hacer cualquier buen papá...
—Papito... —musitó Sandra, y se volvieron a reír.
—¿Acaso ninguna de ustedes siente que Rivera es más que el tipo que se cogen?
—¡Eh!, ¡nadie dijo eso! Estoy remeada por el profe.
—¿Y cuál no?
—¿Y él que pensará de nosotras? ¿Ustedes qué creen?
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—preguntó Belén, una de las especialistas en Internet, pero con más aspecto de prematura secretaria ejecutiva, sentada en la falda de su jefe. Belén, una muy linda adolescente,
de pelo castaño lacio y satinado, en exageración erguida —sus tetas, su culo, su barriguita, firmes y carnosas—,
con unas encantadoras piernas cruzadas bajo una escasa minifalda, con camisa casi de uniforme —por supuesto blanquísima— desabotonada hasta la línea inferior
de los pechos que entonces se ven, reventando a su vez el corpiño calado igualmente blanco…
—Y... yo creo que él se da cuenta de que lo necesitamos...
y no sólo para coger, quiero decir...
—Yo se lo digo...
—¿A quién?
—¿Qué le decís?
—Yo al profe le digo que lo necesito. Y se lo digo porque es verdad: yo siento, aunque no sepa explicarlo, que necesito de él.
Para reconocer que todas pensaban igual se miraron, asintiendo todas.
—¿Pero qué nos une así a él?
Como es obvio, no llegaban a contestarse muchas preguntas,
pero siempre las suficientes como para no querer innovar en su statu quo con Rivera.
—Y usted, profe, ¿baila?
—No, Carolina, lo que pasa es que si la chica no me gusta me pongo muy nervioso y empiezo a transpirar y,
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si me gusta, me excito tanto que me pone también muy nervioso y lo mismo, empiezo a transpirar.
—No, eso no puede ser —dijo su alumna riéndose a carcajadas. Y tomó a Rivera de la cintura y lo sacó a bailar. Él se puso nervioso y empezó a transpirar, hasta que terminaron los dos cogiendo contra un rincón, transpirando
liberados.
Rivera miró a Carolina, que estaba probándose unos pantalones y vestidos, y adoptando su postura docente —la que usaba con ella pocos meses atrás— le dijo, bajo la atenta mirada de ella:
—Todo está bien según se desarrolle, no cómo acabe, ya que el... acabar se refiere a un instante, bueno o malo, pero no en comparación importante con todo el desarrollo del asunto, por lo tanto lo significativo sería el bienestar logrado en todo el desarrollo y no en el trivial último acto del asunto...
Carolina se quedó de nuevo en bombacha y probó si le entraba un vestido muy parecido a un camisón, incluso a un baby doll.
—Pero igualmente —continuó Rivera— no es así, no importa ni el desarrollo ni su punto final. Lo que importa, en definitiva, es el sentimiento albergado durante todos los actos que compusieron el asunto —incluido el final— que se conserva de inmediato y a posteriori, para siempre...
Carolina, sacándose un ajustadísimo pantalón —que bastante arrastró consigo a la bombacha— terminó, ante la
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mal lograda indiferencia de Rivera, por sacársela, “porque me quiero probar este vestido al que la bombacha se le nota mucho, no sé qué hacer..”.
—Es decir, le estaba diciendo, señorita, sobre la sensación
del recuerdo... Pero, bueno, tampoco es así, ya que la sensación de ese recuerdo se ve condicionada por las sensaciones de otros recuerdos y, en sumo grado, niña, por la sensación que acontece en el exacto momento de recordar... De todas maneras, sigue sin ser así, ya que la íntegra sensación presente está a su vez condicionada por la expectativa de los momentos futuros, entre ellos, si habrá o no un momento posterior a este que estamos viviendo... De tal suerte que es mejor coger mucho y pensar menos... Señorita, ¿no la he convencido ya o es que debo continuar?
—Buen verso, profe, ¿dónde prefiere?
—Aquí nomás, señorita, contra la pared.
—¿Me quedo así, señor, sin bombacha?
—Sí. No quiero que le vaya a molestar en las piernas, patéela a un lado...
Se pusieron a coger en forma desatada. Entre lo que se puede rescatar de lo que además se dijeron se destaca lo siguiente:
—¿Le gusta?
—¡Mucho...!
—¿Y está pensando también mucho?
—Nada, siga.
—Claro, señorita, es como le decía, tenemos que seguir hasta morir...
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—Déle, déle y no hable, haga usted lo mismo que me aconseja...
—Es que yo ya acabé...
—Yo también...
—Y ahora... ¿qué hacemos?
—No nos queda más remedio que pensar...
—¿No hay otra salida?... ¿Dormirnos inmediatamente después de acabar...?
—Sí, pero ustedes las mujeres, cuando lo hacemos, se quejan: nos acusan de falta de romanticismo, de desconsiderados...
—¿Vio, profe?, ya estamos filosofando de nuevo.
—Es verdad... no sé qué replicarle...
Rivera y sus alumnas habían concretado un teatro permanente donde representaban, de continuo, los deseos de todos, con plena libertad.
—¿Sabés, Ayelén, por qué —en general— no se ven grandes cochazos persiguiendo chicas que estén tan buenas?
—Porque, en principio, profe, los conductores de esos cochazos ni siquiera tienen necesidad. Todas están yendo
hacia ellos, donde se encuentren. A muchas de esas preciosuras que usted sueña como madre de sus hijos, ellos, por falta de tiempo, las rechazan o las denigran. ¿Por qué no se hace amigo de los ricos? Así se transaría a las hermosuras que sólo llegan ahí por serlo. A veces, hasta tienen dinero...
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—¿Y vos, Aye, por qué no me volvés a chupar los huevos? Dale…
—Mimoso, profe, a ver, abra de nuevo sus piernitas...
A Rivera la pendeja se le movía alrededor como lo haría una gata en celo. No sólo eso, sino bajo la forma de un pendejón, en realidad alucinante. La chica le hablaba de Filosofía, pero al mismo tiempo desarrollaba una actuación, si no contraria, sí distinta a los fines de sus palabras. Sus movimientos no tenían nada que ver con su discurso, en un aparente disloque natural adolescente, pero que, en el profesor Rivera causaban, a sabiendas recién aprendidas por su alumna, una incontrolable atracción.
Primero fueron los muslos, que la adolescente mostraba
desinhibidamente, como si estuviera con la amiga de más confianza, o con su novio, pero era una alumna, que le mostraba unos muslos carnosos, fuertes, dorados, con un vello fino, también dorado, o transparente. Unos muslos largos y calientes, por el sudor hasta mostrado en la bombacha, en su mover tan desahogado, o caliente.
Muslos por un lado coronados de más piernas, muy suaves y curvilíneas, y unos pies suaves, blancos, frescos y pequeños. Muslos que, por el otro lado, llegaban a un sexo sumamente húmedo, caliente, transpirado, apretado y con una vagina expectante y un clítoris ya en pie. Por atrás, un mojado ano, aflojado, receptivo y desesperante. Por delante, un vientre palpitante y unos pechos duros,
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también sudados, y más arriba unos labios, castigados por los de Rivera, paspados de tanto besar.
Los dirigentes al final reaccionaron. Cuando Rivera y las chicas estaban cercados por policías y otras fuerzas de seguridad especiales, el cura les dijo, en un momento de mediación, que, para él —adaptando normas generales del cristianismo a la situación ahí imperante— ellos no estaban lejos de Cristo, sin embargo (y al igual que les dijera la directora momentos antes) lejos de intermediar entre ellos y las fuerzas del orden para que no les hicieran
ningún daño, tenía preparado cómo hacerlos matar a todos. Desde luego, ninguno de los dos, ni la directora ni él —el santo cura—, iban a permitir que quedaran testigos de las noches sexuales que habían vivido. Ni Rivera ni las chicas pensaron que exageraban, todo lo contrario. Se intentaba restablecer el Orden y el Progreso, el Dios, Patria y Hogar del colegio, de la sociedad, de toda una vida que ni ella ni él estaban dispuestos a perder. Y el poder los amparaba.
Cuando salieron los dos enviados de la paz, en abundancia
filmados por las cámaras, a través de megáfonos empezaron a exigirles a Rivera y a las ex alumnas que abandonaran la casa, porque si no serían gaseados (lanzarían
granadas lacrimógenas) y también serían apremiados con balas de goma. Adentro se abrazaron de a dos, de a tres, todos juntos, con tanto amor que no ofrecían signos de angustia. Lloriqueaban, sí, pero también sonreían y
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se secaban, unos a otros, lágrimas de emoción, alegría y pena, todo acompañado de besos fuertes y cariñosos.
Cuando vieron cómo una granada, después de atravesar una de las ventanas, aterrizaba muy cerca del stock de derivados del petróleo que almacenaban para distribuir —era una de las ocupaciones de las alumnas—, comprendieron
que otro misil podía alcanzar los bultos de plástico, originando un incendio enorme, quizás una gran explosión. Entonces se dijeron que a esa posibilidad la conocían sólo la directora y el cura, por haber visto esos productos tan inflamables, en tanta cantidad, dentro de la casa.
Rivera y las chicas, instintivamente, quisieron salir, por lo que la directora y el cura corrieron a trabarles la puerta aparentando socorrerlos. Fue entonces que una primera explosión alcanzó de lleno a los dos, y la directora y el cura resultaron muertos. Ante esto las cámaras de televisión
mostraron cómo se entregaban Rivera y sus alumnas y cómo era apagado el más que incipiente fuego.
Indignada, la opinión pública hizo que Rivera y sus chicas no pasaran ni dos días detenidos.
Después de años de feliz existencia, Rivera enfermó, como era previsible, del corazón. La próstata la tenía perfecta.
Había hecho el testamento y murió en brazos de sus chicas, cogiendo hasta el infarto final. En el testamento se creó la Fundación Rivera para premiar por un año a un representante del sufrido y nunca bien retribuido gremio
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docente, a un profesor o profesora (maestros todavía no) destacados en beneficiar a la sociedad a través de sus alumnos, para gozar de los placeres de dicha fundación, es decir, de sus chicas o de sus chicos, si resulta elegida una profe, por un año sabático (a no temer, pedagogos, con mucha enseñanza-aprendizaje). Al término del año la casa será ocupada por el o la nueva profe con sus respectivas alumnas o alumnos, por otro año. Y así en lo sucesivo. (En la maleable realidad si se quiere es fácil.)
Al cabo, el profesor Rivera murió, rodeado por sus veinte mujeres y por los hijos que con ellas tuvo.
Se intentaron innumerables explicaciones sobre el caso. De hecho aún se tejen teorías que intentan explicar cómo Rivera logró convivir, gran parte de su vida en concubinato, en matrimonio múltiple, en gran familia, en harén, o en algo sin nombre con veinte ex alumnas. Y, quizás, lo más notable sea cómo se explica la tolerancia de la sociedad, que no se inmutó ni siquiera cuando el profesor y sus alumnas se cubrieron de hijos. Sólo los dirigentes, como siempre, dieron la nota.
La verdad es que nadie llega a explicarse cómo pudo ocurrir, pero para aquellas bellas jóvenes mujeres bien calentonas —de alrededor de dieciocho— que quieran agregarle más capítulos (¡vida!) a este libro (e incluirse en ediciones siguientes) se les sugiere comunicarse con el máximo protagonista: profesorrivera@hotmail.com
—De nada. Será un gusto.
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Fin
Rosario, Mitre, Día de todos los Santos de 2007
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El pecado original
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Desde la lejanía, la bella mujer divisó la reunión de hombres, montones de hombres en los alrededores y en las gradas del estadio de fútbol. Ellos también, despreocupados,
a lo lejos la vieron venir; continuaron con sus charlas, pero cada vez menos, a intervalos. Alternada-mente la observaban en silencio para luego bajar sus cabezas y volver a hablar entre sí, expectantes de aún
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no sabían exactamente qué novedad dominical. Desde la distancia, ella los encaró con claridad: sus ojos, como en un punto panorámico, percibían a todos. Sin dejar de aproximarse, con parsimonia desabrochó los botones de su blusa y se la quitó. Los aficionados siguieron turnando la mirada, sin que ninguno pareciera comentar el torso recién desnudo. Ella mantuvo su avance hasta que, ya muy cerca, se desprendió la corta minifalda que se deslizó por sus piernas fuera de sus pies.
Los hombres la ojearon incesantes. Por fin, se quitó la diminuta bombacha blanca que arrastró también fuera a sus sandalias de cuero, y corrió. Corrió ágil y hermosa con su cabellera, sus senos y el sexo al viento, en franca dirección a ellos, que le aguardaron inmóviles, hasta que ella llegó a los primeros, quienes —sin más desvestirse que abriendo sus braguetas y aflojando sus cinturones— la poseyeron apasionada, silenciosamente, pasándola de uno a otro hasta que así llegó al centro de la cancha, donde la esperaban con los brazos abiertos el Sumo Sacerdote & sus Inquisidores Band, que la acusaron de puta para luego quemarla viva atada a uno de los arcos, escena que confundió los tiempos, el circo romano y el medioevo de Orleans. Los adeptos, ahora todos apiñados desde las cimas de las tribunas hasta el borde mismo de la fosa de contención —algunos cayeron a sus profundidades—, lloraban, mientras el neonazi nombrado por patriótico decreto Director Técnico de la Selección Nacional los acusaba de maricones, a uno por uno, señalándolos con el índice delator para las cámaras de filmación de los
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Servicios de Seguridad de la Patria Transnacional, que no perdían detalle de sus fisonomías de terror. Sus mujeres, mientras tanto, esposas, hijas, amantes y abuelas —no sólo de Mayo sino del Íntegro Calendario— desde los televisores hogareños se enojaron por todo el programa y salieron, no tanto a asaltar supermercados sino también, en marcha hacia el estadio, los chalets de los ricos que también lloran, según pudieron comprobar las señoras mientras mataban con crueldad proveniente más de la curiosidad que del rencor.
Al verlas llegar ensangrentadas, arrastrando las cabezas
degolladas de los famosos, desde el palco de honor, el Ministro de Economía las acusó de mafiosas y el Comandante en Jefe de los Ejércitos se hizo cargo de la seguridad del estadio convirtiéndolo en un campo de concentración,
en donde y al son de los acordes de la mística marcha Dios Mercado, Patria Financiera y chau Hogar, los inquisidores, con renovada inspiración continuaron sus habituales ocupaciones de tormento y exterminio con su intemporal saña, circunstancia que el Ministro de Economía aprovechó —según su ya atávica costumbre—
para corretear entre los moribundos cobrándoles impuestos, tasas y contribuciones que los desfallecientes no atinaban a calcular, por lo que les eran preventiva, definitivamente confiscados bolsos, carteras, monederos, alianzas matrimoniales y piezas dentarias.
Enterado de la movida mientras paladeaba pizza macerada
en champagne, desde la capital, el Presidente de la República Villa Nueva Banana se proclamó Padre del
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Plan, denominándolo “Ingreso Triunfal al Primer Mundo
del Nunca Más y/o del Más Allá” (no quedó claro) y llamó a la tranquilidad de la población mediante la ayuda de las Fuerzas Internacionales de Pacificación comandadas
por ex guerrilleros subversivos de todos los signos recientemente galardonados con la nueva modalidad del Premio Nobel de Paz Patotero. Entre indiscriminado fuego desgranado a manera de maniobra de distracción sobre las abarrotadas plateas, bombardearon el césped deportivo con trocitos de abuelos y niños somalíes para avisar sobre las consecuencias en caso de no colaboración. Impresionados por la seria actuación de sus representantes
legales, los hombres y mujeres aún vivos prefirieron regresar a la sensatez: los hombres se bañaron en las duchas de la Selección Nacional —supervisados por el Director Técnico— y las mujeres y homosexuales en las duchas de la Selección del Resto del Mundo, oportunidad no desperdiciada por ésta para nuevamente meter muchos goles ya absolutamente innecesarios, de puro relaje. Al cabo, fueron saliendo en orden y todos se reintegraron a sus puestos de trabajo —dedicación exclusiva, full-time, 24 horas— en las tres únicas fuentes de trabajo del feudo: tres shopping centers habilitados exclusivamente para satisfacer la exigente vida cotidiana de sus diri-gentes y demás cortesanos, incluyendo los bufones que portaran carnés. Total servicio que la gente recomenzó de inmediato, sin mojigatas limitaciones, reconociendo como si no lo hicieran las sonrientes caras de piedra de apenas momentos antes, y de siempre, por más que se
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renovaran, generación tras generación, desde antes de Jesucristo Amén.
Ya de nuevo todos felices, antes de dormir, escucharon
en un almuerzo televisado al Presidente decretar un recurrente, diario, Punto Final y al Sumo Sacerdote, al cierre de la transmisión y a manera de meditación para una pausa inexistente, repetir que todo había sido, una vez más, culpa del Pecado Original.
Sobre nuevas formas revolucionarias
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“¡Vení: haceme esas porquerías que sabés hacer!”, oyó el guardavidas decir a un chico, al lado suyo, a una adolescente que ni lenta ni desganada le metió mano debajo
de la malla y le sacó cuan larga y fresca verga que comenzó a mamar entusiasmada.
Alarmado, el guardavidas se refregó los ojos y los oídos, atribuyendo, en primera instancia, al antiséptico agregado al agua de la pileta alguna incidencia perturbadora
para sus sentidos. Miró y en efecto comprobó el hecho. Entonces levantó más la mirada para cerciorarse de la presencia de otros bañistas observando, testigos de la escena, para censurarla. Los había en abundancia. El domingo transcurría espléndido, soleado y caluroso.
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Pero, en el corto trayecto que debía cubrir para llegar a reprimir, vio cómo descendían por el tobogán acuático de la piscina alegres señoritas totalmente en cueros —sa-biendo todos que tan encantadoramente desnudas no se permitía— y también notó que se desprendían hermosos muchachos bamboleando graciosa y rítmicamente sus huevos. En el mismo acto, al costado, la “pareja origen” ya cogía casi convulsivamente, acabando de continuo (“meseta orgásmica, pude deducir...”) y, al otro lado, un regordete (“...aún blanquito, pese a lo avanzado de la temporada...”) le bajaba tiernamente la parte inferior de la bikini a una jovencita que, quebrada sobre la barra,
clamaba por una gaseosa como sin darse cuenta de la maniobra del caballerito quien, a continuación, con naturalidad, extrajo una verga ya algo erecta (“...que no tardó nada en estarlo del todo...”) para penetrar, con un largo suspiro, a la señorita, la que cerró los ojos fascinada, renunciando a la Coca Cola.
Entonces, el funcionario rió nervioso, algo caliente (“naturalmente”) y, todo sudado, habló por el walkie-talkie llamando la atención de sus compañeros, quienes a su vez le indicaron que, por doquier, sucedía lo mismo: todos cogiendo con todos, con envidiable entusiasmo, complaciendo a quienes encontrasen, complacidos por quienes les encontraran, aún manteniendo otras actividades
(“...las habituales”) del público lugar...
—“Están todos cogiendo...” —susurró anonadado al teléfono el funcionario de la Municipalidad, pero no pudo más: una desarrolladita chiquilina, que hasta el mo97
mento, decorosamente, lo había mirado desde el refugio de la cercanía de sus padres —ahora cada uno cogiendo con terceros— se le aproximó contorneándose, le apoyó enteramente sus recién bien nacidas curvas sobre su pecho
y vientre (“...también acariciaba mis rodillas con las suyas”) le quitó suavemente el teléfono con una manito y, con la otra, le apresó (“...lo hizo despacito”) por adentro del blanco y holgado pantalón corto reglamentario los testículos y el pene (“Sí, todo junto: me llamó la atención que en esa manito le cupiera todo. No, si no me quiero jactar, sólo ser fiel a lo sucedido...”) de tal suerte que el hombre sintió un fuego en su entrepierna (“...se me propagó
incontrolablemente hasta la cabeza”) que le llevó a tirarle un beso a la boca de la niña, quien ya la adelantaba deseosa. Inmediatamente, se pusieron a coger.
Presente el Director de la repartición, el único que quedaba sin fornicar y que recién tomaba conocimiento de los hechos por su costumbre de encerrarse frente al televisor, amparado por el acondicionador de aire y el teléfono descolgado. Ante la escena general (“...dantesca, me superaba...”) de todo el predio municipal cubierto de gozosos bañistas que, aún sin producir ningún desorden ni, menos aún, cometer desmanes (“...en los escasos momentos
en que no fornicaban, con la serenidad habitual del lugar, merendaban, respetando las normas correspondientes...”),
el director se abalanzó en forma muy animal sobre una estupenda beldad que, con idea de zambullirse, se duchaba al borde de la pileta, forzándola entre espantados
gritos de terror y pedidos de socorro, que la enorme
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concurrencia no atendió al tratarse de actuaciones llevadas a cabo por la máxima autoridad del establecimiento (“...homosexualidad, lesbianismo, sexo gru-pal sin importar edades sí... pero violaciones, honestamente —hasta lo del Director— no me constaban: todo se desarrollaba —si cabe— como en una cierta y ordenada libertad, sin barbarie. De hecho, las instalaciones quedaron intactas, limpias; se retiraron decentemente vestidos, entremezclados,
en paz, como habían llegado... Realmente, el único que puso la nota fue el Director...”).
—¿Tiene usted algo que agregar en su defensa?
—Estaban todos fornicando... Reconozco que en vez de intentar hacerlo yo también, mi deber hubiera sido detener su abierta promiscuidad, pero cuando yo estuve adentro no entendí bien cómo venía la cosa. De todas formas estaban todos, Señor Juez, ¿usted me entiende, no? Estaban todos, con todas, y todas con todos, cogiendo, era espantoso, no...
—¿...no participar? ¿Usted puede demostrarme que —como dice usted— medio barrio Fisherton, habitual en esa pileta, gente honrada aquí presente, estaba entregada a una abierta tarde de domingo absolutamente orgiástica... todos con todos, padres, hijos, abuelitos? ¿Usted puede demostrar semejante aseveración?
—Sí. Es que en el barrio no me quieren, Señor Juez, tampoco el personal a mis órdenes: dicen que soy muy severo, que no permito el topless, esas cosas...
—¿Me está queriendo insinuar que todo el barrio —y sus empleados— para tenderle una trampa que lo desti99
tuyera, se pusieron libremente a fornicar?
—Yo no acostumbro a alucinar, Señor, estaban todos fornicando. Así, cuando llegué, me hicieron creer que yo también podía...
—Violar a una jovencita...
—¡No! No creí que no quisiera... ella veía que todos fornicaban... Estaba también absolutamente desnuda... Cuando se opuso y empezó a gritar me pareció un papelón
que yo, siendo el Director, fuera el único que no lo hiciera… ciertamente perdía autoridad.
—Ciertamente. Llévenselo.
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101
Índice
L
a inolvidable pasión entre el profesor Rivera y sus alumnas de la secundaria / 11
E
l pecado original / 91
S
obre nuevas formas revolucionarias / 97
102
103
Esta primera edición de mil ejemplares de
La inolvidable pasión entre el profesor Rivera
y sus alumnas de la secundaria
de Horacio de Zuasnabar
se terminó de imprimir en los
talleres de Alma Gráfica
de Norberto Álvarez,
Matheu 2226, Villa Maipú,
Prov. de Buenos Aires,
República Argentina,
en el mes de julio
del año dos mil ocho
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Comments

Moralmente cachonda
2010-08-03 07:35:46
Erótico pornográfica
2010-08-03 07:39:20
Describe la cruda realidad de la naturaleza del ser humano. ¡pero! para la sociedad es una grosera inmoralidad, por que descubre sus bajas pasiones, una etiqueta hecha por ella misma, para ver a quien se la ponen. de esto trata el mudo, la vida es otra cosa.... La leccion final es ver al director defendiendose con un argumento tan pobre y vacio, como seguro fue su vida. Que coño hacia tirandose a la jovencita, cuando deberia entender lo que estaba sucediendo, dar la espalda y si en verdad queria dirigir la institucion asegurar las bases eticas y morales de la misma. Tirar con la jovencita por que era el unico que no lo estaba haciendo...muy bien por el juez ¡redoblenle la condena por burro y estupido!............. Escribir sobre estas cosas siempre trae sus criticas negativas, a nadie le gusta que destapen estas ollas......saludos
2010-08-17 09:26:37
Muchas gracias Florencio por tu comentario de mi cuento breve "Sobre nuevas formas revolucionarias". ¿Leíste ya "La inolvidable pasión del profesor Rivera con sus alumnas de la secundaria" (es casi pornográfica pero también tiene moraleja) Espero tu opinión. Un abrazo. Horacio
2010-08-23 08:26:50