Vitacracia
Zuasnabar - POLITICS & GOVERNMENT - 43574 words
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Summary
VITACRACIA. Editorial Simurg. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2008 (155 Págs.) ISBN: 978-987-554-104-7
Novela filosófica. Como en un juego de espejos amenazado por el terrible martillo de Nietzsche, Vitacracia se propone una empresa singu
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Vitacracia
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Horacio de Zuasnabar
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Vitacracia
(novela)
Prólogo de Federico Pagura
Ediciones Simurg
Buenos Aires
2008
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magen de Tapa: Cosas de la vida (Luis Felipe Noé)
Foto del autor: Hugo Goñi
ISBN: 978-987-554-104-7
© Horacio de Zuasnabar, 2008
hdezuasnabar@hotmail.com
http://www.zuasnabar.com.ar
© Ediciones Simurg
Jerónimo Salguero 33 6º D
1177 Buenos Aires - Argentina
simurg@sion.com
http://www.edicionessimurg.com
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
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a la Humanidad, nada más
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A manera de presentación
El recuerdo para mí imborrable, de Juan Manuel Zuasnabar, mi compañero de estudios en el Normal Nacional Nº 3 de esta ciudad de Rosario, hizo que mis pasos se cruzaran, no hace mucho tiempo, con los de su hijo Horacio, autor del libro Vitacracia, que hoy sale a la luz. Como no pretendo ser un crítico literario, sino tan sólo un maestro normal, aprendiz de poeta y sobre todo pastor y defensor de la vida, a través de la proclamación de las Buenas Noticias que trajo al mundo,
Jesús de Nazareth, y de la defensa de los Derechos Humanos tan descuidados como avasallados en la historia y en los últimos tiempos, en nuestro país, nuestro continente y la humanidad toda, estas breves líneas sólo se proponen:
Estimular, humildemente, la lectura de estas páginas que, entre la novela y el ensayo (un ensayo novelado), se proponen reflexionar sobre “el gobierno de la vida” y su poder, como un desafío al presente sistema de poder establecido. Por eso el narrador, desde su función universitaria, nos enfrenta con universitarios, eclesiásticos, militares y políticos, que a través de sus acciones y discursos, van desnudando sus intereses mezquinos, en conducciones religiosas, ideológicas y políticas,
que llevan a una existencia sin rumbo ni destino, al común de los seres humanos. Caminos hacia la muerte, que producen angustia ante el futuro y profundo malestar en el presente. Pero que, sin embargo, podrían sacudir nuestras falsas seguridades y hacernos conscientes de esos poderes que nos frustran y anulan como personas. La contracara de ese cuadro sería la posibilidad de vivir en plenitud. En términos de este trabajo de Horacio, que merecería ser profundizado y ampliado: “¿Cómo lograr la Vitacracia que desestructure el Biopoder (el término es mío)?” Como creyente que vive y observa intensamente, yo me pregunto
si el pensamiento de Nietzsche, citado por Víctor Frankl, no nos estaría sugiriendo la clave para librarnos como personas y sociedades
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de la prisión en que estamos atrapados: “QUIEN TIENE UN PORQUÉ PARA VIVIR, ENCONTRARÁ CASI SIEMPRE EL CÓMO”.
Federico J. Pagura
Ob. (emérito) de la Iglesia Evangélica Me-todista.
Presidente Honorario del “Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos”
Rosario, 12 de noviembre, 2007
Advertencia para malpensados
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Mientras fui Secretario Financiero de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) me correspondió
tramitar los viáticos para la estadía del profesor Haro de Bouzúa (hijo), cuando vino de Europa a dictar una serie de conferencias. Al recibirlo en mi despacho y mencionarle que, además de ser Contador Público Nacional, me consideraba un buen lector, sostuvimos algunas charlas que nos llevaron, en breve tiempo, a entablar una cierta amistad.
El profesor Bouzúa me confió que su padre –el célebre biógrafo de su mismo nombre, fallecido años atrás– había redactado un diario, en varios y dispersos cuadernos, que denominó “Vitacracia”, y en donde reunía escritos aunados por un enfoque común: el de esta vitacracia que acabo de citar. Bouzúa (hijo) –físico-matemático de carrera y artista vocacional– dijo no sentirse capaz de compaginar él solo las memorias de su progenitor, si bien las encontraba sumamente interesantes para ser dadas a conocer.
Por mi intuición –que entonces se hallaba aún en su estado más puro– le ofrecí ayuda.
Luego de varias entrevistas (algunas de las cuales más adelante transcribo) Bouzúa (h) me entregó los manuscritos que ahora presento a ustedes, esos mismos diarios que he tratado de respetar cuanto he podido, limitándome a las correcciones y aclaraciones imprescindibles para disimularles (ante todo, soy contador) el carácter disperso con que fueron escritos.
De cualquier manera, entiendo que el presente libro es razonablemente
fiel a las ideas y sentimientos que tuvo el biógrafo don Haro de Bouzúa (padre) cuando escribiera sus apreciaciones, tanto sobre la baba dialéctica como sobre Vitacracia. De mis charlas con su hijo no pueden caber dudas: me he valido de un minigrabador que gentilmente me cedió la Dirección del Departamento de Letras. En esta redacción, asimismo, utilicé la computadora del que fuera mi despacho, pero para
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mi descargo ante las autoridades de esa alta casa de estudios quiero agregar que lo hice fuera de las horas de trabajo.
O
rígenes
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(Escrito que presentó D. Haro de Bouzúa (padre) en ocasión de la defensa de su tesis “El experimento vitacrático a partir de la baba dialéctica”.)
Mi escritura es pausada, en gran parte debido a mi persistente convencimiento
de que escribir las propias disquisiciones –que uno deduce durante el transcurso de su vida singular– para dárselas a leer a otro –que ya tiene bastante con las suyas– no era un menester que me pudiera honrar. Aunque sentía la imperiosa necesidad de hacerlo.
Particularmente, la vida se me ha (re)presentado, a gusto y a pesar, marcadamente agresiva; idea por lo demás compartida mayoritaria-mente. Busqué, como creo que hacen todos, protegerme contra sus excesos. Al igual que lo hiciera mi insigne biografiado, don Isidoro De Lorenzo, también deduje que, en general –quizás absolutizando– la primera agresión condicionante, para que pueda o no darse cualquier otra posibilidad, era la que iba contra la vida misma. Como él, tenía un punto de partida razonable, en el cual, hasta el momento, creo.
Con asiduidad he pensado como absolutamente normal que muchos, quizá casi todos, tuvieran igual creencia. Entonces, ya que las babas dialécticas
literarias y filosóficas –o ambas a la vez– consisten en decir lo mismo de siempre, con distinta forma, yo tengo (como todos) la mía.
Y la digo, la escribo.
Casi simultáneamente, también deduje que no me refería a la manifestación
de la vida exclusivamente –sin atributos– sino a la mía en mi caso; a la que –al menos– suponía que podía yo desear en mí. Y a la que –aunque más no sea por aquello de la ley de la transitividad– los otros podían desear en ellos. Es decir, la vida de cada uno situada en la mejor escala de calidad según su ostentador en particular, sin más diferenciaciones. Porque esas posibles diferenciaciones eran disipadas, primero, por la mencionada idea inicial: si atentasen contra la vida, sea cual fuera el modo de ésta, ya atentaban contra su calidad –sólo dable si, primeramente, se preservaba la vida, como hecho fisiológico.
Segundo, aceptando que vivos (muertos aún no lo sabemos) pen14
samos y sentimos y que, aunque tengamos difuso, incluso confuso, el concepto de felicidad, albergamos el deseo de ésta (por más que Séneca dijera “la felicidad es no necesitar de ella”), éste es un hecho que conlleva
a calificar la propia vida. Lo doy por real, sin preguntarme sobre cuál es la calidad deseada por cada uno ya que es lo que, apenas arriba, mencionaba como difuso y que, por lo tanto, difícilmente se podría hablar sobre qué calidades satisfacen a cada uno, incluido yo mismo. De ahí que sólo atinamos a enunciar la vitacracia como el poder de la (mejor) vida, diciendo que, a partir de esta idea inicial (nunca hasta hoy –nos consta– bien respetada por los gobiernos de la Humanidad) se desprenderían todas las siguientes, de diferente manera que lo que lo vienen haciendo hasta la actualidad. Al menos, siento que nadie puede afirmarse en contra de algo tan simplemente obvio.
Parecería ser que nunca el Hombre –tanto en particular como en grupo social– se haya concretamente propuesto realizar esta idea, pese a todos los indicios, de cualquier índole, que afirmarían lo contrario (“no matarás”, mandamiento). O, al menos, la Historia demuestra que no lo consiguió. (“El hombre no está honestamente interesado en su vida...”, como dijera don Isidoro.)
Estando confundidos, pero aún constatando que aquel propósito no se cumple –siendo un punto razonable de partida–, estimo procedente plantearlo, pese a su aparente obviedad. También fue “obvio” Descartes con su “pienso, luego existo”. Como desde hace un tiempo digo, yo parto de más acá: “existo, luego pienso”. Naturalmente –en absoluto– queriendo contradecir, sólo complementar, entre otros y todos, debido a que la verdad, por supuesto, es una sola, pero infinitas sus versiones.
La justificación de este incumplimiento –se ha dicho– reside en la innata
agresividad humana (“después de todo, somos unos animales más, racionales, pero animales al fin”). Sin embargo, los indicios del deseo del hombre son constatables, por lo que éste estaría en contradicción permanente consigo mismo, planteando utopías irrealizables e intuyendo que es capaz de llevarlas a cabo. Ante la necesidad de optar por alguna de estas posibilidades (“el hombre es capaz de todo”, refranero popular)
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me inclino hacia la última. Hacia la posibilidad de que el hombre sea capaz de plantearse lo que he denominado vitacracia.
Desconozco si para lograr este entretenimiento vital se deba, hipotéticamente,
crear escuela de lo que estamos escribiendo, o convertirlo en una filosofía, religión o teoría subversiva. Seguramente, la idea debería prosperar colectivamente.
La literatura es, en mi caso, muy lenta. Siendo así, muchas ideas o se demoran o no encuentran jamás su tempo literario. Por eso, las formas de este trabajo han sido modificadas en el –seguramente peculiar–
sentido mío de lo ameno1.
Yo tengo, por supuesto, mis influencias –la socrática, la cristiana, la nietzscheana, la anarquista, entre otras– las cuales, obviamente, pueden ser enumeradas como fuentes del concepto vitacracia –sin con ello insinuar que sean fuentes vitacráticas– que, reunidas con otras –Cioran, por ejemplo– de la baba dialéctica (en su sentido del fin destructivo
a que se aboca –parafraseando a De Lorenzo2) conformarían las imponderables porciones del orígen ideológico del tándem: baba dialéctica y vitacracia.
El propósito vitacrático se nos (re)presenta arduo y peliagudo. Ante tal proyecto, tan obvio como violado, uno parece cansado y/o agobiado de antemano y, ante su sola enunciación, uno parece querer desistir antes que emprenderlo.
Pero visto por el lado bueno, el asunto, así planteado, despierta interesantes expectativas, al mostrarse como algo tan lejano como radical en el comportamiento porvenir del mundo. Comportamiento sobreentendidamente siempre deseado y nunca cumplido. Un desafío al “orden establecido general”. Y, como lo que se enuncia sólo es un razonable punto de partida, el tema queda abierto a todo debate, del cual, probablemente, el hombre sacará nuevos conocimientos –sobre su propio intelecto, entre ellos– en apariencia conducentes a cambiar su forma de vida futura.
El proyecto podría parecer grandilocuente –y no grande, como procura ser– si no fuera justamente por lo tan obvio que es. Agrede en
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forma frontal muchos intereses –los de la guerra, por ejemplo–, lo que a simple vista lo hace inviable. De todas maneras, mientras el hombre
ha cobijado una idea se las ha ingeniado para procurársela, si no por completo, en la medida de sus posibilidades, tendiendo hacia ese ideal. (“Eso ya sería bastante: una luz...”.) Eso sería –como dice Anaïs Nin– la “alquimia” para convertir estos escritos –que de otra manera serían “una baba dialéctica más entre las existentes”– en una que, real, concretamente, nos relativice la angustia.
Cabe agregar que las boutades son verdades obvias (por la lógica o el absurdo) y despiertan la risa y/o la cólera por desesperación y/o exasperación.
Muchas veces, por impotencia, pocas veces por desacuerdo. Toda esta tesis podría confundirse con una gran o nimia boutade si no fuera porque, racional y emocionalmente, lógica y absurdamente, no deja de ser lo que prácticamente sería más consecuente con el más alto y caro presupuesto humano: la vida en su mejor representación.
En uno de nuestros primeros encuentros, Haro de Bouzúa (hijo), me comentó que quienes escuchaban las declaraciones de su padre, naturalmente hacían múltiples preguntas. Este extractum fue hecho por uno de esos oyentes, durante la conferencia que H. de B. (h) dictó en Wettingen (Suiza). Lo transcribo:
—P: ¿Y cual es la utopía vitacrática?
—R: Es luchar contra lo que se opone a la vitacracia.
—¿Cómo es eso?
—Es luchar contra lo que se opone a que uno sea grande en y por uno mismo, en paz con los semejantes y el entorno, que a su vez son grandes según lo ven ellos mismos.
—¿Y la gente se opone a eso?
—Una parte de la gente –de nosotros– se opone. Se opone a que uno sea grande humanamente, y que los otros lo sean, en paz, hasta morir de muerte natural, o accidental –incluyendo en accidental la
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pasión–, pero nunca institucionalmente. Por ende –menos aún– institu-cionalizadamente.
—¿Y qué parte de nosotros quiere eso?
—Nuestra hasta ahora nunca elaborada baba dialéctica.
—¿Y qué es lo que procura esa parte de la gente?
—Esa parte de la gente procura que seamos uno más, uno más indefinible,
inadvertido, masificado, para vivir y para morir.
—¿Puede explicarse mejor?
—Creo que no hace falta –porque todos lo entendemos– pero creo que puedo explayarme.
—A ver, hágalo.
—Vitacracia es ser uno mismo, uno mismo sin atentar contra la “legabilidad” social –la moralidad sobradamente sobrentendida. Sin atentar contra cada una y todas las leyes, pero ser uno mismo.
—¿A eso se opone esa parte de la gente?
—Sí, a eso se opone la baba. Quiere que uno sea uniformado. Y uno, para ser, tiene que no ser uniformado.
—¿Cómo se es no uniformado?
—Siendo uno mismo, se es vitacrático siendo uno mismo.
—Parece como si hubiera dicho todo y no hubiera dicho nada...
—Exactamente, uno es todo siendo diferente y dejando serlo, sin que se note. A eso se opone la baba. No permite que uno sea diferente. Ser diferente es ser glorioso, es ser eterno, es ser notable, y eso hasta ahora ha sido pagado, incluso, con la vida.
—¿Así es la gente?
—No por maldad. O sí, por maldad. Por una maldad insatisfecha de uno mismo, la cual, cuando maneja poder, atenta contra el prójimo.
—¿Y contra uno mismo?
—También, pero así es menos relevante...
—Para el prójimo...
—Exacto.
—¿Puede seguir explayándose, por favor?
—Gracias por permitir explayarme... pero caigo en las profundidades
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de la baba. Ser más grande es para pensar... no solamente pensar...
—¿En qué consiste todo esto?
—En lo que usted sabe y no quiere o no puede reconocer. Quizás para que yo lo diga. Y, quizás, para que yo pague el pato de mi expresión,
babosa expresión sin contenido. Ser libre es ser uno mismo, a pesar de todo.
—¿A pesar de todo?
—Sí, a pesar de todo ser uno mismo. La gente no tolera que uno sea uno mismo, no tolera la diferencia notable, la diferencia emergente, luego –en forma consciente o no– tolera su represión.
—¿Y usted cómo quiere ser?
—Nadie quiere ser necesariamente diferente a la gente: yo quiero ser yo mismo...
—¿Y en qué sería diferente a la gente?
—Diferente a la gente es ser ya el que soy.
—Mire, señor secretario financiero —recuerdo que me dijo, como confidencialmente, el profesor Bouzúa una noche de domingo en la que yo estaba en mi despacho, enfrascado en el Balance Mensual de Sumas y Saldos—, mi padre sostenía sus ideas en ciertos elementos vitacráticos –así dio él en nombrarlos– que creo explicados en este texto de la biografía que escribió sobre Isidoro De Lorenzo...
No hago más que transcribir:
Novísimas3 consideraciones sobre cierta afortunada definición en la memoria del biógrafo de D. Isidoro de Lorenzo (por H. de Bouzúa –padre).
Isidoro De Lorenzo definió, en el siglo pasado y para un diccionario de frases, el cual de ninguna manera (que se sepa de certera fuente) mandó a elaborar la Academia de Letras, el significado de “baba dia-léctica”.
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El texto –manuscrito y descubierto hace sólo horas en cierto tragaluz
de nuestra Biblioteca Nacional –actualmente, y como sabemos, en restauración –lo cual, sea dicho de paso, ha hecho posible el hallazgo– expresa lo que, a continuación, se transcribe textualmente:
“Baba dialéctica: dícese del defecto (o cierta rara necesidad humana) de hablar en abundancia con sentido dudoso o inexistente”.
De Lorenzo, sobre quien mucho hablaron los críticos de la época y el cual animó más de algunas polémicas literarias –con el éxito que perdura y le respalda–, no quiso dejar de analizar, en separata, su breve definición.
No vienen en este momento a mí las razones que pudieron llevarle a abundar sobre algo tan inequívocamente conceptualizado como es su excepcional definición, la cual está interesando curiosamente a nuestra –penosamente escasa– colectividad filológica, pero, es un hecho, que se explayó: consta que el manuscrito no es apócrifo y que tampoco se halla adulterado. De Lorenzo se extendió de la siguiente manera:
“La baba dialéctica es congénita en muchos. La derraman asiduamente,
con intención o sin ella, pero con energía. Creo que la ofrecen con el convencimiento de estar dando cierto bien. A veces –así mismo– lo hacen sólo deportivamente.
Pocos son los no babeantes. Otros, de los que desconozco su número, tragan su baba (o –acaso lo que no es lo mismo– se la hacen tragar).
Esta baba ha sido frecuentemente comparada con el término “ver-borragia”, equiparándolos, haciendo de la frase que analizo y del mencionado
sustantivo, sinónimos (hecho por cierto no real, confusionista). Remito a aquellos interesados en “verborragias” al Diccionario Kaprt, publicado en Rotterdam en 1776, el cual posee magníficas definiciones.
(El anciano Sr. Goñi, bibliotecario en la Avenida de los Héroes de Oroño, Nº 314, de nuestra ciudad, permitirá en todo caso su consulta refiriéndole que se ha llegado de parte mía.)
Baba dialéctica es el hecho/consecuencia del factor existencialista del Hombre. Procura una gama de metas, pertenecientes todas a un mismo fin, a saber: intenta tender comunicaciones interpersonales y, en casos singulares, contactos persona/masas (siendo la inversa menos
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frecuente, aunque posible); persigue asimismo autocomunicación en los individuos y –préstese debida atención–, el autoconvencimiento, íntimo, de cada ser. La baba dialéctica no disimula su intención de convencer –dar a conocer, informar y hacer aceptar–, pero aquí es imprescindible puntualizar que no son pocas las ocasiones en que esta meta, llamémosla de adoctrinamiento (en cualquiera de sus grados y tendencias), está profusamente entremezclada con aquella otra, ya enunciada, del autoconvencimiento. En mi opinión, el hecho es normal, ya que si la baba dialéctica llega a inundar, penetrando en el/los interlocutor/
es, el babeante aceptará la falacia de creer que si otros creen él posiblemente pueda creer en sí mismo (lo cual, obviamente, es lo primero que procura alcanzar, ya sea solapada y vergonzosamente, para vencer el corriente, frecuente, nihilismo humano).
Otra de sus metas es la de “matar el tiempo” (por enunciarlo apresuradamente).
El hombre normal, en apariencia, no está suficientemente capacitado para vivir su vida. Puedo aventurarme al respecto e insinuar –con posible ligereza y evidente insolencia– que, simultáneamente, el hombre no está efectiva, honestamente interesado en su vida. La acepta con la displicencia que obliga el desconocimiento perpetuo de su origen y devenir. Es esta meta, y no otra, la razón de ser de las babas dialécticas filosóficas y religiosas, que tanto procuran hacer llevadero el tiempo como dar luz, sobrevivencia –renacimiento– a la hora de la inexorable Muerte.
Otra meta, más sutil y despreocupada (por decirlo con sarcasmo, que me agrada como la ironía, para referirme a aspectos que son más o menos irritantes) es la baba dialéctica orientada al egocentrismo narcisista y a la demagogia socio-política. Los políticos se babosean, desde sus estrados y sobre sus votantes, con incólume constancia e inequívocos propósitos: los poderes y la Gloria.
En otro orden, los señores, señoras, niños y niñas, cualquiera sea su estrato humano, comparten, regalan, hasta prestan casi graciosamente, sus babas dialécticas sobre no importa el tema objeto de sus baboseos (aquí se explica entonces el párrafo anterior, donde considero posible
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el uso deportivo de la baba dialéctica).
Las metas que he enunciado son sólo aquéllas pocas que en estos momentos montaron el camino de mis pensamientos, razón por la cual no admito se consideren las únicas. Muy lejos de esa idea, estoy abierto
a aquéllos que, a tiempo, considerando mi edad, me arrimen otras posibles sugerentes metas, que me regocijarían tal como a un singular pirata, un singular tesoro humano.
Deseo finalizar ya este entretenimiento, por el día de hoy. Además de mi cansancio y lo avanzado de la noche, mi fiel Fermina está ya aquí, a la izquierda de mi escritorio, con mi habitual taza de manzanilla y bromuro.
Entonces, tan sólo unos últimos párrafos para comentar el objetivo absoluto a que se aboca la baba dialéctica: vistos algunos de sus modos, cualidades y usos –que le atribuimos como innatos– el fin supremo de la baba dialéctica del Hombre –obviando plazos y grados de conciencia individuales– es la extinción de nuestra especie (por especie entiéndase Humanidad).
Soy sensible a reconocer que mis palabras puedan considerarse –en una primera visión– sensacionalistas y sin fundamentos satisfactorios, pero ello es tan sólo la defensa natural ante el miedo, que siempre bloquea a la Verdad.
Tal vez, en otro siglo, alguien dirá que el mundo comenzó sin la raza humana y, en cierto día, continuará sin ella. Estas palabras no son mías, son del futuro. Es por ello, porque todo debe decirse a su tiempo, que no quiero me las adjudiquen jamás. Un plagio sería (aunque por cierto muy singular) y eso riñe con mi carácter.
Finalizo, antes que el bromuro me lleve a descansar de éste, un día más, insistiendo: la baba dialéctica tiene sus metas y su fin. El fin es el Fin Mismo”.
La frase premonitoria de D. Isidoro De Lorenzo ya ha sido pronunciada
–en los mismos términos– por muchos. Así pues, deducimos que algo se está cumpliendo de sus apreciaciones. Pero no debemos olvidar que durante los últimos años de D. Isidoro éste estuvo bajo atención
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psiquiátrica, por lo que podemos –deberíamos– ser más positivos –optimistas– con respecto a nuestro futuro, aunque nos atemorice el estado actual de las cosas. Debemos asimismo –con respeto pero con firmeza– considerar que lo suyo también fue –en singular manera– su propia baba dialéctica. Sin embargo, cierto es que De Lorenzo jamás aseveró ser una excepción, por lo cual, y en ese caso, sus proposiciones mantendrían veracidad y vigencia.
Al día siguiente, por la tarde (ya que en la mañana de ese lunes no lo pude atender por la inolvidable defensa que hice del Balance Mensual
de Sumas y Saldos ante la –en rigor, poco académica– Comisión Presupuestaria Multipartidaria e Intersectorial del Consejo Superior) yo me encontraba especialmente relajado, por lo que (sólo es una presunción:
por fortuna no soy psicólogo, ni sociólogo) el profesor Bouzúa se permitió hablar un poco de él mismo, cosa que hasta el momento casi no había hecho. Sigo copiando del grabador:
—En filosofía procuro, creo que lo hago —comenzó Bouzúa (hijo)— partir desde donde los demás abandonan, incluido Nietzsche. No sé si por inteligente, más bien por cómodo: por no meterme en lo trillado, según dicen. No he estudiado a fondo, ni mucho menos, las sucesivas filosofías, aunque mi único “sobresaliente” en la Universidad fuera en Filosofía... y no me preocupa. Escrita o no, todos y cada uno de los seres humanos tienen su filosofía. Los otros, los animales para nosotros irracionales, quizás también: lo desconozco, y no me fío de muchos que lo niegan. Es que mi perra Bonnie –como el caballo Chicharrón para mi hijo– fue sensacional, ¿sabe?: toda una filósofa, la boxer... Como en política, “no hacerla es ya una política”, aquél que diga que no filosofa –que es un pragmático a tope– ya enuncia una ideología, una política y una filosofía.
—Quien quiera ser filósofo lo tiene fácil, entonces.
—Pero, honradamente... ¿cómo puedo, cómo me atrevo –sin haberlos
casi leído– decir –petulantemente, dirán, también brutalmente– que
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parto desde donde ellos dejan? Lo digo porque parto pragmáticamente de donde todos toman –tomamos– como inherente y, por lo tanto, como inamovible de la condición humana. Yo procuro partir de la idea de un posible mejoramiento de nuestra vida: yo propongo un punto de inflexión en la condición humana, ¿entiende? Ya lo han hecho, por su parte, todos los filósofos de renombre y también mis compañeros de piso, ¿por qué entonces no podría lo mismo yo?...
—Es decir, usted piensa igual que Isidoro De Lorenzo... y que su propio padre —atiné a decirle.
—Claro, también mi hijo piensa así, ¿usted no?
—Ahora que me lo pregunta, probablemente yo también, aunque antes debo pensar en el Presupuesto de la Facultad para el año que viene: estamos en octubre, profesor. De todas maneras siga, está ampliando los conceptos de don Isidoro y los de su propio padre: veo que usted puede resultar tan útil como ellos para el libro que nos hemos propuesto...
—Gracias...
—Continúe, por favor, que le estoy grabando. Y le escucho, aunque me vea buscar diferencias entre el Debe y el Haber...
—Lo comprendo porque yo también, mientras pinto, suelo pensar en las matemáticas, o en la Física, en tanto escucho qué dicen por la televisión, a la que a veces, buscando imágenes, la miro por un costado
del atril o de la modelo... A propósito, a principios de enero, en un programa el moderador preguntó a sus contertulios qué borrarían –barrerían, dijo– cada uno, del año recién terminado. Y sus invitados se refirieron al rencor, a la corrupción, a las guerras focalizadas, etc... Todo eso está muy bien para barrer, pero creo que no es suficiente para fregar hasta limpiar, limpiar la conciencia que arrastramos desde que el mundo se nos hizo tal... Yo barrería, digo –intentando lo mejor, como supongo procuraban esos invitados– la dicotomía moral entre los hechos y sus explicaciones, en todos los planos, por lo que queda incluida la explicación de que no se puede atentar contra las manifestaciones de vida humana –de quien sea– tanto fuera por acción como por omisión. Pero yo no barrería, a lo terrorista, ningún orden hasta ahora logrado.
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Propongo que el mundo se entienda en cuestiones básicas... como es mantenerse vivos... ¿Y usted, señor Secretario, qué barrería a lo guerrillero,
a lo terrorista de derecha, de izquierda, de estado...?
—¿Yo? No, por favor, qué dice, a mí me gusta la tranquilidad...
—¿La tranquilidad actual? Este orden es el desorden del que le hablo. Diariamente hay, señor Secretario, por supuesto, necesidades más urgentes que el filosofar, como sin lugar a dudas las que atiende la Cruz Roja Internacional... mientras no se corrompan sus funcionarios.
De cualquier manera, la teoría vitacrática atiende necesidades más esenciales –elementales, si quiere–, como acabar con guerras por consenso internacional y cubrir todo el globo con el manto de lo mejor que hemos podido lograr en conjunto –cual es la democracia– y, si eso se hiciera verdad, las atenciones se dirigirían por un camino diferente a los habidos hasta hoy... Ése, creo, es el máximo propósito que nos podemos plantear: todo lo que hay, lo hay si hay vida... en buena forma y fondo. Por eso, la dicotomía existente entre la moral pública y privada es un serio obstáculo, ¿no le parece? (Preferí no contestar.) Las personas elegidas democráticamente –no hablemos ya de dictadores– no tienen muchas de las capacidades que enuncian a través de los medios de comunicación
y según plataforma electoral. Sus babas dialécticas nunca o pocas veces se corresponden con la moral bien entendida, ni –ya en consecuencias concretas– con sus acciones públicas. Hay que volver –o entrar por primera vez– a que los hechos y sus representaciones se conjuguen con una moral mundial lúcida que, al parecer, aún no la profesa nadie más que de la boca para afuera... Ahora mismo cualquiera podría darme la razón.
—Cuente conmigo.
—Gracias, ¿encontró la diferencia?
—Sí, fíjese: de un presupuesto de un montón de miles de pesos eran 0,53 centavos. Parece insignificante, pero no lo es.
—Es lo que yo digo...
—Pero en otro nivel.
—No se crea. Dentro del amplio abanico que va desde el humanismo
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solidario más límpido a la más asquerosa corrupción, muchos se proponen
la democracia. A ellos los valoro tanto como al monstruo stalinista, por ejemplo, como recuerdo, experiencia, memoria... son los distintos representantes de nuestra condición común. Deberíamos, literalmente, la población mundial, terminar de crecer, hacernos adultos. Nuestra condición no nos vale más, nunca nos valió, pero teníamos la excusa de ser jóvenes. La humanidad ya es adulta, quizás no antropológicamente –o sí, da igual– pero sí en lo que nosotros mismos valoramos como historia suficiente como para sentirnos experimentados. Somos muy viejos en la disociación de la realidad simple, precisamente del día a día. O cambiamos el estado de depresión vital o seguimos reventando, hasta destrozarnos con obuses genocidas, siempre bajo el mando de descontrolados diri-gentes. Reencauzamos nuestras agresividades o seguiremos matando... ¡frustrándonos!
Suspendí nuestra conversación alegando que me reclamaban de Decanato.
Al día siguiente, el profesor Bouzúa (hijo) explicó la ideología de sus pinturas ante una nutrida concurrencia de profesores y alumnos de distintas disciplinas. Yo no asistí, porque tuve que acompañar al decano y a la secretaria académica a defenderse de las imputaciones que les hacían casi todos los sectores políticos de la Facultad. Les pidieron la renuncia, pero a mí no, debido a que siempre he sido un técnico neutral4.
Una semana más tarde fueron suplantados por dos nuevos funcionarios,
impuestos por casi todo el espectro opositor, que así pasaba a ser el oficialismo. Fue irrelevante, en todos los sentidos e incluso para mí, porque ya habían pasado cuatro decanos –con sus correspondientes secretarios académicos– y yo de todas maneras seguía allí. Pero puedo también decir que importaba, esa vez me interesaba más que las anteriores
veces, debido al interés que sentía en la escritura de este libro.
Bouzúa (hijo) fue nombrado Doctor honoris causa de la Universidad a pedido de las nuevas autoridades –que así querían captar apoyos– y pese a la ferviente oposición del decano y la secretaria salientes que
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ahora, como oposición, se sentían traicionados por el ilustre profesor. Cuestión –la primera– que hizo que se determinara un calendario de visitas mensuales, dentro del año académico, lo cual –circunscribiéndonos
a lo que nos atañe– posibilitó la inclusión de otros manuscritos y un fructífero cambio de impresiones. Como muestra de ello, para ser fiel a todas las circunstancias, transcribo una desgrabación de una tarde que en principio juzgué destemplada:
“Hoy día ya no se puede luchar”, comenzó el profesor (vi cómo venía y le dejé continuar), “‘ni con la pluma, ni con la espada’. Ya no se puede luchar no sólo porque no se desea luchar. Los oprimidos no sólo no quieren luchar contra sus opresores: hoy ambicionan asimilarse a ellos, y siendo así, los opresores no tienen por qué tener en su seno voces contestatarias a la opresión que ejercen contra quienes, en vez de rebelarse, ansían asemejarse, asimilarse a ellos... Siempre, como ahora, los oprimidos sienten que les rompen el culo” (no dije nada, sólo me limité a levantarme y reponer el papel de la impresora). “Sin embargo, antes, querían hacerle lo mismo a los opresores. Hoy, desgraciadamente, sólo quieren lamérselo. Quizás, más adelante el Che, si es que renace en alguien, sienta moralmente necesario luchar contra quienes le rompen
el culo a sus semejantes... pero por hoy vería –deprimido hasta el suicidio– cómo algunos gozan con la penetración.”
Como al lector, me pareció muy fuerte pero, para no empeorar las cosas, sin comentarios sólo le ofrecí un vaso de agua fresca, que bebió, creo, con amargura. Y continuó.
“Hoy no hay ideales, sólo realidad, terrible realidad. Y todos los proletarios del mundo, en vez de unirse contra el enemigo, quieren desertar
y casarse individualmente con él, aunque tengan que prostituirse, corromperse como sea. Hoy sí, más que nunca, ‘los pueblos tienen los gobiernos que se merecen’. Manadas torpes queriendo aliarse con los primeros más fuertes, pisoteando a sus propios padres, hermanos, hijos y compañeros. Como usted sabe, señor secretario, la inso-lidaridad y
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el individualismo no son patrimonio exclusivo de los poderosos sino también de los paupérrimos... que no tienen más que hambre para mezquinar. ¡Chorros de baba dialéctica justificando lo llanamente injustificable!
Todos –en su riqueza o en su miseria– pitorreán-dose de sus semejantes, considerando molestas las sensibilidades humanas. Todos somos iguales, sólo que con diferente suerte o capacidad especulativa. Ahora ya no hay injusticias, sólo oportunidades, destino. Mejor que la confrontación para hacer valer los valores naturales propios es la transformación, el travestismo moral, integral. Los revolucionarios de hoy no son más que consumados transfor-mistas. Antes de reivindicar el ser sudaca, negro o magrebí –entre otros– mejor es esconder, disimular la condición, hasta mimetizarse entre los poderosos. Pero es un camino imposible. No todo el Tercer Mundo se podrá mezclar y confundir entre y con los desarrollados. Y los hijos o nietos de los transformistas de hoy –la Historia va rápido– los que muerdan el polvo inocentemente, saldrán nuevamente vociferando contra los opresores. Y un nuevo Espartaco, un novedoso Jesús, un nuevo Guevara, rebobinará, una vez más, el video de la necia, estúpida Historia Humana.”
Me mostré muy impresionado –creo que él lo estaba. Nos despedimos
con seriedad y formales muestras de afecto, lo que llamó la atención de ambos. Considero que las amistades nacen cuando se comienzan a compartir las miserias. Por eso, yo no soy persona de tener muchos amigos.
La siguiente vez nos mostramos proclives a disimular los dichos de la anterior, por lo que yo aduje estar más ocupado de lo que realmente estaba. El profesor Bouzúa (hijo) alegó “sentirse un poco abrumado” y, dejándome el fragmentado escrito suyo que a continuación reconstruyo, abandonó rápidamente no sólo mi despacho sino también la Facultad.
Los estómagos de la vaca5
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(...) Cuando se conoce y se sabe aplicar la baba dialéctica a su vez se sabe, en el oscuro pozo que se nos suele (re)presentar la existencia, distinguir por dónde transcurre la vida y por dónde su baba. Lo recién leído no se diferencia de cualquier otra baba más que, en ésta, se la acusa. Se usa a ella misma para denunciar(se)la. Pero no basta con la denuncia si ésta no ofrece una respuesta alternativa. Toda destrucción es una creación (y viceversa). Así como se va destruyendo lo negativo de la baba dialéctica, se va creando un (su) sentido positivo. Se va creando vitacracia. Destaquemos como cierto y paradójico que no poseemos otra herramienta que no sea la propia baba dialéctica para, precisamente, luchar contra ella. Por eso es menester proclamar a la vitacracia como –en parte– baba dialéctica capaz de autodes-truirse. Si el objetivo absoluto a que se aboca la baba dialéctica es la extinción
de nuestra especie, es ella misma, en su negación, en vitacracia, la que puede tender a su fin opuesto, al respeto, ante todo, de la vida. Sobre vitacracia es absurda la discusión de su (im)posibilidad, ya que si nos introducimos en imitación de los habitantes de Bizancio en la discusión referida a que si ambos casos son o no comparables, si la comparación
es significante o cualquier otra disquisición, hemos también de zambullirnos a considerables profundidades de la baba dialéctica. Entonces, rauda y a todas luces, debe emerger la vitacracia (también, como la baba) como otra “categoría en permanente construcción, con un dinamismo definitivo para desarrollarse de continuo”.
Racionalmente no puede ser defendido lo desconocido. Emocio-nalmente sí, cuando se tiene una excitadora noción de la posibilidad de su existencia...
No tenía noción, noción de nada. No existía el tiempo real ni el relativo. Vivía sin nociones. Vivía pasando, vivía instintivamente, sin conciencia. Desde luego, nosotros vivíamos esperanzados en representar
cierta noción en él... Cerca de su muerte vislumbramos en él cierto entendimiento personal. Ya tan viejo nos parece que a su muerte
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comprende que serán dos los que se marcharán: uno, aquél que nunca estuvo con nosotros, él, en quien no habitó noción alguna, y otro, el que escribe estos párrafos, el que quiso con toda constancia estar entre nosotros.
(...) Esto es, ya sería un impulso. Es suficiente con entender que la vitacracia abarcaría a la democracia, al autoritarismo y a todos los otros términos que se vuelven grotescamente poco ambiciosos, en sus concretos significados, ante su comparación –aislada o sumada– con el de vitacracia. Los abarca y gozosa los contiene a todos, ya que, ninguno de ellos podría darse en un contexto en donde no primase el concepto inaugural de “vida”, como primer y único origen de cualquier otra, secundaria y subalterna elucubración mental o material; la cual, al no tener alterado su primer y único mandamiento –vitacracia: gobierno
de la vida– ya se permitirá hacer secundarios entretenimientos dialécticos –siendo como más alegre, si se quiere– y correspondiendo categorizar estas ya ulteriores interrogaciones como “momentos recreativos”...
¿Por ejemplo?: vitacracia igual a amor libre... Diver-timentos sin consecuencias, concretas o conceptuales sobre el instinto social. El concepto fundacional de vitacracia es superador, por decirlo así, al asumir como implícito que el poder de la vida no consiste en que ésta sea venerada cualquiera sea la forma y el fondo de su representación, sino en su manifestación más buena –en este caso “más buena” incluye a “mejor”–, dándose la circunstancia aneja de que, cualquier hecho –ideal o material– que le atente es desechado, de plano, por aberrante y/o degenerado. ¿Cuál podía ser –si no– otra idea colectiva inicial? “Los derechos individuales son también inherentes a la vitacracia”, probablemente
se escuchará, acto seguido. Pero ésa ya será, aunque fuera también acertada, una “segunda” digresión, cuestión que excede más de las posibilidades que de los deseos puestos en estos pensamientos al pasar ya del “know” al “how”. Muchos tienen mucho que decir; lo presiento y lo constato. Por eso, enuncio, como quien arroja compulsiva,
apresuradamente, la última semilla antes de la tormenta. Lo hago
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pensando en don Isidoro, en su último espíritu de confianza puesto en el conocimiento y aplicación amorosa de la baba dialéctica.
“De modo que estamos aquí para celebrar los orígenes de la fe y la confianza. Quiero entregaros los secretos de la constante alquimia que debemos practicar para convertir el cobre en oro, el odio en amor, la destrucción en creación. Para cambiar las crasas noticias cotidianas en inspiración y la desesperación en alegría”. Anaïs Nin.
Unos días más tarde, aprovechando que el gremio no docente se había declarado en huelga y que los alumnos tenían tomada la Facultad,
el profesor Bouzúa (hijo) dijo temer por mi seguridad personal (el decano y el nuevo secretario académico se encontraban –según ellos, acorralados, según los estudiantes, atrincherados– en Decanato) y me invitó a comer fuera. Fuimos a La marina, cerca del Monumento Nacional
a la Bandera y el Concejo Municipal de la ciudad. Saboreamos vino torrontés y rabas, distendidamente. Luego, tomamos café en Aux des Magots, a la vera de nuestro portentoso río Paraná. Recuerdo que, sin encender el grabador, hablamos de gastronomía y de la belleza de las mujeres (temas que, habitualmente, yo no tocaba con terceros, por ocuparse mi esposa de lo primero y por respeto a ella en lo segundo6). Le pregunté por qué razón, ya vistas sus inquietudes y capacidad, no escribía él mismo este libro, y como respuesta me prometió un cuaderno
con más escritos suyos, muchos de Madrid, algunos de los cuales ahora serán leídos.
La vitacracia va más allá de la pluma y el martillo
Lo que nos diferencia de los animales es que podemos dejar más constancia. Nuestra inteligencia –como nuestras manos con dedos enfrentados– es el medio, no la diferencia misma. No es una idea pesimista
ni optimista, salvo la constancia que dejemos (o recibamos).
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Ni las constancias ni la inteligencia nos hacen superiores en el sentido que le hemos querido ver, solamente en doblegar, mediante distintas constancias a la naturaleza toda, lo cual no podemos saber si es un acto de inteligencia, en el sentido que le queremos dar.
Construimos pirámides. En mi caso, sueño con dejar constancia escrita, pero no hago proselitismo de mi idea, primero porque no puedo –no tengo los medios (habría que ver si, teniéndolos, cambiaría de idea)– y, segundo, porque si la idea prendiera y la Humanidad entera escribiera, los escritos mismos acabarían con ella, ahogándola, quedando, eso sí, como constancias que, muy probablemente, después se las comerían los animales, no quedando ninguna constancia. Por lo que ya se ve que las ideas no tienen importancia, sólo si constan. Los escribas y los arquitectos están en apogeo, pero no necesariamente más felices.
Deleuze se acaba de suicidar, pero antes, con su Anti-Edipo dejó constancia de que Freud podía ser discutido. Sus babas dialécticas, sus constancias, los elevaron al parnaso. ¿A qué genio le toca ahora? La Humanidad Sobrante, quieta y muda.
Amores son amores
No tengo por qué evitar escribir, justamente porque aparece como temerario proponerme algo que reconozco –todos reconocen– como bueno para mí y los demás. No voy a evitar ser demasiado bueno –ésa es mi intención– por temor a que un fanático me mate, torture o mande hacerlo. No veo por qué: siempre hemos dicho que también, en cualquier modo de vida, te puede matar un accidente de tránsito, una maceta que te rompe el cráneo, o un aneurisma.
Ahora no solamente le doy besos a las fotos y cartas de mi hijo, Harito: yo le doy besos a lo que quiero.
Mea culpa
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Entiendo que, si soy publicado, satisfago expectativas de aspectos que aparentemente critico, en todo caso no en sus aspectos editoriales. Dicen que el poder no es bueno ni malo: depende de cómo se utiliza. Mi razonamiento también. No veo por qué el editar libros sea malo, sino todo lo contrario. Puedo criticar que se haga con dinero y otros medios sucios, pero no que se publique, absolutamente todo lo que se quiera, más todo lo que quieran los demás, en igualdad de condiciones. Es básico.
Y con esto me presento a los editores, a ver qué me dicen. Es el momentáneo o definitivo punto final de estas memorias escritas por un hombre de cuarenta años7 no famoso.
La crítica es de una subjetividad tan especial que, si no se tiene una obra (sin importar el momento de su reconocimiento: tarde o temprano, contemporáneamente al autor criticado o años después de muerto éste), si no hay obra –digo– la crítica, si es positiva, no es más que fascinación. Si es negativa, es envidia. Es, casi, como decir que el crítico per se no existe, sino entre iguales, entre pares.
Y quizás mañana, si despierto, piense distinto.
La nueva Condición Humana
El hombre sólo quería ser un buen artista. Entonces, pensó una trama literaria que adquiría más valor cuanto más hablara sobre los tópicos filosóficos. No aspiraba a ser un filósofo. Le parecía demasiado para él. Más que dudar, desconocía sus posibilidades. Anhelaba ser un buen escritor pero no sabía determinar, ni para sí mismo, ningún nivel literario
a alcanzar, si bien sabía que su gusto se inclinaba hacia los más considerados representantes de la literatura universal. Éstos eran los más grandes escritores, pero no necesariamente los mayores filósofos,
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que eran otros cuyos nombres conocía, pero no mucho de sus teorías. Había algún premio Nobel de Literatura, sólo alguno, importante como exponente filosófico. Le gustaba la filosofía, le gustaba filosofar. Pero siempre con la sensación de que sus disquisiciones ya las podrían haber
hecho otros y que, encima, estuvieran superadas. Sólo sabía –tenía claro– que su escritura era absolutamente singular, necesariamente diferente al no ser copiada literalmente de nadie. Que dijera lo mismo, tal vez sí, pero con otras palabras, las suyas. Eso era literatura, su personal
visión de las cosas comunes a todos.
Por eso confiaba en ser un buen literato. Lo de filósofo lo veía de una forma expectante –incluso vaga– hasta que un día, el primer día que le tocó estar frente a las cámaras de televisión, el entrevistador le preguntó acerca de su filosofía. Trató de corregir por literatura, pero notó que el entrevistador –al entender del aspirante a literato– insistía de manera aparentemente lúcida en el reconocimiento, en el impacto social que como filosofía había provocado su literatura.
“A veces siento que escribo tan bien que me aburro, que estoy holgazaneando”, aparentemente desvarió en voz alta. Se alarmó ante ello y tomó conciencia de que, si estaba frente a las cámaras, era por su manera de escribir pero también por sus ideas sobre la vida.
Se sintió un literato feliz, porque el producto de sus escritos –por algún motivo– había impactado. Reconsideró que sus historias literarias también fueran filosóficas. Aceptó que se le considerase también un filósofo
–que era entonces un filósofo– y se sintió plenamente satisfecho, feliz, acabado en su especial vómito, no en su sentido asqueroso sino en el de expulsar algo que, al hacerlo, satisface, y ya esa felicidad tuvo su afirmación como tal y su negación. Se abría una nueva disyuntiva.
“Ésa es la condición humana”, se dijo. Entonces, pensó qué responder.
“Me da vergüenza”, murmuró pensando que sentía vergüenza por tanto interés puesto en él, cuando él justamente eso había perseguido. En ello había puesto su voluntad. No sentía vergüenza ajena, porque no creía que avergonzara a alguien por algo que él creyera como un propósito sano. Igualmente se sintió agobiado. Quizá no todavía mal,
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pero sí ya en otro nivel. “Ésa es la condición humana”, insistió para sí. Y creyó que ya estaba bien de ejemplos.
El literato había previsto todo lo que ahora estaba sucediendo. A su escrito –su obra completa– lo había nombrado Manifiesto de la nueva condición humana, título que compuso rápidamente, y que estimó justo. Justo para que impresionara más si era meditado asociadamente con el contenido. Luego –siempre a su entender– había visto que, el argumento filosófico producido en su creído hacer sólo literario, cobraba cierta entidad y sentido, comparado con otros ya mentados. Así lo creyó él. No necesariamente lo tenían que creer los otros, pero, dada su situación sobre un plateau, evidentemente los otros algo creían en él, al menos como noticia incluso cómica. Interés existía. Lo había logrado. Además
de otras cosas que supuestamente se pueden lograr –como tener un hijo o plantar un árbol– él obtenía un éxito que sentía muy propio. Su hijo era un logro en la medida que éste fuera feliz (así lo concebía). Pero la literatura –el Arte– era sólo él. “Lo que comúnmente se llama sentirse realizado”, resumió, aceptando un zumo. Pero lo malo –o lo bueno– lo ciertamente bueno y malo, era que él creía realmente en el aspecto filosófico de su obra, tanto como en el que a su estilo literario se refería.
Creía en el contenido. Creía que la condición humana –su representación–
era la que, intentando tan sólo literatura, había explicado; dándose cuenta de que, hasta el momento, él no había sabido qué quería decir –o cuál era– la tan pensada condición humana: invocarla respondía a todo.
Pero ahora sentía que había pergeñado una nueva definición pública,
ella misma capaz de rebatirse en su mismo enunciado, sin perder por ello autoridad. Y su teoría no le pareció tranquilizante. Sabía que el resultado en sí puede satisfacer o no independientemente de lo que lo suscita, porque el resultado ya es una nueva demanda, diferente a su causa. Lo encontró irresoluble. Su propia teoría lo enunciaba y los hechos lo demostraban.
Dejó el lápiz y el papel como literatura, los aplicó a la pintura, en otro
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arte, para ver si éste solucionaba su recreado problema filosófico.
Logró en pintura la misma satisfacción que con la literatura y con la filosofía.
A continuación, Haro de Bouzúa (hijo) había escrito8:
Esperando a Godot, en Paloma
Estoy tranquilo esperando el veredicto de Paloma porque, si ella me acepta, estará bien dado que la quiero tanto como la quería una micronésima de segundo antes de mi singular big bang telefónico, parte del cual explico por ahí.
Estos días me estaré aturdiendo –a mi manera– para no hacer vanas elucubraciones sobre me querrá o no me querrá, qué estará haciendo. Sería como jugar al trivial –física, intelectual y sentimentalmente– al revés: miles de respuestas en busca de una sola pregunta, infinitos personajes a la caza de un autor: me asaltan dos gráficas, instántaneas, posibilidades: a) imaginarte tirada en la cama, no queriendo ver a nadie,
consumiendo tus torrenciales e incontenibles lágrimas, torturando tus entrañas con variadísimas obsesiones alrededor de mi persona; y b) apareces con tu hermoso body negro sin breteles... los hombros, tus hermosos hombros, y la parte de arriba de tu pecho, toda tu espalda al aire, toda al aire, top rematado con flores que parecen naturales... veo que te saborean con los ojos, así, charlando liberada de mí, en pleno rollo con otro. Son, estos dos extremos –estimo– pensamientos que pueden asaltar a muchos hombres que aman a sus mujeres y éstas les han pedido “hasta después de las Fiestas, ni verte ni oírte” para dilucidar, a su vez, si ellas les quieren o no. Y ellos no se desesperan, siguen sus vocaciones y hasta mejoran menesteres, no esquivan a las otras que se les vienen, pero en definitiva no cornean.
No esquivan, porque le pregunté a Paloma si entendía su período de meditación como una autorización mutua –para estar con terceros– y
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me dijo que sí para ti ya que ella no se planteaba, para su meditación, sustituirme por otro cuerpo, porque si decía cuerpo y alma ya no meditaba
sólo de mí. La experiencia me ha enseñado que hay que ser claro en estos interregnos, como en todas las cosas.
Yo quería escribir este libro para dedicárselo a Palo, porque estando con ella empecé a confirmarlo, con su aliento total me vinieron unas ganas bárbaras, inusitadas, de escribir. Entonces, le prometí dedicárselo, a ella en representación de las mujeres, de las bondades y defectos exclusivos de esos entrañables –como todos– seres humanos. Y, por mecanismos propios del entendimiento, sentí que, de esa manera, implícitamente,
se lo dedicaba también a los hombres y, entre ellos, a mí, porque cualquier persona deseosa de ser buen artista, primero –y no es un secreto– se dedica la obra a sí misma para que luego tenga valor para dedicársela a otra.
Concilio Vaticano
El embarazar a la mujer (o al hombre, entiéndaseme) con quien mejor se ha cogido –follado–, haya sido dentro o no del matrimonio, es la culminación –la coronación– del hecho e, indudablemente, un buen comienzo para el hijo –o para la hija, o para ambos, si son mellizos (por ejemplo)– como siempre bien dispone sólo Dios, no yo, Papa de paso.
Roma, año verde
Krishnamurti dijo
“La palabra más implica medida; el mejoramiento de uno mismo implica medida: averiguen si es posible vivir sin medir, lo que equivale a vivir sin comparar.”
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El veredicto de Palo
Estoy en un momento de creída seguridad, en que Harito y yo balanceamos
positivamente nuestra gestión familiar, y en que la filosofía es una de mis otras pocas y plenas vocaciones, y en que la mujer es la completud mutua, y estoy en un momento de creída seguridad en otras muchas cosas más.
No me he vuelto un místico porque ustedes lo dicen. Siento que, contrariamente, he dejado de ser místico del todo y de la nada asumidos para ser como el más humanamente correcto y aceptable realista, hasta con mis ideales fantásticos y mi dieta alimenticia.
Pero no sé qué le ocurre a Paloma, ni comprendo su proceder. Sólo me consta que a mí me ha pasado lo que no le pasa a Paloma, o viceversa.
Por eso, respeto lo acordado y el inminente resultado. Recuerdo coincidir con Paloma y sonrisas en que lo nuestro no era de esta época, sino de la de Alfonso XII, o XIII.
Ahora, voy a llamar a Paloma y tengo que mirar en la agenda porque no recuerdo en este momento su teléfono.
—¿Está Paloma, por favor?
—Un momento. (Lérida o Josefa, apurándose.)
—Sí...
—Buenos días, Palo, ¿cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
—También, me gustaría verte: ya pasaron las Navidades.
—Bueno...
—¿Te parece bien después de comer?
—Sí, te llamo...
—¿Cuándo?
—Antes de salir.
—No hace falta, te espero. Como de costumbre: me tocas el contesta38
dor, estaré escribiendo. Escribí mucho, te escribí mucho este tiempo.
—Bien...
—Hasta luego, un beso...
—Hasta ahora (clic).
—(...) (clic).
Si Paloma me dice que me quiere, le diré: “entonces todo está tan bien”, y adelante. Y, si me dice que no, ya veré. No quiero que me duela o que le duela. Eso al menos pienso desde la carta de Harito9. Mi llamada de Nochebuena a Palo, en este momento, no la siento lamentable: ya lo lamenté todo respecto a Paloma y a mí. En este momento, mi llamada fue de mi íntima Nochebuena. Fue el nacimiento de la prueba, de esos errores excepcionales, que prueban o no la norma. Fue mi personal manera de concebir, estas Navidades, el nacimiento del Niño Jesús, tan tierno: no sabía lo que le esperaba. Si no se prueba la norma, no sé si me haré, de algún modo o tiempo, crucificar y, si se prueba, seguiré encariñado con el Niño Jesús, conmigo mismo, y por eso, por el amor que nos tenemos, por respeto, seguro desearé, al menos, nunca desear que me crucifiquen como a él.
—No quiero seguir.
—Bien, ¿por qué?
—He balanceado los pro y los contra, y lo siento así.
—¿Es decir que el balance que has hecho de mí ha sido negativo?
—(Asintiendo con la cabeza.) Y el mío.
—¿Qué querés decir con “y el mío”?
—Que yo también pensé en cómo soy yo misma.
—¿En cuáles –pocas y principales– cosas?
—En que soy egoísta. Soy egoísta y quiero independencia: he gozado con ella estos días. Quiero estar con mi familia. Quiero ver a mis amigos.
—No sos egoísta... nunca me lo pareciste. De cualquier manera, te creo, te respeto y te sigo queriendo. ¿Querés que seamos amigos?
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—Si se puede...
Se sonreía mucho y de continuo. Se le llenaban los ojos de lágrimas,
como a mí, pero a mí se me quebró –en algún momento– la voz, a ella no. Había llegado con cara muy amarga –como cuando hay que ser hijo de puta con dolor, asco y cansancio– pero tampoco tanto. No llegó linda: estaba muy fea. Pero luego, en el bar, durante la breve conversación,
volvió a ser bonita, tanto o más como siempre. Su flequillo estaba encantador. La abracé como se abraza a una just amiga, al salir. Lloviznaba frío, y me pareció (quizá porque me quería parecer a mí) que en un momento hizo como un acurrucarse muy leve, pero como para sólo demostrar gustar. Le di dos besos fuertes –en la mejilla y en la sien derecha– mientras la abrazaba diciéndole que ella sabía que no era egoísta, que no verlo era ser necio, que ser necio es no creerse a sí mismo, y agregué –ya roto y tartamudeando– que ella seguía siendo
mi reinita (pero sonó distinto). Entonces la solté, besándola en lo gordito de la mejilla izquierda, sin mirarle a los ojos, con los brazos –desabrazándola– la empujé apenas, como galantería, hacia su recién estrenado cochecito mientras me daba la vuelta, y me volví a casa a escribir esto.
Por todo lo cual, creo que Paloma tiene un sentimiento en contra de nuestra pareja, y quiero ayudarla siendo su amigo, incluso si la ayuda consiste en desaparecer.
Ahora mismo, que voy a salir con toda la intención de estar con mujer –cuantas como desee y pueda– no siento necesidad de esconder el cuadrito en donde Palo y yo estamos sentados en la arena de una playa gallega. Verdaderamente, ahora lo único que deseo es tener más hijos –varios hijos, muchos quizás– como lo queríamos con Palo, o lo quería yo y ella sólo asentía. No sé, habría que preguntárselo a ella, pero, ¿quiénes somos nosotros para preguntarle nada?
Yo aún quiero mi interpretación personal de la familia Trapp.
Hoy, al venir Palo, quité los preservativos del bolsillo interior de mi
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plumífero. Ahora los estoy metiendo otra vez.
Es la medianoche del sábado 9.
Acabo de quitar todo: cuadrito, árbol de Navidad, detalles, todo, todo lo que encontré. Por sanidad mental reflexioné, y recién acabo, ahora salgo, a la noche de Huertas, sin buscar esposa pero sí pendejita. Pero qué bien.
Momentáneamente, no siento nada de nada por Paloma. Mañana ya se verá; es que hoy es hoy y, ahora, ahora.
Y ahora que lo pienso de nuevo, mejor voy aquí al lado, a la boite del Pintor, para cuarentonas o más –decadentes– pero que te entienden y les entendés sin mucho hablar. Y si hay alguna que no sobrepase mi edad, como límite insuperable, a no ser que sea la excepción –Miss España Madurada, por ejemplo– y que vaya confiada al grano, me echo un polvete –como dice mi amigo Gonzalo– y así las Navidades estarían honestamente completas.
Arreglé toda la casa, comí bien, todo bien. Tareas cumplidas. A la boite. Chau, hasta mañana, ¡por favor: qué satisfacción!
Y ni boite ni Huertas: dos guapas cerca del portal cuando salía y me fui con ellas, a Archie, para entender tan tarde como a las seis de la mañana del domingo 10 de enero que no eran para mí, no porque tuvieran diecinueve y veintitrés años sino quizá porque me vieron con interés de pasar el rato con premeditaciones. Me dejaban acariciarlas y besarlas, pero no entendernos verbal –y menos espiritualmente– ni lo mínimo complementario.
Me fui solo bufando hasta la Castellana, luego Colón, Goya y hasta casa, la que me alquila mi incondicional amigo Paco García Marquina, poeta que, por su parte, biografió oficialmente al Nobel Camilo José
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Cela, además de presentarle a la que sería su mujer. Me metí en la cama amaneciendo y sin ganas con Maribel Verdú desde sus fotos que –paradójicamente– me regaló Paloma dentro de una revista que yo aún no he leído más que en los ojos de Maribel. Si algún día Maribel me acepta invitarla –porque soy famoso–, le diré que las noches que pasé con ella fueron estrictamente respetuosas y amorosas y si, al ponerle alma a su cuerpo, me parece apropiada, si quiere y puedo, nos damos todos los hijos que soñé con Paloma.
Este domingo, ni de Café Gijón ni de Rastro –ni de aún nada– lo empiezo a aceptar, sanamente quebrado. Gano triste domingo, nublado, frío y solo. No busqué dolores propios ni ajenos y, sin embargo, duele mucho, quebrarse mis convicciones y mis sentimientos, lloro de mucha pena. No me he endurecido, porque en el fondo nunca lo he querido. Y me quiero. Haro de Bouzúa está tan triste y solo, y lo quiero tanto que no puedo evitar llorar. Ya se nos pasará con un breve y rotundo duelo dominical. Te necesito Harito, hoy necesitaría mucho verte y, por suerte, siempre estás.
De cualquier manera, creo que no cesaré, no cesaré –bendita sea– de soñar mi mujer eterna.
Consecuencias
Estoy molido a Palo. Como si me pasara encima una apisonadora, una aplanadora. Creo que es la primera vez que satisfactoriamente me duele un abandono. Pura y exclusivamente porque quiero –o quería– a Paloma, sin relativizantes, ni nada. Sin embargo, Euclides dicen que dijo –y yo lo pienso por mi experiencia– que el lugar que un cuerpo ocupa en el espacio no puede ser ocupado al mismo tiempo por otro. Entre la aplanadora y la realidad no me deja de constar que, por muy aplastado que esté el cuerpo de mi alma, sigue estando, y ya se volverá
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a expandir, porque de él –aún así tan aplastado– este domingo se escapó algo, el aliento, y mañana lunes lo pintaré en un lienzo, en mi Círculo de Bellas Artes. Enhorabuena.
Entonces, me duele pero no sufro.
Sigo trabajando. Sólo me detienen, de tanto en tanto, unas repentinas emociones y llantos, casi sin pensamientos.
Desearía que el libro llevara alguna foto de Harito, y mía. Y de Chicha, grandes saltadores de obstáculos; pero dicen e intuyo que una vez que entregue estos cuadernos a los editores ellos sólo serán sus medios, y sus fines, ya no los míos.
Daré clases a niños, fundamentalmente. Tendré niños en casa.
Hoy, por primera vez, creo yo, he sido más capaz de escribir que de ducharme. Lo haré desde ahora que son las 8 de la tarde, en cualquier momento.
Mi nana
Para apaciguarme más, para dormirme, escucho a Serrat hasta que lo dejo de escuchar porque empiezo a dejar de pensar. A veces, recuerdo,
siempre con cariño, a Borges y a Cortázar, a veces sólo me basta nombrarlos, y a Nietzsche, sólo un flash de su comprensible exasperación,
como a Henrich Böll y, si me pongo triste, escucho Las cuatro estaciones que me llevan con Harito solo amorosamente a Gerona, entre la niebla y el frío, a través de largas rectas y sinuosas carreteras comarcales de montaña, morosa y velozmente, con riesgo y sin él. O entramos al country y nos vamos hasta las caballerizas, Harito se monta a Chicha, y su pandilla y yo lo miramos o no saltar los obstáculos, y
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charlamos de todo menos amargo. O camino al camping Olé en playa valenciana. O miro la cucarda Harito –Chicha celeste y blanca, fijada con chinchetas a mis paredes, cualesquiera sean– y estallo en llanto sin sufrimientos y te digo que ya lo he escrito, Harito. Ya lo he escrito o lo he pintado. Otras veces, escucho a Cat Stevens –su Father and son– y a Lole y Manuel su mariposa reina del jardín que clavaron con alfileres y a Medina Azahara su necesidad de respirar, de despertar cada mañana y lo mezclo con mi madre y mi padre cuando era pequeño, le escucho a Luis Llach L’estaque, a Moustaky El extranjero y a Sui Generis Mariel
y el capitán y veo al hombrecito del sombrerito gris haciendo la cama para dos y me voy desagotando, me voy tranquilizando: veo en los cristales de mis gafas el jardín de las delicias, Klee y los girasoles de Vincent y ya no me altera que la distancia sea como el viento o que Capri se terminó porque está John cantándome Imagine, con fondo de California Dreaming y Blowing in the Wind. Y gracias a la vida, que me ha dado tanto me quedo dormido, duermo sin darme cuenta y no recuerdo mis sueños, cuando despierto, si tengo suerte al lado de una buena mujer.
Las cosas se van precipitando: los periodistas se interesaron por mí, un moderador bastante viejo me mandó callar, ser humilde y no dármelas de genio incomprendido y una argentina que ni quise –ni pude– mirar desde atrás me gritó “cortala”, en una tertulia literaria... pensé en contestarle “sí, Videla”... ganas de llorar me dieron cuando vi que había llegado Torrentito, entrañable atorrante Torrentito (telefonearía
a su Marulu). Al moderador dictador acerté decirle que me creía un genio incomprendido y que si él no se interrogaba sobre el balance de sus años, si se creía genio comprendido o no por él mismo y los demás. Torrentito con Marulu me llevaron a la Pecera, donde sólo me interesó esa hermosa mujer, Lidia Jorge, quién tranqui-lizadoramente –yo estaba temblando– me pidió que le enviara escritos a Lisboa. Y, al rato, nos fuimos Marulu, Torrentito y yo a comer a Patas, donde canta briosa Luisa: le pedí La Reina del Jardín o necesito respirar. Entre
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bambalinas –haciendo esperar a Canal Plus– me cantó cara a cara la historia de la mariposa, y nos abrazamos, con fuerza y cariño. Al salir, me presentarían a Maribel Verdú –que está muy ocupada para darme hijos (al temblar ahora tanto me da risa y más temblores). Todo está bien: Harito vendrá o yo iré. Con Torrentito nos dimos la mano cerrando trato: con proyecto de llevar a cabo la movida cultural interdisciplinaria en Madrid, Rosario, Buenos Aires, Nueva York, Sarajevo, Santiago del Estero... como el Renacimiento, O Warhol, a mi manera vitacrática. Nos despedimos a los abrazos. Y entro a la aspirante marginal Granja Margarita, con sus pósters anarquistas, nacionalistas vascos y bosnios, lésbicos, pacifistas... más otros al estilo, y me enrollo con el dueño, que leía Crimen y castigo.
De esta manera, el profesor Bouzúa (hijo) contestó mi pregunta sobre las razones que le llevaron a no redactar lo que ahora estoy escribiendo y, para mí y en mi caso, nunca me quedaron del todo claras, aunque me terminaran por favorecer.
Fue él quien quiso, en ese momento, abundar sobre el tema, por ya ser una “tradicional obsesión familiar” (sic). Lo siguiente se lo escribió su padre, el biógrafo.
Unas muletas, unas muletas, mi reino por unas muletas
Muchos escritores han ya invocado a deidades para que sus escritos no traicionen sus ideas. Yo también con ellos creo que las palabras y el lápiz son un prisma. Un prisma donde la luz de las ideas y los sentimientos
se desvían, si no rebotan.
En mi caso, como me faltan absolutamente deidades, no invocaré en vano. Humildemente te observaré que en lo siguiente no tengas en cuenta mi literatura –burda sin disculpas– y mires profundamente entre líneas, en mis sentimientos.
Particularmente mis educadores me prohibieron ser distinto. Las
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advertencias solían ser severas, hasta diría amenazadoras. Si no juegas como jugamos todos, tu juego será un circo al que irán todos a reírse de ti. Y hasta tal vez, ni siquiera vaya nadie y, estés donde estés, tu circo no será más que una solitaria casa de locos.
No recuerdo que esos consejos fueran de mis padres o mis maestros –me refiero a las palabras que he usado. Aunque no sé dónde tengo tan arraigada esa interpretación. Dejemos eso.
La felicidad es una ansiedad humana que muchas veces conduce a la enfermedad. Tres mil años (circa) después de Séneca yo necesito angustiosamente ser feliz.
He llegado a la surrealista comparación de la felicidad con uno, o todos, de esos palos enjabonados de feria a los cuales es imposible
trepar. Así, haciendo tan grotesca relación, es comprensible que concluya creyendo que la misma felicidad es grotesca y odiosamente inalcanzable.
Digamos que el hombre almacena distintos alimentos en un estómago
perforado. Efectivamente lo está. Sin embargo, no todos aceptarían decir lo mismo del cerebro. En este sentido, la humanidad tiene un grave problema de estreñimiento en la digestión de la vida.
—Tengo entendido, profesor, que usted frecuentaba una Escuela de Literatura...
—Efectivamente, era mi excusa para filosofar con la gente. ¿Dispone aún de tiempo?
—Todo el que usted quiera, ya sabe como son estos trabajos públicos...
—Le referiré, entonces, un cuento futurista que recuerdo de uno de mis compañeros. Trataré de hacerlo en la forma más fiel que pueda:
La civilización Lunar10
—Nuestra clase de hoy la dedicaremos al estudio de la civilización
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Lunar, de la cual, al menos, tendréis vosotros alguna idea...
—(...)
—Bien, sinceramente deseo que el silencio que vosotros hacéis no se deba al desconocimiento absoluto del tema que analizaremos. Más bien quiero creer que sois unos tímidos que no os aventuráis a –un decir– lanzar la primera piedra...
—(...)
—Pues bien, ya que la clase toda no tiene quién comience a hablar lo hará vuestro profesor, con la modesta esperanza de escucharos algún dato histórico o comentario alguno, más adelante, sobre la civilización de marras...
—(...)
—De acuerdo, he de comenzar...
—Permiso, profesor...
—Con todo gusto, James...
—¿Es cierto lo que dice la Enciclopedia Wast, acerca del instrumento
de tortura y muerte que los... digamos, primitivos hombres de la Civilización Lunar usaban como amuleto?
—Sí, sí, jovencito, es cierto. Ya que uno de vosotros ha osado comenzar con algún punto referente a los selenitas o habitantes de la Luna, os explicaré hoy la inquietud de vuestro compañero James: los selenitas, pertenecientes a una civilización posterior –entre otras– a la egipcia y anterior –asimismo entre otras– a la nuestra, efectivamente adoraban un instrumento de suplicio que, debido a su forma, denominaban
cruz. La cruz consistía –como quiero creer que sabréis– en dos palos cruzados, con una de sus puntas enterradas en la tierra, donde se clavaban personas por sus manos y sus pies, dejándoles agonizar hasta la muerte o apresurando a ésta por cualquier otro modo infame...
—Profesor: ¿así mató la civilización Lunar a ese hombre, de nombre Jesús... o Cristo... en fin, algo así como Jesús-Cristo, considerado una deidad?
—Sí. No os riáis, por favor, que fue exactamente así. Os explicaré: Jesús o Cristo o Jesucristo –no Jesús-Cristo, Jonathan– fue un revo47
lucionario...
—¿Terrorista, señor?
—No exactamente. Mejor dicho un desestabilizador pacífico del orden establecido por la civilización Romana, o sea la anterior a la Lunar...
—Pero posterior a la Griega, ¿no señor?
—Ciertamente, ¡felicitaciones Helena! Os decía que Jesús, por su peligrosidad para el orden establecido, fue muerto en una cruz. Posteriormente,
los selenitas se arrepintieron de ello y comenzaron a idolatrar al revolucionario muerto...
—¿En qué forma, profesor?
—Justamente –entre otros ritos– colgándose del cuello, a manera de collar, una cruz –pequeña o grande, según el fanatismo de cada uno– de variados materiales: oro, plata, hierro, madera... que simbolizaba la culpa que sentían por haber crucificado a Jesucristo, su benefactor...
—¿Por qué benefactor, señor profesor?
—Porque ese hombre era considerado hijo de Dios...
—¿Dios? (Varias voces.)
—Correctamente; los humanos de aquellos tiempos creían que todo era creación de... cómo explicaros... digamos de un “ente” sobrenatural que hacía posible todo lo posible y también lo imposible...
—Pero eso es ridículo, profesor...
—Sí para nosotros, Gabrielle, pero no para ellos, que eran sumamente
supersticiosos y no conocían la naturaleza y la ciencia. Nuestros antepasados...
—¡Eran de muy mal gusto, morbosos!, profesor...
—¡Profesor, aquéllo era como colgarse del cuello, adorándola, una guillotina!
—Es cierto, jóvenes, era como si alguno de nosotros portara al cuello, a manera de fetiche, un instrumento de tormento. Los selenitas lo hacían con el propósito de no olvidar nunca la injusticia que creían haber cometido...
—Pero, ¿la cometieron, profesor?
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—No se sabe. Pero sí se conoce la consecuencia que tuvo...
—¡Se crucificaron todos mutuamente, señor profesor! (Risas.)
—¡Casi, estimado Marcelo, casi!, ya que la culpa realmente los agobió, y terminaron autoeliminándose...
—¿Cómo fue eso, profesor?
—Bien, se estima que fue de la siguiente manera: los selenitas mataron
a aquel hombre, conocido como Jesús –para ellos “la encarnación del dios”– y ya nunca se repusieron del sentimiento de culpa, y tampoco del temor. De inmediato, para siempre, su existencia quedó ligada a este hecho. Y, como invariablemente el temor acerca la causa, todo el desarrollo posterior que vivieron estuvo condicionado por esa “culpa”. De tal modo –nos relatan nuestros memoriosos ordenadores– procuraron placer, hasta alcanzar, a su dios. Se dice que, en un comienzo remoto, anterior al mismo Jesús, construyeron una torre, llamada de Babel, con el propósito de llegar hasta el Cielo...
—¿“Cielo”, señor profesor?
—Sí, Cielo, en donde los selenitas consideraban que habitaba su Dios y donde habría “ascendido” su hijo, por ellos muerto, y también su singular madre. Desde aquel “pecado” (risas) hasta su desaparición, aquellos hombres veneraron la memoria de Jesús e intentaron –como en Babel– acercarse de una y otra forma a él, y a otras deidades afines. Sin embargo, la culpa los embargó absoluta y fatalmente. La Historia nos cuenta que crearon simultáneamente una fuerza capaz de destruirlos
–llamada nuclear– y una precaria capacidad para viajar fuera de la atmósfera terrestre, que los llevó hasta la luna de nuestro planeta. Estas dos condiciones –la totalitaria fuerza nuclear y la “conquista” de nuestra luna– fueron determinantes: parece ser que la búsqueda de su Dios, fuera del ámbito terrestre, y el almacenamiento desmesurado de la vetusta energía nuclear hicieron conjunta eclosión, se calcula que por el siglo XXI de la era lunar, de la siguiente manera: el Hombre había, en la búsqueda exasperada de su Dios, profanado territorio de éste: La Luna...
—¿Sólo “La Luna”, profesor?
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—Exactamente Maite, tan sólo la Luna. Nuestros historiadores han concluido por pensar que nuestros primitivos “padres” idolatraban la Luna –de ahí su nombre (aunque quisieran alcanzarla)– como una deidad comparable, o al menos relativa, a la de Jesús. Por ello, cuando el primer astronauta –después serían muchos los inescrupulosos– osó pisar nuestro satélite, sintieron que habían cometido un doble ultraje: haber asesinado al enviado de Dios y haber mancillado la superficie de la Luna, Su territorio...
—¿Territorio del dios?
—Sí, hijo, territorio ajeno, de Dios. Entonces, los hombres de aquel tiempo no pudieron soportar sus propias conciencias y, con pretextos triviales, con excusas pueriles (como ser la determinación de bloques geopolíticos mundiales), liberaron todas las fuerzas nucleares, exterminando
su Civilización. En otras palabras, el sentimiento de culpa –y el temor– los pudo...
(Timbre).
—¿Habéis comprendido?
—¡Sí, profesor! (A coro.)
De acuerdo, el miércoles entonces nos referiremos brevemente al arte lunar y, para el viernes, vayan viendo algo sobre la Civilización Post-Lunar. Muchas gracias y, al decir de los selenitas: “hasta pasado mañana, si Dios quiere”.
Algo que he podido evitar a lo largo de mi carrera –y de mi vida en general– es el dar definiciones sobre mis reales tendencias teológicas y políticas. Si bien es cierto que ello es así probablemente porque no las tengo –al menos no intransigentes– bien útil me ha sido para no ganarme la oposición de casi nadie (tampoco, como ya he dicho, ninguna importante
amistad). Lo que sí siempre he hecho es mostrarme interesado por las de los demás, ya que es sabido –y no sólo porque me lo enseñaran en la Facultad de Ciencias Económicas– que el conocimiento sobre los otros implica poder sobre ellos. Así es que con el profesor Bouzúa (hijo) no hice excepción y, en su caso, llamó fuertemente mi atención su
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buena voluntad –inocencia, diría yo– para dar abiertamente a conocer sus ideas. A lo largo de nuestra relación, le interrogué sobre los más diversos temas, e incluso, sobre muchos que no lo hice él igualmente se extendió, a mi entender en forma si no ligera (ya que era muy clara su profunda inteligencia), sí alegre, como veo que hace mucha gente de la Facultad de Humanidades y Artes, tan distinta a la nuestra, de Económicas y Estadística. Los siguientes párrafos, que desgrabo y transcribo, siguen siendo cabales muestras de lo que afirmo, y en ellos –como vengo haciendo desde el principio del libro– elimino o reduzco al máximo mis opiniones, justamente por la razón que arriba invoco respecto a la poca propensión que siento por publicitar mis estrictos pareceres personales11. Naturalmente, mi forma de ser –por más común que sea entre la mayoría de mis colegas– tiene inconvenientes que, por ser menores, no dejan de ser fastidiosos, por ejemplo: mi mujer y mis hijos me echan en cara ser tan reservado, pese a que sé guardar perfectamente mis apariencias y las de ellos, asistiendo juntos, con puntualidad dominical, a misa de doce en la capilla del Colegio de los Hermanos Maristas –donde va lo más granado de nuestra sociedad–, confesarme y comulgar abiertamente, y luego departir –con estudiada franqueza– en el almuerzo en el golf del Jockey Club y, ya al anochecer,
unos mates en otro club –el Cuba Libre– para compensar social y profesionalmente. Porque yo nunca he creído en eso de que “quien es amigo de todos no es amigo de nadie”. Más bien todo lo contrario. O al menos eso creía, hasta que concluía este trabajo.
Para darle aún más libertad de expresión, quise encender el minigrabador
sin que se notara. De todas maneras, el profesor Bouzúa –al percibir mi gesto tan cauto– me instó a comprobar que efectivamente estuviera en marcha. Entonces preferí generalidades:
—Profesor, ¿qué me puede decir sobre la aparente contraposición entre individualismo y humanismo?
—El individualismo, al menos, cojea cuando se llega a las necesi51
dades afectivas.
Se recostó en el sillón y entrecerró los ojos.
—Cómo renquea el humanismo si no empieza por uno y sus circunstancias
más próximas, porque, las ultranzas, para serlas, menosprecian a los sentimientos intermedios, estabilizantes de esos extremismos. De allí los tropiezos totalitarios, en uno y en otro sentido. La utopía extrema necesita, a mi entender –condición sine qua non– de utopías medias, caseras, cotidianas. Sin ellas no es posible la final, cualquiera sea. Principalmente,
porque la suma de actos sin atisbos utópicos no tiene por qué, necesariamente, resultar en un estadio utópico, sin construcción utópica o intención de ella intermedia. No se alcanza el fin deseado y, en aras desesperadas de él, el pragmatismo aplicado se vuelve intolerable para el que lo aplica y/o para otros. Se retuercen así los actos por la creciente impotencia para lograr el fin último, el cual se termina por perder –por no lograrse tampoco– y los medios no habrán justificado el fin porque éste habrá desaparecido, y perdido el norte, ya se actúa a las patadas, rabiosa y estúpidamente, para uno y para los demás: donde se manifiesta nuestra necedad... Se pueden tener ideas individualistas, humanistas, conservadoras, liberales, cristianas y comunistas, entre otras, y ser decente a la vez, porque yo, entre muchos, me creo así compuesto y hasta ahora nadie –incluido yo mismo–, encuentra contradicción, sino todo lo contrario, adición, completud.
Muchas veces, creí que Bouzúa (hijo) sabía leer en mis pensamientos,
para luego enervármelos o fortalecerlos, según qué se propusiera. Era traslúcido en sus estados de ánimo, y sagaz en la determinación de los ajenos, tanto individual como colectivamente:
—El grado de felicidad es algo poco debatido en los medios de comunicación, y no por eso menos importante en cada individuo, en cada familia, en cada club deportivo y social, en cada templo... en cada soledad, en cada reunión y en cada relación, es decir, en todo menos en los generales medios de comunicaciones: de cada partido, de cada
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gabinete de gobierno, de cada ministerio pastoral, de todos los poderes que gobiernan ni ellos saben qué, a no ser el poder por sí mismo, en donde ejercen la fuerza –pacífica y violenta– sin llegar –porque no se lo proponen, porque ni siquiera lo desean, quizás no porque lo desconozcan–
al bien social, que no es más que el bien propio. El grado de felicidad –decía– es algo poco debatido y, lo que es indudablemente peor, poco o nada mejorado a través del tiempo, para hacerlo acorde con el grado de confort alcanzado –por ejemplo– por las sociedades super –o más– desarrolladas...
—¿Ejemplos?
—Pues bien, como en nuestros mass media, para que me entienda, nada mejor que ejemplificar: generalizar, dividir y simplificar. En dos partes, esta vez, y como de costumbre. Una, los subdesarrollados, cuya vida es un drama –un drama real, concreto– de sufrir y morirse de hambre, fiebre y tiros, y también un desternillarse de risa, con el candombe, por ejemplo, o haciendo el amor entre los yuyos y admirando “las cosas simples de la vida”; y otra, los desarrollados, cuya vida –al tener tantas cosas aparentemente resueltas– no es exactamente un drama,
sino como un juego. Pero en el juego también se puede ser infeliz, en cualquier juego, hasta en los juegos de niños –los niños suelen ser infelices jugando en la seguridad de su casa y en el amor de su familia, cualquiera sea su status: yo lo fui. Y así, como erradamente algunos mayores no consideran como dramas ciertos juegos de los pequeños, los subdesarrollados no pueden tomar como dramas ajenos los juegos en que les meten los desarrollados, cuando para éstos lo son hasta el punto de suicidarse masiva o individualmente, después de torturar y matar... jugando. Y es por esto último, porque los juegos de los desarrollados
son efectivamente dramas, por lo que éstos no se interesan –ni les importan– los dramas de los subdesarrollados, muriéndose de hambre, y por sus tiros.
Todo es tan dramático excepto tú, Paloma... Así, con esta frase, Haro de Bouzúa (hijo) daría fin, por ese momento, a sus explicaciones
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(es como si lo estuviera escuchando en este preciso momento): (...) No sé nombrar exactamente nada que haya aprendido contigo, Paloma. Pero sí he confirmado un montón. No sé si son suficientes seis meses para conocer a una persona –o un minuto o toda la vida–, lo más prudente
es eso de que nos vamos conociendo a nosotros mismos y a los demás, así evolucionamos hasta morir. Creo que no se conoce, ni en el sentido bíblico ni en el general a uno ni a otro. Luego, ya es así para siempre, por ejemplo, yo he cambiado mucho: hay amigos que todavía no conocen mis nuevas ideas... ¿las conoceré yo mismo?
No soy –o no era– muy afecto a los romanticismos. Estimo que un contador que se precie no puede serlo: románticos pueden ser aquéllos cuyas vocaciones los llevan a ser pianistas o médicos sin fronteras, incluso economistas que intentan desarrollar a un país. Pero un verdadero
contador público no sigue su carrera por vocación –como en los casos mencionados y en otros. La Contaduría no es una vocación, es una técnica para lograr fines distintos a los que la profesión indica, a saber: que el patrón para quien se trabaje pague menos manteniendo apariencia legal: menos impuestos a la Dirección General Impositiva12 y menos aportes a las Cajas de Previsión Social13, entre otras posibilidades a tener en cuenta, si uno es eficiente.
Naturalmente, como Secretario Financiero de una Facultad, no tengo
necesidad de ayudar al Decanato a evadir impuestos ya que –como todos saben– las Universidades no los pagan. Al contrario, ellas existen gracias a la exigua parte del presupuesto que los políticos les remiten del total que les correspondería. Tampoco –contrariamente a lo que se pudiera suponer– consiste mi tarea en abocarme a distribuir fondos, racional y académicamente, según las necesidades de cada Escuela y de cada Departamento, para que desarrollen en forma adecuada sus labores educacionales y de investigación. No, casi para nada: ésas son las funciones formales, no reales. Casi exclusivamente, mi tarea consiste en estar al habla con todos y cada uno de los grupos de poder,
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amigos y contrarios del Decano –y del Rector– y ponerles dinero a las Escuelas y/o Departamentos que cada grupo controla (independientemente,
como digo, de sus concretas necesidades académicas), para mantenerles un humor favorable llegadas las elecciones. Es por todo ello que espero comprenda mi lector que no tengo mucho tiempo para el romanticismo, el cual, en los demás, incluso a veces, me produce hasta vergüenza ajena.
—Si quiere, profesor, hábleme de otras cosas...
—Como quiera: pero de cualquier cosa que le hable será lo mismo: toda baba dialéctica... ganada o perdida según la construcción que logremos.
—Hábleme de otras posibilidades vitales...
Punto de inflexión en la condición humana
—La mujer, por ejemplo, que coja a su hombre y a sus niños y se vaya individualistamente, a lo Crusoe, en busca de un oasis donde vivir con tranquilidad, opta por irse a ese lugar porque piensa que allí no va a tener una relación esquizofrénica con el medio, con sus circunstancias.
Igual la que decide ser urbana y competitiva. Es decir, que el individualismo no está exento de algún entorno, siempre algo selvático, agresivo, incluso el del oasis. De equivalente modo, aquélla que anteponga
soluciones colectivas lo hará en última función por necesidad personal, individual, individualista. Así es que resulta como pamplinesco
el extremismo absolutista, no real ni en su posibilidad creída, un punto necio. En última instancia, la dicotomía entre iluso propósito y realidad, al menos, en un momento, a cualquiera de ellas le obligará a dar una inútil patada de impotencia contra la situación, ya sea porque en el oasis falta agua o sobra sol, y necesita de otras cosas, de otros. O si ve rabiosa que sus acciones en la Bolsa se devalúan y no hay un gilipollas que se las compre, vuelve alterada y amargada a su hogar,
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como la del oasis... El realismo faltante en la conceptualización de su entorno de relación provoca esto, el no tener en cuenta lo de “al pan pan y al vino vino”, de sus abuelos, y el de sus hijos, que se lo echarán en cara. Todos nos decimos, íntima y mutuamente, que en el Cielo al fin vamos a poder comer felices sin un telediario que nos martirice con espantosas realidades manipuladas de agonía y muerte, y todas aquéllas que se fueron a oasis sufren en el deseo de que el mundo fuera mejor y llegaran forasteras que desposasen a sus hijos, y así tener los nietos que desde su instinto más básico desean para que sus oasis realmente lo sean siempre. Soluciones intermedias venimos también intentando, y siempre llegando a un punto cruel, único, consabido, vertiginosamente ansiado, de necesaria extrapolación final de los intereses propios con los ajenos, echándole la culpa necia, burda, a lo de afuera para justificar lo propio, y viceversa, poniendo como mínimo un punto de amargura a nuestro tinglado, una íntima y general inquietud de que algo falta o sobra, que a la fórmula le falta al menos algún signo, que podría y nos gustaría que esté mejor... Mi vitacracia propone apuntar a un grado de felicidad individual y general más alto, sin apuntar a persona alguna en su integridad moral y física, ni a sus intereses. Porque la vitacracia intenta la vida al poder en todas sus manifestaciones, en todos los intereses personales y sociales.
—Mire profesor que en el mundo somos muchos y con muy diferentes
intereses...
—No se debe cambiar nada concreto mientras no le ampare el consenso
de cada una y todas las voluntades, que –a su vez– deben venir avaladas con la tranquilidad y satisfacción de cada uno y todos los sentimientos. Se dirá que es una mera utopía, pero no lo es. Es que no nos tenemos fe a nosotros mismos ni a los demás, tenemos miedo... y es natural. Por eso, la vitacracia se espanta ante la idea de que alguien o algunos la vaya a aplicar. Sólo se serena en la idea de que acuda a cada espíritu hasta anidar en él, como el más caro propósito, un sueño realizable. Hasta ahora, hemos soñado e intentado un mundo de paz a la par que nos torturamos y matamos, hasta por esos sueños. Si con
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la aplicación amorosa de la baba dialéctica –hasta que los hechos se condigan con sus verbalizaciones– llegamos a almorzar felices con las carnicerías humanas de los telediarios, no habremos llegado al punto de inflexión vitacrático, a menos que los niños torturados –por ejemplo– hayan dado y muestren su visto bueno, lo que sabemos muy bien que no es posible: a todos, alguna vez, la puerta nos pilló el dedo. Y nos lo muestran a diario para asustarnos, incluso los directivos de los canales de televisión están autoasustados... ¿Vio?
—¿Qué?
—Uno piensa que piensa igual que los demás y, cuando lo dice, ve que piensa a su manera.
Los hippies de fin de milenio
—Es normal que, ante el panorama, prosperen –ridículamente– solu-ciones individualistas y totalitarias. Unas y otras; ya lo hemos visto a través
de los siglos. Habrá quienes, exasperados y mansamente, se inclinen hacia sí mismos. Y otros hacia propuestas públicas mesiánicas. Siempre ha sido así, recurrentemente, de una manera y otra, no tan diferenciadas si se es observador. El totalitario es el humanista inconveniente. Muchos humanistas –dicen– acaban siendo individualistas. Y viceversa. Y así sucesivamente, sin solución de continuidad. El individualista se retira como Crusoe, o se ilumina, como Jesús o Hitler –sin confundirlos, por favor. La solución individualista, consciente o no, le da de lado –parcial
o totalmente– a la solución colectiva, o colectivista. Igual que el totalitario, implícitamente, somete lo individual por el bien común... Ya ve: es como para renunciar... Cuando Paloma me sacrificó, volví sin nostalgia a los antiguos seres queridos, con quienes nos habíamos dejado por el camino en nuestro afán individualista, no considerando, por el apuro, por la desesperación, que eran los más solidarios con uno mismo. Nos superábamos unos a otros salvaje, humanamente. Mi vitacracia
no quiere ser un extremo ni otro, ni un punto intermedio, sino la
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síntesis, algo que no se conoce aún más que por instinto...
—Excelente, profesor... ¿algún corolario?: se nos acaba esta cinta.
—Resolver sin controlar: bombero no empresario...
—Muy interesante... ¿es filosofía budista contemporánea?
—Muy ocurrente, señor Secretario, veo que me va comprendiendo: si no es inmoral, ilegal, si es bueno, todo está permitido...
—Pero, profesor, ¿qué es moral y qué no lo es?
—Por supuesto que no me refiero a ciertas morales: cristiana, occidental, musulmana, oriental, antigua o moderna. Ésas son o han sido babas dialécticas en estado puro... y sumamente impuras en sus instrumentaciones. Me refiero a la moral que no se explica porque se sobreentiende, sin verbalizar. Si la discutimos ya la desvirtuamos.
—Desvirtúela, pero deme alguna pista.
—Bueno, pero, ¿usted asume la responsabilidad de nuestras babosas tergiversaciones?
—No, entonces no diga nada.
—Hombre, es una manera de decir: no creo que le cueste la Secretaría
Financiera...
—Mire que chollos como éste no se encuentran todos los días...
—No lo dudo.
—Dígalo...
—¿Lo quiere en versión cristiana, ya que estamos?
—Naturalmente: usted sabe que soy católico practicante.
—“El derecho de uno acaba donde empieza el de los demás; el cual, a su vez, acaba donde empieza el de uno”.
—Eso es muy conocido... ¿Eso es ser moral?
—Claro, ¿no se había dado cuenta?
—Siempre lo supe, profesor, quería escucharlo de usted. ¿Y qué es bueno, y qué no?
—Bueno es lo que nos hace bien –lo que nos gusta–, sin hacerle mal –sin disgustar– a los otros. Y viceversa.
—Así de simple, ¿no?
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—Por supuesto.
Durante el verano argentino, Bouzúa (hijo) estuvo dictando conferencias
en España y otros países del Hemisferio Norte. Tiempo que yo aproveché para poner al día temas atrasados de la Secretaría Financiera
con personal que, temeroso de las nuevas leyes de flexibilización laboral y despido libre, quisieron hacer buena letra renunciando a sus derechos vacacionales, ahora “optativos”. Como con mi sola presencia en mi despacho los empleados hicieron todo –incluso el símil de mi firma– yo pude dedicarme a escribir este libro y, fundamentalmente, a meditar largas horas sobre lo leído y escuchado de los Bouzúa.
Al comenzar marzo me llamó a despachar el señor Rector, a quien se le aproximaban las nuevas elecciones y quería ganarlas o, en su defecto
–como dijera el general Franco– dejar todo atado y bien atado, con el inocultable deseo de no perder poder, desde dentro o desde fuera del Rectorado. Autorizó nuevos viáticos para varias eminencias –entre ellas Bouzúa (hijo)– con el fin de impresionar en las postrimerías de su mandato, y me comisionó para hablar con el ex decano de Humanidades
y Artes, con el fin de indagarle sobre la fidelidad que le guardaría en caso que le postulara como su delfín ante el Consejo Superior y la Asamblea Universitaria. Valorando la maniobra, algunas eminencias aceptaron y otras no. Dado el proverbial despiste para este tipo de asuntos,
el profesor Bouzúa (hijo) aceptó, agradeciendo como siempre la atención que le dispensaban a su entender bastante injustificadamente. El ex decano –viendo que por esos vaivenes inusitados de la política podía volver a la arena– me solicitó que le jurara al señor Rector que –si lo postulaba como su sucesor– podría contar con él como su más fiel servidor, una vez le traspasara el mando. Raro en mí –creo que fue la primera vez–, le pregunté si, llegado a ese cargo, olvidaría rencores hacia el profesor Bouzúa (hijo), y también me juró repetidas veces que igualmente contara con eso: que contara con todo lo que hiciera falta. No sé si viene al caso –incluso si no es desmesurado– pero la actitud del ex decano me hizo recordar una de las últimas películas de
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Quentin Tarantino, que fui a ver con María de las Nieves14, en la que un mercenario pregunta a quien va a contratar sus servicios –cuando los presentan, ante todo, casi como saludo inicial: “¿Con qué calibre...?”. En honor a la verdad, pero a una verdad que había ido apreciando desde que trataba con Bouzúa (hijo), debo reconocer que no era quién para criticar a los ambiciosos –hasta ese entonces me enorgullecía de ser uno de ellos– pero tengo bien presente que, por primera vez, sentí que todo era, al menos, desagradable.
Dicho y hecho: el ex decano se convirtió en el nuevo Rector, y no perdió tiempo en tomar distancia de su antecesor, haciendo saber a los cuatro vientos que él no era títere de nadie y, ya en sotto voce (alegando que, si lo hacía a viva voce, la Universidad sería intervenida) que el anterior –a diferencia de él– había sido deshonesto, poco académico y sin honor. El ex rector se defendió acusándole de lo mismo, más traidor
y otras cosas, pero, al poco tiempo, ocupó un cargo equivalente y ambos se amigaron en aras de no dañar la imagen del partido común. Yo pasé a ser asesor privado, manteniendo la Secretaría Financiera, por mis méritos en la operación. El único que quedó indefenso –seguía indefenso– era el profesor Bouzúa (hijo). Y el nuevo rector lo recordó, si es que en algún momento lo había olvidado. Ajeno y a grandes pasos, el profesor Bouzúa (hijo) fue ganando consenso entre el estudiantado y, consecuentemente, más encono entre profesores y autoridades.
En febrero, el diario La Nación de Buenos Aires, en su sección de Pensamiento, publicó la siguiente entrevista con Haro de Bouzúa (hijo), enviada desde París por su amiga y filóloga Mme. Anne Cousquer, quien habitualmente reside en Montpellier y que expresamente se trasladó a la capital francesa para entrevistar a Bouzúa (hijo) y a Héctor Bianciotti,
el escritor de nuestra provincia de Córdoba –no confundir con la española– que ingresaba a la Academia Francesa, siendo así el primer no francés que lo hacía: argentino tenía que ser.
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La condición humana
—Todo está dicho y hecho en la condición humana que, hasta el momento, se ha mantenido invariable dentro de sus variables. Nos recreamos permanente e infinitamente en gruesos o sutilísimos pensamientos y hechos concretos sin modificar nuestras condiciones perpetuas. Si un día las modificamos no seremos más seres humanos. No seremos mejores o peores: seremos otra especie que, a su vez, no podrá mejorar o empeorar si no cambia su particular condición. Sé que no digo nada novedoso, ningún pensamiento nuevo... “En la suma del tiempo y los hombres quizá repito, en una cifra indeterminable, idénticas sucesiones de palabras...”
—¿Esa frase es de Borges?
—No, es mía...
—Disculpe, siga por favor.
—El pensamiento y las demás acciones existen porque es posible no hacerlos. Si alguna de las dos posibilidades de ser o no ser no existiera, la otra no tendría contra qué afirmarse o negarse. Incluso la fe religiosa
necesita de la posibilidad de que los dioses no existan para poder creer en esa imposibilidad de demostración que hace a la fe. Para los creyentes o no, Dios es real no tanto por la posibilidad de que exista –pese a la imposibilidad de demostrar su existencia– sino porque se lo puede pensar.
En cambio, aunque exista no existe lo que no se puede pensar. La imaginación es también un conocimiento cierto. Lo incierto, por mucho que lo sea, es cierto. Si no lo fuera, ni siquiera sería incierto. No sería.
—¿Lo que está diciendo, por lo tanto, es tan verdadero como erróneo?
—Quien demuestre lo contrario me demuestra a mí. Dudar implica tanta certeza como afirmar o negar. Desde pequeño suelo decir que todo es relativamente perfecto y perfectamente relativo, porque siempre he pensado que esa recreación era tan cierta como dicha al revés, como
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contrapunto, e incluso, negando ambos extremos. Si no fuera posible yo no la podría formular, porque no tendría parámetros, ni punto referencial.
Hamlet, necesariamente conocía la posibilidad de ni ser ni no ser para poder extrapolar el ser y no ser en un todo absolutizador que, a su vez, necesita poder ser negado para que sea posible pensarlo. Afirmando el todo y la nada como el absoluto negaba otra u otras posibilidades a las cuales (justamente al negarlas) les otorgaba entidad, aunque no las conociera. Lo que no existe, existe en su forma de inexistencia constitutiva.
Existe al conceptualizarse, aunque ese concepto nos simbolice la completa ausencia de todo, incluso del mismo concepto que, gracias y pese a ello, existe. La nada existe, si no no sería nada... Pensar no necesariamente implica existir, no porque una piedra exista sin pensar –creo que no iba por ahí Descartes– sino porque, que un ser humano no piense –ergo, no exista– comporta la existencia de su inexistencia. Y así sucesivamente, en una teoría más... invasiva que normativa. Todo el pensamiento humano remite a esto: no a mi teoría –mi plagio– sino a la “nada productiva” de toda teoría, del pensamiento per se. Para ser, todo es también lo que no es. Es así –es decir que también no es así– en la mencionada fe religiosa y en las matemáticas: dos más dos es igual a cuatro porque dos más dos también es tres, en el hecho real de la imposibilidad matemática de serlo...
—¿Por qué “teoría invasiva”?
—Ya que en vano se puede argumentar que existe todo lo que se puede pensar –incluso la nada– porque, coherentemente, no se puede pensar la arbitrariedad de tener resuelta ninguna categoría de cuestión, porque resolverla sería demostrar, simultáneamente, que existe la imposibilidad
de resolverla. De ahí Platón en su caverna, antes Sócrates, antes los sofistas, antes otros antepasados... después todas las teorías hasta ésta, que sólo tienen relevancia si pueden ser refutadas –si no, no han existido nunca: no se han pensado. De aquel allá a los existencialistas,
positivistas, a todo pensamiento stricto sensu de hoy... tras la inasible, siempre inasible, abstracción de la perseguida –por anhelada–
“felicidad”, la cual no se alcanza con la estoica “no necesidad de
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ella”, porque –en cualquier caso– ella existe y no existe, sin remedio, al mismo tiempo. Bueno, excepto si nos ampara la necesaria idiotez de los “bienaventurados” de Dostoievsky y Zambrano...
—Es decir, profesor –siguiendo con el análisis principal–, toda agregación supone un nuevo todo, y éste, una nueva negación. Cuantas veces se quiera.
—Así lo creo. Por otra parte –no menos importante–, lo que el individuo
se plantea necesariamente, al llevar del plano mental al práctico sus pensamientos y hechos, es cómo lo interpretará el contexto, los otros, si para bien o para mal. Y es una disyuntiva, si cabe, aún menos posible de dilucidar por el interesado, por su irresoluble estado de interrogación general... Efectivamente, todo es una confusión, como dicen ustedes los franceses, particularizando: “l’amour c’est un malentendu”.
—Y en esto... ¿qué rol cumple la vitacracia?
—Siempre, en última instancia, la respuesta que se le dé a la disyuntiva
estará guiada por una última fuerza instintiva, que en principio puede tanto ser o no vitacrática. Usted sabe, los instintos parecen poder ser modificados, o exacerbados, o aplacados hasta casi el olvido...
—Sí, es la modificación del carácter. Pero el terreno de la personalidad...
creo que se considera inmodificable, profesor.
—Los rasgos modificables lo son en la medida en que, las últimas respuestas, las instintivas, estén condicionadas, por ejemplo, a la de las elementales reglas de convivencia, las cuales, pienso, podemos incluir dentro del instinto de conservación...
—Porque ante todo está uno, ¿no?
—Obviamente: hasta en el hecho de morir por salvar a otros.
La entrevista conmovió no sólo dentro de nuestras fronteras. Muestra
de ello es el siguiente artículo, que hizo publicar la escritora Wara Megías (residente en Madrid) en el periódico de su padre –editor y diplomático– en La Paz (Bolivia):
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Manifiesto de la nueva condición humana
“No hay que descreer de uno mismo. Máxime si uno se considera inteligente.
”Quizás, la inteligencia aplicada sea la inteligencia pura15 a través de la voluntad y confianza en sí mismo; y el talento, con cierta posibilidad,
sea la sumatoria de la genialidad y la constancia, el tesón. Si falta una de las dos, la frustración.
”La ansiedad no siempre es negativa: a veces, es la manifestación sana que desaprueba circunstancias que nos desagradan, sean éstas temporales o permanentes.
”El existencialismo es lo provocado por el desgarro entre la inteligencia
que puramente tenemos y la que, aplicada a todo y cada asunto nuestro, nos da el resultado que nos parece, el creído resultado.
”Según la inteligencia singular del existencialista (no necesariamente superior ni inferior a cualquier otra) lo que se está viviendo y produciendo
no se condice con lo deseado. Siendo lo deseado muchas veces contrapuesto, según la persona sea más o menos ciclotímica.
”Unas veces, así se desearía tener una familia, como otras veces irse de aventurero solitario al Amazonas. Porque ‘quizás allí’ –piense– ‘encontraría
entre los aborígenes más comprensión que la que encuentro aquí’. Y siempre está deseando lo que no tiene. Porque ni él sabe qué quiere. La persona debería optar, inconscientemente o no, por hacer lo que le da la gana, lo que le gusta, sin importar si se corresponde con lo convencional, sólo mientras no atente contra uno y los demás. Diariamente,
esto aparece como vivir el presente sin considerar el futuro. Allí, quizás, está el dilema.
”Generalmente, por educación, contexto social, se debe planificar el futuro: sembrar para cosechar. Ser previsor. Formar una familia, tanto para cumplimentar necesidades instintivas de procreación, como necesidades de acompañamiento por familiares en la vejez. Cosas que
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están muy bien, pero cuyas consecuciones no deben implicar ansiedad, sufrimiento actual. Hay muchos a quienes, en los balances diarios, mensuales,
anuales, de jóvenes a adultos, a maduros, a ancianos, les resulta bien, y hay que alegrarse por ello. No obstante, los hay que intentan lo mismo, los mismos idearios, pero a los cuales la vida diaria les resulta angustiante. Son los que siempre han querido otra cosa, a los que las madres, amantes pero incomprensivas, llaman ‘rebeldes sin causa’.
”Ellos ven bien, y hasta desean ser, el resistido prototipo social, pero –y sin embargo– tienen gustos diferentes. Mientras estos gustos –por muy singulares que puedan ser– no atenten contra uno y los demás, no deberían ser reprimidos, por muy incierto que así se nos presente el futuro. Es un riesgo a considerar, dicen tanto los que cumplen el deseo social como los que no. Yo, a veces.
”Así, la persona no tiene la culpa de nada, aunque la sienta. No ha hecho nada malo, excepto para lo que él quería de sí mismo. Pero no sabía qué quería, ni antes ni después. Sólo cuando lo estaba viviendo dudaba. Sólo en esos momentos podía juzgar esos mismos momentos. Después o antes tuvieron o tendrán sus respectivos momentos.
”Es que uno se puede sentir bien y no independientemente de cómo se planeó. Cualquier inteligencia media lo puede ver. Entonces, para qué tantos preparativos, para qué tanto hacer una vida ordenada según pautas ajenas...
”Se teme el desorden. Pero más desordenadamente se está viviendo respecto de uno mismo. A veces se logra lo uno, a veces lo otro. Pero nunca el entero, porque ya se está deseando uno nuevo. Esa angustia que usted siente, es porque lo que acaba de hacer no es un paso adelante en el propósito de su momento. No conduce a nada, porque hay confusión
entre deseos, desde amables hasta otros que se llegan a repugnar de sí mismos, que se suceden más velozmente de lo que uno es capaz de concretar, por obra o por pensamiento. No hay períodos de duelo
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inmediato, sino que éstos se presentan al azar en el orden del futuro.
”Queda, pues, dejarse llevar por el deseo que espontáneamente se produzca, en tanto no altere a nadie en la medida socialmente establecida.
Aquí cada individuo tiene, al menos, una razón singular en la vida: la suya. Y otra: que esa primera razón es la que importa. Y que hay que ser muy valiente, no necesariamente arriesgado, sino consecuente. Es el conocido sé tú mismo.
”Todo lo cual también debe llevar a la idea de que acabo de decir una perogrullada: babas dialécticas mediante.
”Se puede abundar en el to be or not to be ‘hamletiano’. Es la cuestión de siempre. De siempre, porque es la menos alcanzada en su resolución.
”Cada momento, todo momento que pasa implica, al menos, una nueva disyuntiva, que se puede atender o no. Que se sienta uno bien o no en el momento de acertar una opción prevista ya depende de algo diferente al resultado procurado.
”La cuestión ‘resultado’ de la cuestión ‘propuesta’ ya es una cuestión que a su vez plantea una nueva disyuntiva.
”Para aminorar esta natural condición humana se han formulado las pautas sociales en detrimento de las pautas individuales, íntimas de cada ser. Los anarquistas invocan esta condición íntima. Antes y luego, entre otros, Jesús y Nietzsche.
”Cada individuo tiene su manera de ser, a la que le debería acompañar
su manera de hacer. Los prejuicios sociales y personales implican una falta de valor para superarlos a causa de la falta de confianza en sí mismo. Uno teme que sus acciones se vuelvan contra él, cree que lo decidido no satisface, no porque no fuera lo deseado sino porque ahora se desea otra cosa. Hasta se obtienen sentimientos de culpabilidad, porque se llega a creer que, al no encontrarse feliz con el resultado,
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éste se haya elegido mal, olvidando que lo que ahora preocupa no es lo mismo que lo que originó esa preocupación.
”Y la gente es encerrada por esto. Ése es el problema: que no sólo se puede ser un delincuente e ir a prisión, sino que también se puede ir al psiquiátrico, cuando sus acciones no son moralmente condenables como delictivas pero sí lo suficientemente insoportables como para que también le encierren.
”Se puede ser normal, delincuente o loco. En última instancia, el hombre y la mujer están condicionados al grupo; incluso, cada uno de ellos puede estar a gusto con el grupo y no consigo mismo.
”También están los genios. Los que desmarginalizan la locura y la delincuencia, los conjugantes de todas las condiciones humanas. El summum, que, en su cotidianeidad, no marca ninguna diferencia relevante
con, y entre, los otros mencionados: normal, delincuente, loco (o idiota) y genio, no son más que uno, el Hombre, todos y cada uno.”
Especialmente por los dos últimos escritos transcriptos –el de “La condición humana”, del diario La Nación, y el de “La nueva condición humana”, publicado en El Liberal, de La Paz– se levantaron muchas voces, entre ellas, las de los directores de las Escuelas de Antropología
y de Sociología de las Universidades de Buenos Aires y de La Sorbonne, la directora de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad
de Yale y su similar de la Universidad Autónoma de Barcelona, y los directores de varios Colegios de Graduados en Psicología. Otros estudiosos y escritores también se manifestaron, como el peruano –de origen japonés– Milton Mikono, del círculo intelectual de Mario Vargas Llosa, que al poco tiempo vendría a Rosario a reafirmar los términos de la conferencia sobre neoliberalismo que Vargas Llosa había ofrecido en el precioso marco del Auditorio de la Fundación Astengo, a la cual yo asistiera –guardando las apariencias– con Asunción y María de las Nieves16. De más está decir que el Auditorio estuvo hasta la bandera, con público casi exclusivamente femenino, porque yo no sé en qué
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medida (ya he dicho que soy –o era– apolítico) Vargas Llosa cree en la teoría derechista que en la actualidad tanto pregona –habiendo sido, en juventud, progresista– pero, desgraciadamente, no cabe duda alguna de que las señoras de sociedad, si no le escuchan, o no le entienden, al menos lo miran mucho. Incluso –todo es posible– quizás lo toquen y se dejen por él tocar, que es lo que a mí, en definitiva, me molesta. Quizá –no hago más que suponer17, antes sólo fue izquierdista para no “perder” entre las compañeras –camaradas del mayo francés, por ejemplo– y ahora, por la misma razón aplicada a otras circunstancias, use smoking. Por eso, pese a nuestras idiosincrasias tan distintas, a nuestros modos de vida tan diversos, desde un primer momento me interesó
el discurrir del profesor Bouzúa (hijo), su contenido y sus formas de expresarlo, que me explicaba, con pasión y sin resentimiento, una universal formulación, nueva para mí –y, según todo indicaba, para el mundo– de la condición humana.
Al venir por primera vez en el nuevo año en curso, fuimos a comer, con diversas –abundantes– autoridades de la Universidad, el Municipio,
la Provincia –y del clero y la milicia: infaltables– al restaurante Mercurio, en los bajos de la Bolsa de Comercio. Estuvieron presentes los comandantes de dos acorazados de guerra (sin bandera a la vista –como los buques de los piratas de antaño, por el aspecto de su tripulación,
y el de los mismos barcos, algo decrépitos) amarrados en la zona del puerto que está frente al Monumento Nacional a la Bandera. En el mismo lugar donde, tantas veces anteriores, lo han hecho los acorazados King y Murature.
Lo querían agasajar. Pero a mí me pareció evidente que lo querían indagar. Bouzúa (hijo), recuerdo, se puso muy nervioso, nunca lo había visto así. Bebió mucho. Estimo, más bien, que le hicieron beber mucho: a él todos querían mantenerle su copa llena. Y que luego la bebiera. Y luego se la llenaban, sin respiro. Naturalmente, no grabé toda la cena; sí la consecuencia final. Y quiero adelantar que ella no hizo variar mi opinión del profesor. Por el contrario, incluso lo que la siguiente lectura
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puede al lector –en frío, descontextualizada del ambiente y los personajes
que la provocaron– inducir a opinar, estas palabras borrachas, terminaron por mostrarme, en toda su amplia imagen, a don Haro de Bouzúa (hijo).
Dijo así (sic):
A propósito de conjuras de necios
—Señores, todos hemos visto todo: con el entendimiento, la sensibilidad
y la intensidad que nos son propias, a cada uno. De lo vuestro, ustedes sabrán: hablaré de lo mío. Yo he visto tan inmensas hermosuras y basuras en la vida que me harté. Me harté de las segundas. Antes, usé hartarme alternadamente, de modo que vivía contrastando, y espeluznándome
de dicha o de dolor, que, como consecuencia, me tenía continua,
inconscientemente o a sabiendas, expectativamente en el desánimo...
No hay que abjurar de las propias creencias, incluso de aquéllas como sobre los dioses, y otras que se pueden entender de distinta manera
–tantas maneras como almas haiga18– incluso siendo negadas o temidas sus posibilidades en las creencias de otros, mientras se sepa y conste que estas creencias propias no atentan en actos contra los demás. Teniendo esta certeza por convencimientos personales, pero también y principalmente por otros indicadores que manifiesta la gente normal, no “corriente”, ya que hay muchos diri-gentes y controladores sociales en libertad –sueltos, sin collar– que son muy corrientes, pero poco normales19. Están sueltos por nuestras calles y parques, entre nuestros niños, a quienes pegan y matan desde sus coches blindados, si es necesario,
para no perder el poder... el placer, el sueldo, el pelotazo-retorno,
a costa, no sólo de sus pobres o inexistentes dignidades sino que, fundamentalmente, a expensas de costillas, físicas y psíquicas, nuestras20.
Con innecesaria razón se autodisculpan: ni importa tener moral, menos practicarla, ya que les seguimos votando, desde los griegos hasta el sufragio libre y universal de hoy... Por lo que siguen viciosa69
mente alrededor de la idea de que lo que realmente les pedimos con nuestros retóricos votos –gama total, de izquierda a derecha– son los palos, usos y abusos que desde siempre nos dan: a nuestros hijos, a nuestros ancianos, a nuestras mujeres21... Y si aún así se aburren, derogan
la democracia, aumentando las dosis de palos y tiros22. Ése es uno de los momentos en los que, con desasosegante congoja, rezo23, in my way... Dentro de nada, intuyo, volverán24. Pero momentáneamente sigamos.
Se deben descartar, con la sanidad correspondiente, las creencias y actos inconsecuentes –engañosamente derivados de una consensuada buena fe inicial– que produzcan y multipliquen la imperfección agregada
en cada peldaño que se recorra, hasta el último. No yéndose por las desviantes, decadentes ramas que se entremezclan en cada buen propósito, en cada raíz y tronco, porque son otro tema que el primero, ramas simplemente... No siendo un loco meteorito desprendido del astro correspondiente. Hay que guardar la calma y la alegría así como de igual manera ahora somos capaces de mantener las guerras y las penas... A mí me gusta Nietzsche25. Me gustó siempre, desde chico. Nunca lo vi mal intencionado. Particularmente, creo que Frederich se hubiera vuelto mucho más loco –antes y por matices diferentes– si hubiera visto que se le asociaba con Adolf, con Stalin, con Franco, con Ceausescu, con Videla... matando y torturando, sin norte. Yo lo quiero a Nietzsche, lo quiero en su humanidad desesperada. A él tampoco le gustaban los necios, como igualmente no le gustaban a Jesús: pero yo procuro no perder la paciencia. Ellos ya se refirieron, con las posibilidades
propias de sus particulares babas, a la pérdida de la tolerancia. Lo expresaron muy bien y en ello hicieron que se miraran sus semejantes
–sus soñadas superpersonas: unos en la Tierra, otros en los Cielos. Ante uno como ante el Otro, nos avergonzamos luego tanto, que bajamos la mirada... ante otros diri-gentes. Freddy bien lo percibió, Jesús también: se sintieron culpables de las torturas de la gente, habiendo
intentado justo lo contrario. Se sintieron solos –como yo, como Marilyn Monroe26–, dejados de sus amados semejantes, pensando –quizás como Sartre, cerca del fin de su todo– que se habían expresado
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muy mal, que se retractaban de toda su filosofía –o de algo esencial de su trayecto ideológico–, arrepintiéndose de todos sus “consejos”, posiblemente
de todas sus vidas –o escritos– ejemplares... que condujeron a sus prójimos amados a ser sistemáticamente violados por unos pocos que, para ello, permanente –¡usurpadoramente de continuo!– les invocaban.
Y lo siguen haciendo: realmente únicos satanes que –sabios por diablos, viejos y bestias– bien saben cómo adaptar las babas dialécticas de Jesús, Nietzsche –y quien haga falta– a las suyas, para sus fines27. Pobrecitos que somos todos... amor... ¿follamos?28... A mí me gustaría poder seguir más allá, hasta que la combinación correspondiente, para cada uno, de su razonamiento y de su sentimiento fuera en perfecto equilibrio, como dicen los orientales –pero sin lograrlo ellos tampoco– ocupando –nótese bien que no digo reprimiendo, ni siquiera canalizando–
nuestra natural agresividad –que no, necesariamente, violencia– en una continua, para siempre, divertida tertulia de opiniones y hechos, en un intento, en el único intento, de que los hechos se correspondan con lo siempre propuesto –ya sea expresa o tácitamente– por el común de las gentes... que también son ustedes en estos humanos momentos, hasta que salgan de aquí, para ejercer de diri-gentes... Con que sólo hiciéramos eso –y nos dejáramos de ser tan neciamente estúpidos– ya verían que ni necesidad de matarme tendrían. Al menos, a mí nunca se me ocurrió matar a nadie más que no fuera... ¡usted!... perdón, je je, ¡qué lapsus!29 No, por favor... fue una broma, de verdad: a mí nunca se me ocurrió matar a nadie que no fuera yo mismo –por alguna depresión–
y, muy de vez en cuando, a alguna que otra bestia, por cazar, cuando levantan la veda: cuestión que –imagino– será para ella como para nosotros cuando los diri-gentes nos dividen en bandos para vernos por televisión cómo nos matamos, según las estrategias que les permiten
las normas del Juego de roles y la Supernintendo atómica. ¡Como hacía Galtieri, con un vino en la mano, mientras los negritos morían en Malvinas! ¡Como hacen los líderes serbios, croatas y bosnios –entre Ginebra y Martini30– mientras violan a sus diri-gidas! ¡Equivalente a como hacían algunos curas, dando extremaunciones, mientras Masse71
ra torturaba!... ¡etcétera, etcétera!...31 Pero no lo acuso yo, ni siquiera lo digo yo, lo reconocen los diri-gentes en los Parlamentos, en el Vaticano
–aunque sea quinientos años después– y en todos los diarios piden disculpas... ¡y ya está! Y al decir “y ya está” no digo “y gracias a Dios se terminó”: no, no, al poco tiempo, justamente porque “Dios los manda”,
¡vuelven a las andanzas!... Ya sabemos que tenemos el común instinto feroz de cualquier animal no racional, y más aún, el espíritu criminal que la razón nos perfecciona sobre ellos. Bien, también sabemos
que somos tan cariñosos como cualquiera de los animales, al menos en algún momento. ¿Por qué no intentamos –“por pedir que no quede”– aplicar esa aparente superioridad racional que tenemos, en general, sobre nuestras queridas bestias –como lo hacemos para superarles
en la maldad– para probar qué se siente perfeccionando nuestros aspectos buenos?... “¡Éste se cree Jesús!”, dirán, y me parecería absolutamente
aceptable... aunque quede bien claro que ni me creo Jesús, ni lo soy, ni lo quiero ser: que no me maten, por favor, me muero solo. De todas maneras, que crean eso es mucho mejor a que digan: “¡éste aspira a ser el mayor traficante de drogas o de armas!”, porque eso sí que es imposible, ya que yo podría llegar a ser un mártir... pero nunca un político o un militar. Es decir, cada uno lo ve como puede y quiere. En el puede no hay problema, en el como quiere está la cosa, si su conciencia obra. Es muy íntimo, porque, en definitiva, pienso que se trata de llegar a ser –o a no ser– necio, que es lo primero que intento tener claro... tanto respecto a Harito, a la Literatura, a la Pintura, a la Física... como a toda buena moza32. Como ante ustedes... ¿O creen que he hablado de más? ¿Creen que me he comportado, acaso, como un asqueroso necio?
Con estas palabras la cena llegó a su fin, y yo acompañé a don Haro de Bouzúa (hijo) a tomar aire fresco (“¡fresh air!”, decía Nietzsche, “¡fresh air!” me repetía, durante el trayecto, el profesor) y un reconfortante
café al bar literario Mirentxu, sito a una cuadra –aproximadamente–
de nuestra Facultad de Humanidades y Artes, lugar donde se reúnen
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muchos de sus alumnos, docentes y algunas autoridades –yo no– de la Casa. Gentes muy distintas a las que pueden frecuentar el restaurante Mercurio, gente –como se suele decir– intelectual, bohemia, progresista,
humanista, ecologista, de tendencias artísticas, no ejecutivos como los de los bajos de la Bolsa de Comercio. Allí estaban de tertulia profesoras de Literatura, un doctor honoris causa –catedrático de Arte y confidente de Bouzúa (hijo)– Iván Hernández Larguía33, una antropóloga
–también eximia bailarina y maestra de yoga para parturientas–, una defensora de Derechos Humanos y una dramaturga. También había pensadores, como Irene Fontanarrosa –descendiente de un eminente legisferante y prima de un internacional dibujante cómico (atributos familiares que, según Bouzúa, ella sintetizaba en un grand charme personal), y una activa feminista española, personas que, aunque no del ambiente, al parecer de mucho trato humano, por lo que esa noche, en su afán cognoscitivo, estaban allí. Todo el bar –sus habitantes– recibió con beneplácito nuestra llegada o, al menos, la de Bouzúa, ya que a mí me miraron insulsamente y de inmediato se mostraron prestos a escucharle. Desgrabo, como ya he dicho (y no diré más), únicamente sus apreciaciones, salvo necesarias excepciones:
—(...) No importa tanto que ahora todos aparenten estar a favor del victorioso “libre” mercado –sobre el descalabrado experimento comunista–
porque es una pírrica victoria. La Mujer –en Mujer, naturalmente incluyo a los hombres34– sigue igual de humillada ante la espectacular recurrencia histórica, de sólo renovadas actrices, en una escenografía desplazable pero sólo dentro de un globo, que termina siendo, por recorrido,
viciosamente pequeño; y siempre con un mismo guión, inmutable, por lo que sus protagonistas sólo se renuevan vestuario, no personalidad, ni humor. Entonces, no nos quejemos: nada de lo malo que nos ocurre es “ya intolerable”. Lo fue siempre en irrepetibles ejemplos... equivalentes:
con hachas o con bombas. Incluso con brujos ungüentos y con quirófanos: el grado de felicidad no ha tenido variancia más que dentro de sus límites, entre sus picos y sus simas, en torno a una trayectoria
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con tendencia... absolutamente horizontal. Realmente, no nos consta que la culturalmente singular mujer del espeluznante matriarcado de Cromagnon haya sido más o menos feliz, y desgraciada, que su par de Fisherton35... Suponiendo que algún día nos demostremos que hemos aumentado –o disminuido– nuestro grado de felicidad, reconoceremos un punto de inflexión, positivo o negativo, en nuestra condición. Por eso propongo la reactualización de la sensata utopía, la que no precisa “reformulaciones”, sólo la vigencia de lo consabido. Pacíficamente, para bien de todos, sin excluidos, nos lleve lo que nos lleve, pero desde ahora, desde algún necesario punto de comienzo, cuando el bien es entendido por todos, no por uno, o unos, contra otros... Hasta ahora, los males son las necesidades de los otros, y esto, mientras sea, nos deja con el culo para arriba, como siempre, para entendernos. Y así es muy cruel, así no puede ser. O sí –cómo no– pero en mí... con la opinión que me merece. Ser necio es una posibilidad cierta entre las condiciones humanas. ¿Es necio, entonces, intentar la posibilidad de no serlo? ¿Es un no-lugar?, ¿una insensata utopía? Quizá sí, quizá no. Pero si al menos no intentamos esquivar ser necios, no queramos luego que las guerras no se sucedan, que los diri-gentes no nos corrompan las instituciones familiares, sociales, económicas, cualesquiera sean en Oriente como en Occidente, hoy y mañana, que es nuestro siempre. En ese caso seamos consecuentemente necios, y aceptemos toda la matanza con el fatalismo, más que religioso, humano, que hemos convenido... De todas maneras, diga lo que diga, entiendo que la verdad siempre termina siendo inédita (...)
Lo aplaudieron, claro. Y se fue, con la camarera, que a mí me pidió le prestase el pequeño grabador, por si Bouzúa seguía filosofando. Naturalmente, yo no se lo dí, porque el aparato pertenece, como ya he dicho, a la Dirección de la Escuela de Letras (diplomáticamente, alegué
el hecho de no tener más cintas). Igualmente, ante su entusiasmo, algunos le aconsejaron que llevara al profesor “a desayunar casi sin hablar”, pero otros le alcanzaron un precioso minicomponente –como
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ésos que llevan al hombro los negros del Bronx– y dos cassettes.
Días más tarde, Lara –así se llamaba, o se hacía llamar, la espectacular
camarera– me visitó en mi despacho. Yo la llevé –profesionalmente– al populoso bar de enfrente de la Facultad, al del Centre Catalá, para evitar maledicencias, aunque debo reconocer que, durante los breves momentos que la joven estuvo dentro de la Secretaría Financiera, yo ví y sentí todo distinto. Ya en el bar, me refirió que –desgraciadamente– no me visitaba por algo personal. Todo lo contrario: enterada de mi relación con Bouzúa, me traía una grabación que creía útil para este libro y –a mi entender excesivamente ansiosa– me interrogó sobre la próximas fechas en que el profesor estaría dictando sus clases en Rosario. Luego de aclararme que lo grabado fue producto de una pregunta suya, sobre el autoexilio del profesor, se fue justo cuando yo le estaba por preguntar si no tenía una amiga para presentarme.
Como vengo haciendo, transcribo:
Porteña Jekyll y Galleguito Hyde
—Mediaba la década de los 70 cuando llegamos prepotentes. Según nuestro racismo argentino, todos los españoles eran galleguitos, sin más luces que las necesarias para llevar los libros de un almacén. Nosotros aún no éramos sudacas; como mucho, latinochés36 . Eramos el “no va más” de la inteligencia, cultura y belleza. Altos y erguidos, hasta rubios de ojos verde mar, médicos, psicólogas, escritores... Ser perseguidos por los militares en ciertos casos, llanamente no tener dinero en otros, daba categoría. Nuestro habla cadenciosa rendía a nuestras plantas, loca, irremediablemente, a todo macho o hembra ibéricos, según correspondiese.
Los “gallegos” eran tontos, brutos –cuadrados–, incultos, bajos, regordetes, y con boina... No eran europeos como nosotros. Apenas bajados del avión o del barco, dentro aún de Barajas o del puerto de Barcelona, a los primeros que se cruzaban por el obligado camino ar75
gentino, les preguntábamos: “¡Che, boludos! ¿Saben por qué los nazis, para hacer jabón, ponían tres judíos y le agregaban un ‘gallego’?” Y ellos, apabullados, se limitaban a un: “pues, no, no sé, dime, ¿por qué?”. Les mirábamos con inteligencia superior, largábamos una carcajada que se escuchaba en toda España y les decíamos: “para que las pastillas de jabón salieran cuadradas”. Atónitos, sin comprender, afables, hacían como si no hubiesen escuchado nada, nos daban la bienvenida y nos agradecían los barcos llenos de trigo que les enviara Argentina después de la Guerra civil... Todos los argentinos habíamos leído La metamorfosis,
de Kafka. Para nosotros, pocos “gallegos” lo habían hecho... Fue pasando veloz el tiempo, y esa lectura no nos sirvió de nada. Tampoco El extranjero, de Camus. Ni siquiera El arte de amar, de Fromm. A los gallegos, leyendo o no ésas y otras obras, sí les sirvió lo que ellos mismos significaban: Europa ya no empezaba en los Pirineos, sino desde la Costa del Sol y Canarias. En cambio, la otrora potente Buenos Aires se terminó de cubrir de usureros nacionales e importados, que fueron y siguen desangrando con incólume saña y constancia a la ahora frígida ciudad luz del Plata, y a sus escuálidas –como prostitutas mal atendidas por su chulo– “provincias unidas” del interior. Ahora, las mansiones parisinas de Buenos Aires cobijaban, en sus portales chiringuitos, verdulerías,
con los que los señoritos propietarios tan –y tanto– venidos a menos tratan de parar una olla de fondo redondo, pelado y sucio... Mientras tanto, los “gallegos” fueron dejando de ser “gallegos” para ser “ciudadanos de la comunidad europea”, en una metamorfosis de signo contrario a la de Kafka –y a la de los argentinos. Fueron, con una velocidad, dinamismo y dignidad que sólo el torpe porteño de siempre es incapaz de ver y reconocer, convirtiéndose en atildados hermanos de franceses, ingleses e italianos, entre otros... “El pueblo no olvida”, decíamos en Argentina. Los que no olvidan son los españoles. No se olvidan de Barajas ni del puerto catalán. Y no pierden tiempo: la ley de extranjería que se va aplicando, implacable, en principio contra inmigrantes
no latinoamericanos, ha ido acompañada de una sistemática y paciente denuncia de los atropellos y delitos cometidos por argentinos
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para que, un día próximo, ya confundidos, nos la apliquen a todos, a rajatabla. Progresivamente, los argentinos van dejando de ser simpáticos.
Progresivamente, los argentinos vamos siendo otros sudacas más del montón del saco, donde se revuelven colombianos, bolivianos, nicas y demás latinoamericanos, penúltima categoría inmigrante. Ahora, algunos de aquellos chetos y chetas argentinos, que creyeron meterse el mundo en sus bolsillos, son prostitutos y/o estafadores en poblados españoles. Y es que, una o un argentino que se presie, de nivel –una o uno de verdá, ¿viste?– “no puede” trabajar –honestamente– de empleado doméstico, como hacen los inmigrantes subdesarrollados. Ellos, ni aún estén –corridos por la malaria política, económica y militar–
en las antípodas de Bi Ei se sienten tercermundistas, mucho menos inmigrantes: su casa es el planeta –y en mi cassa mando sho. Además, como son unos ideólogos y financistas bárbaros, les sacan la guita a cualquiera... Por lo tanto, es elemental imaginarse lo que le hacen a un “gallego”. Y a una galleguita, ya no te cuento... Ahora, los españoles dicen risueños, ante la tanguera desesperación y lloriqueo argentino: “¿quieres hacerte más rico?: pues compra un argentino por lo que vale y véndelo por lo que él dice que vale”... La venganza es el placer de los dioses. Y el patético malentendido se continúa. Se continúa en el hecho de que esos argentinos que representaron y representan a la Argentina no son todos los argentinos, ni mucho menos. No son más que ciertos argentinos que por ciertos motivos y posibilidades, han sido padecidos por los pueblos de España. No son, por cierto, mi hermano Mario –el Negro– ni mi cuñada Lucía –Lu–, ni mi madre, ni las señoras y señores, jóvenes y niños del interior de la Argentina, a quienes ni remotamente se les ocurriría atropellar a nadie. Y que tampoco tienen la posibilidad –y, en muchos casos, ni el interés– de moverse de su hermosa y recóndita
Salta, por ejemplo. Ni aunque los corra –como tantas veces– el mismo Diablo. Y patético es el hecho de que los hijos y nietos de los “gallegos” a quienes el descalabro argentino les ha quebrado sus bares de calle Corrientes y que, pese a hablar y gesticular de esa forma tan característicamente porteña, son españoles de ADN con DNI37. Han
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sido educados en lo más profundo del sentir nacional –de Galicia, me refiero–, acudiendo a diario a los Centros y Clubes Gallegos de Buenos Aires; ahora, desesperados, vuelven a la tierra de sus padres –la mitad de su patria– a buscarse la vida, y son rechazados por comportarse argentinamente sospechosos...
—La historia del péndulo, de una, a otra orilla...
—Sí. Y a manera de moño –como broche– los diri-gentes organizan fiesta: antes, llamada del Descubrimiento, ahora, del Encuentro –colas de paja–, para acabar cíclicamente, como todo apunta, a ser del Desencuentro
o, al ligero decir argentino, del Punto Final.
Los autoexiliados
—Soy de los que nos fuimos aparentemente sin ser perseguidos. Nos fuimos por el mundo disfrazando nuestra auto-huida, que era múltiple.
Huíamos de nosotros mismos, dejando sin darnos cuenta nuestros más caros afectos, llevándolos en estáticas fotos con las que levantábamos
santuarios allí donde nos halláramos. Huíamos del espanto circundante, de Falcon verdes de día y de noche cazando a nuestros parientes y amigos. Huíamos de la falta de trabajo honrado, del ingreso argentino a la Humanidad Sobrante. Huíamos del descalabro social, del fin de la familia que nos habían contado. Es decir, huíamos por razones personales, políticas, económicas, sociales y familiares. Pero no éramos estrictamente perseguidos. Aunque nos repatriara el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados –“preferimos repatriar exiliados por razones sociales, antes que a violentos de uno u otro signo”– no nos sentíamos más que exiliados de nosotros mismos. Huíamos a hacer un doctorado, porque podíamos pagar el billete: después de todo, éramos afortunados. Huíamos de un país a otro tramitando
becas, trabajando como camareros en bares y hoteles y como jornaleros en las vendimias y fábricas. Dictábamos clases, vendíamos
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bijouterie... Cuando nos encontrábamos, tarde o temprano, tristemente surgía: “Y vos ¿te tuviste que ir?”, “No, yo no, ¿y vos?” Y si él o ella era un ex-guerrillero –a veces, un represor “caído en desgracia”– la charla se enfriaba: ellos habían tenido motivos “reales” para irse. Nosotros,
no. No nos habíamos ido ni por un bando ni por otro, sino por los dos: huyéndoles. Tampoco éramos de los que se habían ido “para hacerse la América en Europa”. No, nosotros –para éstos– éramos fracasados existencialistas. Y no les desdecíamos, a veces, incluso, se lo afirmábamos. Ciertamente, nos veían –o creíamos que nos veían– como una Humanidad fe fi fo –ni fu ni fa– que, en vez de fanatizarse con uno u otro modelo que, a ellos, otros les echaban para comer, nos sentíamos comprometidos con algo muy raro, singular, si no egoísta: nosotros mismos... No pocos problemas también tuvimos. Y tenemos: el desarraigo es así enormemente mayor al que, consciente o no, la gente naturalmente tiene por el suficiente hecho de vivir para morir –ningún lugar es permanente: el puesto de trabajo y el dúplex para “siempre, siempre” son aún mucho más utópicos que mi vitacracia... Por eso, es que el Cielo atiende, cuando no el Infierno. Nosotros no somos ni ex-combatientes subversivos de uno u otro signo, prófugos o no, hoy democráticos aliados diri-gentes –“si no puedes con tu enemigo, alíate a él”– ni los que hicieron la guita. Quizás tengamos premios académicos,
seguramente nos relacionamos con muchas escandinavas... La exclamación pública, sorda o ruidosa, duele mucho...
—¿Cuál?
—“Qué vivo fuiste... ahora ¡jodete!: no te hubieras ido, y tendrías lo que yo tengo...” Y los ves viviendo entre cuatro chapas, o en una mansión –necesariamente mal habida...
—¿Y entonces?
—Volví porque la añoranza se había hecho irresistible, Harito mayor,
mis mayores, mucho más... Nosotros volvimos muy necesitados de todos ustedes, que nos extrañaban –no lo dudo– pero que también, estando juntos, pudieron evolucionar a través de la historia común, la oficial y la real, compartieron alegrías y duelos. Nosotros, solos con
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vuestras fotos, no pudimos... Después de un tiempo aquí, aplacados, añoramos el mismísimo destierro, la soledad, nuestros amigos de allá, el paisaje rural, urbano y humano. Y, entonces, de nuevo el avión. Y así sucesivamente: “voy y vengo, y, por el camino, me entretengo...”
—¿Cuánto tarda el avión, Haro?
—Toda la vida, Lara.
Muy irónico, muy irónico, che, te felicito
—Entre otras cosas, la ironía exagerada, generalizada –el escéptico
sarcasmo– casi unánime de la Humanidad, a través de nuestros tiempos y espacios, nos ha llevado a borreguearnos por iluminados, y a guerras terremóticas. Quizá por eso crea yo que la ironía es nuestro óxido, ya que, per se, no veo que, necesariamente, el retorcer las palabras,
el doble sentido, y todo lo que se quiera y se pueda lograr, con sólo el habla, sea malo, mientras no trascienda, claro está, de la pura Oratoria. Es como don Isidro De Lorenzo definió –en otras palabras– a la baba dialéctica: en principio, un don y/o tara humana ni buena ni mala, una cualidad, un grado ambivalente de aptitud y actitud natural, como lo es un testículo o la vagina –suponeres. Si el recuerdo de la experiencia me dijera lo contrario, que la ironía –realmente histórica y normalmente– nos ha conducido a profundas gratificaciones, estaría ahora diciendo que la ironía es necesaria para la vitacracia que, en la baba, asentó. Resumiendo, no la desconsidero: no porque quiera o no quiera, no la descarto porque la llevamos en nuestro sentido, suficiente para que sea tan real como vos, Lara, y como yo, dentro de cada uno, y en nuestras interrelaciones, tan real como esta cama. En y con ella tenemos que batallar. El resultado, por ahora, es un punto inubicable de la cifra, desde el fervor de la felicidad hasta el sentir que todo el destino es una ironía...
—Qué borgeano. (Se le oye decir a la estudiante jovencita.)
—Sí, pero matizado. (Se oye que contesta el maduro profesor.)
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Luego, apagaron el grabador, así que, al respecto, no puedo decir más, a menos que use la imaginación y/o mienta. A lo primero, no soy muy dado (ser un buen contador público nacional impone realismo), a lo segundo sí, por fuerza mayor (la vida en sí misma es una fuerza mayor) pero –no sé por qué– en lo relacionado con Bouzúa, no puedo.
Un célebre periodista argentino con título en Harvard, el doctor Varela, me envió a pedido del profesor Bouzúa (hijo) un video de su programa,
correspondiente a la charla que mantuvieron frente a las cámaras de televisión, y que fuera retransmitida a todo el país. Sinceramente, me gustaría poder adjuntarlo a este libro. Si fuera así, los lectores podrían apreciar –en caso de contar con una videoca-setera– no sólo lo que allí se dijo, sino y también las expresiones y otros gestos de dirigentes políticos,
militares y religiosos que el periodista había invitado a manera de público. He visto en las librerías cercanas a la Facultad que, en las últimas ediciones de Cien años de soledad, su autor, Gabriel García Márquez –Gabo para sus amigos, entre ellos Bouzúa (hijo)38– incluye un compact disc con el primer capítulo, grabado por él mismo. Con este antecedente, no parecería entonces descabellado concretar mi deseo. Máxime teniéndose en cuenta que el prestigioso Centro de las Letras Españolas, asesorado por las también serias autoridades de la Real Academia
Española, la Asociación Colegial de Escritores y Traductores, la Asociación de Críticos Literarios y otros especialistas en esta materia, ha mostrado sumo interés en los escritos de Haro de Bouzúa (hijo), por lo que mis expectativas también fueron in crescendo.
Por el momento, limitado, transcribo desde la PC de la Facultad.
Las instituciones y la vehemencia
—No pocas instituciones son creaciones políticas, no ciudadanas. Son las facturas, coimas y cometas, que nos pasan y cobran los políti81
cos por hacernos el trabajo administrativo. Por eso, a mí me da igual si Euskadi es estado soberano o no39, primero, porque la soberanía depende de otras cosas, mucho antes y probablemente de forma suficiente
y, segundo, porque alguien se puede sentir vasco y español: es tener simplemente dos carnets, para mostrárselos a nuestros empleados administradores, porque no saben y/o no quieren –y se lo permitimos– organizarlo mejor. Incluso, puede uno sentirse más, por ejemplo: rosarino,
vasco, argentino, francés, criollo, italiano, madrileño y español, como yo (...)
Análisis mundial
—Nada hay que nos pueda demostrar que un sistema de organización mundial es mejor que otro. Por ejemplo, nada nos puede decir que la organización por estados supuestamente soberanos es mejor o peor que la actual tendencia a gobiernos supranacionales –como la Comunidad Europea o la Federación Rusa– poniendo énfasis en la también supuesta autoridad de las Naciones Unidas –como máxima instancia planetaria. Pero mientras no cambie la mentalidad, en su aspecto más básico y transgredido,
como es el que no se puede ir por el mundo matando, y menos cuando se es gobierno –como tal, no puede dar semejante ejemplo–, no importará cuál sistema de los mencionados –u otros– esté vigente, porque institucionalmente seguirán sucediéndose desde homicidios singulares –“fuerza mayor”, “razón de Estado”, alegarán– hasta guerras –“localizadas”, “generalizadas”– como la historia indica que siempre ha sucedido, independientemente del sistema político internacional habido, incluido el de la globalización planetaria actual, ya que –no hay que olvidar– también, en otros momentos de la humanidad, el mundo gobernado era todo el mundo conocido... Sabiendo que cualquier y todo sistema sería mejorable sólo planteándose el principio básico aludido –desde el Estado, al menos, no matarás– uno puede ya filosofar, uno puede babosearse dialécticamente sobre lo que nos dicen que ocurre,
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por ejemplo: plutocracia, egoísmo e ignorancia. Tres tendencias nada nuevas, muy lejos de la vitacracia que propongo desde que conocí la baba dialéctica. El totalitarismo nos visita de nuevo, no sólo porque últimamente nos lo recreara Hitler sino porque existió siempre... como condición humana. Pero, bueno, se deduce que el mundo tiende a organizarse integralmente como un solo Estado, en donde habría, en un principio, provincias más ricas –países desarrollados–, y otras más pobres –Tercer Mundo– para luego, con el espíritu racional y solidario de un único estado mundial, disminuir las diferencias. Por ejemplo, Etiopía no compraría cereal a EE.UU. –si es que le compra– sino que habría, como hay hoy en los presupuestos de algunas naciones, transferencias
para el desarrollo zonal. Es decir, desaparecerían del mundo las aduanas; el FMI, fusionado con el Banco Mundial, y con cada uno de los bancos centrales de todos los países del mundo, más los que hagan falta –pero cuidado con el desmadre burocrático– funcionaría, aproximadamente –después lo vemos en la pizarra– como el Banco de España –o el Banco de la Nación Argentina– pero a nivel planetario. ¿Qué les parece? ¿Voy bien? ¿Me pueden seguir? Bien... Los primeros
obstáculos ya los encontraríamos en los mismos ejemplos recién dados, puesto que los nacionalismos, entre otras cosas, reivindican la moneda como atributo de su nacionalidad, como las banderas... Cosa estúpida comparada a los riesgos humanos que conlleva, pero que allí está. ¿Entonces? ¡Entonces sería menester dividir claramente entre lo puramente administrativo y lo emotivo, señores! Luego, sabemos que lo meramente administrativo debería estar siempre supeditado a los fines morales, es decir, a lo emotivo manifestado en valores económicos,
políticos, sociales, de cada grupo natural, de cada nación histórica de todo el mundo. También sabemos que la producción mundial –de estar homogéneamente distribuida– sería capaz de satisfacer a toda la población de la Tierra... pero, ¿los países ricos estarían dispuestos a dejar de tener tanto a expensas de la explotación de los pobres? ¿Existe la posibilidad de esa solidaridad mundial? ¿Depende esa solidaridad de los gobernantes, de la gente o del sistema entre los diri-gentes y
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las masas? Si está demostrado –para alegre vergüenza de Malthus, seguramente– que el mundo produce suficiente para todos, pero que este producto está mal distribuido, lo único defendible por la gente de los países ricos es su temor a que esta redistribución se haga tan mal que les afecte más allá de lo que tolerarían dejar de percibir sin dejar de sentirse satisfechos igual. ¿No les parece acaso lógico? Bueno, en ese punto le temen a los diri-gentes: no les tienen fe ni confianza. Por su parte, éstos temen perder su status, y no se atreven a innovar radicalmente,
aún sabiendo que también existe la posibilidad de mantener, hasta acrecentar –¡no sólo perder, señores!– su poder, en un cambio del tipo que proponemos mis amigos y yo, los vitacráticos... Se concluye entonces que la culpa la tienen los políticos, los gobernantes: los malditos
diri-gentes. Esto representa un alivio porque uno no lo es, pero, ¿es solucionable? ¿Podrían los diri-gentes desaparecer o hacer positiva su existencia? ¿La humanidad debería tratar de acabar con ellos?... ¿Saldrá al aire esta audición?... ¿Qué hay que hacer? Nada. Ver qué pasa. O no. No ver. Ver para otro lado. Interesarse en otros temas. Ir a clase de francés después del trabajo, y salir con la pareja el fin de semana... Y decir esto, con la satisfacción de vertir sólo baba dialéctica, inofensiva para terceros como para mí, creo40.
Crítica
—El orden de las cosas respecto a nuestros más caros ideales naturalmente
está mal y lo ha estado siempre. No digo que obviamente está mal porque a estas alturas –al menos para mí– ya es demasiado decir que es obvio lo tan generalizadamente reconocido como obvio. Por eso digo naturalmente, porque hasta hoy –por no haber habido excepción– hemos hecho las cosas ya no sé si mal pero así, para permanente
disgusto. Y, por esa permanencia, le hemos llamado condición humana. Además de la barbarie conocida que hemos logrado y que a todas vistas queremos superar, también –alternada, mezcla-damente
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muchas veces– alcanzamos aceptables, grandes alegrías colectivas, pero –a poco discurrir– nadie niega que los hombres y mujeres de la Pre-Historia no puedan haber sido tan felices e infelices como uno individualmente
lo es hoy... “Grandes logros de la Humanidad”, ¿cuáles? ¿Ganar la II Guerra Mundial? O –dicho al revés–, ¿declararle la guerra a los ingleses para recuperar las islas Malvinas?... A todo lo anterior, si no lo he leído o escuchado –literalmente– una cifra ya indeterminable, poco le falta. Así que no sólo era obvio lo obvio –naturalmente– sino que todo, todo esto ya está dicho. Yo no lo digo más, pero, bueno, por no ser menos que todos –pero principalmente por mostrar a qué categoría de análisis intento– lo haré por última desordenada vez, someramente, con algún tema bien trillado. A ver –me parece, de infantil, que debería agregar mis niños de no ser por lo grave... Ahora, por ejemplo, señor Papa: ¿qué hace usted vestido así? Dígame francamente: ¿en ningún momento le pareció algo como medio absurdo? Señor Papa: ¿Qué hace usted dentro de un coche blindado porque, si no, lo cagan a tiros? Y si se ríe de lo que digo, comprensivo o cínicamente, ¿le parece que a eso se limitaría –si lo hiciese– Jesús, al que usted nos dice que le representa
y mejor le imita? ¿Usted no se cree, aunque no pueda decirlo –porque si lo dice “bla, bla, etc.”– una persona cualquiera? ¿No cree que por las singulares circunstancias de la vida, que a todos nos tocan –no sólo a usted– está ahí haciendo lo que puede en un papel ya creado –ni siquiera suyo, mucho menos de Cristo– miles de años antes de que su señora madre se imaginara no ya un hijo Papa sino un hijo? Usted tiene o tuvo madre, ¿no? ¿Por qué no nos la presenta?... No me consta que el Vaticano, Estados Unidos, China –y todos los que supuestamente han matado– lo hayan hecho más que porque me consta haber leído –o escuchado– principalmente por sus medios oficiales de comunicación que a ellos sí les consta que estuvieron y están matando, no sólo a los líderes con quienes se agasajan banquete tras banquete hasta el momento
antes, sino a sus súbditos civiles a quienes les intrigan y llevan a menearse física y mentalmente con banderas nacionales, cruces y demás artilugios en trincheras de hambre y odio; con los mismos sím85
bolos que, en aras de sus propósitos, los diri-gentes ponen a manera de confraternización, todos amorosamente, en ikebanas como centros de mesa de sus distendidas cenas de trabajo cumplido... Nadie dice o hace nada más que para que la noticia sea aburrida, normal y basura que hay que sacar esta noche porque el basurero no pasa mañana y el domingo el cubo va a apestar y nos va a invadir hasta debajo de nuestras propias almohadas, en el plato, en la ropa, en los semejantes y en uno.
Sobra pero no alcanza
—Hay que convencerse de que es negativo pensar en la muerte, evitando
todo lo posible detenerse en la cuestión y, cuando se piensa en ella, pensarla positivamente, con la filosofía, religión u otro rebusque capaz de presentarla como algo, después de todo, macanudo. No nos queda otra, así se nos plantea... Quizás la solución final nazi fue, para algún judío muy fastidiado, algo que le vino macanudamente. No sé, es espeluznante, pero como son tantos como individuos los mecanismos de aceptación y de rechazo, tal vez se dio este paradigmático
caso, que bien podría figurar en la Guía Guinness –por su singularidad– pero creo que no debería figurar. Y lo festejo, porque nunca faltaría algún salvador de patrias que, alegándolo
como medio para hacer felices a muchos judíos, aplicase una renovada solución... Entonces, vemos claramente cómo el lenguaje navega como sin timón –o con timón pero sin timonel– suelto, haciendo todo imprevisto a partir de sucesivos puntos lógicos que no conducen a nada más que a una continua justificación
de la baba dialéctica, a su permanente perpetuación a partir de cualquier punto de partida, a partir de cualquier puerto, hacia los infinitos puntos o puertos siguientes. Y, si los seguimos, quizás no le encontremos –a la mayoría– ningún extravío deductorio, ni inductorio –incluso lógico– pero, si los analizamos directamente confrontándolos con el derecho a la vida en todas sus manifestaciones, únicamente
en sus manifestaciones de vida buena –¡entiéndaseme!–
veremos que quedan
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muchos menos –unos pocos, probablemente
uno solo– de los puntos de partida, o puerto... La baba dialéctica mata en tanto y en cuanto no se la prueba con el derecho a la vida buena. La vitacracia, entonces, debe ser la penicilina que elimine todo lo infeccioso de la baba –propia y ajena– dejándola limpia y nuevamente vigorosa; es el antibiótico que elimina sólo los gérmenes patógenos, dejando a los inofensivos explayarse en más espacio, más a gusto... Pero no nos perdamos por los Cerros de Úbeda. Entonces, ¿es únicamente posible la utopía a condición de que sea malvada? Me gustaría que me contestasen... claro que no a los tiros. Hay una obra muy clara, obvia que el Estado debe cumplir: no cometer los errores personales
de sus gobernantes, no transferir al todo –a todo el pueblo– los defectos, las locuras individuales. Porque pareciera hasta hoy que fuera así: el Estado toma conocimiento de los vicios de cada uno de sus diri-gentes, hace con ellos un concentrado, lo disuelve en una gran regadera con litros de burocracia –Administración Pública– y nos riega a todos, absolutamente a todos, con errores e insanías que, de otra manera –sin la intervención de este tipo de Estado– sólo habrían molestado
a unos pocos cercanos a los viciosos. ¡Ya es de pelotudos, de gilipollas! Además –todos lo sabemos– no podemos esconder
la cabeza como avestruces porque, así, nos “violentan”de terror... Disculpen, es que me embalo... Hay que reflotar el tema, publicar obras al respecto –Vitacracia, por ejemplo–, llevarlas a las escuelas, reconcientizar sin adoctrinar, cambiar quizás para dentro de quinientos años. ¿No lo imaginan bonito? Ya no más la mísera discusión del equis Centenario de la Conquista de América: a los tantos años del Descubrimiento... ¡el año cero del mundo vitacrático! Que Dios lo quiera. Y los semidioses –los diri-gentes– también, porque si no... ¡qué feo lo sigo viendo!... ¡Ay, ay!, ¡errores que repetimos desde milenios con la convicción con que se repiten los tarados sus taras irreductibles! ¿Somos tarados irreductibles? ¿Ya? ¿Nos damos por vencidos? ¡Abramos al menos el debate más fácil, éste, el inicial, el que hace que todos los demás suenen a bu-fonadas!
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Vitacracia o Necrocracia
—No hace falta leer La condición humana de Malraux –aunque ayuda– para sentir el existencialismo. Y no digo el humano porque sería una redundancia: no hay otro existencialismo
que no sea el humano.
Los animales irracionales
no lo tienen. Al menos así lo creemos los racionales, los que creemos que el trabajo de nuestros cerebros es el humano, contra el de ellos sin razones ni –por ende– alma. De cualquier
manera, esto último no viene al caso, quizá los animales tienen un alma que no entiende a la nuestra, quizás –incluso– en su existencialismo
creen imposible que nosotros tengamos raciocinio, alma o existencialismo. Tomando distancia –y viéndonos– es muy posible. Por eso, de tanto en tanto, tenemos que hacer tantas cosas que llamamos animaladas, y que para nada lo son: guerras, asesinatos, violaciones, robos, fraudes, para “sentirnos cerca” de nuestra naturaleza
animal, apenas signada por esta diferencia aparente de la racionalidad... Es decir, más o menos, cuando nos conviene, por orden o desorden social, a nuestro humano comportamiento lo acusamos de animal. ¡Pobres animales, qué acusación! “No, no”, dicen los animales, “¡Pobres humanos!”.
Y así sin fin, sin resolución
un abismo nos separa, y nos une, sin solución. Bien, sigamos con el existencialismo. Hasta los más devotos
–si son conscientes– en algún momento le tienen miedo –o al menos aprehensión– a los últimos momentos, al momento, y al después. Desde que nacemos –o desde que tenemos conciencia– la vida es un esperar la muerte, quiérase o no, distracción más, distracción
menos. Quizás –es muy posible– haya quienes viven toda la vida –y mueren así– distraídos. No es la generalidad,
sin duda. Algunos se refugian en la reencarnación, otros en el cielo –otros en todo– pero siempre a partir
de la idea que le da origen a esa necesidad de crearse un refugio: la certeza de la muerte. Es decir, como dice Malraux –y tantos– la conciencia
de la vida no puede ser menos que angustiosa: recordemos que “no hay situación desesperante que no pueda empeorar”. Justamente
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por eso hay quienes proponen el cielo, otros la reencarnación, otros tener más hijos que –con certeza– sufrirán como nosotros, y otros –entre más posibilidades– exterminar a la raza humana, que tanto sufre. En fin: gustos para todos, a veces, contra los otros, lo cual ya se vuelve grave, porque el existencialismo es una cuestión personal, no popular. Por eso, la vitacracia invita únicamente al respeto generalizado de la vida, por los demás hacia la de uno, y de uno hacia la de los demás, peldaño a peldaño, en todas las instancias de relación: familia, grupo, mundo. Más allá de decisiones sobre la vida propia; la cual se esperaría
también revalorizar respecto a su exis-tencialismo, al ver que ella cobra sentido, por más que después muramos: valdrá la pena gozar esta vida que tenemos. Después ya se verá –o no– pero no se estará pensando
continuamente que, además de al cabo morir, esta vida es una muerte continua de la posibilidad
de mantener sin riesgo la propia vida ante, por ejemplo,
Estados que agreden de continuo, de tantas directas e indirectas maneras, la peripecia de vivir. Amén de terminar muertos nos amenazan peligrosamente, a cada momento, con ello. Siempre fue así –se dirá– y eso alimentó nuestro instinto de supervivencia. Quizás. Quizás no. No conocemos otra manera, y con ésta sufrimos sin variancia.
Y manifestamos el deseo de cambiar, pero no de raíz, sino en algunas
manifestaciones.
Eso no lo decimos en Medicina, por ejemplo: no basta anular los síntomas, sino suprimir la enfermedad.
¿Qué nos da miedo? ¿Nos da más miedo que lo actual? ¿Más miedo que las matanzas que, cíclicamente, nos salpican a todos? ¿Que alcanzada nuestra tranquilidad nos aburriremos estando tan en paz? Primero, no lo sabemos, luego, hay muchas actividades para divertirnos sin necesidad
de atentar contra los demás. De eso se trata, no de vegetar. Y el cambio nos puede llevar un buen tiempo, y en él podemos dar con nuevos gustos que no sean los conocidos. ¿Por qué no? Si partimos ya del clamor de insatisfacción. A través de los siglos, de una manera y de otra, tal vez en forma idéntica –por ser tantos– esto ya se ha dicho: siempre
ha habido pacifistas que, por supuesto, no estaban errados: pregunten a los afectados por las guerras. Distinto es que no fuimos
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capaces, ni siquiera nos formulamos concretamente lograr un mundo, en principio, pacífico. No en principio violento, como siempre pergeñamos.
Y ante nuestra impotencia en organizarnos en paz no ha faltado más de uno –Nietzsche, amigo desesperado– en justificar –para no exhibirse débil– la intemperancia. Está bien, ya fue, y vale como summa
de pensamientos, experiencias...
fracasos. Debemos siempre reintentar,
a los tropezones, desilusiones y olvidos, no importa, porque sigue siendo un mayoritario anhelo. En aquéllos cuyos triunfos residen en virulencias es así porque temen no prosperar en sosiego. Pero nadie insinúa que alguien pierda. Sí que gane de otra manera, quizás aún desconocida, lo cual –evidentemente– llama a la defensa, atacando. Pero, trabajadas, las paulatinas nuevas règles de jeux no le impedirán a nadie competir, ya no en cuántos cadáveres atesora, sino en otros certámenes –conocidos o por conocer– que tanta o más excitación y alborozo producirán a todos y cada uno... Muchas veces, en films de ciencia ficción, hemos visto –imaginadas por la mente humana– sociedades
futuristas o extraterrestres
en donde la paz era posible, sin aburrimiento.
Esos argumentos fueron creados, indudablemente, por personas,
en general para ganar dinero, pero mostrando un anhelo reconocidamente
humano. ¿Por qué no intentarlo? “¡Es muy difícil!”, dirán. “¡Habría que cambiar todo!”, agregarán. Pues bien, nadie habla de fechas perentorias. Tenemos –si no explotamos antes– toda la humana eternidad... Sugiero una evolución, no una violenta revolución como hasta ahora se ha propuesto e intentado. Se aspira al paulatino bien general, no al bien de uno –llámese proletario, terrateniente, judío, cristiano, negro, ario, etc.– sobre otro. No, no, todo eso ya está bien ensayado, como la libre competencia, el comunismo, el anarquismo, etc. Todo lo probado no es inútil en absoluto. Es aval moral para este –Dios o su sustituto mediante– definitivo paso: mi vitacracia... ¡No se debe atropellar! Eso, ineluctable. No ya sólo por ilustración, sino por un evidentísimo sentido común, el cual –afirmamos– es el más humano
de todos los entendimientos, ¿de acuerdo?41 Lo conveniente de la vitacracia es que –a diferencia de todas las anteriores propuestas– ella
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no es sólo para concluir el problema de los oprimidos y, menos aún, en perjuicio de los poderosos. Si fuera así, se la estaría condenando a la nada repetitiva, a la célebre irrealizabilidad, como todas las anteriores. No, la vitacracia no peca de ese error: no busca –ni directa ni silenciosamente–
ninguna reivindicación
sectorial. Al enunciar paz para todos, anhela más que la paz concreta: anhela la tregua para el existencialismo de cada uno –el personal– logrando, primero, el armisticio en el existencialismo
social... Ante esto se alzarán los banqueros, los fabricantes de armas, sus amigos los políticos –los diri-gentes en general– para oponerse no tanto por la posibilidad de perder su potestad sobre las gentes sino por el temor, el vértigo, de ver que se les invierten las escalas
morales que le sustentan. Pero que no cunda el pavor. Para cuando impere absolutamente la vitacracia,
ellos y los suyos –actuales– ya estarán re-muertos. Y los suyos –futuros– serán dichosos con las ideas vitacráticas. Así que –como ya he dicho en más de una ocasión– no es necesario –¡no, por favor!– que me manden matar... La vitacracia intenta no equivocarse en donde anteriores lo han hecho. Ya Nietzsche bien dijo que los oprimidos crean una nueva moral para imponerse luego a sus opresores –y pasar ellos a serlo. Por eso, la vitacracia no quiere ser instrumento para que los actuales agobiados –sólo ellos– se liberen, porque se estaría repitiendo el error tan bien señalado por este alemán pensador. Por el contrario –o más aún– la vitacracia
intenta una liberación para unos y otros, elevando a todos por encima de las posibilidades conocidas, sin eliminar necesariamente “espíritus de competencia”, ni agresividades –pero sí violencias–
encauzándolos hacia otros derroteros para satisfacción general, no particular... Creo que éste es un punto novedoso, ciertamente superador. Y, si no lo es, al menos lo intenta, para que otros lo hablen y así resurja en las conciencias,
hasta que entre y prospere en la de los que determinan que haya guerras, matanzas y torturas –los malditos diri-gentes— quienes, quien sabe, quizás vayan encontrándole rédito a la paz, a la vitacracia, y la empiecen a practicar, incluso por intereses egoístas –como actualmente
con sus guerras–, por especular que, así, puedan mantener igual
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o más cuota de poder... Tal vez, creyendo que sólo aplican el gatopardismo
de “que todo cambie para que nada cambie”, comiencen a elaborar
sus babas dialécticas positivamente, volviéndose, sin darse mucha cuenta, en personas vitacráticas... Para decirlo de alguna manera
entre otras: “la baba dialéctica es inconmensurable...” La vitacracia –un acto vitacrático– sería como que el maquiavelismo –su logro– fuera
la paz y que, por supuesto, ese fin no justificara
medios violentos, antes lo contrario: que los medios pacíficos produjeran –como es deseable
suponer– fines pacíficos. Si se aspirase a fines últimos pacíficos
con necesarios y previos medios violentos seguiríamos perpetuando errores, dolores para unos, para otros, para todos en un momento u otro, tarde o temprano. Empero, si se descarta de cuajo por ser decididamente
contra natura social todo medio institucional violento, en una de ésas los fines –sus consecuencias– serán también pacíficos. Y si no lo fueran por lo menos no serían obra del gobierno, sino de particulares que, por su parte, habría que ver si, cesada la violencia institucional en todas sus manifestaciones, se seguirían violentando contra quienes, sus diri-gentes, en ninguna forma les ejercen rudeza, sino que, por el contrario,
les ofrecen las posibilidades para salvaguardarse de ella, habiendo
empezado por dejar de ser opresivos. Elemental, ¿no? Quizás no resultase –todo es posible– pero aún –así– no se ha probado... “La violencia engendra violencia”, eso, descontado. Ahora bien... ¿la paz engendrará paz? Es cierto que tenemos probado que, ante los pacíficos, sin cesar se han levantado los violentos. Y que, ante los violentos –tarde
o temprano– siempre se han alzado los pacíficos, volviéndose vehementes,
contra la opresión. Señores, la vitacracia pues consistirá, en sus actividades iniciales, en fomentar nuestra más elemental conciencia, cual es el instinto de conservación. Será insolente así que un gobierno mande a aniquilar un poblado cualquiera: la orden no será dada, aunque quizás al principio desordenadas hordas humanas –sin un degenerado mando unificado– prolonguen la barbarie. Ya está bien –ya es groseramente
inaceptable– el retuerce de argumentos –parte brutal de la baba dialéctica– que permite al Vaticano, en nombre de Jesús, matar en
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cruzadas. Por ejemplo. Así, no vale. Y, con este así no nos vale ya inauguramos
un principio vitacrático que, hasta ahora, es muy festejado, pero como es festejado un payaso no digno de la menor consideración, en este caso el buen Jesús. Ya van dos milenios que conocemos los criterios poco cristianos del Vaticano, y de todos y cualquier Estado. Ya sabemos de sobra que los políticos lo son por satisfacer sus necesidades
a costilla –rota o muerta– de los demás... pero no hemos cambiado
nada. También es cierto que –en algunos pocos casos– esos diri-gentes han recibido su merecido –tortura, asesinato, otras animaladas–
después de haber hecho lo mismo a decenas, cientos, miles, millones de semejantes. ¿Qué se ganó con ello? Más violencia. La única solución que ponemos en práctica –no que intuimos, como ésta de la vitacracia– es más violencia. Nos repetimos vergonzosamente, sin convicción, en una inercia que ya encontramos descerebrada. Y la contemplamos cada vez con menos dolor. Es menester reanimar el rechazo al horror, la animadversión contra las matanzas que nos echan por televisión como si fueran de otro mundo sin importancia. Es ocioso –y lo sabemos– decir aquí que el Vaticano ya no manda ejércitos contra nadie, porque sabemos que lo hace ahora por delegación, por avenencia con otros poderes, otros diri-gentes, incluso por tácita aceptación,
callando. Los gobiernos son los primeros que matan. ¿Quién lo discute? Posiblemente
el Vaticano –como todo gobierno– haga además algo pacífico y provechoso. La vitacracia no se propone, en un principio –tampoco se opone, si fuera para mejor– que los Estados desaparezcan –entre ellos el Vaticano– si dejaran de matar y continuaran su parte positiva, incluso
si fueran abúlicos, inactivos, inoperantes (...)
Existo, luego pienso
—Podemos decir que “sin esperanza no hay vida” queriendo significar,
con otras palabras, que “la esperanza es lo último que se pierde”. Es decir, que “mientras hay vida hay esperanza”, aunque ésta sea la
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esperanza de no tener esperanza. Probemos contrariar estas frases: “Sin esperanza hay vida”. Sería el caso, por ejemplo, de un enfermo terminal sin esperanzas de salvarse. Sin embargo, alguna esperanza tendrá –morir lo menos dolorosamente posible. Y –si está descerebrado, en coma– es la excepción que prueba la regla o, en tal caso, nos abstenemos de opinar ante lo desconocido. “Con esperanza no hay vida.” Nos parece tan incongruente que lo dejamos de lado. Por lo anterior, si decimos “la esperanza es lo primero que se pierde”, pensamos que es lo primero que perdemos al morir, no antes... Parménides dijo: “El ser es, el no ser no es”, cultivando el ideario estático. Heráclito, por su parte, “nunca nos bañamos dos veces en el mismo río”, la idea de movilidad, de la revolución. Jesús dijo –aproximadamente– “haz el bien”. Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, el anarquista que luchaba contra el poder establecido –sacralizado–: “sólo en el mal está la vida...” Vale decir que hay babas dialécticas para todos los gustos, mientras haya vida. Y estas babas individuales ya involucran favores y/o daños para sus prójimos. Por ende, ya son suficientes –si son dañinas– como para que, encima, las traslademos, institucio-nalizadas, a los Estados, por ley, creando ejércitos de pueblo a las órdenes de babas dialécticas individuales,
para masacrarse contra otros pueblos, en orden a necesidades particulares... En todo caso, si los diri-gentes necesitan guerrear, que se autoorganicen en pequeños ejércitos y se maten entre ellos. No será lo óptimo, pero sí mejor... Las guerras solamente son racionales –justificadas–
para los diri-gentes. El pueblo va a ellas sentimentalmente. Si las meditara –como lo hacen sus conductores– mandaría a éstos a un duelo dilucidador ya que, si representan a las masas, justo es que lo hagan no sólo para las buenas sino también –en primer lugar– en las malas... Bien se cuidarían los diri-gentes en promover odios y fronteras que luego ellos mismos –no sus dirigidos– tendrían, con su propia sangre, que defender para sus dirigidos: seguro entonces, todas las disputas serían banalidades que ellos solventarían dulcemente –su vida les iría en juego– y, es posible... con un efecto multiplicador de concordia y buena convivencia en las gentes...
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—La natural formación del líder por quien las masas, en hordas o individualmente dan la vida, ¿cómo se evitaría? —preguntó Varela.
—¡Ya se verá! Por ahora es bastante de-construir anteriores aberraciones.
¿Que cíclicamente las empresas pacíficas zozobran y entonces sus ejecutivos –auxiliados por los políticos, los militares y los sacerdotes–
crean guerras para salvar sus economías? Ya lo sabemos. ¡Harto conocido! No es normal que un Estado declare la guerra –sí lo es por parte de un loco– a otro y le bombardee sus ciudades matando hasta los párvulos ... aunque “toda la vida haya sido así”. El retorcimiento de la expresión paz social ha partido de un punto de no retorno –y se ha mantenido allí. La perversión de los diri-gentes ha partido de otro. Sus no-retornos nos deberían conducir a vitacráticos puntos de ruptura. Individualmente nadie está a salvo de la violencia, pero así como una sociedad se organiza administrativamente para ser más eficiente, bien primero podría organizarse con equivalentes instituciones –cuantas hicieran falta– para impedir ante todo que se atente contra la vida. Si los Estados –el hipotético Estado Mundial– se organizan con esta primera
meta, ¿a quién le cabe duda de que todas las restantes vendrían –y se acomodarían– solas y distintas, para bien? Muchos dirán “no tengo ganas de semejante follón, ya hice la carrera militar, me quedan a lo sumo tantos años de vida y no voy a cambiar ahora, etc., etc.”. All over the world la gente –no los diri-gentes– se escandalizan de los ejércitos y los cleros que les roban y matan: basta con salir a la calle de cualquier ciudad o pueblo del mundo. A su vez los diri-gentes hacen –y nos deshacen– alegando que “eso es lo que pueden”, que sus políticas son el arte de lo posible: trasladan a las instituciones sus perentoriedades,
debido a que ellas no están suficientemente elaboradas como para rechazar urgencias personales.
—Es una memorable, perenne, tomadura de pelo infame —dijo alguien.
—Las gentes no necesitan líderes, en todo caso sólo administradores de su hacienda –el Mundo.
—Para líderes ya tengo a mi mujer –o marido– según corresponda
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—dijo un señor contratado del público.
La Vorágine
—Todo acompaña a la situación de fascismo, no sólo la política, sino que hasta lo hace el arte pseudoprogresista,
donde la buena intención aparente queda lapidada por nuevas necesidades económicas, salvajes como durante el progresismo, pero que en estas épocas implican un payaseo
de los buenos principios a favor de tesis rotundas que no pongan a los individuos como en evidencia, en ridículo, ante este tan nuevo como cíclico desconcierto general.
—¿Cómo? ¿Qué quiso decir? —preguntó un sociólogo.
—Que el totalitarismo llega al poder cuando el fascismo llega al amor —continuó Bouzúa (hijo), fastidiado—. El amor al fascismo se expresa con el odio. La emoción de la historia consiste en la violencia. La historia, tanto para resaltar a los buenos como a los malos, a los mártires como a los tiranos, justamente lo que hace es resaltar sus calidades
de supliciados o de dictadores, olvidando que la historia, como dice mi padre –también Popper– tiene inmensidad de puntos de vista, de actuaciones y de acciones. No solamente las guerras –las muertes– sino una diversidad cotidiana, habitual, muy diferente a la que muestra la historia oficial. Esta versión legal –como menos parcial– escrita en base a violencia, hace que se perpetúe en la mente de la gente la ira, ¡la mantiene vigente, presente de continuo! La señora de esa esquina –por ejemplo– dijo que el actual gobierno es el de un estado “desertor”,
pero lo que dijo fue un eufemismo. Lo que quiso decir –pero por su moderación no dijo– es que el actual gobierno ha “traicionado” a sus votantes. El desertor puede o no traicionar, según la forma en que deserte. El actual gobierno es más que desertor, porque no sólo deja de atender lo que debe atender –salud, educación, vivienda, justicia, seguridad. El actual gobierno es más que desertor, porque quien deserta no interviene: se va. En cambio, el actual gobierno es traidor, porque,
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más allá de desertar –de desaparecer– cada uno de sus poderes –ejecutivo,
legislativo y judicial– interviene para que el estado no pueda intervenir en sus deberes inherentes. No es sólo un gobierno desertor, sino traidor, porque no únicamente omite –no solamente peca por omisión– sino también comete, cobrando terribles impuestos que no devuelve –de ninguna manera– a la población, a la que abandona a las leyes de mercado –la ley de los poderosos– deshaciendo las normas anteriores, que protegían a la gente... ¡de manera de dejarla desamparada y esquilmada para beneficio de dos o tres de sus amigos42! (...)
Al día siguiente lo detuvieron por averiguación de antecedentes. El rector y, por su intermedio, el intendente, el gobernador y el delegado papal me dijeron que no interviniera. Así lo hice, pese a que Lara me vino a ver para movilizarme en ese sentido.
Bouzúa (hijo) entraba en la vorágine institucional que tanto enunciaba,
en donde ni siquiera fue necesario ser sospechoso de nada para ser utilizado como chivo expiatorio de todo.
Lara llegó a mi despacho profundamente alterada –horrorizada y aterrorizada. Le quedaba espectacular. Intenté convencerla de salir conmigo
pero no pude lograr que me escuchara. Honestamente, sentí mucha envidia del profesor, en realidad sin explicarme por qué: después de todo él estaba preso y yo libre. Pero lo sentí estúpidamente al revés.
La chica me pidió que intercediera, me dijo que había escrito unas líneas al profesor y le constaba que las había recibido porque tenía su respuesta, una carta que a continuación transcribo y que, a mi entender, refleja cabalmente el desvariado ánimo que Haro de Bouzúa (hijo) tenía en prisión:
Querida Lara
No hace mucho tiempo que he muerto. Sí, es mejor que te lo diga así, de sopetón.
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Cómo fue es como siempre es eso. Nada más que en mí, no en los otros.
No veas mi sorpresa al recibir tu carta del Más Allá (o sea de tu Más Acá). Me dejaste de una sola pieza. Hasta tuve la sensación de que se rejuntaban mis partes corporales, ya en un avanzado estado de descomposición.
Me pareció mentira. Por eso de la distancia, de los estados vitales que nos separan. Por todo eso, me pareció mentira.
Me pareció mentira y sin embargo yo siempre, desde el día en que no me lamenté más, intuí profundamente que me escribirías.
Y claro que me alegré. Cómo no hacerlo si al fin somos sinceros, sinceros.
En tu carta has sido precisa, realmente concreta, pese a decir las cosas metafóricamente. En ella noto ese rasgo que siempre te he admirado: tu decir siempre honesto y nunca chocante, brusco, que tanto daño hace (me hacía; uno se adapta pero de a poco).
Jamás me has hecho sufrir; a todo el ancho, largo y profundo del Más Acá te lo agradezco. Y entiéndeme que para nada te alabo con el oscuro fin de conservarte buena memoria de mí. Llanamente lo hago por el cariño que aún, y siempre, te mantengo. Aún más; no me interesaría que la gente del Más Allá –tu Más Acá– opine que es del más alto tono morboso que seas querida por un muerto tan muerto como yo. Sólo me preocuparía (más me entristecería) sospechar que eres tú quien siente repulsión por el hecho.
Pero dejemos ya las dudas en cualquier otro Más Algo. Despreciémoslas
(pero no las odies: yo lo he hecho y en parte me costó la vida).
Ahora por mi ausencia tú te estás muriendo. Y lo dices y no lo dices de una manera sencilla, muy tuya por cierto. Muy clara y muy neta.
En otras palabras, te mueres no muriendo y lo cuentas sin contarlo. Burdo aquél que te llame ambigua. Para nada lo eres, tú lo sabes.
En un párrafo anterior comencé a alabar tu delicadeza de opinión. Continúo diciéndote que no la tienes sólo para con la gente. Aún te
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alcanza para tu trato contigo misma.
Como hacia los demás, a ti te diriges, tú misma, de forma refinada. No diría compasiva, aunque sí algo melancólica.
Es de mencionar que tu sutileza es también magnífica. Tú notas y dejas notar sin tomar ni dejar tomarlas. Lo cual es una virtud seria.
Torpe sería de mi parte sentir euforia por estar tú ya en el camino del Más Acá (ciertamente heriría susceptibilidades del Más Allá) y me apena pensar como cuando vivo, con mis aquellas ya caducas ideas y sentir que, cuando llegues, nuestro abrazo de muertos será como tal: frío, pútrido, algo reseco y quebradizo. Repugnante.
Pero no, no será así. Será diferente e igual. Diferente por lo obvio, e igual, también por lo obvio de nuestra hermosa relación.
A esta altura y conociéndote como te conozco sé (e insistiría en probártelo
de tener posibilidad alguna) que no demuestras exteriormente tu casi perdida ansiedad por saber cómo es mi Más Acá.
No te haré desear. Que desear acerca de la Muerte no está moralmente
bien visto. Desear lo ya concedido desde el día de tu nacimiento es completamente impropio.
Morir es en mi caso tener un orgasmo con una mujer recién muerta. Morir es una torpeza ligera, con un aire –el último– algo grotesco.
Eso es morir, o sea el hecho mismo de morir. Y es diferente a la Muerte, o sea el estado en el que –al fin– me encuentro.
El morir es más que el último suspiro, tan intrascendente él. El morir es –reitero– el último orgasmo con una mujer recién acabada (en el sentido total de la palabra). Es, según creo, una buena ejemplificación. En este caso la posibilidad de repetir otro orgasmo es remota, dado el nivel de desagrado a soportar, y los supuestos futuros orgasmos no serían más que un penoso –y discutible– sobrevivir a la muerte, y no por mucho tiempo. Una verdadera agonía. Para nada, entiéndeme, significaría un aún seguir con vida. Y en esto déjame valorar lo que, bien o mal, supe contigo tener: vitalidad.
Así es y no más el morir.
La Muerte por el contrario no es un verbo, no es una acción. Es un
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sustantivo, no diría estable pero sí permanente.
Y definir un sustantivo es esta vez más arduo que hacerlo con un verbo. Pero quizá –yo sólo soy un recién llegado– la Muerte no sea ni más ni menos que la Vida misma, desde otro punto de observación y de actuación. Que equivale a decir que pueden ser muy iguales o muy distintas.
La Muerte es la esencia de la Vida. Es su fruto más justo, preciado y, generalmente, madurado. Mientras que el morir es el acto más vital, la Muerte es la confirmación permanente del hecho. Jamás, que yo sepa, la Muerte ha dejado de reivindicar cada atentado bien logrado contra la Vida.
Aún te revolverás contra donde estés apoyada –si lo estás, cosa reconocidamente difícil– queriendo enterarte en qué consiste la cotidia-neidad de la Muerte –la mía en este caso.
Y te diré.
La Muerte no es la libertad absoluta. Por el contrario, es la libertad relativa al momento anterior al morir. Al morir de cada momento, de cada sentimiento, de cada hecho concreto ya concluido.
En la Muerte de los tuyos lloras porque tú has muerto un tanto. Tu eternidad, creída, se esfuma. En cierto modo, ellos te llevan consigo a sus muertes.
La Muerte es, al igual que la Vida, un sueño brevísimo para nuestro concepto del cosmos y, al cabo, en ella no tiene distinto valor errar creyendo que errar dudando.
La Muerte y la Vida son dos habitaciones contiguas, con rejas entre ellas y un péndulo que oscila de una a otra estancia. Cuando el péndulo entra en alguna de las dos, te golpea en cada espacio de tu cuerpo y sientes que te encuentras en prisión. Amén de estar siendo torturada. Y es igual; tú puedes estar en cualquiera de las dos celdas que el péndulo te buscará. Pero también se irá, así como vino.
En cierto párrafo de tu maravillosa carta, primera en unir, ser nexo, entre estados tan opuestos como son el tuyo y el mío –hasta el momento– no sé si me ordenas o aconsejas decir “no puedo vivir con este deseo”
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en vez de “yo no puedo vivir sin esto”. Me lastima hacerte notar que estando tan muerto digo “yo no podía vivir sin morir y no puedo estar muerto con el deseo de morir”.
Me escribes sobre la impaciencia que corroe a la vida. Te confieso que también existe en la Muerte. No veas con qué apremio mi cuerpo se está resecando. Qué inútil es la impaciencia. Tal vez por eso aún persiste.
En la Muerte no existe el sufrimiento como alivio del dolor, ya que de ser así la felicidad sería el alivio del placer. Aquí, en mi extraño Más Acá, el sufrimiento es al dolor como la felicidad al placer. Al respecto, ya muerto, he tenido noticias de mi amada familia que alternativamente me recuerda con admiración y con desprecio.
Me interrogas sobre el Amor, la esclavitud y las coronas. Te diré que en la Muerte que muero en estos tiempos (me interpretarás mejor si comprendes que la frase es la paralela a la tan divulgada “en la vida que vivo en estos tiempos”) se puede amar y hacer lo que se quiera y la constancia en el Amor es necesaria, y la felicidad, un lujo.
En los aspectos que he mencionado y en cualquiera que nos aventuremos
podremos palpar los aspectos de la esclavitud humana; hasta aquél que se contenta con poco será esclavo de su pobreza (aunque con la no despreciable ventaja de no conocerla). Pero el día que alguien o algo lo despertase notaría con sufrimiento lo estrecho de su bienestar. Por otra parte, de tejerse –fácil o trabajosamente– una corona siempre habrá alguien que se la coloque. Por Séneca creo que ser rey es no necesitar de coronas. No hago más que suponer. La inquietud tuya, ahora hecha mía, perdura.
Volviendo al perenne tema del Amor me extraña que lo relaciones con las convenciones llevadas a cabo –o no– por los individuos. El Amor, según las primeras lecciones que tengo del Más Acá (observa las semejanzas entre nuestros dos mundos) es algo brevísimo, efusivo, insondable en los espíritus. Es una guerra y una paz cortísimas, emocionantes.
El Amor es casi únicamente un renacer, sin evoluciones posteriores. No se sabe cuándo muere –si muere– porque antes cae en
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la cota de necesidades y, de ésta, a la de las convenciones interpersonales.
Es justamente aquí –en las convenciones– donde el dominio recae de hecho, aunque no de derecho, en uno de los dos. Nunca durante el Amor.
Hablando en sentido amplio, hoy me alegro porque me aman, como en tu caso, que me has escrito con sincero –francamente mal pudiste disimularlo– amor. Y me satisface mantener convenciones aceptables con muchos más.
A ti y a todos los nuestros os ruego que no me olvidéis. No sé cuántas veces habré de morir. No sé cuántas veces vosotros lo haréis. Pero que no haya prisa para el olvido. Que no haya olvidos en nuestra soñada, tan breve y profunda, eternidad.
Ya por último, deseo que mi carta sea un eco hacia vosotros que me pedís alegría; y es que yo la tengo –también tristeza. Pero hay lugar para ambas.
Y ya sabes, siempre tu incondicional,
Haro
No se murió. Por una u otra razón no murió. Lo dejaron libre cinco
días más tarde. Lo encontré al anochecer. Ciertamente, parecía el fantasma de quien fuera una semana antes. De cualquier forma, su discípula se lo llevó a casa de amigos y, cuando lo volví a ver pocos días después, estaba de nuevo radiante.
El profesor Bouzúa (hijo), ya esporádicamente, siguió frecuentando mi despacho, sin mencionar en ningún momento nada de lo ocurrido días atrás. En una oportunidad, evitando referencias personales, me entregó escritos que aclaraban otros anteriores.
(Otras consideraciones del biógrafo de D. Isidoro De Lorenzo, en sus borradores.)
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La baba dialéctica se explica, tentativamente, con la dicotomía que se produce entre el lenguaje –quizás toda la semiótica– y los hechos, concretos o del espíritu.
Se encuentra lejos de mi ánimo polemizar sobre definiciones e interrelaciones entre hecho y simbologías. Supondría babosearse dialécticamente,
una vez más.
Desde lejos, es evidente que los hechos mantienen una relación ilógica con sus semióticas –las que los manifiestan. La idea es impresionante
y próxima: el titular de este periódico de gran tirada que tengo aquí, a mi lado, reza lo siguiente: “Austria desplaza quinientos cañones de largo alcance”. Acordamos que esta información es rutinaria, en una u otra versión, a través de la Historia de la Humanidad. Sin embargo, por el momento, diferente habría sido si cualquier ciudadano hubiera decidido, a su vez, colocar una serie de morteros, en la azotea de su casa, alegando, por ejemplo, la potencial peligrosidad de uno, o de todos
sus vecinos. Aceptablemente, el correspondiente encabezamiento señalaría: “Presunto desequilibrado intenta disponer unos morteros cara a sus espantados vecinos; se encuentra ya bajo atención”.
Nuevamente, en efecto, si nos introducimos en imitación de los habitantes de Bizancio, en la discusión referida a que si ambos casos son o no comparables, si la comparación es significante, o cualquier otra disquisición, hemos también de zambullirnos a considerables profundidades de la baba dialéctica. Alimentamos la hoguera bajo nuestros pies. Excepto –depende, con respeto, de quien lo haga y sea la excepción que prueba la regla– si se parte de un supuesto general, totalizando –innovando esta acepción– desde un punto razonable y diciendo que cualquiera de los dos sucesos son contra natura, si aún convenimos que se existe asistidos por el instinto de vida. Lo demás es ópera y, entonces, cabe preguntarse si hay un, o algún, punto razonable. Es propio de la existencia parcialmente sentimental del hombre, y el cuestionamiento, como cualquier otro, debe ser naturalmente respetado y practicado por quien lo desee, entendiendo e interiorizando, el interesado
y sus semejantes, que se es un ser singular, quizás excepcional,
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dentro de un ámbito –este mundo– con una concepción común, plural, cual es el instinto a la vida de la especie en su conjunto, que –como sabemos porque nos lo dijo don Isidoro– es “(...) la defensa natural ante el miedo, que siempre bloquea a la verdad”. Redunda observar aquí que De Lorenzo se entretuvo en la sinonimia verdad-muerte. Entonces, corresponde categorizar la interrogación como momento recreativo, divertimento sin consecuencias, concretas o conceptuales, sobre el instinto social.
En una variación sobre el mismo tema, se dice que la sociedad universal
–la que interesa– vive cierta/s alienación/es durante determinada/s época/s. A la actual se la califica de totalitaria por unos, y éstos son tildados de decadentes por otros. Mutatis mutandis, así ha sido siempre. Es el sostenido esplendor de la baba dialéctica y yo, por pudor y vergüenza
ajena, no entraré en arenas que no son de mi competencia. Soy sólo un biógrafo, el cual, unas veces, trabajando, ha tenido la desagradable
sensación –para sí mismo como por el sujeto de sus estudios– de ser sólo un basurero y, otras, un afortunado, a mi humilde entender, como en la escritura de las biografías, de mi madre en primer lugar y, encumbradísima, en la de D. Isidoro de Lorenzo, haciendo notar a los lectores, invadido de estupefacción, que es este último quien –y Dios lo sabe– ha acuñado, con su baba dialéctica, el término y el principio del ser humano futuro. Yo he sido un instrumento póstumo suyo.
Debo reconocer que dedico gran parte del tiempo que mis necesidades
fisiológicas dejan ocioso en el análisis de la definición del genio y, obviamente, en sus alcances. Suele suceder que el amanecer me sorprende
pensativo. Que nadie se inquiete por mi salud. Gracias al buen dios y su universo, esos momentos arrebatados al sueño son saboreados por la vida misma. A veces, he sido todo instinto, durante el cual, en paz, he dejado mover al trebejo a Tánatos con total libertad. Así rey, así peón. Es cuando, regocijado en la autocontemplación, comprendo que, además de entender el significado de la baba dialéctica, estoy en gracia con el don de saberla aplicar.
La baba dialéctica es una categoría en permanente construcción,
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con un dinamismo definitivo para desarrollarse de continuo, en todos los sentidos y tan profusamente como lo hace, integralmente, el ser humano quien, al fin y al cabo, es su diario (re)creador, sin solución de continuidad y, en modo fundamental, su conductor (al respecto, en mi opinión, la penosa viceversa no debería ser lo habitual).
Sólo cuando el hombre/mujer conoce la baba dialéctica propia y ajena puede tener alguna cierta posibilidad de relacionar lógicamente los hechos y lo que se dice –se expresa de una u otra manera– de ellos. Si es así, al menos no vive una relación deplorablemente absurda entre lo que sucede y lo que siente que sucede.
Destaquemos como cierto y paradójico que no poseemos otra herramienta que no sea la propia baba dialéctica para, precisamente, luchar contra ella. En otras palabras, el único peligro real que puede correr la baba dialéctica es ella misma. Todo depende del conductor: nuestro intento puede ser una baba más entre las existentes, o ser el que nos relativice la angustia. La prueba es válida, ya como proeza, ya como uso aficionadamente deportivo de la baba dialéctica. Lo dirán los pensadores: la vida es conciencia de naufragio, menester de natación. Por eso, es menesteroso proclamar a la vitacracia (gran sustantivo introducido por mi prole –todo sea dicho) como, en parte –en lo que le atañe– baba dialéctica capaz de autodestruirse en sus defectos, de crecer en sus aciertos, de perfeccionarse, de darnos verdadera, permanente y creciente satisfacción, alegría, cualquiera sean las circunstancias, hasta las más extremas, en cualquier sentido. Dado que “(...) el objetivo absoluto
a que se aboca la baba dialéctica –obviando plazos y grados de conciencia individuales– es la extinción de nuestra especie...” es ella misma, en su desarrollo vitacrático, en vitacracia, la que puede tender a su fin opuesto, al respeto, ante todo, de la vida, dándose la circunstancia
aneja de que cualquier hecho, ideal o material, que le atente es desechado, de plano, por aberrante y/o degenerado. Ya con esto habría bastante, una luz. En principio, en los casos mencionados, el gobierno prusiano y el vecino belicosos serían degenerados y/o aberraciones contra natura. Y esta consideración, iniciática, podría ser suficiente,
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debido a que todas las siguientes deducciones y decisiones que, en cualquier aspecto, se generasen lo harían desde otro punto, quizás un punto de inflexión en la, hasta hoy, tan abstracta e irretenible felicidad. Este punto es, precisamente, vitacracia.
Naturalmente (este párrafo sólo es para los escépticos) el proyecto es utópico. Es que, me temo, es inhumano el orden impuesto o lo soy yo, particularmente, ante él.
Tentado estuve alguna vez de apartar, en forma pasajera, las biografías,
y explayarme en un desenfadado baboseo... no importa el tema objeto del mismo. Así, he derramado baba –por ejemplo y para ser breve– sobre los estados de la hipocresía y, enfáticamente, en el estado actual de la misma, observando, obviamente, su gatopardismo y su permanente institucionalización. Me refiero a las babas dialécticas religiosas y políticas con las cuales –ha habido veces– me he puesto obcecadamente minucioso, llegando ya a babosearme sobre los sucesivos
órdenes internacionales –variable geopolítica-estratégica– y, en tema, sobre los Estados, los diri-gentes y los (demás) otros habitantes del mundo, relación pan y circo/hambre y circo. Por último (deseo acabar, me siento auto-ofendido) hasta he babeado estas dos preguntas primitivas: (abrir signos de interrogación, que esta máquina no tiene) es justificada –y en ese caso por qué– la coexistencia del optimismo, la euforia y el triunfalismo de los diri-gentes con el convencido, asumido, escepticismo de todos los demás, incluso el de ellos, privadamente (cerrar signos de interrogación). Y –permítaseme un orgasmo dialéctico si no fuera por mi edad– (abrir) hay, y –en ese caso– se da, una real, mutua y compensada interacción entre las babas dialécticas personales, sociales, y las babas dialécticas de los conductores, diri-gentes, sean del planeta, la zona o la célula social (cerrar).
Por no mencionar una que otra digresión, aún más despreciable, que me sé permitir, alegre pero inconfesablemente.
De todas maneras, no dejo de ser un curioso en feudos ajenos. No lejanos, pero ajenos. Pertenecen a los especialistas, según se trate. Dios se apiade en sus advocaciones. Al fin de cuentas, por mi oficio, soy
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un genérico –género biográfico, por más señas– y fiel a mi instinto de vida (en todas sus acepciones: procuro ser muy amplio) me reconforta íntima y profundamente referirme, en forma exclusiva, a los instintivos dominios de mi especie, al conocimiento y divulgación de la existencia y las circunstancias de los demás. Por ello, he estimado procedente acompañar mis apuntes por otros veintiocho escritos, ajenos todos ellos entre sí y de mí, que son ejemplos –plagios de plagios– de algunas, sólo algunas pocas, babas dialécticas universales, intem-porales43.
Confieso –no sin sano orgullo– que la tarea ha sido descansada. Cuando se conoce y se sabe aplicar la baba dialéctica, a su vez se sabe, en el oscuro pozo que se nos suele (re)presentar la existencia, distinguir por dónde discurre la vida y por dónde su baba.
Con estas entregas realizo mi contribución al espíritu final que D. Isidoro De Lorenzo preconizó verbalmente, ya incapacitado para escribir, entre quienes le frecuentaron hasta el mismo umbral de su última verdad. Me refiero tardíamente –como quien arroja compulsiva, apresuradamente, la última semilla antes de la tormenta– al espíritu de Don Isidoro. A su último, solitario, espíritu de confianza en las new optimist tendences, nacidas –a veces parcas, a veces bullangue-ramente– del conocimiento y aplicación amorosa de la baba dialéctica. Y lo hago como quien sabe que, si da un paso más, pisa en falso. Tan sólo la ofrezco, como el señor de Bouzúa cada vez que el destino lo pone frente a los leones44.
El biógrafo desea ya en este punto dejar otras consideraciones a los lectores, modestamente esperanzado de que no hagan con éstas lo que De Lorenzo precisamente definió –denunció. Por el bien de todos.
La distancia entre el profesor y yo se hizo evidente. Una tarde acompañé, grabador en mano, a Lara y a él, al Centro Cultural Parque de España; lo recorrimos, y fuimos a descansar a la sombra de los árboles de la Plaza de Guernica después de beber, cada uno de ellos, dos pacharán con hielo en el Centro vasco Zazpirak Bat. Me dijeron entonces sentirse inundados de espíritu místico. Sentados y tomados
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de las manos mantuvieron una preocupante conversación que, además de agregar a este trabajo, creí adecuado remitir al Episcopado.
La huida de Dios
Lara: —¿Qué es o quién es eso que va ahí corriendo?
Prof. Bouzúa (hijo): —Es Dios.
—Y, ¿por qué corre?
—Porque huye.
—¿Cómo que huye Dios?
—Sí, ése o eso es Dios que huye.
—¿Y de qué huye?
—Huye de todos y de todas las cosas.
—¿Y por qué todos, y todas las cosas, le persiguen?
—Porque todo y todos se han rebelado contra Él.
—Las cosas, los animales, las personas, ¿se han rebelado contra Dios?
—Sí, sí, ¿no lo ve? Todo lo corre, lo quieren agarrar.
—¿Y si lo llegan a alcanzar qué le querrían hacer?
—¡Vaya a saber Dios qué le querrían hacer! Pero aparentemente ni Él lo sabe, puesto que preventivamente ahí va, huye.
—Sí. Y nosotros, ¿por qué no estamos como el resto persiguiéndole?
—Porque siempre y de todo tiene que haber algún espectador, algún testificador.
—Ah, y... ¿Qué deberíamos testificar?
—Justamente este hecho.
—Y, ¿qué título le deberíamos poner?
—Creo que el de Punto de inflexión vitacrático.
—Esto –la persecución a Dios–, ¿es un punto de inflexión vitacrá-tico?
—En apariencia –hasta ahora– yo reflexiono que sí.
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—¿Por qué?
—Porque Dios hasta ahora hizo todo mal. ¿Ve que mucha gente manifiesta su disconformidad?
—Sí, mucha gente, muchos animales y muchas cosas, todo lo corre. Pero, si todo y todos lo alcanzan y, por ejemplo, matan a Dios...
—Eso ya lo dijo Marx...
—¿Qué es lo que dijo?
—Que Dios no existe.
—Pero es que Dios existe, ¿no ve?, ahí va.
—Sí, claro, todavía.
—¿Pero si lo matan...? Eso no sería nada vitacrático, porque la vitacracia
propone justamente el derecho a la vida de todos, sin excepción de nadie.
—¿Le parece que podemos pararlos a todos y a todo?
—Intentémoslo.
—Pero en ese caso Dios se va a salvar y todo va a continuar igual...
—Sí, ésa es la paradoja...
—¿Y si después de todo fuera inocente?
—¿Que Dios ni fuera culpable?
—Exacto.
—Casi seguramente que no es culpable.
—Entonces todos y todo deberían ir por otro lado.
—Naturalmente.
—¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos de testigos o intervenimos?
—Intervengamos, salvemos a Dios.
—¡Eh, alto! ¡No le hagan nada!
—Se pararon.
—Sí –es notable– y Dios también.
—Vamos a charlar.
—Mire, escuchan.
—Así, sí, éste es un principio vitacrático.
—¡Qué suerte!
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—Especialmente por Dios.
—Y por todos.
—Tal vez ahora Dios reflexione.
—Casi seguro, ¿no vio la cara de espanto que llevaba?
—Sí, sí, parecía el mismo Diablo.
—Buena comparación, buena comparación...
—Sí, me salió sin querer.
—Quizá sea otro punto vitacrático.
—¿Cuál?
—Relacionar a Dios y al Diablo.
—¿La unidad, la completud que hacen Dios y el Diablo?
—No, no, eso también está visto... Otra cosa que todavía no alcanzo a discernir.
—Y, sí, la vitacracia propone entablar una nueva discusión, aún no soluciones.
—Bueno, parece que hemos comenzado, mire: ahí viene Dios y todo y todos detrás.
—Sí, como en asamblea general...
—...constituyente.
—Sí, ojalá sea de la vitacracia. ¿No le parecería bien?
—Claro, si soy el que la propone.
—Bien Bouzúa, bien, le felicito.
—Me felicita de nada, no me haga avergonzar.
—Disculpe, ¿nos unimos a Dios, a todos y a todo?
—Si siempre lo estuvimos...
—¿Ah sí? ¿No éramos sólo testigos?
—Sí, testigos, pero nos corrían.
—¿Nos estaban todo y todos corriendo?
—Sí, ¿no se dio cuenta?
—Sí, ahora que me lo dice, sí.
—Pero también corríamos a Dios.
—Sí, es curioso: también perseguíamos con todo y con todos a Dios.
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—Sí, era la lucha eterna a la que me refiero con el punto de inflexión vitacrático, para alcanzar de una vez por todas, en la condición humana, la realización de la paz, de la armonía sin aburrimiento.
—La vitacracia.
—Eso.
—Deme un abrazo.
—Cómo no...
—Ahora vamos entendiéndonos, ahora vamos entendiéndonos...
Y empezaron a besarse tan larga y efusivamente que tuve que retirarme.
Para esas fechas, la Secretaría Académica de la Facultad organizó el I Encuentro Psicológico de Familias Laicas Hispano-argentinas al que Bouzúa (hijo), si bien no fuera invitado, asistió en calidad de oyente. Después de escuchar todas las ponencias, pidió la palabra:
Consejos a los que buscan cónyuge
—Que otros desarrollen mis ideas —comenzó diciendo—. La genética.
Por ahí va. Y por lo de cíclico en lo humano, también. Se dice que de los peores padres han nacido los mejores hijos, y que de los mejores padres los peores hijos, en sus comportamientos generales y particulares: en el amor y el odio anidados en ellos hacia su mujer o marido, hacia los hijos, para con sus padres al cabo de los días, ante la sociedad... y ante ellos mismos. Así, padres e hijos, tanto para bien como para disgusto. Entonces habría que elegir, en principio, potenciales
seducidos hijos de malos padres. Quedaría asegurado –de haber un posterior entendimiento– que se entabla relación con una persona buena, positiva en todos los alcances arriba mencionados.
—Ahora bien, uno también debe analizarse, para saber si el festejado –que, por lo dicho, sabemos bondadoso– a su vez se va a casar con una
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persona benigna o no... —le apostillaron.
—Muy bien dicho. Entonces, es de descifrar cómo fueron nuestros padres con nosotros mismos: buenos o malos padres. Si fueron a nuestro criterio benévolos, nosotros somos unos hijos de puta –en el sentido insultivo al hijo, jamás a la madre que, como tal, decidimos santa. En aquel momento, nuestro futuro cónyuge lo va a ser de un forajido, de una atorranta, según el caso.
—¡Brillante! —dijo una exultante alumna.
—¡Hombre!, no es lo mejor que se puede pedir... —le contestó un psicólogo español.
—¡Hombre!, si es hombre —continuó Bouzúa—. ¡Mujer! si es mujer, y, si es un grupo mixto, ¡amigas y amigos!, por ejemplo. No ¡hombre! si se va a sermonear a una dama –quizá con un cerebrito femenino
mil veces más inteligente, sensible y lúcido que el del hombre... Para concluir pues, si nuestro cónyuge bueno se casa con uno malo, en principio bien: uno será un/a hijo/a de puta pero acompañado/a de gente buena.
—Eso es como para analizarlo desde social hasta psicoanalítica-mente... —moderó Varela.
—¿No se ha dicho ya? ¿Qué? ¿Hay que repetirlo? ¿Hay que trabajarlo
días, meses, años, para asumirlo y superarlo? Un poco de Lacan es provechoso para que paciente y terapeuta se muevan, hasta el punto de ambos dejar el análisis retrospectivo cuando quede claro que hasta ahí ya se comprende... No intentar torcer el sentimiento que se tiene de los recuerdos. Y no por artificial sino por ilógico: se puede cambiar la actitud presente ante una impresión pasada, pero no ésta. Una vez que el pasado está contado lacanianamente –por ejemplo– se entra a debate abierto y franco sobre las consecuencias presentes de aquellos condicionantes. Naturalmente, si emergen –como emergerán– otros temas, se puede volver al diván, o al revés: suplantar el dilettante oral diván45 por un debate a base de un positivo pragma-tismo, para cerrar convencidamente en paz ciertos recuerdos que son –justamente– sólo eso: recuerdos que nada tienen que ver con los problemas de hoy,
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incluido el pago del terapeuta. Así que ni lacanianos ni conductistas ni eclécticos. Sino sus hijos propios y políticos, vitacráticos... A todo esto yo no me explico por qué Freud no lo enunció así, aunque no sé si pensaba de esta manera. Bueno, pero no me preocupa en absoluto. Sé lo que digo con suficiente convicción como para no tener que carearme con otros, tan fascinantes y miserables como yo. Por otra parte, pocas veces me consideré un miserable –todo lo contrario– incluso en mis momentos más miserables (...)
Fue muy discutido por los organizadores y festejado por los alumnos:
los primeros alegaron falta de rigor y los segundos que lo que sobra es el rigor. Acompañé a Bouzúa (hijo) fuera del Aula Magna y, quizá sugestionado por el conocimiento psicoanalítico que acababa de mostrar, le di a leer lo de abajo, escrito hace un tiempo por mí, y que me permito incluir con el propósito de desmentir a quienes me califican de insensible.
Yo no sufro más penas que otros
Ignoro cuántas penas sufren los demás. Mis penas no son más habituales
que lo corriente, aunque no sé con qué periodicidad ocurren en los otros.
No sufro demasiado diferenciadamente. Lo sé por la razón similar anterior.
Podría decir lo mismo sobre mis momentos de placer. No lo haré pues me es odioso el placer cuando no me quiero referir a él.
Pero amo los placeres. Sin embargo, confieso que lo hago en forma bastante oculta. El reconocer placeres obtenidos es abrumadoramente más pecaminoso que el hacerlo con los sufrimientos soportados.
Actuando así, me ahorro problemas con la gente.
Y ellos se creen que soy un desgraciado.
Y nadie llega a intuir la verdad.
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Quiero decir que nadie sabe que realmente soy un desgraciado.
Bouzúa me escuchó en silencio y, sin otros comentarios que los habituales
lugares comunes entre dos hombres en esas circunstancias, me invitó a una picada de milanesa en la chopería Blanco. La acompañamos con abundante cerveza; sin hablar, hasta altas horas de la madrugada, bebimos pensativos. Nos despedimos con un breve apretón de manos. Cuando me iba, ya lejos, volví la cabeza: Bouzúa (hijo) aún estaba allí, mirándome. Me saludó con la mano. Yo hice como si no lo divisara.
Como todos saben –al menos como sabe cualquier rosarino– en noviembre de cada año se realiza en la explanada adyacente al Monumento
Nacional a la Bandera una nueva edición de la Feria de las Colectividades, fiesta popular que hace tiempo comenzó como una discreta reunión de algunos descendientes de los inmigrantes –de muy variada procedencia– que a principios de siglo se establecieron en la zona y que ahora, últimamente, congrega no sólo al millón largo de habitantes que tiene la ciudad sino que también atrae a gentes de otros puntos de la provincia y del país. La fiesta –que dura una semana– consiste
en pasear de stand en stand de cada colectividad, degustando sus platos y bebidas nacionales, contemplando sus particulares artesanías y bailando al son de sus músicas folclóricas. Debido al serio ajuste económico puesto en marcha por los dirigentes, cada año cada vez más la mayoría se limita a mirar y oler los platos de sus ancestros, en un paseo famélico; y la minoría pudiente –la de los dirigentes– casi no concurre, porque prefiere recordar a los antepasados directamente en sus lugares de origen, contratando tour operators internacionales. A veces, por necesidades electorales, asisten al acto de apertura o al de cierre, manifestando por los altoparlantes su satisfacción por encontrarse entre olor de multitudes. Luego se van, dejando a la gente divertirse entre espectaculares medidas de orden público, como ser las famosas parejas negras de seguridad –hombre rigurosamente camuflado de negro y perro
doberman–, armado, sólo el primero, con los también inolvidables
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bastón largo, pistola 9 mm, ametralladora Itaka (cargada con balas de goma o plomo) y muchas granadas de gas lacrimógeno.
Ese año, el marco oficial se veía reforzado por la presencia de los dos acorazados antes mencionados, cuyos comandantes se habían ofrecido para disparar sus cañones contra blancos situados estratégicamente en las islas de enfrente de la ciudad, para, así, ayudar en la conmemoración de las épicas batallas que forjaron a nuestras patrias.
Al ser yo –en mi doble calidad de Secretario Financiero y asesor del Rector– invitado a visitar los acorazados y el palco de honor –y por estar Bouzúa imbuido en estos temas de la paz y la confraternización entre los pueblos– me pareció lógico ofrecerle que me acompañase, pero, visiblemente nervioso –como espantado– recuerdo que me contestó:
—Pero... ¿qué me está sugiriendo?, no, no, gracias.
Nos quedamos un momento mirando uno al otro, como desconociéndonos
una vez más.
Pese a que siempre supimos que nos separaban posiciones más irreconciliables por incomparables que por irreductibles, fue recién entonces que ello se hizo manifiesto.
Luego, Bouzúa miró a través de la ventana de la Secretaría y, ya serenado, dijo:
—Por Dios, vade retro Satanás.
Se despidió con una sonrisa triste y estrechándome cálida y afectuosamente
la mano. Antes de cerrar suavemente la puerta me sostuvo de nuevo la mirada (entiendo que yo la bajé para dejarle expresarse más) y concluyó:
—De todas maneras, yo estaré por allí, señor Secretario, yo estaré.
No lo volví a ver más hasta que lo hice, por última vez, desde la cubierta de uno de los acorazados: él estaba en uno de los cuatro balcones
de la cúspide del Monumento Nacional a la Bandera46, con un megáfono en la mano con el que llamó nuestra atención y la de miles de personas. Pero esto ocurrió después de varios discursos de dirigentes
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nacionales y extranjeros –y de otros hechos– que creo conveniente relatar
antes de referirme a la aparente muerte –desaparición– del profesor don Haro de Bouzúa.
Debido a su intervención en el I Encuentro Psicológico de Familias Laicas Hispanoargentinas, la ya acentuada fama del profesor Bouzúa (hijo) aumentó en esa dirección. Prueba de ello es el posterior relato, que me hiciera Lara, mientras inútilmente procuraba yo llevarle a otros terrenos, tanto mentales como físicos.
Homo psicosapiens
Cuando el profesor Steigman47 dijo que el oyente –o sea, el psicoanalista–,
debía atender al discurso y no al relato de su paciente o, lo que es lo mismo, a lo que procura decir el paciente inconscientemente, no literalmente lo que refiere, hizo un alto, se tocó la barbilla e interrogó a todos los alumnos: “Porque... ¿qué es el discurso del paciente...? ¿Qué quiere decir discurso?...” A Haro estas preguntas le parecieron sencillas pese a que todo el auditorio procuraba encontrar una definición de “discurso”,
sin hallarla. Pensó que el discurso es el “dis-currir” de la mente del paciente, su no-curso, su asociación libre de ideas. Finalmente, una niña lo farfulló ante la casi ya exasperada expectativa de Haro. “Muy bien, muy bien”, se oyó. Pero, más o menos mientras se hacían estas consideraciones en voz un tanto elevada, como comentando un postulado
firme, Haro, logrando una voz entrañablemente confiada que, al menos aparentaba lucidez, ecuanimidad, claridad de ideas y conceptos, cátedra, suficiencia serena, amiga y gentil48, dijo: “No olvidemos que sí, es cierto, el paciente está, mentalmente, discurriendo, pero para que su discurrir lo pueda conocer el oyente –el psicoanalista o el psiquiatra– ese discurrir –digamos puro– del paciente, se mediatiza por el lenguaje, o sea el medio por el cual el oyente se entera, supuestamente, del discurrir del paciente. Y, siendo el lenguaje un instrumento limitado –atravesado49–,
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de todas maneras el oyente estará escuchando un relato y no el discurso real del paciente...” El alumnado hizo silencio y el profesor Steigmann miró a su alumno avanzado y preferido, W. Kramer, y le hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: “¿Qué dices a esto?” Kramer miró a todos y primero dijo: “¿Y por qué yo...?”, pero luego se recompuso y dijo algunas cosas, sinceramente incoherentes. Le salvó una compañera cuando adujo que justamente ésa era la tarea del psicoanalista: la de poder
interpretar lo que realmente el paciente “comunica” cuando quiere decir, se contradice, comete ciertos lapsus, etc, etc. “¡Claro, eso era!”, pareció entonces el comentario generalizado y ya en voz bastante alta. “Exactamente”, aprovechó el profesor Steigmann que, dando unos pasos hacia adelante y señalando con el índice a Haro –en forma malamente paternalista– denunció que, posiblemente, Haro no tenía clara la lectura que todo psicoanalista que se precie debe hacer en las palabras de sus pacientes. Haro se relamió50 para sus adentros, porque justo había encontrado
una respuesta concluyente al punto de llegada en que estaban profesor y clase: “Ya mucho menos —dijo Haro— el oyente puede tener la soberbia, rayana en el totalitarismo, de pretender ayudar al paciente ‘interpretando’ primero, y en forma absolutamente subjetiva –ya que su juicio es obviamente personal– el relato que realmente percibe del paciente, para aún luego intentar interpretar el íntimo, recóndito, final dis-currir del paciente. Eso ya es una alegría científica no admisible en un plano serio, riguroso”. Se escucharon algunos “sí, señor”, “es así”, “claro”, “muy bien”. Haro no los miró por pudor o, mejor, por vergüenza ajena... Otras voces se levantaron en acérrima contra. A éstos Haro les interrogó dos veces sucesivas: “¿no lo comprenden?” y “¿no tienen dudas?”. “¡No!”, escuchó. Entonces, Haro, sonriendo y calmándoles con un gesto de sus manos, ironizó: “¡Ah!, siendo así, no se preocupen”. A continuación la conferencia no pudo seguir normalmente. Se formaron grupos que discutían vehementemente la cuestión. Y estudiantes, chicos y chicas, se acercaron a Haro interrogándole sobre uno y otro aspecto e invariablemente Haro les respondió que no quería discutir, que estaba cansado. Le preguntaban si era psicólogo, profesor, dónde dictaba sus
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clases, y un: “¿De dónde vienes?”, que sonó surrealista. Haro respondía lacónicamente y me insistía en que me diera prisa para acompañarle fuera del aula, porque lo que él realmente quería era estar conmigo y le agradaba por igual el escándalo académico que había producido como el posible encandila-miento que en su mimable mocita habría podido despertar51... Esa noche, la diosa compañera Lara –yo– regañó a su compañero Haro, reprobándole su comportamiento por el posible trauma que podría crear, tan gratuitamente, por gracioso, a los hombres, desestabilizándoles uno de sus mitos institucionalizados más serios, como el atendido por los Ministerios de Educación y Salud Pública... Sin embargo, cuando Haro estaba desvistiéndose para dormir no sentía realmente culpa: “Está bien”, se decía, “que cada cual piense lo que quiera. Para eso creen en el libre albedrío...”
—Y vos, ¿también te desvestiste?
—¿Cuándo? ¿Cuando Haro se desvestía?
—Sí, claro.
—No, si yo ya estaba desvestida. Quiero decir... usted se jode.
—Seguí...
—De todas maneras a Haro le quedaría alguna mejor sensación en la boca porque siempre recordaría a una estudiante que, en voz baja, pausadamente –pese al barullo– le preguntó si tenía razón además de aparentarla, a lo que Haro le dijo que no, que todo era simple dialéctica,
nada más, que la realidad seguiría siendo la suma de las dudas y la dialéctica un juego infinito inventado para ella: el mejor laberinto.
—Y la chica no le entendió nada, ¿no?
—La chica le respondió con un ya tan meditado y sentido que a Haro le dió un vuelco el corazón.
—Bueno, andá nomás —corté únicamente porque yo tenía que hacerle
unos mandados al Rector. Lara estaba tan emocionada de su propio relato y de su profesor que, suspirando de una forma desconsiderada ante un hombre –llenando todo su ya de por sí impresionante pecho y ruborizando voluptuosamente las mejillas por sus propios pensamientos
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y sensaciones– saltó de la silla y se marchó.
Al tener tan privilegiado lugar de observación –el palco oficial y las cubiertas de los acorazados– me fue fácil grabar los sucesivos discursos ofrecidos por los dirigentes –locales y foráneos– a la enorme concurrencia
al acto de apertura de la Feria de las Colectividades de ese año que, en este libro, nos interesa por la histórica presencia del profesor Bouzúa. Grabé exactamente siete cintas; en días posteriores, las transcribió al papel una bella empleada de la Facultad, la cual, de esta manera y de otras, se ganó conmigo no sólo que la Universidad no prescindiera de sus servicios sino también un ascenso, sin tener en cuenta su antigüedad inferior a la de todos sus compañeros de oficina. Ante la sugerencia de lo brevemente enunciado, justifico absolutamente mi conducta, incluso las fuertes palabras de advertencia que le dije, como persona mucho mayor que ella y, por ende, más experimentada, esa inolvidable mañana que la llevé al motel El gato negro, debido a que yo puedo entender –y, en ciertos momentos, hasta disfrutar– que su juventud aún la induzca a actitudes simpáticamente heroicas, pero no necesariamente tolerar que ello la lleve a perder su trabajo, máxime considerando que –con el Decano y aprovechando las facilidades de las leyes de flexibilización laboral– poco antes resolviéramos no renovarle el contrato a su marido. En cualquier caso, no creo que a los lectores les interese la vida de una empleada, por más categoría que –por mis buenos oficios– logre. Si bien –en conjunto con sus compañeros– no se me escapa que conforma la Institución que yo creo dignamente representar.
Lo que aquí interesa es que la chica me hizo un trabajo estupendo, el cual, obviamente, no puedo transcribir en su totalidad, porque implicaría otro libro, amén de aburrido: es proverbial la capacidad de la dirigencia para hablar sin decir casi nada. Por lo que, según mi –al menos creído– buen criterio, he seleccionado los momentos más relevantes, los cuales a continuación, sin más dilaciones, reproduzco.
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Discursos desde abajo del Monumento
En primer lugar, habló el delegado papal:
“Queridos hijos míos, rebaño de Nuestro Señor, (...) os hemos aquí reunido para que –con un festejo ordenado– podáis agradecer a Dios y a vuestras autoridades la oportunidad que os han brindado justamente para poder comer, beber y bailar ¡moderadamente! Así que, ¡danzad, benditos, danzad... dando gracias al Señor!52”
Luego, se encaminó con solemnidad –entre la gente que, motivada por las fuerzas de seguridad, se apartaba como las aguas del mar Rojo– a la cubierta de uno de los acorazados, donde procedió a bendecir los cañones y la pila de proyectiles que serían disparados contra los blancos colocados en las islas entrerrianas. Dijo, entre otros conceptos:
“Que nuestro Señor Jesucristo les ilumine la trayectoria para que nuestros soldados de hoy no desmerezcan la puntería de nuestros soldados
de ayer53 (...)”
A continuación, hizo uso de la palabra el señor Gobernador:
“Querido pueblo santafesino, (...) al verlos a todos ustedes rodeando mi escenario, emocionado hasta las lágrimas comprendo que no me equivoqué cuando pensaba –fusil en mano– que, si la violencia no me llevaba al poder, probaría con la democracia. Y resultó. Gracias por votarme, gracias.54”
Acto seguido, el señor Intendente:
“¡Ciudadanos!55 (...) curadas las heridas del pasado56, el señor Gobernador
y yo hacemos del orden en progreso57 nuestro objetivo para con ustedes; no tienen nada que agradecernos: es nuestro deber, ¡viva mi ciudad!58”
Como a la Feria anualmente concurren, entre otros, más y más entrerrianos
celosos –como todos– de su patria chica, se estimó prudente que su gobernador les dedicara unas breves palabras: “(...) entonces, queridos coprovincianos, no tienen de qué temer: tanto mi colega –el señor Gobernador de nuestra hermana provincia de Santa Fe59– como el señor Intendente de Rosario y los señores comandantes de estos
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hermosos acorazados, me han dado todas las garantías sobre la capacidad
de fuego y escaso margen de error de los cañones con que nos dispararán. De todas maneras, pese a que nuestros isleños caprichosamente
no querían abandonar –sólo por el momento– sus casitas, ¡ya los hemos trasladado y alojado a salvo!, en galpones que los dirigentes de nuestra querida Sociedad Rural han permitido que ocupen –con los evidentes trastornos que ello representa para sus delicados animales de pedigree–; y es que... ellos son comprensivos y entienden que... ¡la fiesta debe continuar, si es posible, cada vez más!60”
Así la gente bailaba enardecida, habiendo más discursos programados.
Ya esperaban, ansiosos por hablar en público, los dirigentes de cada colectividad. El Intendente se mostró inquieto; tomó el micrófono:
“Por favor, por favor hagan silencio... Por favor, a ver si dejan de bailar un momentito... ¿No me escuchan?, Oigan por favor, atención... ¡Firm...!61”
De la larga lista de oradores –representantes de cada grupo inmigratorio–
por su elocuencia respecto a este trabajo he rescatado ciertos pasajes.
Cuando el director de ceremonias anunció –desactualizado– al dirigente
yugoslavo, con celeridad se aproximaron los de Serbia, Croacia y Bosnia, entre los que –en un momento dado– se estableció el siguiente cruce de opiniones, micrófono mediante:
El serbio: “(...) porque nosotros hemos conducido a nuestra colectividad
al éxito que significa aplastar a los pueblos enemigos...”
El croata: “No tanto, querido amigo mío, no tanto, en nuestras comidas
ginebrinas le he demostrado –ya más de una vez– que ustedes tienen manipuladas las estadísticas y que somos nosotros los que más bajas civiles les hemos infligido...”
El bosnio: “¡Qué simpáticos son mis dos queridos colegas!, pero no les hagan mucho caso: somos nosotros –los dirigentes bosnios– los que tenemos que soportar la tergiversación de las estadísticas ya que –pese a que ciertamente nos han matado y torturado a montones de mujeres y niños– realmente no han sido tantos como los de ellos...”
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Luego se abrazaron y se besaron en cada mejilla. A los periodistas que les interrogaron el por qué de esa afectuosidad –mientras sus pueblos
se mataban– explicaron que, si bien sus deberes en tanto hicieran durar la guerra eran los de alentar a sus respectivos pueblos a eliminar al otro, para después que convinieran firmar la paz debían ir dando a sus dirigidos ejemplos de tolerancia y buena convivencia. Y brindaron con champagne extra brut que folclóricas azafatas acercaron al palco.
Seguramente contagiado por el protagonismo y la euforia de sus camaradas europeos –y a la manera de los espontáneos de las plazas de toros– saltó al escenario el representante paraguayo: “(...) en la guerra que en el siglo diecinueve mantuvimos los dirigentes paraguayos contra nuestros hermanos dirigentes argentinos, brasileños y uruguayos indudablemente
ganaron los mejores: no es mentira –las estadísticas son ciertas– que nuestra masa combatiente fue minuciosamente aniquilada, nuestro territorio ocupado y nuestras mujeres perfectamente sojuzgadas. Es de político reconocer esto. Quizá nuestras tropas, antes de morir, no hicieron todo lo que podían por defender el honor de sus instituciones y de los superiores que en ellas habían depositado buena parte de sus intereses. De todas maneras, antes de vivir deshonrosamente murieron, salvando así –si no el de sus mujeres– el honor patrio...62”
El ambiente se había caldeado y era notoria la fractura entre la dirigencia
–sobre el palco– y la multitud, a duras penas –pero con paradójica alegría– contenida por la férrea barrera establecida por las fuerzas del orden y la seguridad pública, con camiones Neptuno –lanza agua– y a caballo, con escudos.
Fue cuando Haro de Bouzúa (hijo) colgó y dejó desplegado de uno de los balcones de la cúspide del Monumento Nacional a la Bandera una enorme pancarta en la cual se podía leer claramente desde toda la explanada y aún desde más lejos:
NUNCA MÁS
VIOLENCIA
INSTITUCIONAL
Con el megáfono Bouzúa repetía, como en una letanía, ese texto.
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Reconozco que resultaba impresionante. La gente lo aclamaba y los dirigentes quedaron momentáneamente paralizados, y boquiabiertos. Vi a Lara –como de costumbre, desde que conociera al profesor, pertrechada
con un grabador– correr hacia la torre del Monumento, entrar y, luego –abrazada a Bouzúa– mirarnos desde arriba. Las autoridades se sobrepusieron a la impresión inicial y mandaron a las fuerzas de seguridad a desalojarlos. No pudieron, debido a que los dos elevadores estaban bloqueados en la cúspide y las escaleras –en obras desde el año anterior– cortadas por espacio de veinte metros.
Horas más tarde, Lara bajó en uno de los ascensores a los que de alguna manera luego Bouzúa, desde arriba, dejó sin flujo eléctrico. Capturada por las fuerzas de seguridad fue llevada hasta donde estaban los dirigentes –o sea cerca mío– momento que aprovechó para alcanzarme
la grabación de sus conversaciones con el profesor en la cima. Entiendo que lo hizo inducida por el mismo Bouzúa y el temor a que la dirigencia la hiciera desaparecer.
Para intimidar a Bouzúa, la esposaron al mástil de proa de uno de los acorazados, zona muy visible desde las alturas y despejada de gente.
Parecía una bella heroína raptada por un barco pirata, y a quien, en cualquier momento, harían caminar sobre una tabla hasta caer en aguas infestadas de tiburones. Pero estábamos en Rosario y en los comienzos del tercer milenio.
Bouzúa se llamó a silencio. Todos hicieron silencio.
La multitud, expectante, ojeaba, como en un lentísimo partido de tenis, alternadamente la cúspide y a Lara rodeada por los dirigentes. Hasta que éstos, encolerizados por la presencia del cartel, apuntaron los cañones preparados para las pruebas de artillería hacia la torre del Monumento. Bouzúa, sin descolgar su banderola, se introdujo en la atalaya, desapareciendo de nuestra vista.
Ante esto, el delegado papal, con la prédica ambigua que tan bien maneja la dirigencia, repetía a sus colegas marinos: “con calma, con calma”, sin aclarar que no disparasen o que lo hicieran calculada, acertadamente;
y a Lara, que chillaba con desesperación que no abrieran
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fuego: “resignación, hija, resignación cristiana”. Todo un fresco costumbrista
pero, antes de continuar con más pormenores, creo oportuno transcribir la grabación que me alcanzara la joven:
Discursos de arriba del Monumento
Confieso que vivo
—(...) Ahora que estoy viviendo una euforia sentimental –bien acompañada por una física– contigo, opino que siempre viví estupendamente...
Cuando estoy mal creo que es culpa del pasado.
—Eso no puede ser. Mejor dicho puede ser, pero merece ser racionalizado
únicamente para los momentos bajos. Éste, por ejemplo, bajemos Haro, salgamos del Monumento...
—¿Entregarnos? Espera... No puedo discernir todavía si me han faltado afectos... Siempre me he ido. Pero nunca he estado sin palenque más o menos circunstancial “ande rascarme”63, pero que, por serlo, no necesariamente ha dejado de ser profundo...
—Haro, el amor terrible, hermoso, donde hay real entrega, puede ser circunstancial y pasajero, hasta perderse de la memoria sin dejar de ser por ello un sentimiento positivo en la construcción de la vida. Es en la sucesión de sentimientos al menos uno de índole bondadosa... Vamos.
—Yo siempre doy la bienvenida a mis enamoramientos, Lara, cualquiera sea su objeto. En mi vida hay momentos expansivos y de reclusión a cuarteles de invierno, hasta que pasa el chubasco, a veces aletargador como si nunca fuera a repetirse y otras veces más inquieto.
Y cuando llega la expansión mi alma y mi cuerpo vibran según la edad, con sus novedosas interpretaciones pero con tanta fuerza como de siempre, como cuando era niño y jovencito. Hoy puedo decir que con mis años –y contigo, Lara– estoy en la plenitud de mi vida. Pero también fue la plenitud de mi vida a los siete y a los veinte años. Hoy me gusta la vida, también me gustó a los treinta...
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—Entonces bajemos, Haro.
—Espera...
Sensiblerías
—Siempre mi emotividad ha sido muy grande, Lara. Esta mañana, por ejemplo, viniendo por Avenida Belgrano, rumbo al Monumento, desde lejos vi a un hombre barbudo, zaparrastroso, sucio. A la distancia, su aspecto era tan desagradable que el hecho de estar tocando un violín quedaba anulado. Al pasar junto a él, oí que interpretaba Las Cuatro Estaciones, música que a través de los años me ha acompañado en las buenas y en las malas. Oí a ese vagabundo tocar Las Cuatro Estaciones y la emoción fue tanta que se me humedecieron los ojos, se me hizo un nudo en la garganta y fue duro seguir, no quedarme escuchándole...
—Bien te podrías haber quedado.
—Cierto. En este momento, al recordar el episodio, me embarga una sensación parecida...
—Ahora es por otro motivo, Haro, nos están apuntando...
—Están buscando el ángulo... ¿Sabes?, los mejores ejemplos de mi emotividad han sido fotos. Es decir, ausencias. Como la foto de Harito, que voy reemplazando por una más nueva a medida que crece, hasta la de hoy mismo, mira.
—Es casi tan guapo como su padre, pero ya me la habías mostrado, ven, vámonos de acá...
—Espera, te he pedido. Cada noche, cada mañana y a cada momento que lo veo en esta foto que llevo conmigo, o cuando levanto la vista del papel y lo veo en el cuadrito que tengo sobre la mesa, cerquita, sonriente, con sus ojitos parecidos a los míos, me pongo a llorar, se me hace otro nudo en la garganta y le hablo, le cuento de mis cosas, le pregunto de las suyas y me invento sus respuestas. Lloro tanto que me tengo que sacar los anteojos para secarme las lágrimas...
—Ahora no podemos llorar, él te ama, yo te amo y...
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—Y por eso busco afectos hasta donde no los hay, Lara. Los pido a quienes no tienen por qué dármelos. Por eso, a veces acaricio y les pido la pata a perros que veo por la calle, o hablo con niños. El otro día, en una piscina de Madrid, un nenito de unos seis años me pidió, muy dulcemente, que lo bajara de la baranda donde se había trepado. Lo hice con suavidad y rápidamente seguí mi camino pero, en esos segundos que lo tuve en brazos, sentí que era Harito pequeño, el que tanto echo de menos. Fueron segundos de intensa emoción sentir en mis brazos y manos su cuerpito tibio y liviano. Me alejé –si cabe– muy contento y angustiado a la vez...
—No te hubieras alejado tan rápido. De aquí sí... ¿entendés la diferencia?
—Naturalmente, sabes que sí. Qué simpática... En las mujeres, Lara, siempre busco afecto. A veces, apenas las conozco, me acurruco contra ustedes como un bebé. Quizá lo entiendan, o entiendan otra cosa. Da igual, siempre agradezco vuestro instinto maternal hasta que, claro, me rechazan por débil, por infeliz (...)
Amor, tiempo y espacios
—Mirá, Haro. Hay muchas maneras de despedirse. Por ejemplo, cuando yo decidía dejar el lugar donde vivía con un amigo, podía optar en comunicarle con antelación que yo me iría y no nos veríamos más. Trataba de evitar, naturalmente, comentar que nuestra relación no era suficiente, o al menos tanto como para quedarme. O sí, se lo comentaba:
dependía de la conciencia mutua que él y yo nos prodigábamos. O comunicárselo con la mochila al hombro. Le preguntaba si, aún dadas así las cosas, le agradaría acompañarme a la estación, al coche, al lugar donde hacer autostop, al aeropuerto, al puerto... Al ascensor, Haro... Haciéndonos brevísima nuestra agonía pero guardando un renunciamiento,
una resignación no charlada entre los dos, como una especie de aparente, irrelevante frustración sentimental. A veces, aprovechábamos
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para despedirnos todos los minutos que faltaban, hasta en el probador de La Favorita... Hasta en esta torre... ¿querés...?
—Larita...
—Una sana competencia, Haro, a ver quién deja mejor y más sabroso recuerdo. Ésta, por ejemplo, es una agonía más larga pero ejemplar, aunque así me duela más el alma, antes, durante o después. Ya digo... es muy triste y se la pasa muy bien...
—Agridulce, la vida. Acostémonos aquí.
(Se oye que apagan el grabador. Luego, que lo encienden, pero no sé decir cuánto tiempo media entre esas dos acciones, ni entre otras, allá arriba.)
—(...) Lara, no escucho gritos, ni más disparos...
—Ni discursos, Haro, todos están pendientes de nosotros.
—Ni discursos, qué bien.
—Sí, Haro, ya lo hemos hablado. La gente está aterrada, y de eso los gobernantes sacan provecho... Aparentemente se vería una distorsión...
—Un pero qué loca que estoy y qué hace una mujer como yo aquí, ¿no, Lara? Sí, sí. Parece que la humanidad nació y, como a un sapo, de inmediato la decapitaron y ahí anda el cuerpo que la integraba dando cabriolas a tontas y locas (...)Yo podría afirmarte que, más de una vez, los más grandes líderes mandaron huestes de pueblo contra pueblo, no porque éstas creyeran estúpidamente que saldrían mejor en lo que fuera que les proponían sus diri-gentes, sino porque se sentían engañados por sus mujeres.
—Pero yo no te engaño, Haro, bajemos (...)
—(...) A este punto hemos llegado, Lara. Algunos hacen ofertas de posibilidades, otros se abstienen. De ahí, vuelta a empezar. Es un campo aterrador. La vorágine, rápida o lenta de la confusión existencial, los totalitarismos para adentro como para afuera. Es, entre otros espantos,
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el temible y terrible campo del control-descontrol. Puede ser el Fin Mismo... aunque alarmistas te suenen mis palabras.
—No, en absoluto, Haro, nuestra situación es de alarma máxima (...)
—(...)Yo, Lara, valgo de la piel para adentro y ésta es mi bandera, mis palabras. No es transmisible, no puede ser prestada ni alquilada, ni menos aún expropiada. La hice y ya fue.
—Ya está, a otra cosa. Vos me has enseñado, Haro, que la forma de vencer –si ése es el deseo– a la baba dialéctica es superarla. Pero si no se la tiene, o no se la siente negativa, no honra a nadie procurársela para, una vez conseguida, superarla. Si no aparece no se investiga. No es el caso volverse antes un baboso.
—El temor acerca la causa, Lara...
—Racional, demasiado racional, pero también sentimental, demasiado
sentimental. Haro, vamos. Vámonos, mi amor...
—Hoy mis recuerdos son caudales límpidos que fluyen considerablemente
serenos, personal y socialmente bienintencionados...
—Te amo, Haro, me gusta estar con vos.
—Yo también te amo, Lara, y –como en las películas– no sólo me gusta estar con vos sino que también me gusto yo, cuando estoy con vos (...)
Agradecimientos
—He llegado lejos. Desde aquí me miro que estoy allá. Indudablemente
pertenezco a esa clase de individuos a quienes suele gritársele: ¡Alto, exagerados! Y somos quienes responden con una mirada por sobre el hombro, con una sonrisa irónica y triste, altanera y desconcertante.
Creamos –o creemos poseer– un hálito en derredor nuestro que nos distancia del resto, que nos acoraza contra él, a nuestro singular entender, vulgo masificado. Somos los protagonistas par excellence
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de una representación teatral privada. Grandes actores anónimos, sin escenarios preestablecidos. Sin público obediente de cola y corte de entrada,
ni aplausos ni abucheos contratados. Soy de aquéllos que fijan sus escenarios instante a instante. Creamos una escenografía infinitamente original, ya que nunca se repite en ningún acto y pensamiento, ni en aquellos ritos más cotidianos. La puesta en escena de la vida misma y propia no es una tarea descansada. Es un sueño con pesadilla incluida, o viceversa: ésa es la cuestión. He llegado a la rebelión en no pocas oportunidades por este sino, hurgando frenética-mente hacia atrás, he querido retroceder en mis pensamientos hasta adentrarme en aquéllos que momentos antes eran sueños. Me he preguntado a mí mismo, con rabiosa insistencia, sobre la temática de ellos, sin resultados satisfactorios.
En contados casos pude rescatar vagas nociones del pozo oscuro que suman mis noches. Y así se me niega una verdad que sigue siendo desconocida. Así, sin verdad, qué remedio me queda que no sea el actuar o al menos creer que actúo (...)
—(...) Quien no posea la verdad, no importa cuál sea ésta, es el mejor
actor para representar el drama de la vida. Y en solitario, creando a partir de la nada su vitalidad y desdoblando en sus aparentes semejantes los personajes necesarios para su fantasmal mise en scène. Pero cada representación es un fracaso, Lara. Nadie lo percibe excepto el mismo actor. La nueva puesta en escena se erige sobre cimientos endebles, bajo el recuerdo abrumador del anterior, inmediato anterior, despliege frustado. Las pocas veces que se representa un relativo éxito, la mente se embriaga en una equívoca serenidad, algo eufórica pero, por los castigos recibidos, también recelosa, sólo útil como pasmante parámetro para ver cuán a la deriva uno se vuelve a hallar. Esos éxitos no son nada despreciables en sí mismos, tú lo sabes. Por el contrario, yo me suelo encaramar hasta lo más alto de ellos y, desde allí, estiro lo más posible mi cuello para levantar mi cabeza y removerla en el ambiente más diáfano que puedo alcanzar. No soy, por lo tanto, persona que rechace los buenos momentos. Sin embargo debo reconocer que, como buen
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actor de esta mentira que es, ni más ni menos, la subjetiva aunque tan palpitante verdad de mi existencia, la balanza de mi vocación se ha inclinado notablemente hacia el campo del drama profundo más que hacia el de la comedia ligera...
—De cualquier manera, Haro, ya está bien. El futuro será aún mejor. Vamos.
—Apagá el grabador.
—La historia, mi amor, cuando se repite, no es historia.
—¿Qué es?
—Historieta.
(Se oyen ruidos de movimientos y el clic del aparato.)
Por fin dispararon, errando groseramente durante –aproximadamente–
quince minutos de fuego ininterrumpido. Al cabo acertaron, destruyendo la mitad superior de la torre del Monumento Nacional a la Bandera –el único monumento que en el mundo existe dedicado a un estandarte.
El cadáver de Bouzúa, posteriormente, no fue hallado entre los escombros por lo que, jurídicamente, más que muerto fue declarado “desaparecido en acción desestabilizante”. Dada su aparente complicidad
–o simplemente a manera de ejemplar aviso– los dirigentes pudieron arreglar con la policía y el poder judicial para que Lara fuera detenida unos días por “presunta colaboración subversiva”.
Muchas hipótesis tejió la gente simple –el pueblo argentino–, no los dirigentes, que dieron por cerrado y archivado el asunto. Por ejemplo, que Bouzúa realmente no fue muerto, sino que había escapado reuniéndose
con Lara, con quien continuaba frecuentando cualquier lugar público, sin que las fuerzas de seguridad les notasen, como duendes, o masa.
Nunca di crédito a esos mitos, menos ahora que estoy terminando mi libro, después de que todo en mi vida cambiase.
Providencialmente, ayer aparecieron en mi despacho otros manus130
critos firmados por Bouzúa, sin recordar yo si él me los entregó, o si fue Lara, ni cuándo fue. Aspectos éstos que no encuentro relevantes, comparados
con el beneficio que para mí representan esos documentos.
Las categorías “baba dialéctica” y “vitacracia” se incorporaron con insólita rapidez en el argot de la intelectualidad mundial, en primer momento, y luego en el lenguaje cotidiano de la gente. No sólo yo creí ver en ello un germen que crecía con sostenida efervescencia. Organismos
no gubernamentales, universidades, y hasta las Naciones Unidas se apropiaron de estos conceptos, provocando debates que no hicieron más que acrecentar la discusión, la fama de Bouzúa... y la mía.
Pocos años antes de la voladura de la cúspide del Monumento a la Bandera, Bouzúa incluido, el presunto continuador de la lista de héroes sociales que combatieron a los poderosos que sometían a los pobres –Jesús, Espartaco, el Che–, el líder guerrillero árabe Osama Bin Laden, había sido acusado por los Estados Unidos de ser el responsable de la voladura, a su vez, de las Torres Gemelas de Nueva York y de parte del Pentágono. Hechos que, en su momento, en un sentido u otro, disfrutamos
todos con igual estupor, admiración y horror. Mientras miraba embobado una y otra vez cómo los aviones secuestrados por fundamentalistas
suicidas se estrellaban contra las torres, en una repetición periodística que incurría en el mayor grado de morbosidad, ya pensé yo que el atentado era, en lo humano, una atrocidad, pero, simbólicamente,
una genialidad, brillante. Quizás una insignificante opinión de este contador público, pero que fue corroborada, no mucho más tarde, por el ajedrecista Bobby Fischer, quien, además de ser (por lo menos hasta ahora) mucho más famoso que yo, es estadounidense. Un artista plástico inglés de quien no recuerdo el nombre –no me gusta la pintura–
aseveró, también, que el atentado era la mayor obra de arte jamás vista. Pero principalmente me sentí corroborado por la opinión pública mundial, cada vez más disgustada con el imperialismo yanqui.
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Durante el último gobierno militar yo no escondí mi simpatía por la ayuda al Proceso que nos brindaba Estados Unidos. Como buen argentino actual, siempre he preferido a los yanquis antes que a cualquiera
con aires progres que siempre terminan siendo unos zurdos de cuidado64. Sin embargo, sentí una secreta euforia cuando los árabes les volaron las Torres y una cuarta parte de su mayor centro de inteligencia, El Pentágono. Quizás por mi formación católica (ergo, antipro-testante) vi en ello como una advertencia de Dios al gran país del Norte; creo que vi una interna por el poder universal entre Dios y USA. Y, entre los dos, está claro a favor de quién estoy.
La semi demolición del Monumento a la Bandera no sólo conmovió
a la ciudad y al país, sino que se comentó profusamente en todo el mundo. En Francia, al parecer un honorable sociólogo, estimó que las Fuerzas Armadas argentinas no han superado todavía –más de veinte años después– “ni el carácter que tenían cuando se dedicaban a matar compatriotas ni la derrota ante Inglaterra, en la guerra por las islas Malvinas”, y remató, a mi entender un tanto traído de los pelos, “que despedazar su propio falo nacional así lo demostraba”. En Inglaterra, en cambio, como de costumbre, fueron más sarcásticos que analíticos. Se burlaron con más grosería de la habitual en ellos: “Ahora los argies declaran la guerra contra ellos mismos”, “¡Gol en contra: la mano de Dios!”65, “¡Al fin se autoeliminan!”, etc. En cambio, atento a la nueva oportunidad que le ofrecíamos, Estados Unidos aprovechó para reajustarnos
–para arriba– las tasas de interés, alegando que el “riesgo país”se había disparado. Latinoamérica en general opinó, con más o menos impiedad, que los argentinos al fin nos quitábamos la careta al destruir un símbolo nacional que obstaculizaba nuestro eterno deseo de ser europeos o, al menos –como los yanquis– ex colonia británica, no española.
Pero, fundamental –por lo que a mí me concierne–, mil razones se barajaron intentando explicar cómo fue que la ciudadanía argentina
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elaboró un discurso autoexplicativo que relacionaba directamente la responsabilidad de todos los dirigentes, tanto fuesen argentinos, norteamericanos
o árabes, en las voladuras de las Torres, el Pentágono... y el Monumento rosarino. De tal suerte que en la mayoría de las ciudades argentinas la gente salió a la calle para pedir, primero, que se vayan todos, y luego, más caldeados, las cabezas de unos cuantos dirigentes, los que fueran, del Parlamento norteamericano o del Senado argentino. Claro, los que estuvieran más a mano: dirigentes argentinos de cualquier rango y responsabilidad, al manoteo sin ton ni son.
Por eso caí yo en la redada, cuando nunca fui un pez gordo, o justamente
por no serlo.
Luego de unos primeros días durante los cuales se me acusó de todo (incluso de la ridiculez de ser instigador del bombardeo al Monumento y, por ende, de ser –exageraron mi influencia– uno de los verdugos de Bouzúa), las únicas causas que se sostuvieron en mi contra fueron las referidas a una supuesta explotación laboral de los alumnos de Arquitectura
y, en especial, a un acoso sexual que supuestamente habría yo cometido intentando aconsejar a la administrativa que, ciertamente, llevé al Gato Negro, con su consentimiento, como ya he explicado.
Así, los argentinos –sin fama de valientes– evitaron levantarse en armas. Al fin concluyeron histéricamente en masa que “cualquier dirigente
sólo se representa a sí mismo y a su clase” y que, por lo tanto, había que ponerlos en vereda, en mi caso en la cárcel. Al menos por unos días o meses, para aparentar justicia. Al NO MÁS VIOLENCIA INSTITUCIONAL proclamado por Bouzúa, los argentinos le sumaron un efímero NO MÁS IMPUNIDAD, fugaz, con unos pocos chivos expiatorios,
tramando un nuevo pacto tácito, secreto a voces que permitiría que todo siguiera igual, pero con distintas caras, a partir de aquella vieja manera argentina de hacer política... que tan útil me había sido en mis buenos tiempos.
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Estos hechos me conmovieron especialmente al encontrarme yo, por primera vez –siempre había podido zafar– preso. Acusado frenéticamente
por todos los que antes se decían mis amigos. Y por todos los argentinos, quienes, como sabemos, son más filonazis que yo.
Mis meses de cárcel fueron espantosos. Mi angustiante zozobra entre esos compañeros de cautiverio con quienes yo integraba una nueva colectividad –la de los presos– preocupaba hasta al más desalmado de ellos. Creo que yo era el más miserable de todos. Nadie parecía sentir más vergüenza que yo. Un día, para colmo, un funcionario penitenciario me acercó un manoseado artículo periodístico:
¿Revolución Francesa a la argentina?
“Otro presidente argentino se ha ido, dejando más muertos y heridos: físicos, económicos y morales. El plan de éste también era perfecto; lo estaba consumando pero el pueblo, sin guías, sin diri-gentes, con la única bandera argentina, en masa lo echó. Se fue no sin antes provocar
la muerte abrupta de algunos que sobrevivían a la hambruna ya impuesta. Se fue y asumió uno nuevo que, al jurar por Dios y la Patria, hizo –como siempre hace cada presidente argentino– contundentes promesas de solución para necesidades ciudadanas nunca satisfechas, siempre traicionadas.
”Estas circunstancias, esta hora, pueden iniciar un punto de inflexión, un corte en el círculo vicioso argentino o ser la ratificación, ya permanente,
de la corrupción que mata de cualquier manera.
”Como muestra la Historia, el castigo ejemplificador podría ser un punto de inflexión, mientras que, la impunidad, repetida una vez más –ahora desembozadamente– podría ser la instauración (ya perpetua en el inconsciente colectivo) de que de ‘esta vieja forma argentina de hacer política’ no se sale nunca más.
”¿En qué consistiría entonces un castigo ejemplar que rectificara
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nuestro rumbo? Se han escuchado propuestas, entre ellas la que transcribo:
Inmediata convocatoria a consultas nacionales donde se decida sobre temas principales:
”1ª consulta: para saber a quiénes la ciudadanía considera traidores a la Patria; esto es una consulta en la que cada ciudadano confecciona una lista con los nombres de los dirigentes que considera traidores a la Patria, sin límite de cantidad;
”2ª consulta: para consensuar hasta qué dirigente (del ranking obtenido
en la consulta anterior) debe ser efectivamente castigado por traidor a la Patria (así ‘zafarían’ dirigentes locales votados sólo por sus convecinos);
”3ª consulta: para determinar si a los que, en efecto, serán castigados, se los condenará a los veinticinco años de prisión que manda la ley o si, en cambio –para concretar en masa este punto de inflexión donde termine
‘esa corrupta manera argentina de hacer política’– se los condenará, por esta vez, a la pena capital: a ser colgados en Plaza de Mayo, por ejemplo. O a serles inyectado –al tan observado estilo estadounidense– individuales dosis de veneno intravenoso, todo televisado.
”Se ha escuchado este insistente, inquietante, argumento: ‘Sólo así la gente y los dirigentes asumiremos que somos nosotros –no otros del pasado ni del futuro– los protagonistas (vitales y mortales) de la real refundación de la Patria. Porque si a los traidores sólo los condenamos a reclusión perpetua o, peor aún, a esos veinticinco años de cárcel que manda la ley actual, estarán un breve período en prisiones muy seguras –magníficas mansiones, como siempre– desde donde seguirán corrompiéndolo
todo hasta hacerse nuevamente del poder suficiente como para seguir matando y robando, siempre con ese canchero estilo argentino de hacer política, ¿viste?: cagándose en todo y en todos’.”
Como el carcelero me había pedido que después le comentara el escrito,
establecimos, en un recreo, el siguiente diálogo. Comencé yo:
—¿Sabe?, el imperio vitacrático no puede comenzar con el ajusticiamiento
de unos dirigentes ni de unas gentes ni de una sola persona...
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—¿Y ya que usted conoció al propulsor de esas ideas, el finado Bouzúa –Dios lo tenga en Su gloria–, me quiere explicar por qué no?
—Porque la vitacracia no puede comenzar contradiciéndose a sí misma, ¿no le parece?
—Sí, sí. No hay que ser tan rebuscado, quiere decir.
—Claro. El punto de inflexión vitacrático tiene que ser un acto vitacrático, nunca tanatocrático...
—¿Tanatocrático, dijo?
—Sí... a mi entender suena mejor que necrocrático –como le hubiera dicho Bouzúa.
—Por lo tanto, dejamos descartado que los primeros del ranking de traidores a la Patria sean eliminados, ¿verdad?
—Necesariamente. De lo contrario estaríamos haciendo cualquier cosa excepto vitacracia.
—¿No es mucho eso para pedírselo a un argentino?
—¿Mucho? Es todo lo que se le puede pedir. Y no sólo a los argentinos...
¡Si el mundo sigue siendo una matanza!
Nogueras, el mencionado carcelero, parece que quedó impresionado.
Días más tarde vino acompañado por un periodista muy joven, de apellido Castillo, y chaqueño; probablemente –por cómo se hablaban–, amigos o parientes. Castillo venía, de eso estoy seguro, tras su primera gran nota. El “tema” fue la ilegal prepotencia militar de los Estados Unidos
para mantener su hegemonía mundial. Entre otras cosas le dije:
—Es estúpido e históricamente cierto. Es humano. El poderoso quiere
ser aún más poderoso, si es necesario demostrando cuán poderoso es liquidándose a sí mismo, todopoderoso. En este caso norteamericano al clásico errar es humano lo podemos extender a errar también es grupal. No obstante, nosotros no perdamos nuestras utopías. Si sobrevivimos a este presidente norteamericano, Estados Unidos debería ir eligiendo dirigentes menos belicosos debido a que éstos provocan la ira de grupos –incluso países– de la Humanidad Sobrante Universal que salen a volar torres llenas de yanquis, ciudadanos llenos de derechos –y esto, mister,
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ya es intolerable. Si sobrevivimos, las Naciones Unidas deberían sancionar
leyes para evitar patoterismos de parte de cualquiera, incluido el más poderoso de turno. Eso ya sería una luz vitacrática. Luego, la consciente presión –elecciones y otras manifestaciones legítimas– de todas las gentes del mundo debería obligar al cumplimiento de esas normas, encendiendo esa luz. Si sobrevivimos, ya va siendo hora de que el mundo globalizado priorice absolutamente el cumplimiento, antes de cualquier otra cuestión, del primer principio vitacrático: “el respeto de la vida en su mejor representación”, que implica, ante todo, el concreto respeto a las distintas y complementarias Declaraciones Universales de los Derechos Humanos del Hombre, de la Mujer y del Niño. No vislumbro que hemos ni habremos de cambiar nuestra condición, a menos de proezas genéticas. Sólo que hoy día tenemos infinitas capacidades
tanto para aniquilarnos como para mejorarnos. Es lo mismo de siempre, una toma colectiva de decisión que cada tanto la Humanidad consensúa. Pero con la no desestimable diferencia de que, desde hace un tiempo, una mala decisión nos puede llevar –a diferencia de antes en que no éramos tan capaces– al exterminio de nuestra civilización, si no de toda nuestra desopilante especie humana.
Luego me extrañó haberle hablado así. Yo mismo quedé extasiado por mis palabras.
Como fuera, la visita que más me emocionó, pero de distinta manera que antes –cuando andaba suelto– fue la de Lara. Aunque sabía que ella tenía claro que yo no había participado en la muerte de su profesor, sinceramente nunca pensé que quisiera volver a verme. A decir verdad, demasiado yo la había, masculinamente, asediado. Cuando esta vez me anunciaron quién quería visitarme sentí por Lara un profundo aprecio. Pensé en mi mujer, que me había abandonado apenas caí preso y la comparé con Lara quien, cuando más fácil lo tenía para ignorarme, hacía lo contrario y se interesaba por mí. Por cierto, cuando al fin la vi, le confesé estos pensamientos, a diferencia de antes, ahora since137
ros. Quizás por piedad, quizás –como quise creer– sólo por prudencia, ella no respondió a ninguna de estas confesiones. Desde entonces me estoy preguntando si la amo o sólo la quiero –como decía antes– “para tatuar una nueva inicial en mi Colt”. Por supuesto, en nuestra charla recordamos a Bouzúa. También hablamos de honestidad: palabra que hacía bullir de remordimientos y vergüenza a mi cerebro pero, a la vez, palabra que me dejaba ver una posibilidad próxima, muy oportuna.
—El argentino honesto no se vanagloria de ser honesto, entre otras cosas porque es honesto —deslizó en un momento Lara.
—Como el argentino deshonesto no se vanagloria de ser deshonesto entre otras cosas porque es deshonesto —abundé yo.
—Pero esta aparente perfecta dicotomía no es tal. No sólo no refleja la realidad sino que además es imposible...
—No hay un argentino absolutamente honesto ni uno absolutamente deshonesto.
—Comparten –compartimos– los mismos vicios y virtudes.
—Muy parecidos valores...
—Sí, interpretados por cada uno, con más o menos tolerancia de los demás...
—Pero con tolerancia al fin.
—Cómplices.
—Toda la sociedad es cómplice.
—Entonces, ¿vos66 y yo somos cómplices?
—En cierto sentido, entiendo que sí. Somos casi todos conscientes encubridores de una larga traición a la Patria.
—Hace rato que lo sabemos.
—Sí, pero ahora es como si todos nos estuviéramos viendo desnudos.
—¿En bolas, no?
—Ajá.
Últimamente ya me es imposible analizar cualquier hecho, o pen138
samiento, sin relacionarlos de inmediato con las teorías de los Bouzúa y de De Lorenzo. De a poco se me ha ido dando por filosofar, cuando nunca antes. Espero no dejar de ser pragmático.
Si a Bouzúa le faltaba algo para terminar de encumbrarse en el mundo entero era una muerte –o, mejor aún, una desaparición– tan emblemática como la que tuvo: en la cumbre del Monumento a la Bandera argentina. A medida que trancurrió el tiempo el periodismo fue dejando de lado la voladura misma de la torre para ocuparse cada vez más de la vida y las ideas de Haro de Bouzúa.
Y a nadie se le escapa que yo le había ayudado con sus escritos, en especial, con este mismo que estoy acabando. Y que tenía manuscritos y otros documentos suyos que, cuando me detuvieron, entregué a la policía y al juez de instrucción. De todas maneras, para cuando me reclamaron las pertenencias de Bouzúa yo ya había hecho minuciosa copia de todo lo importante.
Por entonces se habló de “la paradoja suscitada a partir de la amistad entre un pacifista como Bouzúa y un delincuente como el ex Secretario Financiero de la Facultad de Humanidades”, es decir, yo. Pero, a la larga, la publicidad dejó de avergonzarme principalmente porque terminé de comprender que yo cuento con un –desde el comienzo intuido– fac-tor de poder que crece al mismo ritmo que la fama de Bouzúa: había sido –soy– su correspondiente, y único, biógrafo. Puedo ser entonces, incluso sin proponérmelo, además su reconocido discípulo, como lo es Lara.
Yo podría ser su continuador. Su apóstol, por qué no. Total, la gente sigue siendo tan estúpida como siempre, para bien y para mal.
Habiendo sido uno de los más próximos a Bouzúa, ¿puedo proponerme
ser su apóstol? Y, en ese caso y pese a que estoy totalmente interiorizado con sus teorías, ¿me interesa dedicarme full time a ensalzar su figura?
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No tengo, por otra parte, muchas posibilidades: salido de la cárcel siempre seré un ex convicto inhabilitado de por vida para ejercer cargos
públicos. Y, además de no haber trabajado nunca en él, el ámbito privado difícilmente acepta prontuariados; menos por estas épocas, con la falta de trabajo que hay.
Si bien yo tendría que cambiar muchos “malos” usos y costumbres habituales en mí por muchas “buenas” acciones al estilo Bouzúa67 la empresa no me pareció –después de un rechazo indignado pero breve– ni absurda en mí, que siempre me he sabido adaptar a los imprevistos, ni inapropiada para mis actuales, y futuras, circunstancias.
Estando en la cárcel he sentido, por primera vez, que ya no puedo perder nada más, haciéndoseme esa sensación absolutamente sofocante. En cambio, desde que, desde mi celda, atiendo más y más pedidos de información sobre “Bouzúa y su experimento vitacrático a partir de la baba dialéctica” empecé a pensar, primero, que me convenía hacerme pasar por un redimido converso, seguidor de Bouzúa. Pero luego pasé a pensar directamente en ser un verdadero continuador de él, he pensado comportarme como Bouzúa.
Desde entonces sé que todos los días estoy a prueba, como los alcóholicos que han dejado de beber. Por supuesto, también he dejado de fumar.
Me gusta este escrito de Bouzúa, que algún día espero terminar de comprender:
Fate
Cada uno razona que su destino es la suma de sus acciones más lo que le influye sin poder controlar. El destino es la valoración, positiva o negativa, que hacemos sobre esa suma. A su vez, esa valoración queda supeditada a la cultura de cada uno: cristiana, hindú, atea, agnóstica,
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etc. Por lo tanto, al ser el destino una valoración humana variable según las distintas creencias, no está definida más que para lo no humano, que no puede variar su valoración justamente por no poder hacerla.
El destino no es más que otra necesidad de la condición humana.
Por último quiero decir que, al comienzo de todo, en mi despacho, tanto me daba recibir a Lara ojeándome con cara de asco, por estar un rato acompañado por tan bella mujer como por mostrarme a la opinión pública con los más allegados a su eminencia, Bouzúa. Pero ahora he ido sintiendo, en la desnudez de la prisión, que la visita de Lara es un providencial abrigo que empecé a extrañar apenas se marchaba. Pero afortunadamente volvió. Una y otra vez. Y cada vez está más a mi lado, ya sin asco.
FIN de VITACRACIA
Rosario, sábado 29 de marzo de 2003. 20:40 hs.
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N
otas
1 N. del S. F. (Nota del Secretario Financiero): Al respecto, es sabido que Jorge Luis Borges le escribió a Haro de Bouzúa (hijo): “Para los in-dagadores de mis fuentes, se manifiesta plenamente la primera, en el intento más entusiasta de transmitir una idea completa en cada frase. Que cada oración lleve, como mínimo, la esencia de su propia vida. Sin desperdicio. Es la fuente bouzuísta. Su padre fue el primero que me desenmascaró la baba dialéctica, dándome ejemplos acabados. Una lograda baba dialéctica. Todas en una. Perfección... al margen de perfectos contenidos. Bouzúa dice lo que se quiere escuchar, perfeccionadamente. Todo lo cual tiene sentido aunque ese sentido no tenga ningún o mucho sentido.”
2 N. del S. F.: Isidoro De Lorenzo fue quien primeramente definiera baba dialéctica.
Una de sus más conocidas biografías fue escrita por Haro de Bouzúa (padre). Lo veremos en otros escritos, más adelante.
3 N. del S. F.: La investigación que pedí efectuara el Departamento de Bellas Artes de esta Facultad –costas a mi cargo– sobre el papel y la tinta de este escrito demuestran –con un mínimo margen de error– que el mismo data de principios del siglo XX.
4 N. del S. F.: Un técnico que, como yo, se precie de ello (no digo tecnócrata por su uso peyorativo) no debe dejar notar que los actos políticos que realizan los dirigentes no existen hasta que son instrumentados por uno, que lo hace con su personal política. Entonces, que nadie se llame a engaño respecto a nuestra eficiencia.
5 N. del S. F.: Igual en el original. En bastardilla Bouzúa cita a su padre y a
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Isidoro De Lorenzo.
6 N. del S. F.: El desarrollo de mi vida a partir de este libro me permite aquí mencionar que hablamos de infidelidades. Recuerdo que Bouzúa me dijo: “Pero, Sr. Secretario, si Ud. –y tantos– le son infieles a sus mujeres, ¿con quiénes creen que lo son, si no con sus propias mujeres, intercambiadas? ¿O Ud. cree que hay una población femenina extra –una Humanidad sobrante femenina– con la que únicamente los hombres se relacionan?” Amablemente le exigí estadísticas y, al verme alterado, me tranquilizó diciendo que era pura baba dialéctica.
7 N. del S. F.: Probablemente, la edad con la que redactó estos manuscritos. Cuando le conocí, no le pregunté cuántos años tenía, pero evidentemente era ya mucho mayor.
8 N. del S. F.: Como en el original: respeto títulos, el desorden e, incluso, las que a mi entender son incongruencias, ya que creo que así se refleja mejor la personalidad y el ánimo –probablemente circunstancial– del prof. Bouzúa.
9 N. del S. F.: Tuve acceso a dicha carta pero, al no tener autorización de su firmante, no he considerado su inclusión.
10 N. del S. F.: Yo grabé este relato. De todas maneras, Bouzúa luego me lo trajo escrito: grabación y texto resultaron exactamente iguales.
11 N. del S. F.: Sólo me permito –cuando me lo permito– sincerarme con la mujer que de turno tengo de amante. Pero como habitualmente suele ser la esposa de algún conocido –amigo o no, pero conocido al fin– me ampara la tranquilidad de que mis dichos no serán comentados.
12 N. del S. F.: En teoría –para todas las corrientes doctrinarias– los impuestos se deberían pagar, porque luego éstos serían devueltos a la ciudadanía en forma de servicios estatales: salud, educación, justicia, seguridad, etc. Pero en la práctica –especialmente en nuestro país– las recaudaciones impositivas son desviadas considerablemente hacia las cuentas nacionales y extranjeras de los políticos y sus amigos. Por lo tanto, nuestros juristas son hipócritas por defecto: no tienen en cuenta esto ni su solución, coadyuvados por el poder judicial y las fuerzas de seguridad, ambos también con intereses creados, cómplices. Por todo ello, si somos consecuentemente éticos y leales a quienes contratan nuestro trabajo profesional, nuestro deber es, en lo posible, ayudarles en la evasión de dineros que, de otra manera, de ninguna forma les retornarán.
13 N. del S. F.: Ídem razón anterior. Al respecto, los juristas de nuestros Consejos Profesionales han redactado una “leyenda tipo” para certificar la legalidad de nuestros clientes que nos salvaguarda de cualquier responsabilidad. Resumien143
do, dice así: “Según la documentación que ‘se nos ha dejado ver’ el Balance (del cliente en cuestión) ‘parece’ ajustarse a las normas ‘normalmente’ aceptadas”. Es decir, nuestros abogados –en un encomiable alarde de ambigüedad– han logrado que nuestras firmas sean inimputables, aún en el remoto caso que se quisiera hacer cumplir la ley.
14 N. del S. F.: María de las Nieves es mi amante, no mi mujer –que se llama Asunción.
15 N. del S. F.: Haro de Bouzúa, con anterioridad a este escrito, ya se había referido, en otros que han obrado en mi poder, a inteligencia pura y aplicada, diferenciándolas de manera análoga a como D. Isidoro De Lorenzo hiciera cuando estableció las diferencias entre las acepciones que el diccionario holandés
Kaprt ofrece de verborragias y las que él le atribuyó a baba dialéctica. Las discusiones que Bouzúa mantuvo al respecto, con psicólogos y psiquiatras, son consideradas memorables. Más adelante, transcribo una de ellas.
16 N. del S. F.: Su marido –mi amigo y colega Huberto Baco– hubo de viajar a la Clínica Puiggari, en Entre Ríos, con urgencia, por prescripción del doctor Luis María Seligmann, nuestro común médico clínico.
17 N. del S. F.: Aquí el lector puede notar cómo la duda, el espíritu socrático de Haro de Bouzúa fue penetrando en mis consideraciones, en una metamorfosis inconsciente, lenta pero sin pausa.
18 N. del S. F.: Hizo reír, pero enrarecida, sarcásticamente
19 N. del S. F.: Todos se miraron sonrientes, como no dándose por aludidos, como si Bouzúa no hablase de ellos –todos dirigentes– sino de otros, de anormales
naturalmente no presentes.
20 N. del S. F.: Los representantes de las fuerzas de seguridad lo miraron estupefactos,
los políticos hicieron como si pensasen en otra cosa, ausentes, y los clérigos asintieron, creyendo que de esta forma se desmarcaban y acusaban crímenes ajenos.
21 N. del S. F.: “No es para tanto”, quisieron suavizar varios políticos, reacomodándose
en sus sillas.
22 N. del S. F.: Los militares se levantaron y se fueron: uno “a llamar por telé-fono”, otro “al baño”, los demás directamente a la calle, excepto los comandantes
de los acorazados, que se quedaron escuchando, luego de mudarse a otra mesa.
23 N. del S. F.: Bouzúa dijo esto al ver el desbande. Un clérigo le afirmó –paternalmente– con un dedo, como diciéndole que eso –rezar– era lo que se debía hacer; luego miró a todos, repitiéndoles el mismo gesto pastoral.
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Pero negó tristemente con la cabeza, con los ojos cerrados como por dolor, cuando Bouzúa agregó “in my way”, y dijo por lo bajo: “hay una sola forma de rezar, hijo mío, la que te indicamos desde la Iglesia”. (N.B.: ahora bien, en mi opinión no habría que prejuzgar, ya que es sabido que ese clérigo no entiende inglés.)
24 N. del S. F.: Todos asintieron abriendo grandes los ojos, como diciéndole: “Hubieras pensado antes de hablar”.
25 N. del S. F.: Esta afirmación los confundió, desconfiadamente, tal vez porque no sabían quién era Nietzsche, o porque como ya no les gustaba nada Bouzúa pero sí la ideología que vulgarmente le es atribuida al filósofo alemán, encontraban
odiosa la coincidencia.
26 N. del S. F.: No la mencionó gratuitamente: es que su foto era tapa de una revista –Playboy– que llevaba un concejal presente.
27 N. del S. F.: A esta altura, al lector le sobrarán más explicaciones al pie (pensar que no, sería ofensivo). Ya está de más decir que los dirigentes daban perfectas muestras de tener absolutamente formado un claro concepto sobre el profesor, a quien miraban ahora con ojos fríos de quien ya calcula necesidades y medios. Por mi parte no está de más decir que nuestra relación –la cual era, vox populi, considerada como amistad– me ponía, si no en un aprieto, en una situación incómoda. Pero fue una de las primeras veces que una situación incómoda me excitaba sin incomodarme del todo.
28 N. del S. F.: Pese a la borrachera, de toda la cargada atmosphera creada, naturalmente Bouzúa se percató –estaba hablando de pie y nos veía a todos. Y se quebró, pero fue justo el momento en que una bellísima camarera, al servirle más champagne, le miró profundamente dulce y comprensiva, y entonces el profesor dijo lo que dijo. Ella, contorneándose, se retiró, y el profesor carraspeó
para continuar.
29 N. del S. F.: Señaló a uno de los apartados comandantes de los acorazados, que lo siguió escuchando sin denotar ninguna expresión.
30 N. del S. F.: Inteligentemente, Bouzúa aquí hace un juego de palabras con las bebidas ginebra y Martini y la ciudad de Ginebra, en la siempre útil –por neutral– Suiza.
31 N. del S. F.: Al lector le puede parecer extraño o no, pero todos, absolutamente
todos, como si hubieran estado de acuerdo, se levantaron despacio y en silencio –como quien se retira de un entierro– y se fueron del restaurante, cuyo encargado les acompañó profesionalmente hasta la puerta, para luego ensimismarse en la Caja. Los demás empleados –ya no quedaban otros co145
mensales– se acercaron a escucharle, entre ellos la mencionada camarera, que lagrimeaba, casi lloraba, como una Magdalena.
32 N. del S. F.: Naturalmente, esto se lo dedicó a la dulce y hermosa mujer.
33 N. del S. F.: Ambos pensaban que, en la vida, había “tres niveles para relativizar
la angustia”: el primero, el exacto de las –justamente– Ciencias Exactas, el segundo, el metafísico –la filosofía–, donde se podía seguir siendo racional y aparentemente lógico y, el tercero y último recurso, la teología, por lo cual las cosas pueden o son exclusivamente por acto de fe.
34 N. del S. F.: Esto, tan dicho como al paso, causó sensación, que algunos acusaron tardíamente, como en mi caso. Ya amaneciendo, y mirando a través de la ventana, volvió sobre esto del genérico Hombre –abarcativo de mujeres–
y su viceversa, que él exitosamente había utilizado apenas llegado. Yo le escuché (admirado de mí mismo, probablemente por cierta repulsa que sentí por tanta consideración hacia las mujeres) y recuerdo –las cintas del grabador se habían llenado– que aclaró no lo tomasen por feminista, que no hacía falta, porque él creía en el machismo únicamente como fuerza bruta, que los matriarcados lo eran pese a esa fuerza; que, los patriarcados, igualmente, siempre eran matriarcados encubiertos y que él, por su dosis de femineidad –po-tencializante de su entendimiento con el sexo opuesto y, por ende, de su viril deseo–, no tenía más que agradecerlo. Y lo dejó ahí, exclamando ¡vive la difference!, justo cuando ingresaba la camarera del Mercurio, con quien poco más tarde, dijo, se fuera a desayunar.
35 N. del S. F.: Hermoso barrio residencial de Rosario, rodeado de villas miserias, en las cuales, se tiene noticia, actualmente viven algunas familias otrora propietarias de los lujosos chalets del recoleto barrio, al cual visitan, ora nostálgicos, ora para mendigarle y/o saquear.
36 N. del S. F.: Según me explicó Bouzúa, este término lo acuñó en España su amigo, el soberbio escritor don Francisco –Paco– Umbral. Así como sudacas es la abreviación despectiva de sudamericanos, Umbral, con anterioridad y otro ánimo, había pergeñado, cariñosamente, latinochés para los latinoamericanos
que usan el “che” –especialmente los argentinos. Bouzúa dijo guardar buena memoria y aprecio de este hombre que le recibiera hospitalariamente en su chalet de Majadahonda –al norte de Madrid– y le encargara a su esposa: “¡España, tráenos sólo agua mineral, que con Haro, hablaremos de Literatura!” y, apoyando sus botas camperas sobre el escritorio, le dijera que los escritos familiares sobre la baba dialéctica eran comparables al intento de Joyce, al omnilibro que él mismo siempre querría escribir. Ante esto, el entonces joven
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Bouzúa le dijo: “Pero Paco, ¿te das cuenta de que, ante el abanico de niveles en el que me podrías situar, me comparás no sólo con vos, sino que con Joyce?” “Bueno...”, dudó y carraspeó Umbral, en su inconfundible manera, y agregó con la voz grave que, según Bouzúa, Paco usa –con variada suerte– para impresionar:
“¿Y por qué no?”
37 Nota de los Correctores: Siglas del Documento Nacional de Identidad de los ciudadanos argentinos.
38 N. del S. F.: En una ocasión, el profesor me relató que el escritor colombiano
manifestó apreciar más las milanesas que amigos comunes argentinos le preparan que las de su país, pero, cuando le interrogaron si le gustaban incluso más que las que prepara Mercedes, su mujer, cambió de tema.
39 N. del S. F.: Bouzúa se refería a este tema a pedido de Varela, por su origen, en alguna manera vasco.
40 N. del S. F.: Varela se quedó desconcertado, mientras otros, con ánimo de descalificar a Bouzúa, decían no haber entendido nada. El periodista, haciendo con dos dedos de una mano tijeras, pidió el corte publicitario.
41 N. del S. F.: Todos en el set se mantuvieron callados.
42 N. del S. F.: Dijo esto al mismo tiempo que señalaba a la mayoría de los presentes con un movimiento del brazo similar a una amplia reverencia.
43 N. del S. F.: Según pude saber, esos veintiocho escritos –“plagios de plagios”–
conformaron un volumen que D. Haro de Bouzúa padre –biógrafo de D. Isidoro De Lorenzo– caratuló Pequeño Manual de la Condición Humana y que fue anotado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Buenos Aires por un cazador de inventos y descubrimientos que, de esa manera, robó su autoría, impidiendo aquí esas transcripciones.
44 N. del S. F.: El tatarabuelo del profesor Bouzúa –asimismo llamado Haro de Bouzúa– fue teniente coronel del Ejército Argentino –no llegó a general por ser nacido fuera del país, en Oyarzun, Guipuzcoa– y participó de la Guerra contra el Paraguay. De sus encarnizadas batallas dedujo su frase: Si os ofrezco mi carne no es porque piense que no hay carnicería como ésta, sino porque creo que será bueno para todos, incluso para mí. Y firmaba Haro de Bouzúa, frente a los leones –para reconocer la valentía de los paraguayos, pero también
como reminiscencia de los cristianos echados a las fieras en los circos romanos ya que, después de aquella terrible campaña, fue el primer Bouzúa de quien se tiene noticia como activo pacifista. Sus uniformes, espadas y una reseña biográfica se exhiben actualmente en el Museo Histórico Provincial Julio Marc, de Rosario.
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45 N. del S. F.: En rueda de autoridades –el Rector, el Decano de Psicología y yo– Bouzúa explicó que en El Estilo de concreción literaria de la Escuela de Literatura se especificaba la determinante diferencia entre charlar escrito lo vivido –Literatura– y el repetitivo baboseo sin soporte de memoria del dilettante oral diván psicoanalítico. Prestamos debida atención; los tres logramos días más tarde registrar la marca Dilettante Oral Diván (para la comercialización exclusiva de unos divanes que los decanos de Arquitectura y de Ingeniería fabricaban a bajo costo con la barata mano de obra de los estudiantes de dichas carreras, los cuales –para aprobar ciertas materias– debían presentar, a manera de trabajo final, como mínimo, un diván).
46 N. del S. F.: Incluyo fotos del Monumento, obtenidas antes y después de los acontecimientos que se narran.
47 N. del S. F.: Decano de la Facultad de Psicología.
48 N. del S. F.: Tuve que detener a Lara en su adjetivización del profesor. No incluyo algunas otras consideraciones que hizo por entender que las virtudes amatorias no hacen a este caso, y menos si son ajenas.
49 N. del S. F.: Para darse más elocuencia se acompañó con gestos de los ojos, la boca y las manos a mi condicionado parecer muy equívocos. La quise manotear, pero se escabulló dando grititos, por lo que creí prudente instarle a continuar, cosa que hizo a mayor distancia.
50 N. del S. F.: Intentó, nuevamente, acompañarse con un gesto de la lengua, pero la detuve con otro, de atenerse a las consecuencias, mío.
51 N. del S. F.: Sin duda, me estaba relajando.
52 N. del S. F.: Para enfatizar, el sacerdote elevó sus manos hacia el cielo; sin embargo, desde la explanada, pareció que señalaba las enormes fotos de algunos dirigentes políticos (civiles y militares, pasados y presentes), lo que llevó a comentarios contradictorios entre la concurrencia.
53 N. del S. F.: Avivó los comentarios contradictorios.
54 N. del S. F.: Y se largó a llorar. Casi todos le aplaudieron, conmovidos de una y otra manera; recién entonces paró, y se rió fortísimo, saludando con los dos brazos al público y a su hija (sentada en el mismo palco, al lado de la hija del intendente), quien bajó los ojos.
55 N. del S. F.: Atemorizada, la gente miró para todos lados, especialmente a sus espaldas. Dándose cuenta de esto, el Intendente hizo dos señas: una, apaciguando
a las fuerzas de seguridad, las cuales –ante el grito de ¡ciudadanos!– de forma automática ya estaban saltando fuera de los camiones, y otra, a la gente, indicándole que aquéllas reingresarían a los móviles.
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56 N. del S. F.: Se dirigió a su respectiva hija quien, a su vez, bajó la mirada.
57 N. del S. F.: Inmediatamente se corrigió: “(...) progreso en orden...”, pero igualmente no quedó bien.
58 N. del S. F.: Algunos le corearon, dando pie a que un grupúsculo respondiera con cánticos alusivos al Football Club Newell’s Old Boys y, otro, al Club de Fútbol Rosario Central, para enzarzarse de inmediato toda la multitud en enfrentados estribillos deportivos. El ex militar los miró condescendiente y, otra vez, señaló a las fuerzas de seguridad que no intervenieran.
59 N. del S. F.: ¡Yo no tengo hermana!, gritó destemplado uno –seguramente alcoholizado o, realmente, sin hermana– que fue escondido por y entre la muchedumbre, antes de ser localizado.
60 N. del S. F.: Lo miraron con desprecio –de reojo todos– y se pusieron a bailar, para disimular. Mientras, un grupo de isleños hizo circular un panfleto donde explicaban que, con la excusa de las pruebas de puntería, definitivamente los desalojaban para construir un complejo hotelero. El creciente barullo casi a nadie dejó ver ni escuchar cómo a continuación el gobernador entrerriano –contagiado de la exaltación general– le gritaba al santafesino “¡hoy por vos, mañana por mí: ya te voy a cañonear!”; y casi llegan a las manos, si no hubiera sido por la rápida intervención del Intendente, que, mediante más señas, los hizo reprimir por fuerzas de la Cruz Roja.
61 N. del S. F.: No llegó a decir ¡firmes! pero la gente ahora sí entendió; algunos,
ofendidos, se fueron, seguidos por fuerzas de seguridad de civil, cuya identidad era delatada por el bulto de la pistola debajo de la camisa y, sobre todo, por los doberman que les acompañaban.
62 N. del S. F.: Fue interrumpido por el aplauso de los dirigentes argentinos, brasileños y uruguayos, y por el abucheo de la multitud, que fue rápidamente reprimida con gases lacrimógenos y balazos de goma.
63 N. de los CC.: Dice el “Viejo Vizcacha” en el poema Martín Fierro, de José Hernández: “Hacete amigo del juez, / no le des de qué quejarse / que siempre es bueno tener / palenque ‘ande rascarse’”.
64 N. de los CC.: Expresión, esta última, que delata la mentalidad poco progresista
del S. F..
65 N. del S. F.: En obvia alusión al gol que Maradona les hiciera, como buen argentino, con la mano, atribuyéndoselo luego a Dios.
66 N. del S. F.: Fue la primera vez que ambos nos tuteamos.
67 N. del S. F.: Llegado el caso, espero no necesitar también inmolarme, por lo menos.
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Esta primera edición de setecientos cincuenta ejemplares de
Vitacracia
de Horacio de Zuasnabar
se terminó de imprimir en los
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talleres de Alma Gráfica
de Norberto Álvarez,
Matheu 2226, Villa Maipú,
Prov. de Buenos Aires,
República Argentina,
en el mes de enero
del año dos mil ocho
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