Proesías a la inmortalidad

Zuasnabar  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 4131 words

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PROESÍAS A LA INMORTALIDAD. Editorial Libros de Tierra Firme. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2001 (64 Págs.) ISBN: 987-540-026-2

Poesía. “Cada una de mis ‘proesías’ es poesía y prosa a la vez, es un cuento y también un poema. Ta

PROESÍAS A LA INMORTALIDAD. Editorial Libros de Tierra Firme. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2001 (64 Págs.) ISBN: 987-540-026-2 Poesía. “Cada una de mis ‘proesías’ es poesía y prosa a la vez, es un cuento y también un poema. Ta

PROESIAS A LA INMORTALIDAD
HORACIO DE
ZUASABAR
2
3
a José Antonio Mendoza Casacuberta y Clarita Boussy Saccone,
mis padrinos,
quienes siempre me han dado todo
sin pedirme nunca nada.
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Proesías a la inmortalidad
Indice
Prólogo
. Agradecimientos
. Manual de Tránsito
. Arbol genealógico
. María Julia Boussy de Zuasnabar
. La brújula escondida (II)
. Delicado conocimiento terrenal
. Palas Athenea (versión libre de 'La Cenicienta')
. Satisfaction
. Proesía bautismal
. No aclare, que oscurece.
. La muerte es inolvidable
. Para Soledad, en soledad.
. Soledad Eugenia de Zuasnabar
. Lúcido éxtasis
. Pertenencia y permanencia
. Amanece
. Profundidad
. Desiderata
. I will survive
. Canto a mí mismo
. De regreso al seno
. Opus existencial
. Inconsciente colectivo
. Humanæ manifesto
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Prólogo
al psicoanalista D. Armando Coll
El orden de las poesías, o de los cuentos, en un libro, sólo lo puede disponer el mismo
autor. Me imagino que, desgraciadamente, se pierde mucho sentido cuando un autor
muere, dejando sin ordenar, él mismo, sus cuentos y poesías. Igual siento que sucede
con un novelista. Yo seré uno de ellos.
Aquel escritor que crea que puede poner un verso, o un cuento, 'de relleno', está loco o
muy confundido. Y ese nivel de exigencia -entiendo que legítimo- se extiende, por
supuesto, desde el orden de las sílabas hasta el orden de los poemas, o cuentos, que
conforman una unidad: un libro que representa a su autor, que allí se juega todo su yo.
Las poesías de un poeta están enhebradas por él mismo, por su singular alma, que tiene
un orden, ya que, si no lo tuviera, aquéllas, sus poesías, sólo serían grupos de ideas y
sensaciones, sin el trasfondo de la musicalidad exclusiva del espíritu del escritor.
Este aspecto se enriquece mucho más si el autor consigue, antes de morir, vertebrar en
un volumen su obra completa, desde novelas, cuentos, poesías, versos, frases... hasta
sílabas, si así quiere y puede. Porque la tarea es agotadora: uno se sitúa en esos instantes
cruciales (determinar el orden de las proesías en este libro) y claro está que no ordena
por estricta cronología, sino según ha evolucionado en sus ideas, con el fin de
recomponer un espíritu histórico conveniente ahora y aquí, es decir cuando, al cabo, el
escritor ordena su pasado escrito. Y eso, aunque se mienta en la cronología de lo
sucedido, cuando lo hace el mismo escritor, se debería considerar válido. Y
enriquecedor por partida doble: porque en el pobre hombre se apoya la justa causa del
libre albedrío para que rediseñe una versión mejorada -a su actual entender- de su vida
pasada por escrito, y porque, los lectores, al menos así tienen claves y señales más
lógicas y correspondientes que si el orden lo hubiera determinado cualquier otro.
El lector entonces sí se larga a recrear obra y vida del escritor, cuando sería estúpido
hacerlo sabiendo que el orden de las poesías, o de los cuentos, lo dispuso otro que no
tenía nada que ver con el orden real o imaginado -deseado- por el sujeto entre las
manos.
Ordenar, decía, íntegramente la obra presenta un matiz: hacerlo por 'rubros' -poesía
erótica, poesía política, etc.- tiene como efecto una división de inspiraciones sobre
distintas materias muy probablemente contemporáneas -si no simultáneas-, en libros
separados. Pero allí, en cada rubro, perdura también -si al orden, insisto, lo establece el
autor- un hilo conductor con legítimo derecho de propiedad sobre la vorágine escrita
desde el hoy más patente hasta el ayer más lejano.
Cada una de mis proesías es poesía y prosa a la vez, es un cuento y también un poema.
También es una travesía. Y, por cierto, una proeza. Todo junto, desde el principio hasta
el fin. Y la sumatoria de ellas es mi vida, que presento ordenada según quiero y puedo.
Sólo he deseado sugerir que me lean en orden, desde el principio, con emocionante
imaginación, en tranquilidad, como si este libro fuera una novela, porque lo es, hasta el
final.
Horacio de Zuasnabar
Rosario, septiembre de 2000
Proesías a la inmortalidad
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I: Agradecimientos
He llegado lejos.
Desde aquí miro que estoy allá.
Indudablemente
pertenezco a esa clase de individuos a quienes suele gritársele:
¡Alto, exagerados!
Y soy de quienes responden con una mirada por sobre el hombro,
con una sonrisa irónica y triste, altanera y desconcertante:
creamos (o creemos poseer)
un hálito en derredor nuestro que nos distancia del resto,
que nos acoraza contra el a nuestro singular entender
vulgo masificado.
Soy de los protagonistas por excelencia
de una teatral representación privada.
Gran actor anónimo
sin escenarios preestablecidos,
sin público obediente
de cola y corte de entrada:
ni aplausos,
ni abucheos contratados.
Soy de aquéllos que fijan sus escenarios instante a instante:
creamos una escenografía infinitamente original,
ya que nunca se repite en ningún acto y pensamiento,
ni en aquellos ritos más cotidianos.
La puesta en escena de la vida misma y propia
no es una tarea descansada.
Sólo el sueño es descanso
cuando puedo negar mi propia existencia
ahogando, en el mismo segundo al despertar,
el recuerdo y la memoria de la verdad que develan los sueños.
He llegado a la rebelión no pocas veces por este sino,
hurgando frenéticamente hacia atrás,
he querido retroceder en mis pensamientos
hasta adentrarme en aquellos que momentos antes eran sueños.
Me he preguntado a mí mismo
con rabiosa insistencia
sobre la temática de ellos
sin resultados satisfactorios.
En contados casos pude rescatar
vagas nociones del pozo oscuro que suman mis noches.
Y así
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se me niega una verdad que sigue siendo desconocida.
Así,
sin verdad,
qué remedio me queda que no sea el actuar
o, al menos,
creer que actúo.
Quien no posea la verdad,
no importa cuál sea ésta,
es el mejor actor para representar el drama de la vida.
Y en solitario:
creando a partir de la nada su vitalidad
y desdoblando en sus aparentes semejantes
los personajes necesarios para su fantasmal puesta en escena.
Pero cada representación es un fracaso.
Nadie lo percibe excepto el mismo actor.
La nueva actuación se erige sobre cimientos endebles,
bajo el recuerdo abrumador del anterior, inmediato anterior,
despliegue frustrado.
Las pocas veces que se encarna un relativo éxito,
la mente se embriaga en una equívoca serenidad,
algo eufórica pero, por los castigos recibidos,
también recelosa,
sólo útil como pasmante parámetro
para ver cuán a la deriva uno se halla.
Esos éxitos no son nada despreciados en sí mismos.
Por el contrario,
yo me suelo encaramar hasta lo más alto de ellos
y, desde allá,
estiro lo más posible mi cuello para levantar mi cabeza
y removerla en el ambiente más diáfano que puedo alcanzar.
No soy,
por lo tanto,
persona que rechace los buenos momentos.
Sin embargo
debo reconocer que,
como buen actor de esta probable mentira que es
-ni más ni menosla
subjetiva, aunque tan palpitante, verdad de mi existencia,
la balanza de mi vocación se ha inclinado notablemente
hacia el campo del drama profundo
más que hacia el de la comedia ligera.
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II: Manual de Tránsito
a Jorge Ramón Manuel Tellería
Obligaciones infantiles,
torturas mayores,
para ingresar a un mundo
rigurosamente raro.
Obligaciones de niños
a la búsqueda de un infinito
limitados por flaqueza
y ausencias perpetuas.
Despertar del deseo,
bruscamente acomodado,
dentro de parámetros
socialmente estipulados.
Obligaciones adolescentes,
cumplimiento de pronósticos,
esperanzas y roles
puestos en uno
como en una.
Despertar obligado.
Obligaciones de muchacho,
con muchachas obligadas,
obligaciones estudiantiles,
obligaciones juveniles...,
sin saber porqué.
Con derechos extraviados,
en el mar obligatorio
de libertades adecuadas,
abundantes obligaciones
multidireccionales:
obligaciones colegiales
obligaciones sociales
obligaciones sexuales
obligaciones morales
obligaciones maduras
obligaciones laborales.
Obligaciones con la esposa
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con el marido, con los hijos
con la suegra y el abuelo
con el yerno y los sobrinos.
Obligaciones obligadas
por las circunstancias y por uno
y por los otros desvariados
con los mismos derechos que uno.
Obligaciones seniles
de estar sin molestar,
obligación natural
de envejecer y enfermar.
Obligación de morir,
siendo ejemplo de paz,
y sin saber qué
se alcanza con el fin.
III: Arbol genealógico
a mi abuelo, Tato
Ancestros ciegos de futuro
esculpieron con sus entrañas
cunas de otras cunas
hasta la mía,
aquélla que me abandonó
el día de la conciencia.
Mi abuelo y el suyo,
remotos dioses caídos
al alto abismo del recuerdo,
forjaron el férreo sueño
la tenue ilusión
del hombre cuyos rasgos
soñaron en mí.
Soy de la herencia
de ellos inmortales,
en mi efímero credo
y en mis hijos de barro,
el polvo pesado
de un extraño futuro.
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Y la tradición es
en cada huella
como una equívoca traición
a la estirpe prometida,
aquel arcano medioevo
todavía con un antes
y un moderno contemporáneo
con un hijo por parir.
Soy
en el medio de una saga
el todo del camino.
Infinita caravana
transita quien germina
semilla tras semilla
una historia sin término
y sin memoria que remedie
cada fugaz universo.
IV: María Julia Boussy de Zuasnabar
a S. Freud
Apuro esta escritura para que te conste
cabalmente
que los gritos y malos gestos
que tantas veces te di
no fueron contra vos:
fuiste el punching ball
que, cobarde, utilicé.
Cuántos momentos míos
sin yo saberlo fueron tuyos,
contigo tan lejos.
Los modelos arquetípicos no alcanzan
para describir tu genio y tu figura,
en singular.
Ojalá que mi Universo
sus demoras y sus ansias
no puedan con tu presencia
ni con tu recuerdo,
madre.
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Sé que tu nombre es mi nombre
más que el mío propio.
Soy desde dentro tuyo
desde la ignorancia sabia
de cada mujer engendrada.
No necesito, en mi caso, defender
ni a nadie explicar
lo que siento sin poder
decirte ni abrazar
llorarte y sonreír
suficiente en la medida en que soy
tu natural vos.
Mucho transitamos,
madre y este hijo:
autopistas abiertas y rutas secretas
donde tus deseos y los míos,
los reales y los vanos,
son todavía
inseparables comuniones.
Con cada letra, con cada palabra
con cada gesto, con cada mirada
con cada presencia, con más ausencia,
ensucio mis ideas, madre,
pero en ellos te llevo dentro
como vos, en mis nueve meses.
Es casi ofensivo
escribir para otros
en jeroglífico
aquello que entre tu vientre y mi ser
entiende lo entendible
y lo inextricable también.
Valga este último recurso
de saberte vos, amor mío,
entre otros, el primero
sin Edipos ni torpezas,
porque la cuna donde me mimabas
será la misma tumba
en que nos miremos:
y no es tan duro
como parece
cuando a la madre y a su hijo
se refiere.
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Que no hay efecto, sino afecto
entre tu matriz y este hijo
que te honra
aun sin proponérselo.
Y las palabras tuyas
tan extrañas
para tus descendientes son tan sagradas
no sé si en ciencia
pero sí en propósito
como las mías, a tu nieta.
Y así y entonces te he escrito
lo que nadie -seguramentetendrá
por más bueno que tu vientre,
siendo hoy poeta que no puede
en letras descifrarte
lo que siente por ser parte
de la mitad de tu todo.
No importa, madre, no importa,
no es el caso de entenderse;
es el caso de decirte
que no hay manera de expresarte
lo que siento...
V: La brújula escondida
(II)
a Eva López Casero
Eva,
quizás por mis padres primero,
y por tantos otros luego,
lo escuchaba todo fuera
de mi propia manera.
Fue mi vida otras voces
que interpretaban mis actos
quitándoles el goce
que les hubiera yo dado.
Me buscaba en lo ajeno,
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en permisos y prohibidos,
que me daban sin sentido
para mis sentimientos.
Aunque mi rumbo era destino
no eran mis ojos y oídos
quienes informaban al intestino.
Así arreciaba la tristeza,
donde pendía mi alegría,
según los otros decidían
enjuiciando en mi cabeza.
Y no sospecharían mis dolores,
pues ser humano no haría,
por comentarme mis valores,
tan innecesaria herida.
Hasta... digamos ayer
que los otros enmudecieron
y yo mismo me escuché
solo cómo se fueron.
¡Y me encontré sin darme cuenta,
después de una eterna lucha,
que sostuve por darme cuenta
de cuál era mi propia lucha!
Entonces,
llegué a la bahía de mis razones,
donde he amarrado el cerebro
lejos del mar abierto
de los otros corazones.
Aprendí a estarme quieto,
en mi casa y mis habilidades,
sin salir a buscar inquieto
ajenas ansiedades.
Y hoy
no espero
más otro que yo mismo,
acompañado por quien quiera
equivalente de lo mío,
para transitar por esta tierra.
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VI: Delicado conocimiento terrenal
La piel de esta mujer
que a mi lado descansa
es ondulante en su espera
y blanca contra el pelo
que le recorre la espalda
que miro,
cuando no escribo en sus ojos
con los míos
los recuerdos que tendremos mañana.
Por la ventana
el viento golpea
contra el campo suave
de la noche
y hace olas, olas gigantes
de sombras furiosas.
Y no aquietan brisas,
que, como sábanas,
desnudan la respiración...
Cae un rayo:
un relámpago me abate,
y le alcanza.
Pues la hoja cimbreante de los fuegos
le da sangre al fruto
y agua a los cántaros.
VII: Palas Athenea
-versión libre de 'La Cenicienta'-
No tengo las palabras
que a la tibieza de tu cuerpo
la medianoche arrebatara.
Después de medianoche
no tengo ya las manos
que las curvas de tu cuerpo
de las mejillas a las piernas
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acariciaran.
El rosado de tus pechos
el latir de tu cuello
no tuvieron a la madrugada
el sudor completo.
En un párpado de prisas:
la hora señalada.
Estéril frío
de límite vencido
ardió tu tibieza
sin dejar cenizas
pues acabó el día.
Y el frío del infierno
te reclamó sin carruaje,
tropezando.
No hubo príncipe ni castillo
ni nada
que te aguardara
en el fin de los sueños.
Selva cerrada
lianas y monos
salvajes aullidos
en tu pavoroso regreso.
Volviste a ti misma
tú sola y en secreto
sin zapato, pero viva.
Sabías que te buscaría:
oías pesados pasos
que acechaban en tu bosque
y aunque a ti no te encontraran
igual te hallaría.
Enfriaste tu cabeza en el lago,
que hirvió con tu cuerpo,
lo evaporaste,
y así te encontraron en un tórrido desierto.
Por supuesto
te anduvo el calzado:
el príncipe había hallado
la horma de su zapato.
Y te tocó reinar sobre un zángano
deberes ajenos
que, como propios,
nacieron en caderas y pechos
que otros creyeron esclavos
cuando fueron, son y serán
amos de otro amo.
Por el amor que te dispenso.
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Cenicienta que no creíste
ni en la historia de la historia
que a nuestros hijos les cuentas
por justificar la justicia
que imparto
según tú la decretas.
Y cuidas la vestimenta,
cueces habas
y me esperas en el lecho.
Y me indicas el camino:
salgo como si nada
entre el vulgo y los ministros
que no entienden de mi casa
dónde empieza y dónde acaba
el mando de este reino.
Que me tiene sin cuidado
el qué dirán los súbditos
-reyes de sus reinossin
arrimar su mando
a nuestro palacio encantado.
Señora del bosque,
de encarnados colores,
reina por derecho propio.
Naciste en el bosque
para hacer del llano
magnífico imperio.
Primer súbdito oculto
entre tus pechos miro
cómo la masa digiere
tu mandato divino.
Son mis vacaciones
cada vez que falla
el pulso de mi paso
hacia exteriores:
me refugio en la nada
de mis vanos pensamientos,
y en el todo de tus fuegos
renazco, cada mañana.
Y nadie lo sabe.
Te encuentro dormida
ante diarios problemas
y te encuentro encendida
a mi deshecho regreso.
Nadie lo sabe.
Eres la reina abeja
la miel que como
cada mañana.
Eres la fuerza...
la fuerza y la espera.
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Eres el tributo
que nadie me paga.
Entonces...
entonces, ¿quién soy?
¿Qué valgo a tu pies?
¿Qué valgo, qué soy?
¿Cuántas veces llevo
-desde el bosque hasta hoya
tus favores preguntando
qué precio pones
a tanto fervor?
No respondes:
tomas el camino del bosque,
y perdiendo la capa y la espada
te sigo con temor.
Y te alcanzo o me alcanzas
en un incierto claro
y me posees el cuerpo,
hasta el cuerpo del alma.
Me restituyes el reino
en idioma extraño,
que escribas transcriben en actas
sin comprender nada.
Y el pueblo aclama:
"¡Oh, nuestro rey... !"
Por las noches me abrazas
discreta mujer
que cada mañana
me pruebas el zapato
y cuando me calza
me despides diciendo:
Anda, todo está bien.
VIII: Satisfaction
a Jorge Luis Borges y a los Rolling Stones
No me importa ya
si ahora
o en aparente deshora
acaba mi tiempo.
Todo lo hice:
sembrada la vida, atardezco
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habiendo inaugurado la madrugada.
No, no me importa ya,
aunque me importe,
la vida y sus matices.
A las mujeres, a los niños y a las letras
les quedan mis caricias.
En mi alma y en mi cuerpo
íntegro fui
despojado y consentido.
Tranquilo, entonces, camarada;
resta sereno, adversario:
cabal lo habéis, conmigo, celebrado.
De todas maneras,
¡tengo tantos proyectos
que no pierdo la esperanza
de morirme
sin haberlos terminado!
IX: Proesía baustimal
a Clari y Jose
¿Por qué entre tanto escribir
prosa y poesía
a la vida y a la hija
a mis noches y a sus días
a las mujeres y a la luna
a mis regresos y partidas,
por qué no escribir sobre ellos,
una vez,
y para ellos?
¿Por qué no escribir que hay dos personas
sentadas a su mesa
que me esperan, con caliente plato
con rica palabra -con respetocon
afecto contenido y desbordado?
Y que, cuando parto,
me añoran y me escriben
y cuando vuelvo
me abren enormes sus brazos
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y me dan, de nuevo,
todo lo que me falta.
¿Cómo no escribir que los veo
en cualquier continente del mundo
y que de ellos echo mano
para volver a la paz
de sonreírle a mí mismo
y cerrar el todo
que me mantiene humano?
Seguramente
no soy el ahijado del modelo,
pero me honra el respeto
ante ellos, de mí mismo,
porque de mí hacen aquello
que otros nadie han hecho,
y me cobijan en su seno
en su mesa y en un lecho.
Y a la inmortalidad le dejo dicho
que la fortuna
como a pocos entre muchos desairados
fue mía en padrinos
que supieron ser padres
sin que faltaran, por un tiempo, mis ambos reales.
Por lo que Dios bien se complace
de su Tierra en tener
más exponentes de sus tallas
para que la Iglesia con ejemplos
pueda, ¡pobre!, predicar.
Y no es la poesía lo que los hace
sino el Verbo Encarnado
en cada uno de sus actos
en ese don que Dios
les ha dado.
Pocas veces tal frenesí
-ni mujeres ni paisajesha
inspirado tanta euforia
por sentirme acompañado
de personas así entrañables.
Padrinos:
mi plegaria es, "¡no me olviden!",
ni aquí ni Más Allá,
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porque sino mi existencia
en tanto ser como no ser
no tendrá la relevancia
de criatura del Señor.
¡Pucha que me vuelvo místico!
cuando prefiero la música
de sus consejos y el piano,
de sus amores sin tiempo.
Pero no quería privarme:
alguien me quiere
desde que mis tiempos son tiempo,
hasta el Cielo incluido,
para darme, así, sosiego eterno.
Que vale la pena y la alegría
haber vivido,
vivir y después seguir,
sin sus ausencias.
Los demás habéis visto
que fácilmente me inspiro:
cuando de Jose y de Clari
me pongo y escribo.
Así podría detallar
más de un Martín Fierro de ellos
pero he de acabar
porque otras cosas nos habitan
que ya nos llenan de vida.
Padrinos:
habéis resumido mi vida toda
de costado, a mi lado.
Y ahora entiendo:
sólo queda el ¡gracias! eterno...
Pues entonces aquí tienen
mi retribución bautismal.
X: o aclare, que oscurece.
a Mónica Sallán Mur
Celestes de rojo
fuertes de calma
me llevaron vientos
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rodando por mares
lejanos de afectos
y por arenas doradas
de otras playas.
De alquimias y golpes
he regresado
a ti y al pasado.
Verdemar callado
celeste despejado
cielo y esfera.
De todas maneras,
me recibiste a tu lado.
¿Quién eres
cuando al fin
desando el camino,
cuando descorro
el velo de la infancia?
¿Olvidaste que algún día
sería mi regreso esperado?
He llorado tantos años
como milagro de penas
y alegrías desmesuradas.
En tu mano he dejado
-dijo el muchachotantos
anhelos
que arrugas templaron
el imaginado regreso.
Regreso
de confines interiores
y te encuentro dentro mío
como cuando nacimos,
Zuasnabar que ha marchado
Zuasnabar que ha vuelto
ido y regresado
regresado consigo.
Quizás no entendió nunca:
su sombra ha dejado.
Y cuando el regreso
recompone el pasado
hoy absoluto
sin memoria celeste
ni verde, ni mar
ni horizonte perdido,
todo se resume
a entender lo vivido
más dentro que fuera:
que otros no fueron
tanto como uno
ni tanto como aquél
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que sólo fuera
Horacio de Zuasnabar.
Y comprenda la gente
o extravíe su entendimiento:
sólo éste ha sido
el que estáis leyendo;
no más ciencia tiene un hombre
que la de haberse comprendido.
XI: La muerte es inolvidable
a Mauro Uría
¿Por qué esta ausencia aparente
de motivos reales
más acá de la conciencia
de la muerte inminente?
¿Por qué esta permanencia
de recuerdos no tan vanos
de calvarios y de glorias
que completan mi mente
sin posibilidad futura?
¿Por qué este estar conmigo
como último refugio
de esfuerzos inútiles
y Soledad entre la gente?
¿Por qué este arrancar vida
cada muerte cada día
y anochecer en la incertidumbre
del despertar siguiente?
Y así cada noche
esperando su día
su desconocido silencio
y el regreso a los ojos
a la luz
al desconcierto.
¡Qué pavor amansado
en célebres discursos
dictados a la vera
de la cama privada!
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Cuántos ojos me vieron
en mis ojos despiertos;
ya muertos, ninguno
verá lo mismo.
Cuántas manos tocaron
mis manos duras
de frágil ternura
en socorro ahogado
de necesidades mutuas.
Cuántos alaridos acallaron
nuestros sexos sedientos
con mi alma deshecha
en guerras morales.
Cuántas respuestas fueron mías
de angustias ajenas
que creyeron en ecos
de engaños piadosos.
Cuántos de mis ruegos
me rindieron clemencia,
prosaica compasión
en infiernos comunes...
Descansa, hombre, descansa:
el niño son tus niños
y tu anochecer, sus mañanas.
Algo de ti queda
joven, anciano, muerto:
es el niño que acunan los deseos
el ansia perpetua
que se hereda y se concibe
atravesando lápidas.
XII: Para Soledad, en soledad.
Yo miro esta orilla del mar,
su arena pálida y sus rocas,
y contra ella las olas
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que a veces la golpean
y a veces la acarician
y siempre se retiran
para volver a golpear
para volver a acariciar.
Veo el horizonte y el cielo del mar
cuando de día se dividen
y de noche se confunden.
Entro en el frío
de la noche y del viento
y el sol cada día
a mi cuerpo llega
permanece y se va.
No te tengo
no te veo
no te oigo.
Pero algo te imagino
mirando otra orilla
-tu orilla del mar-,
su arena pálida y sus rocas,
y contra ella las olas
que a veces la golpean
y a veces la acarician
y siempre se retiran
para volver a golpear
para volver a acariciar.
Algo te imagino
mirando el horizonte y el cielo del mar
cuando de día se dividen
y de noche se confunden.
Algo te imagino
entrando en el frío
de la noche y del viento
y con el sol cada día
cuando llega a tu cuerpo
permanece y se va.
XIII: Soledad Eugenia de Zuasnabar
a una soledad de carne y hueso
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Absoluto angelical, forzosa fantasía.
Luz en mis sombras, sombra de mis luces.
Poesía en mi prosa, corazón dentro del mío.
Ojos de mis ojos; y tus manos, las mías.
Tu ausencia fue mi ausencia:
sólo un eco de tu voz.
Me preguntabas, y yo no estaba.
Te preguntaba,
y me respondían
de lejos
mis mentiras.
Realidad concreta entre mis fantasías.
Conciencia, ¿temida?
sí, temida, pero más amada
en fotos inoloras
en soles fríos
durante cada minuto
en horas de meses
en años
como inexistentes.
Y ahora escalo, nervioso, el Gran Reloj:
me cuelgo de sus agujas
que no giran ni girarán
al revés,
como quiero yo.
Con el estupor inconcebible que siento
-desesperado náufrago en dique secodesnado
océanos, devuelvo pasajes,
deshago maletas, borro sellos aduaneros,
ya sin suerte.
Pero un momento,
interrumpo mi desvelo.
Es que es raro, pero verdad:
llaman a la puerta...
XIV: Lúcido éxtasis
a Rodolfo García Turiella
Llegar antes de morir
y ver el empíreo que luego habitaré.
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Con el pecho disfrutar la cima
antes de que estalle el ser.
Con esta mano abrigar el laurel
que cubrirá los despojos
en que me convertiré.
Esa es la tarea del héroe
que no sabe dónde
se hace cumbre.
XV: Pertenencia y permanencia
Cuando el sol se ciega,
se cierra la tierra
sobre los desechos,
y los ojos visten luto,
aturde ya el silencio
mientras el gusano abreva,
entonces, más tarde,
lodo, polvo,
y una vez más, viento...
Cuando acecha la memoria,
luz o pena inesperada
falta, aprieta
sofoca y explota,
caminando los muertos
caminos nuestros...
Soy y no soy, éramos.
Dime: ¿éramos?
XVI: Amanece
a Carlos María de la Riestra
Yo vi todos los amaneceres,
no sólo aquéllos que cantaron
los escépticos y los que no vieron
más amaneceres que el sol saliendo.
Vi el amanecer de mi vida
un día, hace ya tiempo.
Vi el despuntar de mi alma
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quizás por aquel entonces.
Vi clarear mi esperanza
en un ayer tan lejano
que se hizo extraño
sino ajeno.
Vi despertar a mi lado
a muchas mujeres bellas
para verlas luego
desvanecerse en Babia.
Y al alba de mi patria
la vi derrumbarse en el ocaso.
Vi amanecer tantas veces
como vi enterrar cadáveres,
que no le encuentro más poesía
al amanecer
sino lo acompaño
de su debido atardecer.
He visto tantos mañanas
que ya intuyo la madrugada
que rompa en día claro
-pero tan claro, tan claroque
no pueda nunca más
nunca más ser lo que fue
el primer amanecer
aquel misterio inviolable.
XVII: Profundidad
a Carlos Graciano Araujo
Me sumergí en el sueño de mis sueños,
en el principio del todo que me hace ser,
para ser sólo yo.
Crucé así pantanos en los que
despierto
me ahogaba.
Salvé luego otros viles obstáculos.
Y me inundé con satisfacción.
Hasta tan lejos llegué...
que me hice cómplice de los sueños
tanto, tanto,
que mi cuerpo desapareció
quedando solo yo,
ilusión.
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XVIII: Desiderata
a mi hermana Mirentxu
Nacido temprano voy muriendo
en la noche de cada hora.
Nacido a tiempo voy muriendo
cuando es tarde,
como a destiempo.
Nacido a contraviento,
con viento sin calma,
voy muriendo
cuando acaba la tarde
cuando acaba el tiempo.
Muriendo y naciendo
naciendo y muriendo
fui nacido para lograr,
en el entretiempo,
sufrir entre gozos
los gozos y el sufrimiento.
Que la conciencia de estar
y de no estar más tiempo
quita del tiempo
los gozos ciertos,
y le dan el gris
a las horas
y a las deshoras
que van sumando
y restando
elixir y veneno
paz e infierno
-locura lúcidaen
la solitaria compañía
del transitar sereno
a que nos obligan
circunstancias
compañeros y compañeras
del común sendero.
Que otro humano no distingue
o, quizás,
de lejos comprende
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la desgracia de estar vivo
la alegría de estarlo
y la ignorancia de no serlo.
Brota la Vida
como brota la Muerte,
brotan las horas
y las deshoras.
Todo brota
y es devorado
por la conciencia
que es inconciencia
más animal
cuando más humana.
Me inclino ante la muerte
me resisto al grito
ahogo el llanto:
me recuesto en el amor
y resucito en mis hijos.
Ya libre, al fin
evoco a mi madre -creadoraevoco
a mi padre -creadorevoco
a mi hermano
y a mi hermana
y a la vida.
XIX: I will survive
a María Elena Varni
Soy del pasado alguien que fue
hombre según sexo y convicción.
Un ser tan humano fui
que casi ni recuerdos quedan hoy.
Mis nietos y sus nietos
del ayer también son.
Somos quienes fuimos
y no somos más.
Triste haber sido y no ser ya.
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Triste mi carne
cuando quise perdurar.
Triste la conciencia
más que animal
inmortal anhelo
necio sin par.
Soy polvo en el polvo
ya no grito, ya no lloro
ya no río, ya no soy...
¡más que en el viento recio
y en el suave rezo
de mis versos que hoy son!
XX: Canto a mí mismo
a Walt Withman
He alcanzado la inmortalidad que no me resta esperar.
He alcanzado la inmortalidad que no podré contemplar.
La he alcanzado ya.
En cada una de las horas robadas a sus muertes
he escrito unos pocos pensamientos entre muchos
que vi alejarse en la oscuridad de la memoria.
He dejado sólo unos pocos para la luz del recuerdo escrito.
Y estimo que son suficientes, pero pocos
entre todos aquellos sentimientos y sensaciones
que esencialmente me conmueven.
Pero suficientes, si soy lo escrito por publicado,
si soy preservado, difundido, criticado: nombrado.
Ya he alcanzado mi inmortalidad;
en lo que a mi absoluta responsabilidad se refiere
he cumplido suficientemente con lo solicitado.
Otros serán correctores de ortografía, editores y críticos.
Yo sólo soy el poeta.
Miren, si no, estas estanterías frente a mí
rebosantes de originales transcripciones de mis percepciones
sobre el mundo y el más ínfimo elemento:
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la vida y la muerte, el todo y la nada
el amor, las mujeres y los hijos, el abuelo, los otros.
Sobre el mundo y el más ínfimo elemento:
Dios, las bellezas, y también la violencia y el diablo,
el poder y 'su aptitud para forzar a la obediencia'
y la autoridad y su aptitud para lograrla voluntariamente.
Infimos elementos que atraviesan mi cotidianidad,
he escrito sobre otros desde mí mismo
y desde yo mismo he escrito sobre mí,
más que influenciado
siendo un barquito de entintado papel
a la deriva en las aguas de las relaciones
con ustedes, mis reservorios de inmortalidad.
XXI: De regreso al seno
Acurrucadito en ti mismo,
entre tanta hojarasca,
te repites mi niño
una vez, otra vez más,
las penas con alegría,
las alegrías con pena,
y todo vuelve a empezar.
Calesita la vida
teatro abismal.
Al fin vivo en mis dioses
que, si no, no podría más.
XXII: Opus existencial
estrictamente a Clari y Jose
La desolación eterna del minuto permanente
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de la vida toda en cada instante,
y en cada paso
sin consuelo
hiere más
la permanencia que la fuga.
Todo llega
y acaba el suspiro
y tan sólo los recuerdos
alcanzan el Cielo.
XXIV: Inconsciente colectivo
La Esfinge ha muerto en su larga presencia,
pues no hay tiempos modernos,
no hay tiempo de nada.
Tiempo fue el nuestro
pero ese tiempo desapareció.
Y el recuerdo es presente
sólo para los muertos...
La discusión no está dada:
negada la filosofía
como es vana la porfía
la concedida explicación
del Todo y de la Nada...
que sumerge nuestro esfuerzo
en el recuerdo que nos llevamos a la tumba
cada mañana.
Y así anochece indefectible
del espíritu, su esperanza,
y es inútil la gloria
y el fracaso estipulados.
No hay otro que escuche
el nacimiento del brío
y el lamento que muere:
trabajo cotidiano
de humanidad ensoñada
de fatuos fuegos
su mañana.
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XXIV: Humanæ Manifesto
El hombre se hizo hombre
con un niño dentro.
Arrugas, tiempo, arrugas
-pelo ralo, pelo canoy
una piel arrugada
al hombre fue forrando.
La vida que fue, al cabo merodea:
los hijos, hechos; los padres, muertos.
Todo natural
pero aquél
que ya no mama
que ya no juega
pero que llora, de nuevo.
El hombre un día vio
la luz titilante
y corrió en su búsqueda
hasta morir en ella.
Y de él
un niño se desprendió.
Dijeron que fue
su alma reencarnada.
-Fin de Proesías a la inmortalidad

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