Sueño de verano
Angus Biela - - 4658 words
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Summary
Dormitaba yo en la frescura de mi galería, con vista a las playas vírgenes del Atlántico, cuando un lujoso automóvil se acercó parcamente por el camino de gravas. Una mujer esbelta bajó de él y caminó por el sendero, tambaleando sobre altos tacones rojos. Movida por la misteriosa energía que destilan las mujeres a sus treinta y tantos, se quitó las gafas de sol, y esbozó una amplia sonrisa. Nunca imaginé volver a verla después de la prófuga mudanza de sus padres, ocurrida hacía veinte años; aún conservaba los hoyuelos en las mejillas al sonreír, y sus ojos almendrados seguían fulgurando como estrellas. Absorto y víctima de la torpeza, logré corresponder el saludo, pero una emoción cómplice delató nuestra gran alegría; y nos abrazamos.
Dormitaba yo en la frescura de mi galería, con vista a las playas vírgenes del Atlántico, cuando un lujoso automóvil se acercó parcamente por el camino de gravas. Una mujer esbelta bajó de él y caminó por el sendero, tambaleando sobre altos tacones rojos. Movida por la misteriosa energía que destilan las mujeres a sus treinta y tantos, se quitó las gafas de sol, y esbozó una amplia sonrisa. Nunca imaginé volver a verla después de la prófuga mudanza de sus padres, ocurrida hacía veinte años; aún conservaba los hoyuelos en las mejillas al sonreír, y sus ojos almendrados seguían fulgurando como estrellas. Absorto y víctima de la torpeza, logré corresponder el saludo, pero una emoción cómplice delató nuestra gran alegría; y nos abrazamos.
I – DESCUBRIMIENTO
Mis padres vivieron en esa hermosa casa toda su vida; al costado occidental de la isla Catalina, perteneciente a República Dominicana. Era la única en varios kilómetros a la redonda; rodeada de una belleza natural exuberante, de largas playas de arenas blancas, aguas cristalinas y magníficas barreras de coral multicolores. Dominaba la vista más espléndida de la rivera este; parada obligatoria para la mayoría de los turistas que frecuentaban la isla, muchos en busca de la práctica del buceo, el snorkel y la pesca. Nuestra posada se ubicada en lo alto de una colina, a unos cien metros de la playa. Tanto desde la gran galería de la estancia principal, como de las demás dependencias de la casa, podía admirarse una postal única y paradisíaca, digna de un fuerte colonial: islas e islotes de profusa vegetación, aquí y allá; caprichosas formas redondeadas, bordeadas por blancas arenas, kilómetros y kilómetros; y aguas cristalinas poco profundas, que dejaban entrever un irreproducible turquesa en degradé acariciando sus barreras de coral multicolor. Los visitantes quedaban azorados en los balcones; gastaban cientos de fotografías, y pedían visitarlas en las embarcaciones que mi padre comandaba. Con los años, los turistas fueron cada vez más, y tuvimos que agregar cabañas alrededor de la estancia, convirtiéndola en la hostería más importante de la isla, llegando a albergar a cientos de visitantes por temporada.
Ella tenía 14 años cuando comenzó a frecuentar la isla, junto a su familia, oriunda de República Dominicana. Su padre iba a la pesca deportiva del Wahoo, un pez muy apreciado en Catalina por la apasionante pelea que ofrece en su captura; y mi padre era famoso por su pesca, entre otras especies de la zona, en la que había guiado toda su vida. Mientras nuestros padres se hacían mar adentro con la esperanza de atrapar grandes piezas, mi madre y yo quedábamos a cargo de la hostería. Allí realizábamos las faenas del día y organizábamos paseos por toda la isla, en las que nuestras madres socializaban bastante, quizá por demás; o más bien diría que, a juzgar por el fanatismo con que mi padre profesaba la pesca en el mar, mi madre hacía lo suyo en tierra firme, pero con la charla. Le encantaba socializar con los turistas y contarle historias sobre de la isla. Su madre, mujer también predispuesta al parloteo, había hecho grandes migas con la mía y pasaban largas horas juntas, llegando incluso a compartir las tareas de la hostería, principalmente de la cocina. En tal escenario de la situación, todo parecía indicar que nadie se ocuparía de la adolescente; quien, para mi desilusión, se pasaba horas y días leyendo en su balcón. Cuando parecía que el guía personal de tan preciosa joven sería yo, muchacho responsable y varios años mayor, nada estuvo más lejos de la cruenta realidad, al menos durante bastante tiempo. Los días pasaron, aunque con leve mejoría. Cada vez que la miraba disimuladamente desde la planta baja, la descubría mirándome; entonces ella desviaba la vista, pensando que no me había percatado, o al menos haciéndole creer eso. Sabía que en ocasiones me observaba, pero no podía hacer mas que parecer ocupado en mis tareas habituales. Me parecía cada vez más introvertida, y hermosa, concentrada en la lectura, levantando los ojos de vez en cuando, como si aquello que la rodeara no fuera tan importante. Por momentos, la situación me dio mucha impotencia; aunque no dejaba de intrigarme. Me preguntaba si aquello que leía o pasaba por su cabeza no sería realmente más interesante que todo lo que nos rodeaba; y saberlo se convirtió de repente en una obsesión que me martirizaba. Pero todo tuvo un desenlace cuando, cierta mañana, el astuto de mi padre, que venía observándome en estado pecaminoso durante días, me encargó ordenar la cabaña contigua a la de ella.
Así fue que, con sigilo y sin que se diera cuenta, hice el trabajo puertas adentro, dejando el balcón, dispuesto exactamente al lado del suyo, para lo último. Tenía terror. Y cuando llegó el momento de hacerlo arrugué. Pero debía terminar el trabajo, entrar allí, y con la mayor cortesía espetar un seco "buen día", o un simpático: "¿Cómo has dormido anoche?" o un zarpado: "¡Tanto tiempo leyendo acá solita, con tan lindo paisaje afuera! ¿No te gustaría dar un paseo?". El solo hecho de maquinar cuál sería su reacción me dio escalofríos. Entré con nervio de acero al desairado recinto, dispuesto a un simple “hola”, con tanta mala suerte que la corredera de la puertaventana se interpuso en mi camino y tropecé, cayendo de lleno dentro del balcón, con los brazos entre abiertos. La pala y la escoba salieron disparadas de mis manos por sobre la baranda, yendo a parar con estrépito a planta baja, justo cuando la gruñona vecina de abajo pasaba, quejándose con un grito; hecho por el cual todo el mundo se enteró del mal habido incidente. Me levanté de un salto, tratando de rescatar mi orgullo de la nada, sin poder dejar de mirarla; pero en vano ella trató de ocultar su sorpresa. Obviamente la situación le produjo tanta gracia que comenzó a reír, sin parar; una risa hermosa y contagiosa, contra la que mi amor propio no pudo; y terminamos riendo, juntos.
Ese fue nuestro primer encuentro. Al final logré lo que quería: ser su guía, y ella, la turista hechizada por cada cosa que le mostrara. Amábamos escaparnos y deambular por toda la isla; las playas, los bañados, los islotes; paseamos en balsa, buceamos en los corales, pescamos, escalamos las riberas occidentales. Bajo el yugo de su inagotable energía, reflejada en su mirada chispeante, no tardé en hallarme totalmente exhausto, en más de una ocasión. Con el correr de los días me convertí en su incondicional cómplice, y terminé siguiendo sus peripecias por cada rincón de la isla, por más peligroso que fuera. Más de una vez, y por su tenaz insistencia, terminamos desobedeciendo las tajantes órdenes de mi padre, sondando los bosques vírgenes de los litorales, a los que sólo podía llegarse en bote, y buceando a merced de los peligrosos moluscos y erizos; incluso entrada la noche. Fascinarla se había convertido en una experiencia necesaria para mi, algo en lo cual pensaba no más levantarme, y añoraba apenas acostarme. Con el correr de la temporada descubriría en ella un espíritu similar al mío, inquieto e indomable; pero orgulloso y escurridizo. Desesperadamente libre.
El verano siguiente fue aun más emocionante. Nada más llegar ella a la estancia, mis días cambiaban rotundamente. Era como si entrara en un túnel del tiempo donde nada ni nadie era más importante. Errábamos locamente por cada rincón de la isla, viviendo una loca aventura que con el correr de los días se transformó en amor, pero un amor puro e ingenuo, en el que sólo alcanzamos a besarnos; su insipiente adolescencia y su educación puritana nos mantuvieron a raya. No hubo para mí una tercera oportunidad. Sus padres se mudaron de República Dominicana, y ella desapareció para siempre sin siquiera dejar un rastro, una estela de algo, una señal. En los años que siguieron ocurrieron muchos cambios en mi vida. Mis padres fallecieron; y, sin hermanos, debí asumir la responsabilidad del negocio. Los años pasaron, las cabañas se fueron avejentando, el furor de los turistas aplacando, y mi vida desparramándose en la nada, como arena entre las manos. Durante veinte años, unas pocas cosas me mantuvieron en vida: mis cada vez menos frecuentes servicios de guía, y mi amor por la pesca, hermosa herencia de mi padre.
II – EL REENCUENTRO
Cruzamos la Recepción y subimos a la gran galería, frente al amplio Hall de la estancia principal. Allí se detuvo, observándolo todo; cada detalle, en total silencio, como si el tiempo pasado la hubiese atropellado de repente. “He soñado durante muchos años regresar en el tiempo a este lugar”, dijo.
“Regresar en el tiempo”, pensé. “Pero regresó físicamente al menos, y yo podría hacer el resto”. Sonreí para mis adentros por tan loca idea. Me sorprendió escuchar tal confesión de su parte siendo que yo también lo había pensado innumerable cantidad de veces; de hecho he soñado durante años con muchas escenas de ese pasado juntos. Permanecimos en un religioso silencio, esos que parecen celebrar el augurio de algo, mientras ella divisaba el horizonte con nostalgia. No pude dejar de reparar en cada línea de su cuerpo, en el contraste con aquella frágil adolescente de antaño. Me fascinó observar su figura, esbelta, a contraluz en esos minutos previos al atardecer. Admiré, impávido, sus curvas sinuosas, sensuales, que habían tomado formas inimaginables tras los años; sus pechos desafiantes; sus hombros en guerra; sus piernas perfectas, como talladas por un escultor enamorado. Salí del embotamiento cuando se volvió para preguntarme si podía descalzarse. Asentí, y me dediqué a preparar unos daiquiris, mientras nos acomodamos a charlar tranquilamente en los amplios sillones la galería. Me contó toda su vida, desde la última vez que nos vimos; turbulenta y excitante, en total contraste con la mía. Sus días de universitaria, su gran trabajo como jurista, sus viajes, sus éxitos y sus pocos fracasos. No pude menos que admirarla, y sentirme pequeño; que mi existencia tan simple había transcurrido como en un frasco: seguía siendo el mismo soñador de siempre, en aquel alejado paraje; mi hamaca blanca, mi bicicleta playera, mis instrumentos de pesca… El tiempo parecía no tejer un desenlace importante en mi vida; pero, sin embargo, en ella lo transponía todo. Era una exitosa abogada, haciendo dinero y amigos por todo el mundo; buscando, quizá, volver a las raíces, a encontrarse consigo misma, con su pasado inconcluso. Charlamos dos largas horas, sin darnos cuenta que ya había oscurecido. El cálido canto de los grillos inspiraba la noche. La invité a cenar, pero me propuso encontrarnos la semana entrante, cuando terminara unas diligencias en Dominicana. Nos despedimos, y se alejó con cadencia, contoneándose hasta llegar a su auto, bajo la agonizante luz de las farolas.
Por primera vez, en mucho tiempo, me sentí realmente vivo. Los días trascurrían con esperanza, tras su sorpresiva visita. Salía a correr en las tardes, y hacía ejercicios para vigorizar mi cuerpo, por más que el trabajo en la posada me mantuviera fornido. Me corté el cabello, que hasta ese momento llevaba largo, y no muy convencido terminé por afeitar mi barba estilo Robinson Crusoe.
Fue así que, cierta mañana, regresando yo de una prolífica faena marítima como en años había tenido, divisé bajo la galería principal su inconfundible figura. Ataviado tan solo de mi bermuda de jeans rotosa y cargado con una gran caja de amarras sobre los hombros, crucé con gallardía los cien metros que me separaban de ella. Llegué transpirado y exhausto, sucio como un salvaje que volvía de la guerra. Me apoyé sobre el umbral, mirándola, aún jadeante, y a su entera contemplación. Me miró radiante, pero siempre pudorosa; tal como siempre fue, dominada por la controversia de sus impulsos. Me analizó como si fuera una pieza de arte a su alcance; y tras una mueca pecaminosa, finalmente dijo: “no ser una de esas cuerdas para que me lleves de pesca”.
El recato le ganó y le subieron los colores a las mejillas; mientras, mi carcajada interior no pudo eludir su astucia, dejándole entrever que todo mi cuerpo se estremecía. Seguía siendo la misma niña dominada por su decencia. Su sonrisa radiante como el sol afloró dibujando hoyuelos en sus mejillas. Solo quise mirarla, o más bien admirarla, en silencio, y maquinarla como disponible allí para mí, reposando en mi suave hamaca blanca. Quería ir y besarla. El corazón se me salía del pecho. Sabía que podría enamorarme locamente de ella, pero en mi mente había un torbellino donde todo se resumía al pasado, una traza inconclusa, sin final. De repente fui conciente que todo lo que pude haber sufrido no sería nada comparado con lo que vendría si cometía el error de tirarme sobre ella. Nos saludamos muy cálidamente, y fui directo a ducharme. Cocinamos juntos, su plato favorito: Salmón al Coco, una vieja especialidad de mi madre, mientras seguimos charlando de nuestras vidas, y me hizo muchas preguntas. Almorzamos en la galería. Y tomamos un vino muy fino que ella trajo para la ocasión. Charlamos animadamente y, al terminar, decidimos salir a explorar como en los viejos tiempos.
El día nos acompañaba. La brisa soplaba tranquila desde el mar. No había una sola nube en el firmamento. Entonces prometí darle una sorpresa; llevarla a un lugar especial. Su mirada de fascinación me hizo evocar aquellos dulces días; era lo que esperaba, en eso también seguía siendo la misma. Caminamos durante un cuarto de hora por un sendero selvático hacia la ribera oeste de la isla. El bosque se había tornado cerrado y oscuro; por lo que al salir a la luz, la postal del atlántico reapareció tras los árboles como en una pantalla. El firmamento se confundía con el azul celeste del mar, donde surcaba algún que otro barco lejano, como un punto blanco resplandeciente en el horizonte. Ella se sorprendió con aquella imagen, y eso me encantó. La pequeña caminata nos hizo entrar en calor. Se sacó el pareo, colgándolo sobre una rama del camino; su cuerpo escultural se deslizó ante mis ojos en un diminuto bikini floreado color amarillo. La tomé de la mano y bajamos por una ladera hacia las playas vírgenes del litoral. Parecíamos dos niños exploradores sonrientes. El sólo contacto de su mano me hacía sentir mariposas en el estómago. Por un momento noté que el paisaje, ya común para mi, adquirió de repente un aspecto mágico a través de sus ojos; y que realmente podía percibir que regresaba en el tiempo. Por fin arribamos a los lindes del bosque donde mi padre alguna vez nos prohibió total ingreso, llegando incluso a asustarnos con todo tipo de historias terroríficas. Allí, un rustico cartel, tallado en una gran roca, rezaba: “A la cascada del Gitano”. Ella se quedó atónita, mirando el cartel, y casi tuve que arrastrarla de la mano para que me siguiera. Así pues, nos internamos en los espesos y espirituosos bosques rupestres más viejos de la isla.
El aire allí era de una pureza increíble y creímos ingresar en otra dimensión. Antaño, le había hablado mucho de ese lugar, de la cascada “Del Gitano”, el lago “Cristalino” y la caverna submarina, donde supuestamente los piratas que allí habitaron, hacía dos siglos, escondieron sus tesoros. Le había contado historias reales de ese lugar que le fascinaron, y también que no podía ser turístico; no sólo por el echo de su dificultad de accesibilidad física, sino por las creencias supersticiosas que los isleños fueron cosechando de él a través de los años; incluso mi padre, fanático como pocos, jamás puso un solo pié allí, aún siendo un intrépido explorador. Yo, sin embargo, no me jactaba de tales supersticiones, y en más de una ocasión lo había visitado, en total secreto. En la medida que avanzábamos, el sonido de lo que esperábamos encontrar aumentaba. Caminamos durante más de media hora, entre la espesura cada vez mayor, secundado por mosquitos, telas de araña, y un calor y humedad sofocantes. Cuando por fin llegamos, un claro paradisíaco apareció ante nuestras miradas, coronado por la colosal roca enmohecida, inmersa en la barranca, desde cuya altura de veinte metros se precipitaba la gran cascada “Del Gitano”, cayendo sobre una laguna perfectamente cristalina. Ella soltó mi mano y caminó por el espacioso claro, tapizado de pequeñas piedras y bancos de pálidas y finas arenas. Su rostro parecía iluminado; sus ojos se agrandaron como ostras, fulguraban como los de esa adolescente que tanto recordaba. Entonces, se acercó a mi, me tomó de los hombros, y puso su rostro delante del mío. “Es fascinante! Gracias!” me dijo, y me besó en los labios. Quedé petrificado. Mis latidos se aceleraron; los golpes en mi pecho amenazaban con quebrar mis costillas. Me tomó de la mano y me llevó a la orilla del estanque. Entró al agua y nadó unos metros. Cuando casi estaba cubierta por el agua, se sacó la bikini, quedando al desnudo por completo; la hizo un bollo, la arrojó a la orilla y se quedó mirándome. Yo seguía petrificado, pero aun mas. “Está hermosa el agua”, dijo sonriendo. “¿Querés venir?”. No se cómo, pero de un salto olímpico estuve en un segundo a su lado. Jugamos, buceamos, nos besamos, e hicimos el amor toda la tarde; dentro del agua, sobre las rocas, bajo la cascada; en el silencio sepulcral de la caverna, donde sólo podíamos sentir el ingreso del agua calma, y pude oír sus gemidos, los más tiernos que jamás había sentido. El lugar era increíblemente perfecto; y ella lo era.
Regresamos a la casa, avanzada la tarde. Preparamos unos daiquiris; y nos sentamos a descansar en la galería, mientras la tarde caía en silencio, espirituosa. El sol parecía a punto de estallar; supuraba tinta rojiza por todos lados. El horizonte atlántico pronto quedó cubierto en el anochecer. La cálida brisa marina soplaba con tranquilidad. Encendí las grandes farolas de kerosén de la galería, que durante años no habían funcionado. La luz sepia alcanzó nuestros semblantes, inexpresivos y exhaustos, pero felices, en la penumbra de la noche. Sólo se escuchaba el canto de grillos y cigarras, el leve paso de la brisa por entre las palmeras, y un romper lejano de olas. Casi no cruzamos palabra alguna, los protagonistas fueron nuestros cuerpos, nuevamente. Solo le escuché decir, sumido en el estupor del momento: “hubiese dado mi vida por haberme dado cuenta de todo esto antes. Vos y este lugar son hermosos, y juntos son capaces de lograrlo todo”. Sentí por un instante que tal reflexión merecía al menos un pensamiento de mi parte; pero ya era tarde, estaba rendido a las garras de su cuerpo.
III – OCASO
Desperté sólo, en la mañana, aturdido por el canto frenético de los pájaros. No la encontré por ningún lado; busqué en toda la casa y en los alrededores. Su auto no estaba, y supuse que había salido de compras al pueblo; pero transcurrió la mañana y parte de la tarde sin tener noticias suyas. En esas horas pensé lo peor. Sentí como si todo el peso del pasado, de aquella intuición que venía sintiendo aquellos días, cayera de pronto sobre mí y me estuviera aplastando, poco a poco. No pude explicarme qué pasaba. Pero al atardecer su auto volvió a estacionar frente a la casa; y por un instante pude comprender qué tan importante podría ser aquella mujer en mi vida. Aún me encontraba absorto en su contemplación, al llegar a mi encuentro, ataviada de un largo y ceñido pareo color piel, que la hacía parecer una sirena.
- ¿Te ocurre algo? –me preguntó.
- ¡Nada! ¡Absolutamente nada! ¿Dónde has estado?- dije, tratando de parecer natural.
Ella se limitó a responder con una de esas sonrisas que intentan explicarlo todo, y lo único que logran expresar es: “tu pregunta está fuera de lugar”; tras lo cual sonreí como un idiota.
Nos sentarnos en la galería, como formando parte de un rito mecanizado. Parecía como si ella quisiera volver a concentrarse en el lugar, sin lograrlo. La miré, tratando de descifrar la situación de la noche anterior, la de la mañana y la de la tarde; de sacar de mi cabeza los fantasmas inconscientes que me aturdían, pero principalmente repeler a toda costa la idea de lo mucho que podría enamorarme de ella, como si se tratara de sacarme de encima una bomba a punto de estallar. Repetir lo ocurrido la noche previa me pareció por un momento algo previsible, pero por nada del mundo podría olvidarme de lo que allí ocurrió. El silencio retorcía mi conciencia, y parecía retorcer la de ella, mezclado con un raro e imparable deseo de poseernos; y el momento fue tornándose mágico. Su actitud desenvuelta, tras el pudor ya fulminado, me encendía, me motorizaba, me excitaba; dejaba al descubierto en ella una mujer indomable, de espíritu impulsivo, casi ingenuo; insaciable. El sentimiento de no decir palabra fue mutuo. Me lance sobre ella y mis manos se deslizaron furtivamente sobre su cuerpo. Por un momento me sentí como alguien a quien le hubiesen privado desesperadamente de algo; y que, de repente, tiene la posibilidad de volver a tenerlo, de volver a tomar con sus manos más de lo que puede, por si alguna vez le falta de nuevo. No nos tuvimos respeto. Nuestras ropas caían, sanas o en jirones; nuestras bocas besaban y mordían, con una habilidad llamativa, desesperada. Pude apreciar bajo la sepia luz de las farolas la tersa doradez de su cuerpo, brillante como el bronce. No pude dejar de acariciarla en toda su longitud, con vehemencia. La locura fue dejando paso a la ternura. Sentí la carnosidad de sus labios, de cada rincón de su cuerpo, fascinado por sus formas, por la sinuosidad de sus curvas y por la suavidad de su piel. Sumidos en las delicias de tan sublime momento, me rogó que la poseyera; y por fin pude sentir que la tenía, que me expropiaba furiosamente de lo que, víctima de esa demencia, creí falazmente que me pertenecía. Usurpé cada uno de sus escondrijos; todos y cada uno de sus frutos prohibidos, como si fuesen capítulos, párrafos, estrofas, del apasionante libro de su vida; un libro que allí me regalaba y que en el fondo, por ese raro sentimiento mío, sentía que jamás podría tener. Juro que en ese momento intuí que sería mía para siempre. Jamás podré olvidar su rostro desencajado mientras la amaba, abrumada por la ola de sentidos de una mujer que pareció no haber tenido nunca tanta pasión; de una mujer que me encantaba y que, por fin, amaba; veinte años más tarde.
IV – REDENCIÓN
La fuerte luz de la mañana cegó mis ojos al abrirlos. Nuevamente me encontraba totalmente solo, acostado en mi hamaca. El día pasó exactamente como el anterior, lento, sin rumbo, con su ausencia flotando por todos los rincones. Pero a diferencia de ese, esta vez, ella, ya no regresaría. Lo supe cuando encontré su carta en el buzón de la casa.
Esta decía: “Fue hermoso volver a verte y cerrar esa parte inconclusa de nuestras vidas. Por favor, te pido perdón por despedirme de esta manera, pero, por respeto, debo resguardar otra parte importante de mi vida. Quizá el destino nos vuelva a unir, algún día; pero ello es ajeno a mis posibilidades. ¡Siempre te recordaré!".
Los años pasaron, al principio interminables; luego, repletos de júbilo y redención. Esos primero años, preso de la desilusión, traté de explicarme vanamente cuál sería esa enigmática parte de su vida. Ni siquiera la distracción del trabajo pudo librarme de semejante cárcel; así que, finalmente, puse en venta la casa y, antes de que aparezca un comprador, ya me encontraba lejos de la isla. Recibí una cédula de la inmobiliaria comunicándome de la venta y disponibilidad del dinero en mi cuenta bancaria, pero no indagué demasiado sobre sus nuevos poseedores, aunque en ese momento me hubiese gustado saber quienes eran, o los fines que perseguían; sólo me conformé con saber que se trataba de una pareja adinerada de Nueva York. En los años venideros viajé por todo el mundo. Debo confesar que el destino me trató muy bien, llevando un estilo de vida errante, fiel a mi ya aceptado karma existencial; soltero y sin apuro. Viví en China, donde fundé mi primer restaurante de comida caribeña, llamado “Wahoo Resort”; lo mismo en Francia, de la que recuerdo sus entrañables Cafés Parisiens; en países de África y Asia, donde conocí sus exuberantes paisajes y culturas exóticas. Y en todos ellos mis restaurantes tuvieron gran éxito. Mis recetas caribeñas enamoraron a miles de clientes, tal como lo hicieran las de mi madre a los turistas de la posada. Coseché grandes amigos, y a todos les hablé sobre mi viejo hospedaje caribeño; pero jamás a nadie conté de ella, de su posible existencia presente o remota, de mi sueño de verano alguna vez hecho realidad. Transcurrieron así veinticinco hermosos años; y, cierto día, quizá porque los años ya se me estuvieran encima, decidí volver a la isla.
La tarde en que estacioné mi vehículo frente al intacto vergel de la casa, no pude reprimir la emoción que me embargaba; y un par de lágrimas rodó por mis mejillas. Aunque avejentada, aún continuaba en pié, luchando por sobrevivir al paso de los años. Sus detalles de construcción estaban intactos, diestramente mantenidos; incluso habían sido resaltados, conservando la filosofía de su ilustre creador: mi querido padre. Bajé a su encuentro, y la pureza del aire salino invadió mi espíritu. Tan solo se escuchaba ese murmullo inolvidable de las olas en la lejanía, secundado por el canto tranquilo de las aves. Tras veinticinco años de vivir en grandes urbes había olvidado la paz que solía sentirse allí. Golpeé las manos y me quedé esperando, ansiosamente, que sus propietarios salieran a mi encuentro. Nadie lo hizo; así que, movido por un irracional impulso, comencé a ingresar por el sendero, con la lentitud que mis años me infligían. Crucé bajo la arcada de hierro fundido del ingreso, que aún conservaba su inscripción “Hostería Catalina”; y luego por la galería lateral, con sus pisos radiantes, arrebatados de macetones de helechos. La casa parecía estar vacía. Subí la escalera que da a la Gran Galería; y me detuve. Ante su umbral, sólo debía levantar la mirada a mi derecha para encontrarla, incluso podría ingresar en ella; pero no pude. En cambio, me quedé mirando ese último peldaño, como si no fuera capaz de encontrar todo desbastado o, muy por el contrario, encontrarlo todo en su lugar y no soportar la horda de recuerdos que surgirían. Incapaz de levantar siquiera la mirada, pensé que la hamaca seguramente ya no estaría, menos aún mi bicicleta playera apoyada en la baranda. Habían pasado más de veinticinco años, ¿qué podría esperar encontrar?, me pregunté aliviado. Seguía mirando el último peldaño, mientras comenzaron a surgirme hermosos recuerdos. Ese lugar no solo había sido el corazón de mi casa, sino su centro, su esencia, y la mía. Habían pasado muchos lindos momentos sobre sus tablas, quizá los mejores y los peores de mi juventud; pero principalmente había pasado ella, con su incipiente adolescencia y, más tarde, con ese frugal reencuentro. Sentí que me faltaba el aire. De repente, la ansiedad impulsó a mi voluntad; y levanté la mirada. La escena que apareció ante mis ojos, me provocó un súbito mareo. Mis manos temblorosas debieron encontrar la baranda para mantenerme en pié. Aún así, mi mente salió rápidamente del letargo. De repente, de la manera más brutal y sencilla, comprendí que todo encajaba en su lugar. Aquel último día en que la vi; la confusa explicación de su carta; la misteriosa pareja neoyorquina. Todo se mezcló en un solo pensamiento, en una sola imagen. Todo, en mi vida, tan turbio como hasta ese instante se había presentado, cobró de repente una lucidez inusitada. Permanecí sujeto a la baranda, incapaz aún de reaccionar, ante esa escena que mis ojos no podían dejar de velar.
Senil, cansina, y solitaria, estaba ella; con la sonrisa aun radiante en sus labios, esperándome.
- FIN -








