Tu misión en su vida
Angus Biela - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 1096 words
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Summary
Cada vez que se veían, se preguntaba porqué el destino les había interpuesto semejante situación, tan excitante como prohibida, tan inadecuada para el momento de sus vidas, y sin embargo de una calidad tan exuberante que todo justificaba, todo tapaba
TU MISIÓN EN SU VIDA
Cada vez que se veían, se preguntaba porqué el destino les había interpuesto semejante situación, tan excitante como prohibida, tan inadecuada para el momento de sus vidas y, sin embargo, de una calidad tan exuberante que todo justificaba, todo tapaba y hasta iluminaba. Sentían que pocos mortales podrían vivir semejante aventura, inolvidable, inexplicable, y que sin embargo imprimía en ellos acusantes cuestionamientos: "¿Para qué habrá llegado a mi vida? ¿Acaso es sólo un capicho del destino? ¿O quizá estemos llamados a una secreta misión en la vida del otro?
De cualquier manera, nada pudo evitar la avalancha de deseos desenfrenados que como en un evento irreversible de la naturaleza se desencadenó, por casualidad, aquella primaveral mañana de agosto, cuando se conocieron.
La amistosa sonrisa femenina de aquella oficinista aburrida, dispuesta a todo, lo sedujo de inmediato, amenazando con desestructurar sus planes de trabajo para aquella mañana. Apenas la vió sintio que la conocía de algún sitio. Pero no se dió por aludido, continuando su pericia por los pasillos del viejo edificio de gobierno. Elizabeth, impulsiva, valiente, se dejó llevar por un pálpito y lo siguió, con alguna excusa insensata. Ingresó tras él a la oficina de Rentas. La excusa fué poco elaborada. Descaradamente entró y salió delante de sus compañeros sin realizar propósito alguno, regalándole una "pasadita" de oferta indeclinable, que a él no pudo dejar de sorprender.
Con la cadencia de lo inevitable, los meses fueron transcurriendo inexorables, entre sonrisas cómplices y miradas furtivas, en los interminables pasillos del viejo nosocomio. Pronto quedaron presos de sus cuerpos hechos el uno para el otro, de sus formas, sus movimientos, y, por si fuera demasiado poco, se convirtieron en cómplices, cómplices de un deseo mutuo y exponencial. Era una relación nacida desde lo perfecto y lo brutalmente simple, y en un momento inapropiado de su vidas. Francisco estaba casado y viviendo una etapa no del todo felíz junto a su pareja. Ella, tenía una relación con un muchacho bastante sumiso, por no decir pegajoso, celoso de cada uno de sus movimientos, que la hostigaba a cada paso a fin de saber siempre dónde estaba exactamente, a dónde iba y qué hacía.
La realción de Francisco y Elizabeth se cimentó sobre todas esas circunstancias. Y los años pasaron así, juntos, sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera ellos. La extraña realidad se mezclaba en una paradoja tan simple como terrible: no sólo se negaban a resignar sus vidas paralelas, sus parejas y sus costumbres, sino que se ayudaban, se complementaban, y en los momentos más difíciles con sus parejas se apoyaban el uno al otro.
La extraña doble vida se deslizó así, sin prisa pero sin pausa, por cuatro años de desenfreno, aventuras e interrogantes, en los que ninguno de los dos se explicaba el raro designio de sus vidas. Y por primera se sentían a punto de responderlos, cuando un hecho inesperado interrumpió el proceso, truncando sus caminos hasta allí entrecruzados. Elizabeth dejó de menstruar. No estaba embarazada, los estudios clínicos no revelaron nada, pero a los tres meses comenzó a sentir fuertes dolores, que fueron intensificándose hasta hacerse insoportables y, esta vez, los análisis arrojaron el resultado que los médicos temían: era cáncer.
En los meses siguientes bajó mucho de peso. Entró en una profunda depresión. Su amor por Francisco era más fuerte que nunca, y más siendo que sus encuentros eran cada vez más dificiles, sumidos en la desesperación diaria de sus familiares llevándola de un lado para el otro. La rutina se había tornado vertiginosa, y tuvieron como única vía de comunicación unos pocos mensajes de texto exporádicos. Mientras la relación parecía esfumarseles entre los dedos, y un trago amargo repentino se apoderaba de sus bocas, la enfermedad fue ramificádose rapidamente en el organismo de Elizabeth y, tras pocos meses de infructuosas y desesperadas acciones por salvarla, finalmente falleció.
Francisco vivió todo aquello como un mal sueño, sin poder hacer absolutamente nada, como un distante espectador confinado a la butaca más alta de un teatro. Eso era lo más triste que él recordaría de Elizabeth: no haber podido hacer nada, y que el secreto de su relación escondida lo había sumdo en la desgarradora idea de que él no había sido nada más que un fantasma, un espectro sobreviviente de esos días. Se preguntó cuál pudo haber sido su finalidad, su objetivo, su misión de la vida de Elizabeth.
Movido por ese pensamiento, el día del velatorio se preparó para ir a despedirla, por última vez, como un deber que debía cuplir. Se debatía entre hacerlo y el terrible dolor que le ocasionaría verla así, atosigado por el contraste entre sus recuerdos y la terrible imagen de lo que quedaba de ella. Llegó a la puerta con difiultad respiratoria, sin recordar exactamente cómo.
Ya a esas horas quedaban unos pocos famiares directos. Volvió a sentirse un fantasma, un perfecto desconocido entre los seres más queridos de Elizabeth y por primera vez tomó conciencia de lo promiscua de la relación con ella. Sintió como si todo estuviera fuera de foco, pero que aquel sitio en el centro de la habitación ocupado por su féretro, nítido y poderso, le indicara el camino hacia ella. Caminó unos pocos pasos en el silencio total del transe que estaba viviendo. No existía nadie a su alrededor. La paz se tornó inmensa. Ahora estaban tan solo ellos. Se acercó al cajón. La miró. Estaba totalmente demacrada, irreconocible. Aún conservaba algunos razgos salientes de su rostro. “Elizabeth… ” Pensó. "Qué ha pasado?" Se preguntó, como si ella pudiera responderle, desde lo más profundo de su alma. Entonces fue como si ella lo hubiese escuchado... Y aquella esperada respuesta por fin se presentaba, como un bálsamo coronador. Sus lágrimas cesaron. Los recuerdos surgieron de pronto, descontrolados, abriéndose paso en lucha encarnizada por vivir más alla de lo que Elizabeth pudo. De pronto la vió. Estaba parada allí, desnuda, rodeada del verde luminoso del bosque, sonriendo, desinibida... Sus pechos descubiertos, suaves y endurecidos... Sus curvas rebeldes y sinuosas, pasando como autopistas bajo su pequeña lencería roja... Las medias negras tejidas trepándoles por sobre las rodillas... Llamándolo, pidiéndole que la atrape y la ame. En ese preciso momento sintió como si una fuerte voz lo llamara desde el otro lado, proveniente de las ramas ocultas; una voz sensata, llena de razón y de luz... Entonces por fin lo entendió. Un último par de lágrima corrió por sus mejillas, como si la resignación se hubiese apoderado de él… Entonces la voz concluyó:
"Tu misión en su vida fue hacerla feliz."
F I N

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