Encuentros rojos

tomoedono  - ROMANCE - 916 words

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Summary

Una version de caperuza....

Una version de caperuza....

"Encuentros rojos."

El olor de la madera penetraba su ropa, quizás había esperado bastante antes del encuentro, en el mismo largo sendero donde la engaño por primera vez. Refugio por un segundo su rostro en el tibio torso, sintiendo la suavidad de sus rizos, esperando ahogarse en el miedo y la dicha juntas.

¿Cuántas veces se repetiría aquello?, ¿cuántas veces funcionaría la excusa piadosa para aventurarse en aquel laberinto? Toda preocupación era la antesala por la cita fijada, la pañoleta roja que en ese entonces usó, era su seña particular. Un chiste silencioso entre los dos, que los ponía en un delicado antagonismo, presas de los viejos cuentos, se encontraban en el linde de la complicidad, acurrucados por sensuales abrazos.

Su juventud, la de ella, era tan inmadura, tan volátil, peligrosa para la vida, rebelde sin más motivo que el de sus hormonas. El silencio, el de él, marcado por años de espera, de acecho, buscando oportunidades en los cambios turbios de un día y otro. Ambos, personajes cualquiera en una desventurada historia, condenados a ser pecado e inocencia. La primera vez, ocurrió como siempre, sin que nada se planeara, cuando todo es improvisado y queda el sabor de las coincidencias y el azar.

En la cabeza de ella solo flotaban las fragmentadas palabras de su madre, el vano recuerdo de un recado, una convicción vacilante, un juego trivial para divertir a una anciana y un paso lleno de la rojiza insinuación de su pañoleta. El camino que la conducía se abría ancho a sus pasos, directo a una mujer desconocida para ella, una matrona solitaria en el fondo de un bosque de direcciones sin sentido. El viento levantaba las hojas caídas de un paisaje triste y depresivo, el sol dilataba su partida en un amplio espectro de luz que teñía copiosas nubes de matices extraños, aunque tratara de avanzar más rápido sería de noche cuando alcanzara las puertas que la esperaban.

El frío estremeció su cuerpo, comenzando por sus pantorrillas, subiendo lentamente, entonces, los labios le temblaron de forma involuntaria y el sonido reiterativo de su quijada acompañó el de su respiración entrecortada. Sus finas manos abrocharon los botones de una delgada camisa y una chaqueta mullida, se soltó del cuello la pañoleta para cubrirse mejor su cabeza. En la distancia él la observaba detenidamente, viendo su oscura melena bailar en el vaivén del silencio de aquel camino. Dentro de su encuentro, en la encrucijada del camino, él no se presento como un caballero, sino como una figura lejana y distante, detrás de las sombras, con embriagadoras frases supo lo que necesitaba, una presa fácil, para aquella cacería, ella en su ingenuidad le dio las gracias.

Las horas languidecían con cada paso, la oscurecida casa, el final del camino estaban cerca, las indicaciones del desconocido habían resultado ciertas, la suerte de su encuentro se le antojaba caprichosa y sin sentido, sin embargo, aun así, favorable a sus deseos por librarse de sus responsabilidades tan pronto. La entrada no le dio más obstáculo que los protocolos de etiqueta y buenos modos, recordó la retahíla que debía desarrollar para alegrar a la matrona. Rápidamente se introdujo en la habitación con temor y la mirada baja, el ambiente estaba intoxicado por los efluvios de ungüentos y tónicos, las lámparas estaban cubiertas por delgados pañuelos que proyectaban mortecinos colores en las paredes y el piso. Una voz suave llego a sus oídos, aterciopelada para ser de una anciana, sus piernas temblaron de inmediato y sus labios se abrieron dejando un suspiro contenido, la silueta le pedía acercarse a la cama.

-Abuela, dime, ¿Por qué son tus orejas tan grandes?- Las pulsaciones de su corazón gobernaban sus labios en un frenesí desconocido para ella, estaba observando en esa cama a un ser desconocido, una criatura que le aturdía, que se aproximaba lentamente con movimientos amortiguados por sabanas y edredones.

-Son para escucharte mejor, querida.- El tono de su voz se elevo por encima de su respiración, allí estaba, vigilándola.

-Abuela, dime, ¿Por qué son tus ojos tan grandes?- Ese color penetrante, oscuro y duro le había atrapado, no se distanciaba de su figura, era en ellos donde se veía reflejada.

-Son para observarte mejor, querida- Ella busco con la vista a la matrona, intento moverse pero sus músculos no parecían coordinar con sus órdenes. La criatura arrodillada sobre la cama le sonrió al leer sus pensamientos, le indico con un leve movimiento de su cabeza el lugar donde reposaba un carcomido cuerpo.

-Abuela, dime, ¿Por qué es tu nariz tan grande?- Ver a la anciana en ese estado no le produjo escalofríos o temor, por el contrario, cierta tranquilidad se apodero de ella, de su mente, ni un asomo de lastima rondo por su rostro, no la conocía lo suficiente para tener ese tipo de apego. Lo cierto era que el asesino aun estaba allí, contestando con vehemencia las preguntas del infantil juego.

-Es para olerte mejor, querida- La criatura ya estaba al borde de la cama, con una mirada paciente, unos dedos largos se acercaban con lentitud, acariciando el tiempo que le estaba tomando llegar hasta su desnuda garganta.

-Abuela, dime, ¿Por qué tienes una boca tan grande? El roce de esos dedos, la presión de la mano cuando toco su barbilla y la cercania que se iba trazando entre sus cuerpos, la proximidad que se hacia mínima, el aliento que salía de su boca, dulzón, se arremolino en su mejilla, detenidos uno frente al otro, él le dijo.

-Es para besarte mejor, querida caperuza-

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