Un hombre serio.
Tarso - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 945 words
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Summary
Estimado lector de Liibook:
Esto fue para alguien que estaba muy triste.
Un día de absoluta primavera. Un día para ir con mi hijo a la plaza. Un día para admirar el cielo o relajarse bajo el sol. Me senté en un banco verde y descascarado que dormía a la sombra de los árboles y abandone la mirada en los juegos, donde mi hijo y un grupo, saltaban o se empujaban por subir al tobogán. Aquel sujeto apareció de la invisibilidad, llevaba un traje con sombrero de pana gris y una ridícula flor amarilla colgada del ojal. Era un perfecto enano disfrazado de pigmeo o un pigmeo disfrazado de enano, no lo supe bien, porque a medida que avanzaba parecía salido de una pintura medieval sin perspectiva.
Llegó hasta mi banco, se sentó a mi lado y me saludó. No sabía bien que pretendía pero por las dudas me puse en alerta. En principio pensé que era un ladrón pero su aspecto tan pequeño me hizo dudar . Creo que no llegaría al metro y medio de altura.
Estuvimos en silencio. Yo con la mirada fija en el arenero pero con el rabo del ojo, estudiándolo en cada movimiento. Permaneció estático, casi embalsamado, aunque parecía tener ganas de hablar. No sabia si moverme del banco o esperar a que hablara. Por fin, pareció decidirse.
"Sabe ud, a mí la tristeza siempre me dio mucho dinero. Por ejemplo el auto y el departamento me lo compré gracias a la tristeza. ¿Cómo es esto? Le explico... Por ejemplo; acompaño a los graciosos que están por suicidarse, los aliento para que no lo improvisen ya que será el último acto que harán en sus vidas y quiero que lo hagan bien, perfecto, sabe, hasta les doy el empujoncito al vacío si hace falta pero a veces eso me da mucha tristeza claro, imagínese... "
Sabía que vendría a sentarse al banco para eso. Los hombres que llevan un sombrero, en general hablan más que los descapotados, puede ser que al tener la cabeza protegida, las ideas no se les escapan y necesitan descargarlas con alguien. Lo dejé hablar.
"Por ejemplo, hago el café en los velorios y preparo en la casa el ambiente lúgubre cuando los familiares vuelven del cementerio. O los domingos veo televisión junto a los ancianos en los geriátricos, a veces por la tarde me acerco a algún cliente que suele rondar por las plazas y me siento en el banco con él, así como lo hago ahora con ud. y lo sigo mientras camina sin rumbo por la ciudad. Mi especialidad son los clientes que han terminado alguna relación sentimental porque es un trabajo que me lleva semanas, a veces meses y es un trabajo seguro, hasta de tan rutinario es entretenido mire, y si me queda tiempo encuentro clientes en las playas, generalmente en los atardeceres, esos tontos son fáciles de identificar porque están sentados con la vista perdida en el mar..."
Me pareció exagerado todo lo que decía. El discurso. Éste tipo está loco, loco de remate, pensé. Sin embargo tenía una locura coherente. Los locos desordenados son los más difíciles de atar. Sus palabras eran convincentes y si todo lo que contaba era auténtico, parecía más convincente aún. Desde su visión, la tristeza no venía gratis, siempre habría alguien que comercializaba con ella, sin que el triste se diera cuenta. ¡Qué novedad!
"Me entrometo con las familias, en las terrazas de los aeropuertos, que se quedan mirando el avión que lleva a otras tierras algún ser querido o aconsejo que palabras utilizar en las llamadas telefónicas cuando sé que están comunicándose desde lejos. Personas que han olvidado sus nombres o quienes son en realidad y yo los acompaño en ese duro tramite de recordar como se llaman y que han hecho con sus vidas. Allí estoy en silencio dentro de su plácida tristeza."
No tenía muchos deseos de escucharlo pero su voz débil y continua, hacia crecer el interés mas que suficiente. Saqué del bolsillo, la bolsa con los caramelos de mi hijo y le convidé uno. Con una sonrisa fratricida, aceptó uno. Observé la piel de su mano, me recordó a un plástico de contacto, cubierto por innumerables venas azuladas. Con movimientos lentos y sistemáticos, masticaba sin mover la mandíbula, satisfecho como una rata.
El día era un perfecto compendio de paz y nadie que intente cerrar los ojos al sol, podría dedicarse a escuchar a un pequeño hombre de aspecto lúgubre. Sin embargo, lo hice sin proponérmelo, quizás deseando que terminara de una vez por todas.
"Pero no crean que solo encuentro clientes en lugares comunes, también a veces los he encontrado en casamientos o cumpleaños, mientras a su alrededor todo es fiesta, créame, hasta he estado al lado de personas que bailaron y bailaron sin parar hasta la madrugada y en su interior solo guardaban una estúpida melancolía. Sé que mi oficio no es común y algunos les da gracia o rareza saberlo, pero ya ve, le debo tanto a la tristeza que me daría pena dejarla. Bueno, pero veo que ud no necesita de mis servicios, así que lo dejo. Buenas tardes."
El hombrecito apoyo su mano en mi rodilla y se levantó sin esperar mi respuesta. Todo lo que tenía que decir lo había dicho. Lo vi alejarse, caminando con una cierta renguera. Al llegar a la esquina volvió a mirarme. Alcance a ver su mirada pero esta vez me pareció siniestra.
Miré hacia arriba. Una inédita nube gris, abanicaba el cielo. Que tiempo loco, pensé. Cayeron gotas y las baldosas de la plaza se fueron mojando con manchas aisladas de agua.
Mi hijo llegó sudado. "Vamos pá..."
Nos fuimos de la mano.
Mi hijo me preguntó: "¿Quién era ese señor?"
Un hombre serio que pasea por la plaza, nunca hables con él...

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