Tonos de sinestesia.

exstaciie  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 1422 words

  • 183
  • 0
  • 0
  • 0

Summary

.

.

Aún recuerdo ese día azul en que desperté sabiendo cómo iba a caer el sol. Estaba en lo eterno del color marrón de las hojas en los árboles, o en lo negro de la banda sonora de mis pensamientos. Y estaba, de una manera a la vez triste y tranquilizadora, implícito en lo repetitivo de mis pensamientos, en el contexto cíclico de mis acciones. Ese día, el sol iba a caer como cualquier otro, independientemente de mí y mis ganas de ver alguna variación caótica.
La puerta-ventana en mi habitación, que daba al balcón, no tenía cortina. Comprar una es algo que tengo pendiente y pospongo, una y otra vez. Es una de esas tareas, individualmente banales, que terminan por convertirse en un peso, en una presencia constante, y llenan de a poco el espacio en la mente hasta que no queda lugar para las cosas realmente importantes. Entonces, me desperté por la luz, y me quedé una hora, acaso dos o tres, mirando por esa ventana con la mente vacía. El sol había, también, salido como cualquier otro día e iluminado la misma imagen de la misma manera, pero con las mismas cosas cambiadas. Esa mañana de abril, me pareció ver un pájaro nuevo.
-¿No te levantaste todavía? –escuché. Foyet, claro-. Levantate. ¡Levantate! Es tarde –entonces entró a mi habitación. Me sorprendió lo inteligente que lo hacía ver su ropa, o la manera en que su ropa resaltaba su inteligencia. En la mano derecha tenía un vaso de café, indudablemente comprado en el camino, para sacarme de mi ensimismamiento matutino. Eso, la capacidad de prever, es de los aspectos de su inteligencia que más admiro-. Es para vos. Lo dejo acá.
Algunas mañanas, las mañanas en que, momentos después de su temprano amanecer, contemplaba las mañas del día e intuía mi melancolía, o nostalgia, él venía a ver si yo seguía vivo, si me había perdido en la contemplación del cielo, o si me había dejado algún disco girando, incansable, en la pausa después de la última canción. Se sentaba en los pies de mi cama y, según mi mal, me contaba historias. Las historias de Foyet eran siempre de colores claros. A veces tristes, a veces alegres, a veces eran sólo resúmenes de libros de texto; pero eran siempre de colores claros. Una vez se lo comenté. Me respondió, sonriendo, que él las veía oscuras. Dijo que teníamos distintos tonos de sinestesia.
No me levanté. Esperaba que se sentara, como era habitual, y, como todos los abriles, me contara una historia sobre amor, alegría, risas y sonrisas que lo cambian todo. El otoño me traía un estado triste y contemplativo, siempre; las primeras brisas frías me empujaban a algún banco en alguna plaza, donde yo me sentaba a preguntarme qué era lo que me hacía diferente de todas esas hojitas morenas que, sin ser débiles, se veían fatalmente obligadas a soltarse, planear y caer.
-Me encanta esta época del año –comentó Foyet desde la cocina, como hacía todos los años-. Tiene un olor característico… Huele a cambio, a sorpresa, a aprendizaje. De verdad, no te puedo entender. ¿Cómo algo tan lindo, tan rebosante de poesía, puede cansarte antes de llegar?
Me reí en silencio, todavía en la cama. Foyet, además de culto, inteligente y sensato, tenía un admirable sentido de lo bello. Era, él mismo, su principal exponente de buen gusto. Él, y su intachable selección de palabras. Es, en mi opinión, un hombre admirable, de incuestionable elegancia e innegable hermosura.
-No dije que no me gustara. ¡Nunca pude decir tal cosa! –repliqué-. Me gusta el otoño. Lo único que le cambiaría es el nombre. Suena desgarradoramente deprimente, y esa depresión me alcanza.
-Y te convertís en un hombre cansado, aburrido y triste, que justifica todo eso diciendo que es un escritor –esperó mientras yo me levanté y me vestí, cuando noté que esa mañana no había historia-. Vení, nos vamos.
Me llevó por las calles de siempre, que ahora estaban adornadas con alfombras marrones, doradas y rojas que crujían suavemente al contacto con el pie, provocando, cada vez, una pequeña interrupción en mi murmullo silencioso. El suave y esporádico color gris en el cielo ampliaba un poco más la gama de colores del día, y amainaba levemente el aparente brillo del sol.
-Mirá el sol –dije, pisando con fuerza los montones de hojas secas mientras Foyet procuraba pisar las zonas limpias de la vereda-. Es como si estuviera triste, ¿no? –me detuve unos instantes, y retomé el paso unos metros por detrás de él-. Me gusta el sol. Siempre parece reflejar lo que pienso… Foyet, el sol debe ser de las pocas cosas que me entienden.
Él soltó una risa cantarina.
-Es una interpretación –concedió-. El color del cielo depende de los ojos del que lo mira, ¿no es así?
-Aun así… Hoy, y todos los días de acá a mi muerte, el sol va a seguir la misma rutina, sin ningún cambio memorable o remarcable. Las cosas que pueden pasarle, si pasan, van a pasar después. Así como no nos tocó el Renacimiento, la Revolución Industrial, o cualquiera de las Guerras Mundiales, no nos tocó una sonrisa del sol. Es como si hubiéramos elegido para vivir una época aburrida, Foyet.
-…o como si al cosmos no le importara tu amor por el morbo.
Medité su comentario unos instantes, preguntándome si esa era, efectivamente, una característica de mi personalidad.
-Me pregunto qué pasaría. Si un día el sol no sale, si no se pone, si simplemente desaparece. Probablemente cunda el pánico, todos se asusten, griten, corran con las personas que quieren y las abracen esperando un fin del mundo que quizás no sea. Pero algunos van a encontrar en eso ventajas, siempre hay de esos –hice a un lado mi proyección del apocalipsis y miré a Foyet, que caminaba con la mirada fija en algún punto esquivo del horizonte. De repente, la perspectiva de la capitulación de la estrella de estrellas me pareció algo aterrador e inminente, y me golpeó como una certeza. Inmediatamente me surgió una duda-. ¿Qué harían los poetas? ¿Qué verían ellos en el caos?
Foyet no volvió a hablar. Ignoro, hasta hoy, si se abstuvo de responder porque no tenía una respuesta, o si fue porque no quería que yo la supiese. Quizás encontró peligrosa la perspectiva de decirme a mí, una persona frágil y dependiente, lo que él haría el día que se decidiera el fin del mundo, o la definitiva caída del sol. Desde ese momento, sin embargo, no hubo segundo en el que no mirara de reojo el cielo, en el que no buscara en las caras de las personas, casi con desesperación, el miedo que mi propia ignorancia me impedía sentir, pero que yo igual sentía.
Todas las mañanas de ese otoño apareció Foyet, con un café y una sonrisa. Al principio, sus sonrisas eran para mí seguridad, y la firme promesa de que todo seguiría bien. Dejaron de serlo al poco tiempo, cuando, engañado por la angustia, comencé a creer que él y su alegría mentían en un intento de alejarme de la temible realidad. Realidad que, conforme avanzaba la estación, azotaba mi percepción con más y más fuerza. Perpetua, incansable.
El otoño tomó varios días para despedirse y llevarse los restos de mi cordura. El otoño se fue con mi tranquilidad, con lo que para mí eran las últimas horas de sol. Todo en ese otoño fue definitivo, y yo no volví a ver sonrisas. Foyet llegaba siempre acompañado de preocupación. Me miraba, asustado y cansado, y me susurraba: “hoy hay día”. Pero yo sabía, con firme seguridad, que pronto no habría sino una oscuridad profunda y un temor irrefutable a que jamás hubiera otra cosa. Esos días, los últimos, no hubo azul. Estuvo siempre nublado y el sol, cómo burlándose de mis súplicas y terrores, escondido y desafiando mi confianza.

Entonces huí. Ya no pude tolerar la angustia incongruente de ser el único con conciencia de lo que venía, de ser el único con suficiente apego a los otoños deprimentes y reflexivos, los otoños marrones, dorados y rojos, como para dejarlos irse con una sonrisa burlona de desencanto. Huí, deseando llegar a un lugar donde las hojas no se desprendieran como promesas destituidas, como mi tranquilidad; deseando llegar a un lugar donde los árboles no soltaran sus anexos marchitos, como el sol soltó mis apegos.
No sé si yo alcancé el invierno o si el invierno me alcanzó a mí. Nos encontramos en un paraje perdido, entre cientos de plantas muertas y olvidadas. Esa mañana, blanca como los primeros fríos, desperté velado por la última sonrisa del sol.

Want to leave a comment? Sign Up