Sueños de Cartón
Mandala13 - ROMANCE - 1314 words
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Summary
Miradas entrecruzadas en bares nocturnos o en calles abandonadas por la lluvia... ¿Cuál es la realidad, y cuál es el sueño? Bien dice la anécdota: ¿Soy hombre que soñó ser mariposa o mariposa que sueña con ser hombre?
Él se levantó, por fin, ya cuando era bastante tarde. Siempre era así, y con ese placer de los que no necesitan trabajar, se revolcaba media hora entre sus cobijas traídas de Asia; escuchaba como abrían su puerta con cuidado, dejaban el desayuno en la mesa en su cuarto, y salían y ya su día había realmente comenzado. El aroma de café, jugos, frutas, panqueques (sus favoritos) y unas cuantas cosas más inundaban la inmensa habitación, haciendo que terminará por levantarse y todavía dormido, empezará a mordisquear la comida. Entre todo, un día común y corriente.
Prendió el televisor gigante de 60 pulgadas sólo para ver que había por ahí, mientras por un intrincado sistema de parlantes, se escuchaba suavemente un poco de música clásica, o un poco de trova, no sabría decir a esas horas de la mañana. Miró cuanto periódico se encontraba a su paso, y sin tomar mucho interes por alguna noticia en particular, los tiró a todos lejos, se acomodó aún más en su sillón nuevo (el otro tenía ya 2 meses de usado y eso era mucho) y pensó en dormirse nuevamente; si lo hiciera, nadie lo molestaría, nadie le pediría cuentas, porque él era, sobre todo, la persona más libre del planeta. ¿Y qué más se le podría pedir a la vida?
Cuando decidió tomarse un rápido baño en una de las muchas duchas instaladas por toda la casa, ya eran las doce y sin siquiera darse cuenta, ya había caminado por algún tiempo para llegar al lujoso comedor, donde estaba ya listo el almuerzo. Sólo necesitaba caminar un poco, chasquear los dedos, desear y todo lo que quisiera estaría a su alcance. Comió rápidamente un poco de comida china, que era lo que estaba en el menú, y sabiendo que salir a tomar aire fresco siempre era bueno, caminó hasta la entrada principal, saludó a cuantos sirvientes se encontrará (siempre se había visto así mismo como un patrón benévolo), bajó unos cuantos peldaños hasta la calle y como si todo estuviera sincronizado a punto, un auto, tal vez un 4x4, tal vez un deportivo, llegó justo al frente suyo. El sirviente que lo conducía se bajó, dejando la puerta abierta y con una inclinación de cabeza, dejó que el patrón montará el auto y partiera.
La vida era simple y lo que era mejor, hermosa. Levantándose tarde, con piscinas y jacuzzis, con televisores y periódicos de todo el mundo, y con una sala de juegos que asombraba hasta al más ricachón de sus amigos, él era feliz. Eso pensaba mientras conducía por la carretera, mirando a todos esos pobres diablos que iban caminando, o en un bus o en carros que más que transporte parecía chatarra. ¿Qué los diferencia de mí, pensaba frecuentemente? ¿Será lo majestuoso? ¿O simplemente que vivimos en mundos realmente diferentes? Quien sabe, terminaba siempre en responderse. Pero lo que sí es cierto es que ellos trabajan, y yo no; y ellos son infelices y yo, jamás lo seré. Tal vez, fuera la maldita rutina que ellos siempre terminaban teniendo.
Se bajó un par de veces del carro, tal vez un 4x4, tal vez un deportivo, para hacer las vueltas de siempre: Arreglos con el banco, hablar con algunos amigos, almuerzos en restaurantes que cobraban por el derecho de sentarse en sus incómodas sillas y cuando se dió cuenta, ya estaba anocheciendo. ¿Qué hacer hoy? Podría regresar a su casa, con su séquito de sirvientes, tirarse a ver televisión en alguna esquina de su cuarto, ir a la sala de juegos y, porque no, hacer una fiesta a último momento e invitar a sus amigos. Pero realmente, era una noche en que quería ser parte de esas comunes y sencillas personas que tanto habría criticado antes; una noche para ser lo más “normal” posible.
Dejó el carro en un parqueo cualquiera, y caminando con una seguridad pasmosa que hacía que tantos hombres como mujeres tuvieran que verlo hasta dos o tres veces, entró a uno de sus bares favoritos; con suave música de los 80, buenos licores, una pequeña nube de humo que se levantaba después de las 9 por los fumadores empedernidos y una que otra mujer que iluminaba el ambiente. No era que el realmente les prestará atención, porque mujeres nunca le habían faltado y hasta se podría decir, estaba un poco cansado de ellas; había tenido tantas que, generalmente, ver una e imaginar todo el esfuerzo de conquistarla, lo cansaba a un punto indecible. Pero esa noche, en que había dejado quien era para ser “normal”, todo podía pasar.
La vió en una es esquina del bar y desde el primer momento en que la vió, supó que ella era como él; no entendía como podría saber algo así, porque su ropa no decía nada en especial, ni se veían lujos algunos en sus atuendos. Era una mujer alta, esbelta, con una sonrisa sarcástica que le dirigía a todo aquel iluso que la invitaba a un trago, esperando llevarse a la cama. Fue eso, y su mirada, lo que llamó la atención de él: Eran altivas, orgullosas, arrogantes y narcisistas, en otras palabras, exactamente lo que él veía cuando se miraba en el espejo. Aquella era una mujer que tal vez sin muchos lujos, sabía que era mejor que cualquiera. Y eso, a él, le emocionaba.
De qué hablaron o que tomaron aquella noche, no es importante: pudiera ser que hubiera un poco de política, margaritas, música, deporte, aventuras y opiniones de por medio. Lo cierto es que al finalizar la velada, ya cuando cerraban el bar, él y ella estaban en un rincón, abrazados y por primera vez en mucho tiempo en ambas vidas, besándose y sumamente felices por eso. ¿Desear y amar a una “normal?, se preguntaba él mientras tomándola de la mano suavemente, la llevaba a su carro. Ella lo seguía, o más bien, caminaba por su cuenta propia, todavía arrogante y fuerte pero dispuesta a descubrir algo nuevo. Ella no es “normal”, respondió por fin él cuando ya ambos en el carro, arrancó y se dirigió a su casa. Ella es como yo. Tan libre que se permite ser arrogante. Justo cuando llegaron a la casa, a la sala, o al cuarto, empezó a llover y cada gota que golpeaba el techo, era un nuevo sentimiento o un nuevo deseo, de ambos amantes. Definitivamente, esa sí no era una noche como cualquiera.
Eran las 5 de la mañana, en pleno centro de la capital. La lluvia de la noche anterior todavía no había disminuido lo suficiente, y en los buses y carros, la gente iba dormida, pensando en lo mucho que les gustaría estar en la cama, ojala con unas buenas cobijas traídas de Asia, sin tener que preocuparse por trabajar, por visitar a sus familiares o por ir a estudiar. Un estudiante caminaba rápido para llegar a su universidad, y por la prisa, casi se tropieza con un bulto de cartón en una pequeña esquina bajo techo. No, un bulto no. Como si fuera una pequeña fortaleza, los cartones hacían como una pequeña tienda y para la sorpresa del muchacho, dos pares de pies sobresalían, abrazados, sin importarles el frío. Es el loco, pensó el joven; el loco que pensaba que era un magnate, con mil sirvientes, sin tener que trabajar ni hacer nada. Pobre, siguió pensando, estar encerrado en su propia locura, sin poder salir. Encerrado en una idea, en una fantasía, en un deseo, y no conocer del mundo real.
Justo cuando el estudiante siguió con su camino, una pareja de amantes se levantó, en una cama revuelta de cobijas de Asia, con los vidrios empañados por la lluvia. Y entonces, se podría pensar, viendo al loco, a su amante y al estudiante, así como al resto de personas. ¿Quién es más prisionero? ¿El loco que no puede escapar de su “realidad” o la gente que no puede escapar de su “rutina”?

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