Una Batalla Cualquiera

Mandala13  - TRANSPORT: GENERAL INTEREST - 980 words

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Summary

Una Batalla está a punto de comenzar entre el ejército de la Reina y los de Siempre Abajo. Y mientras tanto, una extraña leyenda de un Dios escondida está de boca en boca. ¿Será realmente una batalla cualquiera?

Una Batalla está a punto de comenzar entre el ejército de la Reina y los de Siempre Abajo. Y mientras tanto, una extraña leyenda de un Dios escondida está de boca en boca. ¿Será realmente una batalla cualquiera?

Desde una de las pendientes de la inmensa Montaña Blanca al este del mundo conocido, la comandante veía al enemigo y suspiraba. La Reina, madre y protectora, la había enviado a ella a dirigir a los soldados; su experiencia en los asaltos de comida y las múltiples batallas fronterizas le habían rendido fruto y ahora sólo le restaba salir victoriosa. Caía la noche y ahí abajo, a campo abierto, el enemigo se movilizaba. Y todo porque creía que la noche era suya.

Habían pasado tal vez una horas desde que todo había comenzado. Algunos, siempre desde lo alto, vieron como el enemigo mataba cruelmente a varias decenas de guardias fronterizos; tanta muerte y sólo había sido uno de ellos. Gigante, fuerte y resistente: el enemigo era realmente formidable, pero no imposible de vencer. Ahí donde el enemigo era fuerte, la comandante y sus soldados eran numerosos; expertos en el camuflaje, la velocidad y la disciplina, podían atacar, moverse y respirar como uno. Pero aún así los minutos pasaban y el enemigo, siempre abajo, se movía a sus anchas.

La comandante volvió a suspirar y abandonando el puesto de vigilancia, uno de tantos, camino un poco y llegó a la entrada de la ciudad. Desde niña había amado lo viva que era, constantemente con alguien saliendo y entrando: mercaderes, soldados, obreros. Pero hoy no podía detenerse a maravillarse en su belleza. Así que rápidamente, siempre saludando a cuanto compañero y compañera se encontrará, se adentró por algunos caminos y finalmente llegó a una entrada cuidada por diez soldados. Al verla, se inclinaron y abrieron la puerta, dejándola entrar en una estancia gigante, con olor a santidad: El Templo.

Fue recibida personalmente por la sacerdotisa madre quien, llevándola al altar principal, le dio unos cuantos amuletos que había insistido darle el día anterior. El altar no era más que un lugar cerrado en donde, decía el dogma de las sacerdotisas, estaba guardado un trozo de su Dios, tres veces creador y vengador. Pero la comandante tampoco venía a adorar a un dios del cuál no creía mucho; ya estaba muy grande para los cuentos de hadas, aunque cada tanto hasta los soldados, fríos y lógicos, creían verlo y existían hasta supuestos testimonios de raptos. ¡Si tan sólo raptará a sus enemigos!

Si la comandante hubiera sabido que su enemigo, siempre abajo, rezaba al mismo Dios y que justamente, en ese preciso momento, le pedía el mismo favor, se hubiera reído bastante; dos bandos contrarios rezando a una divinidad tal vez inexistente era toda una parodia.

Cuando por fin la comandante salió de la ciudad, se dio cuenta que era ese momento del día en que no es noche, pero tampoco día; una “alba” nueva, la última de muchos, pensó ella. El enemigo, sabía la comandante, odiaba la luz del sol y pensaría atacar antes de que amaneciese por completo y sería justamente en ese momento cuando tendría que atacar de vuelta. Ordenó a sus soldados que se agruparán y que estuvieran listos para bajar de la Montaña Blanca; abajo por lo menos un escuadrón enemigo estaba formado ya. El sol salía, los murmullos subían de tono, las armas temblaban ansiosas y los corazones latían como caballos encabritados: el preludio de una batalla. Pero no sería como todos esperaban.

El escuadrón de la comandante ya estaba empezando a bajar la montaña cuando ocurrió. Un sonido, fuerte y acompañado de un temblor, vino de la muralla del Sureste; famosa por las historias paranormales, muchos decían que ahí se escondía el paraíso, ya que explorador que iba no regresaba jamás. Y junto al ruido, de mil montañas rompiéndose, la Comandante presenció un milagro. La muralla se abrió y de su interior, oscuro y caluroso, surgió Dios.

Ni cuando la divinidad apareció completa, la Comandante se lo podía terminar de creer. Dios, tal como la sacerdotisa lo anunciaba, estaba ante sus ojos. No había terminado de pensar cuando Dios, tres veces vengador y creador (obviamente ahora recordaba todas las fórmulas religiosas para invocar a Dios), le respondió con acciones. El enemigo había estado hipnotizado, al igual que todo su escuadrón, pero ella pudo notar el temor con el primer paso de Dios. Tal vez fuera que era muy lento, o que Dios simplemente era muy rápido, pero cuando el primero intentó huir, con esa rapidez que nadie podía superar -por lo menos no alguien de los suyos-, Dios levantó su poderío y el enemigo murió. Sí, murió y sin comprenderlo realmente, la ciudad entera salió afuera y empezó a cantar y celebrar; total, Dios no era para ser comprendido. Uno por uno el enemigo intentó escapar, pero al cabo de un tiempo sólo restos sin vida quedaban en el campo. Dios realmente los había escuchado.

Ahora era a esa ciudad feliz a la que Dios miraba. Las sacerdotisas traían ofrendas y los soldados levantaban sus armas, drogados de victoria. Dios se acercó aún más y con toda su majestuosidad, hizo desaparecer a toda una fila de sacerdotisas. La Comandante no entendía porque fila tras fila de sus ciudadanos desaparecía. Pero fue cuando vio a más sacerdotisas, junto a muchos de sus soldados, dar un paso adelante y suplicar que se los llevarán también, que entendió: el Rapto, el que los llevaría a la inmortalidad. Al poco tiempo ya no quedaba nadie más que ella, sola en un campamento desierto que antes había sido su hogar. Había dejado sus dudas, su incredulidad y sus temores. Dio un paso y al segundo siguiente, desapareció de la nada.

Ya el sol estaba en lo alto. Algunos cadáveres del enemigo, siempre abajo, decoraban todavía el valle al pie de la montaña. En lo alto, nuevos mercaderes entraban a la ciudad subterránea y la encontraban vacía, lleńandola con su propia alegría y de mitos sobre dioses y raptos. Y en la profundidad de la abertura en la muralla del Sureste, Dios descansaba y pensaba:

- ¡Malditas hormigas y cucarachas!

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