La Experiencia de un Pueblo y su Utopía
Mandala13 - POLITICS & GOVERNMENT - 1464 words
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Summary
Los Pueblos son como las personas: Nacen, se desarrollan, viven sus vidas y tarde o temprano mueren. ¿Pero eso significa que han de madurar, como una persona, para alcanzar esas utopías propuestas desde el inicio de los tiemos? ¿O es que les vienen tod
“La Utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.”
Eduardo Galeano
En un mundo en donde la sociedad cambia al compás del dinero, la música, la tradición perdida y la aculturación impuesta, es claro que debemos sentarnos y dejar pasar la comparsa para pensar. Civilizaciones ancestrales pierden poco a poco su riqueza subordinadas a entes internacionales que determinan el estereotipo de lo permitido y aquellas que no se entregan como víctimas, sufren un castigo de silencio y no-comunicación en donde son exiliadas a los márgenes de una rueda de la fortuna de globalización. Es en este marco en donde la pregunta asoma, entre la tarjeta de crédito y el celular, mirándonos fijamente a la cara. ¿A dónde está la madurez de un pueblo? ¿Es una utopía esperar que, como un ser humano, toda una cultura madure? ¿Está madurando ya y es la globalización su máxima expresión? Preguntas y más preguntas.
Sé que desde pequeño he aprendido una de las lecciones más importantes de mi vida, la que me ha permitido sobrevivir (no vivir simplemente. Eso es realmente fácil). Es una lección que el mundo entero comparte, trascendiendo el idioma, la frontera, el color de la piel y el dios al que se brindan ofrendas: Sufriendo es como se madura. En la vida de todo ser humano son las circunstancias adversas las que lo hacen emerger del común de la “plebe”, y son estas las que lo agarran de la mano y lo adaptan, cultural y socialmente, al mundo que lo rodea; los “afortunados” de tenerlo todo desde un principio están destinados a la extinción. La utopía de un joven muchas veces es ser adulto y poder hacer todo eso que le está vedado; la utopía del anciano es ser joven otra vez y hacer todo eso que le es imposible ya hacer. Y son estas todas formas de madurez, de obtención de experiencias que nos hacen crecer y todas ellas conllevan su buena cuota de situaciones hostiles.
Si el ser humano es un ente capaz de obtener de sus malas experiencias el conocimiento que le permite calificarse como una persona “madura”, ¿no será lo mismo con los pueblos? Si las personas que se les ha dado todo están en vías de extinción, ¿no será que los pueblos con similares características morirán sin remedio alguno? Y finalmente, si la utopía de la humanidad es madurar, cada uno con su vía, ¿no es la utopía de cada pueblo el hacer lo mismo? Partamos del punto de que todas las respuestas sean afirmativas. Imaginémonos un momento que la cultura late con un corazón humano y que los brazos de un país son los de miles de hombres y mujeres que viven día a día su realidad. Y para ser aún más claros, digamos que ese país es Costa Rica.
Podríamos decir que Costa Rica tuvo su buena cuota de problemas en un pasado lejano, cuando hace 500 años los españoles vinieron con su estaca religiosa y su mentira piadosa. Podríamos decir que aunque no nos robaron un Potosí, nos masacraron, tanto la libertad como la vida misma. Pero seamos sinceros. Eso no era Costa Rica todavía. Eran los pueblos nativos de América que, como un conjunto, respiraban el mismo latido, a pesar de sus diferencias. Yo me refiero al presente, a este país en donde se sobrevalora el pacifismo, en donde la letra del himno nacional se cambia para acomodarse a los intereses, en donde el fútbol subordina muchas expresiones culturales de una forma que ralla en la soberbia inconsciencia y en donde las verdaderas dueñas de este territorio, las diversas tribus de aborígenes, son ignoradas de forma despiadada por los que se consideran “ticos”. Esa es de la Costa Rica que les quiero hablar.
Y es que a la larga, la utopía de que Costa Rica sea un pueblo maduro no es cuestión de esperar que nos caiga la experiencia, sino de, como diría Galeano, caminar y buscarla. Hace mucho leí en una pared de San José, papel de esos genios que nadie escucha, un grafitti que decía: Luchar por una utopía es construirla. Pero ese caminar, esa lucha que se libra en silencio, no es fácil. Se sangra, se llora, se sufre, se pierde y muchas veces, todo pierde sentido. Es en la lágrima donde nace la madurez, al caer en una tierra fértil de sangre ideológica o tan real como un grito cautivo. Y he aquí el meollo de todo el asunto. Costa Rica, por no haber pasado por nada de eso, sigue en pañales. ¿Cruel verdad, no creen?
Nuestro querido país (porque no se confundan, lo amo sin medida) sólo ha tenido que afrontar la fatídica Guerra contra los Filibusteros en 1856 y si quieren sumar más batallas, pues pongan en la ecuación la Guerra Civil del ’48. Y paren de contar. Desde un principio nos llega nuestra Independencia ya negociada y sólo tenemos que firmar; luego, en un acto simbólico, dejamos de tener ejército y como por arte de magia, cesan las amenazas bélicas. Claro, no olvidemos unos cuantos sucesos que ocurren en nuestras fronteras, tanto sur como norte, sucesos que a la larga, se olvidan en las aulas de nuestras escuelas. El problema de Costa Rica es que lo ha tenido siempre todo muy fácil, muy en bandeja de plata, todo otorgado sin una lucha implícita.
Y por esta misma razón, la utopía por la cual debimos haber caminado, la creemos ya entre nuestras manos y perdemos toda la perspectiva de la realidad. Se nos olvida lo que cuestan realmente las cosas que tenemos y las terminamos entregando sin saber lo que hacemos. Es el claro reflejo de ese niño que, teniendo el vuelto del pan que compro para su casa, se come un confite extremadamente caro con el mismo dinero que hubiera usado para algo más útil o más duradero.
La entrega reciente del país a manos de la máquina Neo-Liberal usando como excusa el Tratado de Libre Comercio, es simplemente eso. Un 52% del país, amenazado, inseguro y dudoso, no sabe lo que cuestan sus bosques, sus mares, su cultura y su misma libertad. No lo saben y la entregan, por miedo o por interés. Nuevamente creemos que una firma nos traerá esa utopía de bienestar y riqueza que tanto esperamos; una simple firma que nos ahorra la caminada y nos da el atajo necesario. Una firma, en suma, que sustituye la lucha, el derecho que se gana y el deber que se asume. Pero a mi forma de ver las cosas, están muy equivocados.
Nada es tan fácil. El conocimiento sobre la vida no se obtiene en los libros (aunque yo los ame), sino en la vida misma; la madurez no se obtiene firmando, sino luchando; y la utopía no se regala, se gana. Aún cuando muchos (ese 48% de la población de la que formo parte) se resiste todavía, manifestando su opinión y clamando su verdad en las calles, el asunto no ha ni empezado. Se puede gritar, se pueden quemar llantas (que de paso, solo contaminan la atmósfera), se puede gritar a las puertas de una institución, pero eso nada va a hacer. Siguen siendo intentos de resolver las cosas escapando de la cruda realidad, esa que nos dice que la única forma de solucionar todo esto será cuando estemos en el fango y no nos quede más que mirar para arriba.
Podré sonar pesimista, pero eso será mi verdad. La solución de este problema costarricense, sea el TLC u otras acciones gubernamentales y privadas, es que el pueblo madure. Y para que nuestro pueblo madure y cumpla esa utopía primordial, tiene que sufrir. Esa es mi verdad. Cuando hayamos perdido nuestra cultura, cuando no tengamos de que aferrarnos, cuando los recuerdos de los abuelos se pierdan en un canal televisivo extranjero, cuando nuestros niños se sepan de memoria los juegos mundiales, menos los nuestros y cuando los ojos busquen esperanza y tengan salgan del territorio patrio para encontrarla, ahí será cuando podremos empezar a caminar y conseguir nuestra utopía. Se nos dará la opción de luchar o bajar el rostro, de avanzar o detener nuestro paso y dar la vuelta. Y ahí es cuando tenemos que levantar estas manos que recuerdan todavía como ser usadas y ganarnos realmente lo nuestro. Será cuando, sufriendo pero siendo felices, caminaremos esos dos, diez y aún más pasos para alcanzar nuestra utopía. Y en algún momento, de tanto usar nuestros pies, de tanto clamar al viento, y de tanto soñar, con nuestro cuerpo ensangrentado pero nuestra alma intacta y poderosa, lo lograremos y podremos decir con orgullo que esta tierra, esta Costa Rica diversa y hermosa, nos la hemos merecido.

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