Canela
Seamisai - ROMANCE - 1077 words
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Summary
¿Qué pasa cuando una relación termina? ¿En qué puedes caer cuando pierdes la mayor ilusión de tu vida?
Para Joel,
porque nunca creí que nuestra historia terminaría así.
Sí, vértigo. Literalmente. De la misma forma que la visión de un acantilado puede hacer perder la cabeza a alguien hasta el punto de arrojarse. Tenía que arrojarme, había llegado hasta ahí y no podía detenerme (Carla Guelfenbein, El revés del alma).
Camino por la ciudad, sin prestarle atención a nada más. Me parece que la lluvia está cayendo, empapando mi mejor traje. ¡Qué más da! Luego puedo llevarlo a la tintorería. El verdadero problema es este dolor que me perfora el corazón, que me hiere el alma. Nunca hubiera pensado que la expresión corazón roto era más que una metáfora, pero realmente se siente como si al corazón le faltara algo, como si le hubieran robado uno de sus componentes esenciales. O tal vez simplemente había caído en el vacío.
Una mujer pasa a mi lado, portando impermeable y paraguas. Se me queda viendo como si estuviera loco. Sonrío. Probablemente sí lo estoy. Todo el mundo me lo había advertido, todos me habían dicho que no me ilusionara rápidamente, que mantuviera un pie sobre la tierra. Había desechado todos esos comentarios como me fueron llegando. Ahora me percato del gran error que había cometido.
Paso enfrente de un café, y veo como una pareja sale abrazadita, protegida de la lluvia por un paraguas de color rojo.
-Te amo -le dice la chica a su novio mientras se estira para darle un beso.
Siento una nueva conmoción en mi corazón. Te amo. Dos palabras que yo nunca le había dicho. Había estado convencido de sentirlas, pero no había querido jugar con ellas. Viéndolo desde mi pasado hubiera podido decir que sí era amor, pero estaba decidido a asegurarme. Por primera vez me había tomado el amor en serio. Pero eso no fue suficiente.
En cuanto el chico me ve abraza con más fuerza a su chica. No puedo evitar reírme. Aquel instinto de protección que surge con la persona amada…
Hay un nuevo desgarrón en mi pecho. No había sido nada de lo que quería. Todo lo que me había dicho que había querido, todo aquello que había soñado… No había sido nada de eso.
¿De quién era la culpa? ¿De quien se había formado expectativas antes de comenzar la relación, o de quien no había sabido cumplirlas?
Lo peor del caso es que he perdido la confianza en mí mismo, lo cual resulta peor que peor. En estos momentos siento como si no fuera capaz de absolutamente nada. Si no pude mantener a una persona a mi lado, si no pude demostrarle lo mucho que valía para mí, si no pudo ver todo lo que hay dentro de mí… Solo se me ocurre pensar que no hay nada dentro de mí que valga la pena.
Paso ahora enfrente de un antro, y veo como una chica sube al carro de un tipo. Se ve que ambos van tomados, y que apenas se conocen. Sin embargo, eso no les impide entregarse a caricias más íntimas que las que los novios del café probaban.
Toda mi vida he temido volverme un objeto sexual, un cuerpo sin voluntad que se entregue al placer pasajero. Pero ¿realmente ese es mi temor en sí? ¿Y si no es miedo, sino vértigo? Un vértigo como el mencionado por Kundera, un vértigo que no es el miedo a caer. El vértigo para Kundera significa que la caída nos atrae, queremos caer. ¿Es ese mi caso? ¿Me atrae realmente volverme un objeto sexual, un buscador de placeres carnales y nada más?
Me he quedado demasiado tiempo enfrente del antro, bajo un toldo de lo que creo que es una tienda. He comenzado a llamar la atención. Hay quienes me miran de forma muy fea, como si se preguntaran que hace un individuo como yo en aquel lugar, observando a toda la gente que entra y sale del antro, el cual a pesar del clima parece estar lleno. Otras personas me miran con curiosidad. Veo un par de sonrisas coquetas aquí y allá. Me muerdo un labio. Ahora sé que definitivamente es vértigo. Mis pies quieren avanzar, aunque mi cerebro se los impide. Mi razón está intentando obligarme a dar la vuelta y marcharme. Pero mis pies no responden. Mis pies se niegan a hacer lo que la razón les pide. Quiere cumplir los deseos del cuerpo, este cuerpo sin dueño, este cuerpo que se muere por tener alguien que lo posea, alguien que lo haga sentir algo que sea diferente a aquel dolor en el pecho.
-¡Hola guapo! -me saluda una chica que ha llegado a mi lado sin que me de cuenta-. ¿Estás solo?
-Espero que no por mucho -le digo mientras sonrío y coloco mi brazo sobre el muro cerca de ella.
¿Qué estoy haciendo? Me doy de golpes mentalmente, pero no puedo hacer otra cosa. El vértigo es demasiado poderoso. Y en aquellos momentos había ya perdido mi barandal. La persona que más me importaba había sido mi barandal, un protector al que solo necesitaba invocar cada vez que quería caer y de ese modo impedía la caída. Pero ahora no hay barandal. Solo está el vacío enfrente de mí, con su negrura que me promete placer y olvido de mi corazón roto.
La chica se acerca otro poco, cuando en aquel momento llega otro chavo, quien abraza con fuerza a la chica.
-¿Acaso te está molestando este patán? -le pregunta el chico a la chava.
-¿Qué demonios te sucede? -le reclama de inmediato la chica-. ¿Por qué me tienes que seguir a todos lados?
Yo aprovecho la ocasión y me escabullo. Una parte de mi cuerpo lamenta la aventura perdida, pero mi mente y mi corazón me agradecen. Mi corazón me recuerda el dolor que hubiera traído una aventura de ese tipo, y sería demasiado juntar los dolores. Por ahora me basta con uno.
Sigo caminando por la ciudad, pero soy consciente de que no puedo hacer eso por siempre. Tarde o temprano tendré que llegar a algún lugar. Así que finalmente me decido a regresar a mi casa. Mi casa, el lugar en el cual me parece ver a esa persona en cada sombra, en cada rincón, detrás de cada puerta.
Al llegar a mi casa me recibe un dulce aroma. ¿Acaso me lo imagino? Ese adorado olor debería ya haber desaparecido con el paso del tiempo. Pero me parece que aún está aquí, inundando toda la estancia con aquella deliciosa fragancia. No puedo contener las lágrimas. Lágrimas que caen mientras tomo papel y lápiz. Lágrimas que se derraman mientras escribo…




