MATAR A LA INOCENCIA
Bee Borjas - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 739 words
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Summary
La historia de una niña abusada por un pariente
La noticia de la muerte del Tuerto Oscar, llegó un 7 de Enero,
una espléndida mañana de verano.
Estaba lavando la ropa en el patio de atrás. Su madre vino
corriendo desde la calle con los ojos bañados en lágrimas.
La miró con una mezcla de dolor y de culpa.
Adriana respiró hondo y se quedó quieta. Tan quieta, como
cuando el Tuerto Oscar se deslizaba bajo sus sábanas noche
tras noche, y convertía su vida en un verdadero calvario.
Adriana junto con sus hermanos, jugaba con los chicos de la
cuadra desde la mañana temprano hasta bien entrado el crepúsculo.
Sin duda las vacaciones de verano le concedían la posibilidad
de disfrutar del tiempo a sus anchas.
Todo comenzó la noche después de Reyes. Si no fuera por
el golpe que se dio al caer de la bicicleta, el día había transcurrido
casi feliz.
Salió del baño después de cepillarse los dientes y se fue a acostar.
Abrazada a la muñeca que había recibido como regalo de Reyes,
Adriana comenzó a hundirse en ese plácido letargo que anticipa
al sueño profundo.
No lo escuchó entrar. Fue tal su consternación que apenas pudo
contener el aliento. Los dedos del desconocido se movían rapaces
bajo la sábana. Su mente intentaba descifrar lo que estaba
sucediendo, pero sus escasos 8 años de vida le impedían comprender
la demencial situación. Intentó gritar, pero una mano fuerte y
despiadada le tapó la boca con violencia. El golpe final fue escuchar
aquella voz tan familiar como querida.
-Quedate quieta, no pasa nada… -susurró urgido el tío Oscar.
Su vida se convirtió en una tortura cotidiana. Bajo la luz del sol,
aquel hombre socialmente respetado la trataba como una hija del
corazón. Cuando las estrellas iluminaban el cielo, el hermano de su
mamá, se convertía en un depredador sin compasión.
Repulsión, angustia, miedo. Sus emociones afloraban sin cesar y el
secreto que la consumía empezó a hacer mella en su pequeña existencia.
Todos advirtieron el cambio que se estaba operando en Adriana.
Ninguno fue capaz de vislumbrar la oscura razón.
Una tarde frente al televisor, la solución apareció como por arte
de magia. Sus ojos de niña, no podían creer que la telenovela que miraba
la abuela, le ofreciera la oportunidad de volver a ser libre.
El reloj del comedor anunció las 11 de la noche. Casi no había probado
bocado. Subió a su habitación y se calzó el pijama. Salió del cuarto en
puntas de pie y entró a tientas al dormitorio de su madre.
La luz de la luna la ayudó en su frenética búsqueda. Sin perder tiempo,
regresó a la cama. Su corazón latía tan fuerte que pensó que le iba a
explotar el pecho. Tenía la cara mojada. Se había lavado los ojos con
agua bien fría. Ahora sólo era cuestión de esperar.
Miles de imágenes irrumpieron en su mente. Mamá, papá, sus hermanos,
los amigos del barrio, los compañeros de la escuela. Era tal la verguenza
que la embargaba que apenas podía controlar el llanto.
Él llegó puntual. Abrió la puerta con sigilo y sin mediar palabra se
sumergió en la cama.
-Te quiero tanto Adrianita… -jadeó el tío con olor a alcohol.
Con la mente en blanco, y sofocada bajo el peso brutal del hombre,
Adriana alzó la mano y descargó el golpe con toda la fuerza de la que
fue capaz.
El tío Oscar soltó un alarido que hizo temblar las paredes de la casa.
Cuando la puerta del cuarto se abrió, la madre de Adriana no pudo
comprender la magnitud de la tragedia.
Su hermano ensangrentado, tirado en el suelo con un par de tijeras de
modista clavadas en el rostro, se retorcía como una fiera herida y
blasfemaba sin cesar.
-¡Puta de mierda! ¡Te voy a matar!
Después de extirparle el ojo izquierdo, el tío Oscar fue a parar a la
cárcel de Olmos. Allí le impusieron el nuevo mote. No fue lo único
nuevo en la vida del Tuerto Oscar.
Sus compañeros de prisión le hicieron experimentar en carne propia
la agonía por la que había hecho atravesar a su sobrina durante
2 interminables años.
-Murió anoche. Dicen que de un ataque cardíaco…
Adriana suspiró. A pesar de la condena pública, de los años de cárcel,
de sus innumerables sesiones con los psicólogos, a ella todo le sabía a poco.
No lograba hallar consuelo. Nada ni nadie podía volver el tiempo atrás.
Le habían robado la inocencia, ni la Justicia Terrenal ni la Divina,
podían devolvérsela jamás.

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