Razas
Galita - FANTASY - 16190 words
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Summary
Anna vive sola en la granja familiar desde que su madre murió, una noche unos extraños personajes la sorprenden rebelando un gran secreto sobre ella misma.
¿Miedo?
El viento golpeaba ferozmente en las contraventanas y en los tablones sueltos de la granja, sin embargo un silencio espeso solo roto por un extraño silbido que se colaba en el interior recorría la enorme casa.
Anna estaba en el desván, sola. Desde hacía meses solo asomaba la nariz fuera de aquel cubículo para recolectar comida y poco más. No había visto un alma desde que su madre muriese; nadie se acordaba de ella, aunque pocos sabían que existía. Y en realidad no le importaba, Anna era una muchacha inteligente, avispada, y desde muy pequeña había aprendido a valerse por sí misma. Cierto es que había vivido con su madre hasta hacía poco, pero ésta le había enseñado a no depender de nadie y a veces le obligaba a superar pruebas de lo más peculiares, como la vez que estuvo tres días sin comer hasta que consiguió descifrar el acertijo que su madre le había impuesto, no tenía muy claro si la lección era descubrir el misterio o aguantar tanto tiempo sin probar bocado, pero consiguió superar ambos. También le obligaba a devorar libro tras libro, “tienes que aprender como es el mundo de ahí fuera” solía decirle, aunque curiosamente le mantenía aislada de él... para aquel fin, una de las habitaciones de la casa estaba llena de libros y revistas, nunca los había contado pero había miles.
Aquel silbido no le dejaba dormir. Al principio tenía claro que se debía al viento, fuerte augurio de que una enorme tormenta se acercaba, y no le hizo mucho caso, pero poco a poco se había hecho peculiarmente intenso, como si cada vez estuviese más cerca.
Anna estaba acostumbrada a los sonidos de la granja, a las terribles tormentas, y sobre todo a estar sola. Cuando era pequeña su madre le obligaba a dormir sola en el desván, o a pasear de noche por la casa. Le decía que no debía temer a la oscuridad “Todo tiene una explicación, Anna, este mundo es de los valientes, nunca huyas de tu enemigo porque tu peor enemigo es tu propio miedo, y de él no te puedes ocultar, así que debes enfrentarlo, y sobre todo, controlarlo”. No es que en su vida hubiera tenido que afrontar muchos peligros, salvo los que recreaba su madre, pero de algún modo había olvidado lo que era sentir miedo. Por ello, a Anna no se le ocurrió que aquel sonido pudiese entrañar algún peligro, lo que realmente le provocaba era irritación. Si seguía sonando así no pegaría ojo en toda la noche, y lo peor de todo, se estaba viendo obligada a salir fuera para averiguar que era y por supuesto, aplacarlo. Y por la fuerza del viento, sospechaba que no iba a ser tarea fácil.
- Argh, no soporto más tiempo ese silbido.
Se calzó sus botas verdes, la pelliza que su madre le regaló por su último cumpleaños, su bufanda de lana y se lanzó escaleras abajo. Hacía semanas que habían cortado la electricidad, y ya no le quedaban pilas para la linterna, así que sus paseos nocturnos, aunque eran muy escasos, los realizaba a la luz de un candil. Sabía que fuera no iba a ser muy útil, pero era lo único que tenía.
La casa estaba muy oscura, más de lo que recordaba Anna. No solía salir del desván tras el anochecer, y casi nada el resto del día desde que empezó el invierno. No por miedo, simplemente porque no lo necesitaba. Aunque últimamente la casa se le venía encima y empezaba a añorar el contacto con la gente, un sentimiento un tanto extraño teniendo en cuenta que su madre era el único humano con el que había cruzado más de dos palabras en sus 17 años de vida.
Bajó sin problemas las escaleras que conducían del desván a la primera planta de la casa. El silbido era ahora más intenso, y la fuerza del viento parecía que iba a derribar la casa. Por un segundo a Anna se le ocurrió que la tormenta pudiese ser más peligrosa de lo habitual, y quizá en el desván no estaría segura, pero la idea de tener que trasladarse a abajo en medio de la noche y de tanta oscuridad le dio demasiada pereza. No le apetecía abandonar su refugio, y su madre siempre había dicho que era el lugar más seguro de la casa. Aunque en alguna ocasión, en época de tornados, se habían guarecido en el refugio que había bajo el cobertizo, pero no era la época, y las tormentas por fuerte que pareciesen, nunca habían conseguido más que destrozar alguna ventana.
La primera planta, salvo por el viento exterior, parecía tranquila. El silbido no se originaba allí. Las puertas de las habitaciones estaban todas cerradas, todo en orden ¿todo? Una de las puertas se había abierto, Anna se acercó para cerrarla, pero cuando estaba a punto de agarrar el tirador se le cerró violentamente en las narices. - ¡Maldita sea! - exclamó - la ventana debe haberse roto -. En aquella habitación no había nada importante, estaba prácticamente vacía, así que se aseguró de que estaba bien cerrada, y bajó a la planta baja, ya lo arreglaría mañana.
A pesar de las nubes cargadas de lluvia, que no terminaban de explotar, la luna luchaba por mantenerse brillante, y una tenue luz se colaba por las rendijas de las contraventanas, penetrando en la oscuridad del salón. Allí todo estaba bien, salvo por ese maldito silbido...pero tampoco procedía de allí, parecía venir de la cocina.
Anna se dirigió a la parte trasera de la casa, donde estaba la cocina, con decisión, pero cuando llegó al umbral de la puerta, con los oídos a punto de estallarle por culpa del silbido que se había vuelto insoportablemente fuerte, la llama de su candil se apagó, y allí, la luz de la luna no lograba llegar...
Cuando abrió los ojos estaba totalmente aturdida. No sabía dónde estaba y le dolía terriblemente la cabeza. Lo último que recordaba antes de que la luz del candil se apagase era haber visto una tetera sobre el fuego de la cocina, supuso que aquello era el origen del silbido, aunque no entendía como podía sonar tan fuerte y mucho menos como había llegado hasta allí. Después de aquello, todo era demasiado confuso. Recordaba haber buscado rápidamente las cerrillas en su bolsillo, y de pronto… una presencia cercana; un escalofrío le recorrió toda la columna hasta erizarle los pelos de la nuca. No recordaba lo que era sentir miedo, y no estaba muy segura de si llamar a aquello temor o sorpresa, ni siquiera se le pasó por la cabeza salir corriendo, solo quería saber lo que estaba ocurriendo. Intentó alcanzar las cerillas y la vela que había sobre la cornisa de la chimenea, pero una mano la detuvo, derribando el candil que aún llevaba consigo. El tacto de la mano era frío como el hielo, pero muy suave, y también intensamente fuerte. Trató de zafarse, pero aquella mano la asía con fuerza, en seguida sintió como la otra mano la agarraba por el cuello e intentaba inmovilizarla. Jamás se había peleado con nadie, pero su madre le había enseñado a defenderse, consiguió soltarse, y después, nada. Perdió el conocimiento. Anna supuso por el dolor de cráneo y la sangre reseca en su pelo negro que le habían golpeado en la cabeza.
Al principio no reconoció el lugar donde había despertado, aún era de noche, pero en seguida se dio cuenta de que estaba en el sótano de su casa, atada de pies y manos, y tirada en el suelo; ni siquiera se habían molestado en amordazarla, quien diablos iba a escucharla si decidía gritar en aquel lugar inhóspito y olvidado de la mano de dios.
Escuchaba pasos en la cocina. Dos, quizá tres personas. Supuso que eran ladrones, o fugitivos, o a saber qué, al fin y al cabo la casa parecía abandonada. Lo que sí era obvio, es que no tenían muy claro que hacer con ella. Aunque no podía distinguirlas, le llegaban voces por el conducto de ventilación, y parecían estar discutiendo sobre ella.
Unos minutos después la puerta del sótano se abrió, y escuchó el crujir de los viejos peldaños de madera bajo unos firmes pasos - deberíamos haber cambiado esa escalera hace años - pensó Anna.
La joven intentó incorporarse, pero notaba el cuerpo algo dolorido, y la cabeza aún le daba vueltas, así que se quedó muy quieta en el suelo, escuchando. El sótano seguía a oscuras, parecía que aquel hombre no necesitaba luz para ver. Cuando estuvo lo bastante cerca de ella, Anna distinguió unas botas de piel de serpiente terminadas en punta con espuelas a la altura de sus ojos. Aunque no entendía nada de moda, le parecieron un poco horteras. El hombre se agachó y la agarró del cuello levantándola por completo del suelo en volandas, sin ningún esfuerzo aparente, hasta que quedó a la altura de su cara. La mano era fría como la que había sentido antes, pero muy áspera; obviamente no era de la misma persona.
Apenas podía distinguir el brillo de sus ojos entre tanta oscuridad, y mucho menos la cara, que parecía pálida como la luna, aunque a oscuras, quién no. Sin embargo, con los ojos tenía suficiente, eran fríos, despojados de toda vida y se percibía una terrible maldad en ellos. Anna no podía articular palabra, ya que la mano del hombre le impedía hablar, pero realmente no sabía que decir, no creía que los ruegos y preguntas funcionasen con él.
- No sabes dónde te has metido ¿verdad? - le escupió con una voz ronca, y desagradable. - Puedo oler el miedo a kilómetros, pero tú no pareces asustada. Curioso. Cualquiera en tu situación lo estaría. Aún no te mataré, te necesito para cazar una presa mayor, pero mañana serás una buena cena.
El tipo la dejó caer en el suelo, lo que le provocó un nuevo y tremendo golpe, y se fue. Ahora ya sí que no entendía nada. ¿Dónde se había metido? ¡Pero si aquella era su casa! en todo caso se habían metido ellos.
¿Y ahora qué? Estaba atada, a oscuras, le dolía todo el cuerpo y la cabeza le iba a explotar, podía intentar desatarse, pero si esos tipos no iban a matarla hasta la noche siguiente, probablemente no iban a volver por el momento y de todas formas en las condiciones en que estaba, tampoco podía pelear. Finalmente se dejó vencer por el agotamiento, dormir el par de horas que quedaban hasta el amanecer parecía buena idea. Con algo de luz vería las cosas con más claridad. Y al menos tenía claro dos cosas, que querían matarla, y que tenía menos de 24 horas para escaparse.
Cuando se despertó, las primeras luces del alba ya entraban por las rendijas de los tablones de la casa, aunque al estar en el sótano, aún estaba muy oscuro. Le dolía terriblemente todo el cuerpo, y más que dormir tenía la sensación de haber estado en trance. Extraños flashazos le venían a la cabeza de un sueño de lo más surrealista. Lo primero que pensó es que debía encontrar la forma de desatarse justo antes de darse cuenta que tenía bajo la cabeza una almohada, y que las cuerdas de manos y pies habían sido aflojadas. Se incorporó rápidamente sobresaltada. ¿Qué había ocurrido? Quizá los flashazos no habían sido un sueño después de todo… y entonces lo vio, junto a la almohada, un trozo de papel con un mensaje: “Durante el día estarás a salvo, pero debes huir antes de que caiga la noche, corre, no mires atrás. Siento mucho haberte puesto en peligro. Mr. D.” ¿D? quién era D.
Anna se guardó la nota en el bolsillo, cogió un viejo atizador que había en el sótano y subió a la parte de arriba. Mr. D podría asegurarle que estaba a salvo, pero no la iban a pillar otra vez desprevenida. Examinó cuidadosamente toda la casa. En la cocina pudo ver la tetera sobre la mesa, sin usar, y restos de carne cruda y sangre de algún conejo, o similar. El resto de la casa parecía intacta. Subió a la habitación donde supuso que se había roto la ventana, pero estaba completamente indemne, ahora estaba convencida de que estaba abierta por otro motivo - qué estúpida, debí asegurarme-. Había ido abriendo todas las ventanas, según recorría la casa. Si la luz era su aliada, dejaría que entrase por todos lados. Un refrescante olor a tierra mojada se colaba en el interior (finalmente las nubes habían llorado) dejando salir el aire cargado de la casa.
Finalmente llegó al desván. Todo estaba tal como lo había dejado, no habían subido, al fin y al cabo aquellos tipos no eran ladrones. Mientras se calzaba unos vaqueros y un jersey, y se curaba la herida de la cabeza intentó encontrar alguna teoría de lo que estaba ocurriendo. Para empezar, la tetera, quién diablos la había puesto en el fuego, y por qué la había dejado silbar durante tanto tiempo, porque al tipo del sótano no le veía tomando té precisamente. Luego, el que le atacó en la cocina, ¿sería el otro tipo con el que discutía en la cocina? Entonces recordó un detalle que había olvidado, justo antes de que la golpearan en la cabeza alguien grito…su nombre…- ¡¡Anna, no!! -.
Durante la mañana, Anna se dedicó a recoger provisiones por toda la casa y llevarlas al desván. Por primera vez en su vida, estaba asustada, aunque intentase negárselo; no tenía muy claro que hacer, pero aquella era su casa y nadie iba a echarla de allí. Lo malo era que no sabía cómo defenderse de aquellos individuos que no se tomaban la molestia de vigilarla durante el día. Y, quién era Mr.D, cómo había conseguido bajar al sótano y desatarla sin que los otros se lo impidiesen, y sobre todo quien había gritado su nombre. A esas alturas, ya se había montado su propia película, y supuso que había sido Mr.D, puede que intentando protegerla. Poco a poco el miedo estaba dejando paso a una furia descomunal que Anna no había sentido nunca. Así que finalmente tomó una determinación. Cogió la vieja camioneta de su madre y se dirigió al pueblo más cercano, entró en la primera ferretería que encontró y compró todo tipo de herramientas. Iba a proteger su casa costase lo que costase. Como era menor de edad no podía comprar balas para la vieja escopeta, así que tendría que aguantarse con las pocas que tuviera, pero bien usado, un cuchillo bien afilado podía ser más peligroso que una escopeta, y ella era una experta usándolos.
Cuando regresó a la granja se puso manos a la obra. Bloqueo puertas y ventanas por toda la casa, esta vez no lo tendrían tan fácil para entrar…y tampoco para salir. Puso trampas en las entradas, y por toda la casa, y escondió armas por todos los rincones y sobre todo, linternas. Se había hecho con un auténtico arsenal de linternas con las pilas nuevecitas… Puede que ellos pudiesen ver en la oscuridad, pero aquella era su casa, y aunque podía recorrerla con los ojos cerrados si era necesario, la luz sería su aliada...
Agotada, regresó al desván, aún quedaban un par de horas para el anochecer, podía descansar un poco. Tumbada sobre su cama, en el silencio de lo que había sido su hogar desde que tenía uso memoria, hizo un recorrido por su vida. Nunca había entendido porque su madre se empeñaba en mantenerla aislada. No le había dejado ir al colegio cuando era pequeña, no tenía amigos, ni se relacionaba con nadie, ni siquiera le dejaba acompañarla al pueblo cuando tenían que hacer compras, al menos hasta los últimos años, y sin embargo, sentía que la estaba preparando para algo…algo que no estaba en aquella granja. Nunca llegó a confesarle porque vivían así. Al quedarse sola, Anna sabía que no era buena idea marcharse de la granja, era menor de edad, y en cuanto saliese, podría tener problemas, así que decidió quedarse hasta cumplir los 18, lo que quería decir que debía permanecer en la granja unos cuantos meses más. – Huir… Mr. D no tengo a donde ir, este es mi hogar-.
Una ola de recuerdos y pensamientos empezó a nublar su mente, arrastrándola a un inquietante duermevela…
- Anna, no entres ahí.
- ¿Por qué mamá? ¿Qué hay ahí?
- Algún día podrás entrar y descubrirlo, mientras tanto, déjalo estar, aún no es el momento.
Anna se despertó sobresaltada, había alguien en la habitación.
Lentamente deslizó la mano debajo de la almohada y cogió un cuchillo.
- No te molestes Anna, no puedes herirme. – Una voz suave y firme le llegó desde el otro lado de la habitación. Entre tinieblas, podía distinguir la forma de una persona. La noche estaba cayendo. – Tranquila, no voy a hacerte daño. – La figura se acercó lentamente, esquivando los débiles rayos de sol que aún se colaban por el tragaluz. - ¿Por qué sigues aquí? Te advertí que te marcharas.
- Esta es mi casa. No voy a marcharme ¿Eres Mr. D?
- Sí. Anna, no puedes quedarte, es demasiado peligroso, y tus trampas, como puedes ver – dijo señalándose a sí mismo - no van a impedir que entren.
- ¿Quiénes son? ¿Quién eres?
- Eso no es importante, lo verdaderamente trascendente es quién eres tú.
Mr. D se mantenía entre las sombras, pero Anna podía verle perfectamente, ahora estaba a escasos centímetros de ella. Tenía rasgos suaves y perfilados, y muy hermosos, aunque era extremadamente pálido. Vestía camiseta blanca y vaqueros, y un elegante abrigo negro, sin solapas, que le llegaba hasta los pies, y a la espalda, cruzada, una espada enfundada, a Anna le recordó a un príncipe de los cuentos que solía leer de pequeña, aunque más siniestro. El pelo le llegaba por los hombros, parecía castaño, y le caía delicadamente sobre el rostro, casi ocultando sus ojos. Al contrario que los del sujeto A (así llamaba en su cabeza al tipo del sótano) eran brillantes y llenos de vida, no había una pizca de maldad en ellos, pero ocultaban algo oscuro que inquietaba a Anna.
- ¿Quién soy yo? Soy Anna, y vosotros estáis en propiedad privada.
- ¿Por qué has permanecido todo este tiempo en la granja? ¿Por qué no te fuiste al morir tu madre? Estás en pleno campo de batalla.
- Un segundo…no tengo ni la menor idea de lo que estás hablando. No sé quién eres, ¿D? eso no es un nombre. Entráis en mi casa, me sacáis de la cama en medio de la noche, te tomas mi té, porque el del té fuiste tú ¿verdad? Me secuestran, me golpean, y luego tú me dices que me marche de mi propia casa. Y para colmo no solo no me dices quien eres si no que afirmas que es mi identidad la que importa. Perdona, pero yo ya sé quién soy, así que ya puedes empezar con las explicaciones.
- No sabes nada… - Mr. D parecía algo consternado por este descubrimiento.
- ¿Eres un vampiro? – preguntó Anna sin rodeos.
- ¿Qué?
- Cuando era pequeña mi madre solía hablarme a menudo de la existencia de vampiros y otras criaturas, decía que todas las historias tienen un punto de realidad, por muy fantásticas que parezcan. Según fui creciendo empecé a pensar que desvariaba, pero…
- ¿Qué te ha hace pensar que soy un vampiro?
- Apareces al anochecer, acabas de esquivar los rayos del sol, tu piel es fría y blanca como la nieve, afirmas que no puedo herirte con este cuchillo, y he podido comprobar en mis propias carnes que eres extremadamente fuerte, ah… y vistes como un vampiro. – Esto último se lo dijo con sorna. – Además, tu amiguito de anoche dijo que hoy sería su cena, así que supongo que él también lo es.
- Muy observadora. La verdad, Anna, es que no soy exactamente un vampiro, al menos no en el sentido tradicional.
- Mi madre solía decir que a veces las cosas no son lo que parecen, y que a veces son mucho más de lo que aparentan…
- Tu madre era muy inteligente, pero en este caso es algo más sencillo que eso. No lo entiendo, se supone que debía prepararte y ni siquiera sabes quién eres. No tenemos mucho tiempo, así que seré rápido… Existen los vampiros, dos razas para ser exactos, y sí, también existen muchas criaturas, criaturas de las que nadie ha oído hablar jamás, y sobre las que no existe libro alguno, pero eso ahora no nos importa. Olvídate de lo que has leído sobre nosotros, es cierto que muchas de las cosas que han escrito son verdad. No nos gusta la luz del sol, somos más fuertes que los humanos, nuestra piel está fría como el hielo, y algunos… se alimentan de sangre.
- ¿Dos razas? Déjame adivinar, unos son buenos y otros malos, y tú eres de los buenos.
- Más o menos. Es cierto que mi raza es mucho menos agresiva, y no nos alimentamos de sangre, al menos no sangre humana, pero no todos son buenos. Aunque todos somos vampiros, en el sentido más estricto, los que han seguido alimentando las leyendas, y se ajustan más al perfil que los humanos tienen de nosotros es la segunda raza.
- ¿Segunda raza? ¿Qué pasa, tenéis clases sociales o qué?
- Algo así, los llamamos segunda raza porque son pseudo-vampiros, criaturas creadas a partir de nuestros antepasados, raza original. En realidad mi raza ya poco se parece a la de nuestros ancestros, pero en cierto modo nosotros somos “más” puros. Los vampiros que te atacaron anoche, son de la segunda raza, y son realmente crueles, no existen buenos o malos entre ellos porque todos son demonios llegados desde el mismísimo infierno, y solo tienen un objetivo, destruir. Tu madre te ha estado ocultando todo este tiempo para protegerte de ellos, debía instruirte, enseñarte a defenderte, pero no se suponía que te ocultase la verdad. Esa jugada no ha sido muy inteligente por su parte.
- Mi madre murió hace 3 meses, ha estado muy enferma los últimos 7 años. Todo lo que sé me lo enseñó ella, en sus momentos de lucidez, que en los últimos dos años, no fueron muchos.
- Lo siento mucho Anna, no lo sabía. Escucha, tú eres… - El estallido de un cristal roto en la planta de abajo les interrumpió – Ya están aquí, maldita sea. No te muevas del desván y no hagas ruido, intentaré sacarlos de la casa.
- No, lucharé.
- No puedes vencerlos, aún no. – El vampiro clavó fijamente sus ojos en ella, marrones e intensos destilaban un brillo que Anna nunca había visto… ¿o quizás sí? – Espérame aquí, y pase lo que pase, oigas lo que oigas, no salgas. El desván es seguro, no pueden entrar si no los invitas.
- ¿Y tú sí?
- A mí me invitaste hace mucho tiempo.
Con un rápido movimiento el vampiro desapareció en las tinieblas, y Anna se quedó sola en el desván, con un montón de preguntas, y prácticamente, ninguna respuesta.
Un silencio abrumador inundó la casa. Anna se acercó a la puerta del desván y pegó la oreja, pero nada. De pronto, empezaron a llegarle ruidos de golpes secos, y algún gemido. Entonces recordó algo, rápidamente se armó hasta los dientes, cuchillos en las botas, en el cinturón, linternas y la vieja escopeta, y abrió la puerta del desván.
Ante ella, solo oscuridad. Dudó por un segundo si encender la linterna, la luz delataría su situación, pero aunque se conociese la casa al dedillo ellos podían ver en la oscuridad. Bajó la escalera lo más silenciosamente que pudo y al llegar al primer piso encendió una pequeña linterna, las puertas de las habitaciones estaban cerradas, no parecía que hubiesen conseguido llegar hasta allí. La batalla debía estar librándose en el piso de abajo. Se acercó lentamente a la escalera, solo silencio… Cuando iba a bajar el primer escalón, lo sintió. Un aliento nauseabundo junto a su oído derecho. Se le helaron todas las extremidades del cuerpo. Lentamente levantó la linterna hacia él y entre sombras pudo ver a una espantosa criatura. Una horrible mueca en su cara mostraba unos enormes y horribles colmillos goteando sangre. Profundas arrugas surcaban su cara que había perdido todo signo de humanidad si es que había existido jamás, y sus ojos vacíos de vida la miraban con lascivia. Anna intentó empuñar la escopeta cuando la criatura la empujó lanzando por los aires la linterna y haciéndola perder el arma. En el suelo y a oscuras podía sentir como la criatura esperaba para volver a atacar. Estaba jugando con ella. Anna buscó a tientas uno de los cuchillos que llevaba escondido en la bota, pero antes de alcanzarlo la criatura se abalanzó sobre ella. Anna luchó con todas sus fuerzas para intentar quitársela de encima pero la criatura era muy fuerte. Le sujetó por las muñecas paralizándola en el suelo. Podía sentir el frío de su cuerpo sobre ella y como el monstruo acercaba su asquerosa boca a su yugular. Anna, en un último esfuerzo, le golpeó con todas sus fuerzas con la rodilla derecha, consiguiendo un valioso segundo para liberarse de la criatura, y ponerse de pie, esta vez, empuñando uno de sus cuchillos.
- Eres fuerte, muñeca – le espetó el monstruo – pero no te servirá de nada, te mandaré directa al infierno.
Anna se pegó a la pared, y se deslizó lentamente hasta que tocó el tirador de una de las puertas.
- Te estoy esperando – le desafió.
La criatura se lanzó brutalmente sobre Anna, que abrió la puerta de la habitación, y le esquivó magistralmente echándose a un lado al mismo tiempo que le hería con su cuchillo en uno de los brazos. La criatura empezó a chillar angustiosamente dentro del cuarto.
- Bienvenido a mi infierno, monstruo – y cerró la puerta.
Recogió el arma y la linterna del suelo y examinó la planta para asegurarse que estaba vacía, después apagó la linterna, empuñó la escopeta y bajó por la escalera.
La estancia de abajo estaba algo más iluminada, una tenue luz de luna se colaba por las contraventanas. Primero examinó el salón, algunos muebles estaban rotos, y la ventana del fondo hecha añicos en el suelo, pero no había nadie. Puso rumbo a la siguiente estancia, a través del pasillo, cuando escuchó un ruido a su espalda. Anna se giró y vio a una de las criaturas lanzándose sobre ella, disparó sin vacilar, una, dos, tres veces, sin conseguir poco más que retrasar al monstruo. La criatura cada vez estaba más cerca, Anna tiró la escopeta al suelo y empuñó un cuchillo, la criatura esquivó la primera estocada y le lanzó un puñetazo que ella esquivó, otra puñalada pero solo consiguió rozarlo. La criatura se quedó quieta, a escasos metros de ella, en posición de ataque.
- Eres buena, pero no puedes vencerme.
- Eso ya lo veremos.
- Ja, ja, ja, eso es confianza y lo demás son tonterías.
La criatura se lanzó nuevamente sobre Anna, que intentó esquivarle, pero perdió el equilibrio. Nuevamente en el suelo, atacó a la criatura con el cuchillo directo a su pierna. La criatura chilló, pero se volvió violentamente hacia Anna agarrándola del cuello y levantándola del suelo.
- Ahora has conseguido enfadarme.
¡Zas! Anna vio un brillo en la oscuridad y la cabeza de la criatura había desaparecido, así como la presión de su cuello dejándola caer. El cuerpo inerte del monstruo cayó al suelo y Anna vio a Mr. D al otro lado, empuñando una espada que goteaba sangre. Sorprendida, murmuró un tímido “gracias”.
- Maldita sea Anna, ¿qué te había dicho?
- Lo sé, pero olvidé decirte algo, o más bien no me dejaste.
- Vamos, te llevaré de vuelta al desván, aún quedan tres más.
- Dos, he encerrado a uno en las habitaciones de arriba.
- ¿Encerrado? A los vampiros no se les puede encerrar en una habitación.
- Sí, cuando tienen trampas para vampiros. Eso es lo que olvidé decirte.
- ¿Magia? Pensé que no sabías nada.
- En realidad solo lo diste por hecho. Ya te dije que mi madre me habló de los vampiros.
- A veces, algunas cosas, son mucho más de lo que aparentan – citó el vampiro. – Vamos, aún así es demasiado peligroso, arriba estarás más segura.
- No, no lo entiendes. No puse esas trampas para impedir que entrasen. Estás en peligro.
- ¿Qué? ¿Qué clase de sortilegios has usado?
- No hay tiempo, tengo que sacarte de aquí.
Anna recogió el cuchillo y tiró de Mr. D hacia la cocina. Una nueva criatura les asaltó a la entrada, pero el vampiro se deshizo hábilmente de él en dos sablazos.
- Uno.
- Vamos, no hay tiempo.
Anna salió por la puerta de la cocina, y corrió hacia el cobertizo seguida del vampiro, pero cuando llegaron se encontraron a la última criatura que faltaba, Anna le reconoció de inmediato por sus botas, era el “sujeto A”.
- Anna, detrás de mí – le ordenó el vampiro.
- Nuestro querido Mr. D – expelió la criatura – tu arrogancia me pone enfermo, tu chaqueta fina, tu espadita. ¿Crees que puedes vencerme? Maldito imbécil.
- Qué puedo decir, Gorgeon, algunos tenemos estilo. Hace tiempo que ansío tener el placer de matarte. – Mr. D volvió ligeramente la cara hacia Anna, y le mandó que se escondiera.
- Tienes 5 minutos para acabar con él o ambos moriréis – le susurró la muchacha.
Anna se alejó de la zona de batalla, hacia unas balas de heno amontonadas en una de las esquinas, y empezó a apartarlas. A sus espaldas escuchaba vibrar las primeras estocadas de las espadas, y le pareció curioso que unos vampiros luchasen con armas.
Cuando terminó de apartarlas todas dejó al descubierto una trampilla en el suelo. “Mierda” musitó, estaba cerrada con candado. Miró a su alrededor pero no encontró nada para abrirlo. Un grito de Mr. D reclamó su atención, el sujeto A, Gorgeon, le había herido en el brazo.
- Vamos, Mr. D no irás a llorar como una nenaza.
- No, Gorgeon, no lloraré cuando estés muerto.
Mr. D volvió a la carga, como si la herida no existiera, aunque Anna pudo ver como sangraba. Y justo en ese momento lo vio, una hoz justo al otro lado del cobertizo, eso le serviría para abrir la trampilla.
Intentando no cruzarse en la batalla, Anna consiguió llegar hasta el otro extremo y recoger la hoz, pero cuando intentó volver, Gorgeon se le echó encima, agarrándola por el cuello.
- ¡Anna! Suéltala Gorgeon, esto no va con ella.
- Vamos, Mr. D ambos sabemos que todo esto va precisamente con ella. Si no porque iba a estar perdiendo el tiempo con un vampiro de segunda como tú.
- Cuidado Gorgeon, estás empezando a cabrearme. Déjala y termina lo que has empezado, cobarde.
- Me tienes harto, flacucho. Me ocuparé de ti en un momento, monada, aún no he cenado. – El vampiro arrojó a Anna contra unas tablas, quien se llevó un duro golpe en la pierna y perdió la hoz.
Anna, se incorporó con dificultad, e intentó localizar la herramienta. Los vampiros luchaban muy cerca de ella y no podía acercarse. Intentó buscar otra, pero no había tiempo, tenían que acabar con Gorgeon ya y entrar en el refugio. No sabía qué hacer y apenas podía caminar.
Los vampiros luchaban violentamente, Gorgeon era mucho más fuerte, pero Mr. D era más hábil con la espada, y mucho más rápido. Anna estaba a punto de ponerse a gritar para intentar distraer a Gorgeon cuando la espada de Mr. D voló por los aires, quedándose a la merced del otro vampiro.
Con la punta de la espada de Gorgeon rozando el cuello de Mr. D Anna no lo dudó ni un segundo y le lanzó uno de sus cuchillos, que se clavó directamente en el brazo. El vampiro se giró furioso hacia ella, olvidando por un segundo a Mr. D, que rápidamente le lanzó una patada al muslo, haciéndole perder el equilibrio, y un rodillazo a la cara, que lo lanzó contra el suelo. Con una velocidad asombrosa recogió la espada del suelo, y le cortó la cabeza sin titubear.
- Ya te dije que me estabas cabreando.
- ¡Mr. D! Rápido, no hay tiempo – le apremió Anna.
Con ayuda del vampiro, Anna caminó hasta la trampilla, y allí con un golpe de la espada, Mr. D rompió el candado y entraron. Anna, cerró por dentro, y obligó al vampiro a ocultarse en lo más profundo del refugio.
Un segundo después, una luz intensa se colaba por las rendijas de la trampilla, pero estaban a salvo.
- ¿Qué ha sido eso?
- Es un hechizo que recrea la luz solar matando a cualquier vampiro que haya cerca. En el refugio estás a salvo. Había símbolos por toda la casa para activar el hechizo, es decir, cuando la sangre de un vampiro es derramada sobre ellos.
- El vampiro que encerraste lo activó, ¿no?
- Sí, por eso bajé del desván, aunque no era mi intención activarlo si no evitar que lo activases tú por tú cuenta. Pero no tuve muchas opciones, si no activaba el hechizo no habría podido encerrarle.
- Hiciste bien, has sido muy inteligente, Anna. Supongo que debo darte las gracias por arriesgarte por mí, y por salvarme la vida ahí fuera, aunque deberías saber que mi raza es inmune a la luz solar, nos debilita mucho, por eso la evitamos, pero no nos mata.
-Tal vez seas inmune a la luz del sol, pero no al hechizo, es mortal para cualquier vampiro.
- Vaya, parece que estas mejor instruida de lo que has admitido, supongo que después de todo tu madre sí te preparó para esta guerra.
- Sí, lo hizo, pero cuando comenzaron los primeros síntomas de su enfermedad, empecé a pensar que todo lo que me había enseñado sobre vampiros y monstruos era parte de su locura. Me enseñó a usar la magia, pero jamás había hecho un hechizo tan potente.
- Al menos ahora sabemos de lo que eres capaz. Muy pocos se han enfrentado a la segunda raza y han sobrevivido, hay que estar hecho de una pasta especial, como tú.
- Lo que nos lleva a la gran cuestión de quién diablos soy.
- Supongo que sí. – El vampiro se puso en pie y desenvainó su espada, entregándosela a Anna – ¿Alguna vez tu madre te habló del clan Reyiz? – Anna negó con la cabeza. – Es el clan al que pertenezco, y al que también pertenecía tu madre. Humanos y vampiros de la primera raza llevamos siglos combatiendo a los vampiros como Gorgeon, intentando evitar que arrasen con toda la humanidad. Estas espadas son especiales, están forjadas con una aleación especial de titanio, plata y otros materiales que las hacen más resistentes que las comunes, y lo más importante, las convierten en dañinas para los vampiros, las espadas normales solo nos hieren durante unos segundos, éstas, abren heridas que no podemos cerrar. – Anna se fijo en su brazo, que seguía sangrando. – Apuesto a que el cuchillo que usaste con el vampiro de arriba te lo regaló tu madre. – Anna asintió y le mostró el cuchillo. – Está hecho del mismo material. - Tu madre tenía una espada como esta, aunque la suya es diferente, es muy poderosa y en las manos apropiadas, será capaz de destruir al líder de la segunda raza y acabar con esta guerra.
- Y que tiene que ver eso conmigo, ¿me necesitas para encontrar la espada?
- La espada está protegida por un encantamiento que realizó la bruja Morrigu hace cientos de años.
- Espera, sé donde está. – El vampiro se calló, sorprendido.
Anna apartó un estantería llena de polvo de una de las paredes, detrás parecía que solo había un muro de piedra.
- Creo que estaba por aquí - susurró mientras palpaba la pared, y de pronto tocó en un lugar clave, y el muro cedió abriendo un agujero en la pared que conducía a otra habitación.
Anna encendió una lámpara de gas que había cerca y entraron.
– Mi madre nunca me dejó entrar aquí, lo había olvidado por completo hasta que casualmente esta tarde soñé con él, justo antes de que aparecieras…
- No creo en las casualidades, Anna. Esta era el auténtico refugio de tu madre, una gran guerrera Reyid.
La sala estaba llena de viejos libros que Anna nunca había visto y menos aún leído, y todo tipo de armas e instrumentos cuya finalidad desconocía. Había mucho polvo, y el aire estaba viciado.
- Y esto ha estado siempre aquí… Ahí – señaló la muchacha – esa debe ser.
Anna cogió un instrumento alargado que había en el centro de la habitación envuelto con una vieja sábana, lo desenvolvió dejando al descubierto una espada enfundada decorada con hermosos símbolos que Anna no entendía. El arma desprendía un brillo especial. Anna la desenvainó y su hoja titiló a la luz de la lámpara. Humana y vampiro miraban atónitos la espada que colmaba la habitación como si tuviese vida propia.
- Toma – le ofreció a Mr. D, pero este retrocedió un paso - ¿qué pasa? Esto es lo que has venido a buscar ¿no? Toma.
- No, Anna, Morrigu realizó ese hechizo para asegurarse que solo los humanos de su propia sangre pudieran empuñarla. Y tú eres su última descendiente con vida.

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