Memorias de Artaza

Holden Caulfield  - THRILLER / SUSPENSE - 593 words

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Summary

Un atardecer, un dolor.

Un atardecer, un dolor.

1
El tiempo se había enseñado con Artaza. Con su piel, con sus huesos, con su mirada. Artaza ni siquiera extrañaba la agilidad de una caminata, se contentaba con una docena de pasos hasta el ventanal para recibir la mezquina caricia de una tarde de sol. Justo él, el más deseado, el más besado, el más adulado. Artaza había reinado cuando la noche era una celebración. Con sus trajes de corte europeo, las corbatas de seda y los zapatos a medida. Sólo se permitía el escocés con dos cubitos de inalterable simetría o el gozo de un espumante de Burdeos. Elixires chispeantes e impolutos, como los cuellos de sus camisas y el brillo de los gemelos.
Artaza apoya la cabeza contra el vidrio tibio y cierra los ojos. Sube por escaleras de mármol, el pasamanos frío, la araña resplandeciente. Se siente Bogart en Casablanca con aquel saco níveo y el moñito exquisitamente resuelto. No salta los escalones, los deja atrás con insultante presteza. Los cuellos giran y mirarlo es un deleite. Lo sabe y lo disfruta. Artaza se desliza por alfombras y mosaicos con la ligereza de Gene Kelly. Mejor, como Fred Astaire. Baila con una pelirroja, le ciñe la cintura, la deja. Se aleja, prende un cigarrillo, juguetea con el encendedor.
Las nubes corren a toda velocidad mientras la tarde languidece. Tiene frío Artaza, esa sensación que antes le calaba el corazón y ahora le castiga el cuerpo. Se desploma en la mecedora, manotea una colcha, se envuelve los hombros. Suspira. No está triste. La morocha se recorta al fondo del salón. El perfil es de insultante perfección, el vestido apretado la dibuja, exuberante. Artaza camina, despreocupado, como ausente. Ella lo espera entre risitas sofocadas. ¿Está sola? Artaza acelera.
Los aromas lo incomodan. A él, el de los perfumes irresistibles. No los tolera. Ni a los murmullos que se multiplican hasta taladrarle los sentidos. Confunde las texturas. Ya no hay sabores para Artaza. Tampoco colores. La vida es un interminable gris que se le cuela en las retinas hasta agredirlas de monotonía. Ahora la morocha está en el balcón, avergonzando a la luna hasta obligarla a esconderse. La espalda es un tapiz de una suavidad inusitada. Artaza la recorre con el dorso de la mano y ella gira como una flecha, conmovida. No han cruzado una palabra y ya está entregada. A Artaza.
Los libros lo hastiaron. A él, al devorador de páginas, al coleccionista de sonetos, al cancerbero de las palabras. La música no es capaz de erizarlo. A Artaza, indomable amante de teclas de marfil. Apenas el cine interrumpe el letargo. Artaza fue Burt Lancaster en la playa y derritió a Deborah Kerr en la arena. Fue Spencer Tracy despatarrado en un sillón, dueño de la suplicante Katherine Hepburn. Artaza lleva de la mano a la morocha, corren por el césped húmedo, bordean las fuentes, se encuentran y desencuentran. Aparecen árboles jóvenes, un bosquecito artifical, nuevo y seductor.
La noche inexorable envuelve a Artaza de sombras. El frío es insoportable. El dolor le consume los recuerdos. ¿Qué va a ser de Artaza ahora que la soledad y los años le redujeron el espíritu a un puñado de suspiros? ¿Dónde recuperar fuerzas si las fuerzas ya son inalcanzables? ¿Hasta cuándo, se pregunta Artaza? ¿Hasta cuándo? La morocha de fuego ya está en sus brazos. Artaza, diestro, la toma delicademente del cuello, y clavándole los ojos verdes le hunde el cuchillo con una explosión de placer. A las pupilas de la morocha se les va la vida y Artaza se la roba para alimentarse de agonía.
Artaza, finalmente, duerme.

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