HISTORIA DE UN HAMSTER

darcepa88  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 1173 words

  • 228
  • 0
  • 21
  • 1

Summary

Una vida dura pero realista, era mi hamster y yo...

Una vida dura pero realista, era mi hamster y yo...

El día que nací hacia mucho frio, aun no tenia pelo y no veía mucho pues mis ojitos se mantenían cerrados fuertemente, mama lucia muy fatigada pero igual nos alimentaba a mi y a mis 7 hermanitos menores (pues fui el primero que salí de la pancita de mama), la lechita estaba tan tibia y rica, que me daba un poco de añoranza el cuartito caliente dentro de la pancita de mama, todos apretujados ahí dentro pero a la vez muy cómodos y contentos.

Nos encontrábamos todos en una pecera de vidrio bastante amplia, todita rellena de aserrín calentito, teníamos una casa con forma de calabazón, una rueda gigante para jugar, así como también un resbalón muy divertido; en las esquinas habían posillitos de agua y semillas de girasol que los niños de la casa ponían cuando se acordaban de nosotros, alimento que mis padres consumían con cierto desdén, pues los bebes solo podíamos estar contentos con la lechecita de mama; vivíamos todos juntos mis siete hermanitos, yo, mama Josefina y papa Aurelio, al menos así los llamaban los dos niños curiosos que siempre pegaban sus rostros gigantes a un lado de la pecera, nosotros aun no recibíamos un nombre, asumo que éramos tan parecidos todos que no podrían identificarnos ni mucho menos diferenciarnos a uno de otro.

Según lo que me conto mama, Papa Aurelio y ella fueron comprados de un mercado local, antes vivían rodeados de gatos, loros, perritos, y todo tipo de animalitos extraños de los que no se mucho mas que las historias que me contaba mama, también nos hablaba mucho de Papa Aurelio, que siempre se mantenía alejado de nosotros, no estoy seguro si nos tenia miedo o simplemente no nos quería, pero andaba en una esquina escondido en una montañita de aserrín que se preparaba cada tarde y cuando alguien se le acercaba el simplemente nos gruñía un poco y se iba molesto a otra esquina; según los relatos de mama, nuestro padre antes era bastante alegre y enérgico, andaba correteando por toda la pecera y ejercitándose en la ruedita de alambre, era muy cariñoso y tierno, dormía apachurrado con mama al costado, no como ahora, pero lo que mamita Josefina nunca nos dijo fue en que momento todo cambio, nunca lo comenté mis hermanitos pero sospecho que fue cuando nacimos.

Una noche, a menos de una semana humana de haber nacido comenzamos escuchar ruidos raros en el piso de la salita donde estaba nuestra pecera, nos despertó los gritos iracundos de la señora de la casa, “una rata, una rata!” gritaba la mujer, y todos salimos de la casita calabaza y fuimos a pegar nuestros rostros a la fría pared de vidrio, entonces vimos aquel ser extraño, era muy parecido a nosotros, solo que horrible, con una cola gigantesca, un pelaje plomo como si todo color o alegría le fuera adverso, y sobretodo, lo que mas recuerdo eran sus ojos, rojos como la sangre, tan intensos que te robaba toda paz o tranquilidad con solo una mirada; “El monstruo de los ojos rojos” lo llamaron mis hermanitos aterrados entre gritos y llantos, mamá nos ordenó regresar a la casita a dormir y se quedo abrazándonos mientras papa permanecía vigilante fuera de la casa. La mujer grito de nuevo “vayan a matar a la rata espantosa esa”, a los pocos minutos los dos niños bajaron saltando, llenos de risas y excitación, el mayor, de unos 12 años tenia una escoba en sus manos, mientras el menor, de unos 10 años, tenia una raqueta de tenis, “rata cochina ya veras” murmuraba el mayor con un tono confiado cuando de repente se oyó un chirrido agudo y espeluznante que lo hizo gritar mientras el otro niño de voz gangosa decía “ahí esta, se ha metido bajo el sofá”, luego el mayor dijo “mira, creo que Aurelio se lo quiere mechar”; nos quedamos todos en silencio al igual que el resto de la habitación, los pasos de los niños se acercaban a la pecera y la tapa de cartón que hacia de techo se levanto y por la puertita de la casa calabaza pude ver como unas manos gigantes entraron y atraparon a papá Aurelio que había comenzado a correr horrorizado, todos nos levantamos nuevamente y salimos de la casa y vimos como papá arañaba y mordisqueaba la mano del niño más joven gracias a lo cual logró zafarse, corrimos hacia él asustados y papá nos miraba con mucha tristeza mientras se frotaba con nosotros y nos lamia los rostros temerosos para que nos calmemos y estemos tranquilitos, fue la primera vez que nos mostraba su cariño y amor sin ningún tapujo. Luego la mano lo atrapo y se lo llevo. Escuche risas y sentí un miedo tan grande que no puedo describir con palabras.

Mamá ya no pudo volvernos a meter a la casa, pues incluso ella pegó nuevamente el rostro a la pared de vidrio y observamos todos como los niños metían a papa cuidadosamente bajo el sofá y con sus pies, escoba y raqueta hacían de barrera para que nadie pueda salir de aquella prisión. Los siguientes segundos me parecieron una eternidad al escuchar los chillidos y llantos de papa Aurelio y del monstruo de los ojos rojos, al mismo tiempo que las risas diabólicas de los niños humanos. Siento que aquel momento duró una eternidad pero al cabo de un rato el ruido se calló. Los niños cuidadosamente levantaron en sofá y vieron como salía el monstruo de los ojos rojos todo machucado y ensangrentado con arañones en el rostro y un ojo vacío, el menor de voz gangosa grito “ahora dale duro” y el escobazo del otro lo mando a volar hacia la pared, asesinándolo por completo.

“Aurelio le saco la mugre!” gritó el mayor emocionado mientras veía como la señora bajaba en bata a la sala, “que hablas Joaquincito”, “hicimos que Aurelio se la meche a la rata y la reventó duro” dijo el menor, “mocosos del infierno!” grito la señora y levantó el sofá con las dos manos, “sácalo de ahí al pobre ratoncito”, el niño más grande se agacho y lo cogió con una mano, tenía… a papá agarrado… de la patita…. Y papá… no se movía… estaba… de cabeza… con todo su cuerpo… ensangrentado, muerto.
La señora les jalo las orejas a los niños, “están castigados, cojan a las ratas y bótenlas al tacho de la basura, luego saquen la bolsa y pónganla en la calle para que mañana las recoja en camión” dijo con firmeza.

Yo ya no podía ver más de aquel acto nefasto, papá Aurelio había peleado con el monstruo de los ojos rojos y ambos habían muerto, ahora se iban juntos a la basura; despertaba en mí una sensación de tristeza increíble, todos mis hermanitos y yo nos pusimos a llorar y buscamos a mamá Josefina para que nos consuele, pero ella nos mostró los dientes y trató de mordernos, estaba furiosa.
Esa noche dormimos fuera, todos apretujados en el huequito que papa había hecho su camita.

-Daniel Arce Paredes, el niño de la voz gangosa.-

Want to leave a comment? Sign Up