Pichuco

Danilo  - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 951 words

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Summary

Cuando joven, el gran fueyista Anibal Troilo, en algún escenario ficticio de La Boca porteña.

Cuando joven, el gran fueyista Anibal Troilo, en algún escenario ficticio de La Boca porteña.

PICHUCO
Danilo Roldán

“Sobre mis primeras lágrimas de niño, con su
dulzura de hombre, acaso feliz mi padre trató de
calmarme: 'Bueno, .. Pichuco... bueno'. Dijo
PICHUCO y me quedó para siempre"
Aníbal Troilo


PICHUCO

_ Sereno compadre te digo, yo sé; El que sigue es el Gordo y lo vas escuchar.
_ Más vale que toque bien tu pibe. Vos sabés que no me gusta perder el tiempo con
tango falso. Hay mucha percanta dando vueltas por aquí que nada sabe de tango, y que
cree que por tocar un piano o un bandoneón, o cantar con vos de arena, lo lleva uno a
la radio o le consigue un buen lugar en el escenario.
_ Pero hombre, piola vos que ya sale el gordo, y te aseguro que después de escucharlo
tocar, te vas a sacar el chambergo pa' saludarlo.
Carlos se quedó callado; rezongó a sus adentros. Mientras esperaba amasó un
pucho entre los dedos y sacó los fósforos. Se lo llevó a la boca y lo prendió. Un largo
zorzal de humo le salió de entre los labios. Puso la cajita sobre la mesa cerca del vaso
de vino tinto. No podía evitar sentir exagerado todo aquello que le habían contado -
demasiado pendejo pa' penar el tango bien decía-, y pensó una vez más en levantarse y
embocar para otro baile, uno donde pianaba un flaco de los barrios bajos al que ya
había escuchado antes y, según sus dotes de madrugador, podría girar y girar por la
buena senda porteña; hacerle par a los maestros.

_ Cuanto hembraje Carlo; mirá que lindas minas las esa mesa, y no te digo la que tiene
el cafisho detrás del escenario. Te morís seguro si le ves las piernas; baila como una
diosa la gringa.
_ ¿Cuánto falta para que toque tu pibe?
_ Ya viene, ya viene, no te impacientes. Va a tocar como Dios el pibe.
_ Espero que no me hayas hecho venir al cuete. No me dan los tiempos para encontrar
buenos punteros entre el malevaje.
Carlos tumbó el pucho contra el cenicero de porcelana detrás de la botella de
vino rubí. El último zorzal se le voló de la garganta y se disolvió con el aire húmedo
del puerto. Se ajustó el sombrero de ala ancha a la cabeza y le ojeó las piernas a una
morena de mármol que venía acompañada.
_ Hay entra el pibe, Carlo!
_ Por fin hombre. ¿Cómo le dicen a este? -mientras volvía a llenar el vaso de aluminio
con una largo chorro de moscato.
_ Pichuco compadre. Le dicen, Pichuco.

Sobre el escenario pedaleo un gordito trajeado de humilde; en saco y pantalones
oscuros, y con el yuguillo de la camisa bien encolado, y con los zapatos de cuero negro
lustrados como el vidrio. Una guapa le arrimó un banquete pa' sentarse y sentar, luego,
un bandoneón como un hijo sobre las rodillas. El joven fueyista saboreó el aire del
puerto en la garganta, las aguas fuertes de riachuelo. El sabor del tinto dulce mezclado
con el humaral de los cigarros armados. Habrá tenido poco más de una quincena de
pirulos el gordito, pero ya compadreaba los más astutos y viejos, y tocaba para la
envidia de muchos con las amarguras que ningún otro habría sufrido en dos vidas.
Aunque de muy pibe no había sufrido tanto; él, de muy pibe ya había sabido copiarle
los impulsos de pesadumbre hasta los más muertos.

Pichuco cerró los ojos y le pegó un puntazo a los tablones del escenario. El ritmo
se le filtró desde las venas directo al fueye. El aire viciado de nostalgias ondeaba el
espacio de la milonga; Y uno y dos, y tres; ya hace muchos años que no acaricia la
almohada. Todos decían que el gordo tocaba como Dios, y de hecho el gordo tocaba
como Dios, siempre y cuando más cerca del infierno estaba.

El bandoneón y su queja se le colaban a uno hasta los huesos. Hacían vibrar la
carne. La Boca era La Boca solamente con tango y Pichuco lo sabía harto. Solo que él
tenía que espantar para otros mundo cuando tocaba, para tocar como solo él podía
tocar; y nunca podía ver su obra completa. El gordo cerraba los ojos y se iba. La Boca
venía y el gordo nunca estaba.
Las miradas de la tienda entera se apartaron de todo aquello que no fuera
Pichuco, y lo acosaron hasta extirparle desde la herida musical, la obligación de
forcejear aun más la botonera. Y el gordito no era de pelar con el bandoneón, más bien
negociaba, reclamaba o invocaba el instrumento. Como si fuese aquel maderal de
cuero cuadrado y armónico, una misma extensión de su cuerpo, un órgano vital
involuntario. Y le siguió dando duro a la tertulia la esencia de su canto, un canto lleno
de penas y oscuros rincones del arrabal.
Carlos se quedó pasmado al primer minuto. Le zumbaban las orejas con tanta
demasía de tango. Se tomó un largo trago de tinto sin despegar la mirada del
escenario.
_ ¿Cuántos años tiene?
_ No se, me parece que no llega a la hombría.
_ Toca muy bien compadre. A Osvaldo le va a encantar, -y se llevó otra ves el armado
a sus labios - Hace rato que me encargó algo bueno para acompañarle el piano y la
orquesta. Y a propósito, ¿sabés si ya tocó en alguna?
_ Por lo que escuché ya estuvo con un par. Y no se si todavía bandonéa las funciones
para un cine de aquí cerca.
_ Vos sabés, no cualquiera me gana la atención en el tango- y apagó el pucho contra el
cenicero de porcelana, tomó un último trago y se levantó.
_ ¿Entonces qué le digo al gordo?
_ Preguntale si tiene cojones como para tocar con Osvaldo. Que si le da el cuero para
acompañarlo. Decile si también le da la sangre pa' tocar como toca sin morirse de
penas.

Y se fue nomás Carlo, con una leve esbornia sobre sus pasos, encarando para
distinto boliche, a buscar otro tanguero virtuoso. Otro que supiera llorar el tango con el
aroma de puerto en la garganta.

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Comments

Afortunado el pichuco. Ya lo quiero oír tocar; para acabar encantado como Carlo. Con el cigarrillo en la mano y el vaso, vacío de vino tinto.
2009-11-04 13:40:40
Me gusto mucho... Saludos
2010-03-03 12:01:23