PECADO CAPITAL (Leviatán y el bibliotecario)
Bee Borjas - PLAYS, PLAYSCRIPTS - 800 words
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Summary
La relación amor-odio de madre e hijo.
“La envidia va tan flaca y amarilla, porque muerde y no come”
Francisco de Quevedo.-
Maciel era un hombre insignificante para la mayoría de la gente.
De aspecto enjuto y esmirriado, sus días transcurrían grises y
monótonos dentro de la inmensa biblioteca.
Dicho lugar, se había convertido en su refugio sagrado. No sólo
por su obsesivo amor por los libros, sino porque lo ayudaba a huir
del infierno en que se había convertido su propia casa.
Una esquizofrenia despiadada estaba volviendo inmanejable a su
octogenaria madre. La mujer, una religiosa acérrima, se estaba
tornando cada día más impredecible.
La vida cambió por completo el día en que Virginia comenzó a
trabajar en el archivo de datos.
Además de ser una belleza de mujer, la cordialidad y su don de
gentes hicieron estragos en el corazón de Maciel.
Su escasa experiencia amorosa y la represiva conducta de su
progenitora, habían sepultado su masculinidad hacía una eternidad.
Horas tras horas observaba con fascinación el andar de aquella
joven dama. La maravillosa sensibilidad de Virginia generó en
Maciel la necesidad de volcar sus sentimientos en extensos poemas
que escribía con inusitada pasión en el seno de su hogar.
Apenas probaba bocado y después de ordenar la casa, se retiraba
urgido a su cuarto. Estos llamativos cambios no fueron pasados
por alto por su anciana madre.
Si bien la enfermedad mental le nublaba la razón, el instinto maternal
le advertía que algo extraño estaba ocurriendo.
La confirmación de aquella sospecha llegó, la tarde en que lo vio
entrar cargando unas enormes bolsas. Su hijo que nunca le daba
demasiada importancia a su aspecto personal, había adquirido un
par de trajes nuevos y se esmeraba más que nunca frente al espejo
del dormitorio.
Ya casi no le prestaba atención. Apenas le servía la comida y con
manifiesto desinterés le suministraba la medicación. Se negaba con
excusas triviales a acompañarla en sus prolongados rezos nocturnos
y olvidaba cada vez más a menudo leerle sus pasajes preferidos de la Biblia.
Una tarde tomó coraje y después de hurgar en una vieja cartera,
encontró la tarjeta que tanto andaba buscando. No fue difícil
comunicarse con la vieja recepcionista de la biblioteca. Conversaron
durante media hora, el tiempo suficiente para que ella descubriera
la razón que justificaba el cambio radical que se había operado
en la conducta de su hijo.
El corazón le dio un vuelco. Sus pupilas se dilataron y un sentimiento
frío y oscuro se apoderó de todo su cuerpo. Los recuerdos se
arremolinaron en su trastornada mente. El padre de Maciel la había
abandonado mucho antes de su nacimiento. Se convirtió de un día
para el otro en la vergüenza de la familia. Enterró su posibilidad de
construir una familia y siguió adelante con el embarazo. Entregó su
vida entera por Maciel y ahora este le pagaba de esa manera.
Envidiaba su renacer como hombre, odiaba su posibilidad de volver
a vivir, pero por sobre todas las cosas deseaba con todo su corazón
verlo fracasar en su intento por ser feliz.
Mirando el crucifijo de plata que colgaba del respaldar de su cama
y con los ojos en llamas aulló:
-¡Es injusto! ¡Por Dios que lo voy a impedir!
Maciel regresó del trabajo y encontró todas las ventanas de la
casa cerradas. Preocupado, apuró la llave en la cerradura e ingresó
al lugar. La habitación estaba en tinieblas y se hallaba iluminada por
la tenue luz de decenas de velas que yacían desperdigadas por
el amplio comedor.
La figura de su madre se destacaba poderosa en el centro de la escena.
Cubierta con un chal blanco, permanecía sentada en el suelo dentro
de un círculo dibujado con una tiza de color rojo.
El hombrecito quedó demudado. Cuando sus ojos se encontraron con
los de su madre, supo que aquella mujer había perdido la poca razón
que le quedaba.
-¡Leviatán es mi señor! –gritaba la anciana como una posesa mientras
agitaba un libro con la imagen de la enorme serpiente marina.
Maciel sabía muy bien de que se trataba todo eso. No en vano se había
pasado la vida leyendo la Biblia junto a su madre.
Las crueles palabras que le lanzó la vieja se lo confirmaron.
-¡Envidio tu esperanza y tu ilusión! ¡Envidio tu nueva vida!
Según las escrituras, Leviatán es el demonio que incita a las personas
a caer en las garras de la envidia. Es un deseo insaciable de poseer lo
que tiene el otro. Difícilmente el que es poseído por este ser maligno
pueda ser exorcizado. Sólo queda una salida.
La policía encontró a la anciana muerta en su dormitorio y con los
ojos macabramente cosidos. Puntadas torpes cerraban para siempre
los párpados y los labios yertos de la madre de Maciel.
Ese es el castigo que se le propina en el Purgatorio, a los que miran
con envidia la vida del otro.

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