Mis días en un manicomio.
Archie - ADVENTURE - 1595 words
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Summary
estan todos locos.
Margaret Porra, y Enrique Quijano Pueytopel, estaban descansando, como de costumbre, en el albergue los 5 molinos. No hacía tanto que no hablábamos de alguna anécdota en particular, o bien de algún secretillo oscuro o turbulento.
Margaret, era una mujer poco predecible, con un carisma inalcanzable, y un toque de firmeza en el modo del habla. Tenía unas caderas un poco descuidadas, con unos ojos pardos, que hipnotizaban a cualquier patán de por allí.
Y si esperan que les hable de mi buen amigo Quijano, será de poco apuro, este buen hombre, con sangre de honor y piel de cobre, estaba acostumbrado a la buena pesca, y al cuidado de su familia. Tenía un par de actitudes toscas, o más bien, de un particular macho cabrío... Estaba vestido de una peculiar tez ocre, y unos ojos cautivantes, al igual que su esposa, pardos. Durante las claras mañanas, serenas y agobiantes, recorría su cabello castaño, con pequeños mechones plateados, con un peine de dientes gastados color verde.
Margaret, hacía ya un par de meses que no era seducida sexualmente por su esposo, El señor Enrique. Esta era la índole de sus problemas, que poco después serían resueltos con un par de reuniones con un terapeuta interesante llamado, José Montiel. José era un sabiondo mal agradecido, que carrasqueaba a cualquiera que se le interpusiera en su belicoso camino de espinas. Solo dios sabe que habrá hecho con la vida de estas dos personas maravillosas.
La mañana del domingo 31 de enero, recordaron por casualidad el cumpleaños de la tía Marlina...Al señor Enrique le gustaba ser puntual y ordenado en todos los aspectos de su vida, desde limpiar alguna gota fuera del escusado, hasta cepillar cada una de sus prendas de vestir. Al señor Quijano le perturbaba enormemente que su esposa se retrase en el baño, y que también no sea tan arreglada para un hecho un tanto importante, pero desgraciadamente a la señora Margaret Porra, le importaba realmente tres cuartos de un zapallo enlatado lo que su esposo opinase acerca de su manera de vestir.
Habían pasado cerca de 2 horas, pero aún era 31 de enero, aún era domingo, aún era de día, y gracias a nuestro queridísimo salvador crucificado, seguían con vida.
El señor Quijano había preparado la mula loca, un desquiciado “animalito” que tenía de dieta principal devorar roedores indefensos que intentaban escapar de sus tenebrosas mandíbulas apestosas. Esta mula había sido encontrada por El señor Quijano, en un día de pesca normal, cuando de repente vio un animal un poco deshidratado y desnutrido, con cara casi humana, que se parecía a la de su suegra, la mandíbula torcida (naturalmente por su dieta no apropiada) y con una escasez de pelaje en la parte trasera y en el lomo del bicho. Mientras el señor Enrique mantenía su mirada en su caña aburrida para pescar, el “animalito” se ahogaba frente a sus tercos ojos pardos. Pero gracias a nuestro amado y honrado Salvador Belicoso y Harapiento, llegó el señor Pérez!.
Pérez, Pérez, Amigo nuestro, salvador de mulas parlantes, y triturador de cerebros. ¿Pérez? ¿ Porqué Pérez y no Gómez? Si, señor lector, usted ha acertado esta vez (pero solo por pura casualidad). Pérez, era perezoso. Un animal gordo y repugnante, que acostumbraba espiar a las personas. El señor Pérez, alteró de una manera torpe con su voz espeluznante y ronca al maravilloso Señor Enrique para advertirle del suceso que se producía frente a sus queridos ojos pardos. Pobre señor Enrique, desafortunadamente cayó al agua y no tuvo mejor opción que ver a la pobre mula y colgarse de su cuello. Juntos salieron gracias a las divinidades de nuestro salvador (Rocco el Escocés, hijo de Panameños nacido en la vieja y antigua escocia del sur). El señor Rocco alcanzó uno de sus brazos a las tersas y dulces manos de nuestro buen amigo El Señor Quijano. Quijano, tuvo la casualidad de encontrarse al buen amigo Rocco Montes, que juntos luego de esta interesante aventura, compartieron una taza de café en el bar al paso “ El Morfadero”, mientras la mula parlante esperaba afuera atada a un poste de luz con un trozo de soga deprimente.
Basta de parloteos queridos lectores míos, prosigamos con nuestra historia. Cerca de las 2:00 PM, partieron a la residencia de la querida Tía Marlina. Una mujer arrugada, de unos 76 años recién cumplidos, con un cabello rebelde como virulana viva, con una vida un tanto aburrida, 2 esposos y 1 hijo. Ni una propiedad, ni un esposo vivo, ni un hijo vivo. Todos muertos en la guerra de la Acelga en 1752, un poco antes de la revolución Escocesa. La querida tía Marlina, esperaba sentada en su silla rechinante, rodeado de viejos familiares, entre ellos, nuestros queridos, Señora Margaret Porra y El Señor Quijano Enrique Pueytopel. En el espeso aire de la pre-siesta amargada por una aburrida fiesta por nuestra amada tía pelusa. El señor Quijano se acercó a darle un apacible beso en la mejilla izquierda a la tía pelusa, cuando reaccionó y aparentemente se había despertado, si señores, pelusa dormía con los ojos casi abiertos del todo cuando le contestó en un idioma raro, como si estuviese siendo atacada por el despiadado insecto volador que llamaban “Caballo del Diablo”:
- ¿Que carajo creéis que estáis haciendo maldito pendejo?- contestó con sus ojos extraños que exhalaban miedo y a la misma vez ternura.
- Solo te saludaba tía pelusa, he digo tía Marlina!- con voz asustadiza y con sus ojos en estado de tempestad-.
- ¿Como me llamaste niño?-
- No dijo nada tía Marlina-Contestó uno de los primos-.
- Más le valía a ese huevón.-
Desgraciadamente, Marlina tenía un temperamento que podía acabar con cualquier tipo de amistad o amor... por esa razón aun estaba soltera, y no había conseguido más que un par de esposos muertos y un hijo asesinado en la guerra. Por suerte la Tía Marlina se durmió al instante y entre los invitados intercambiaron pensamientos y palabras con poco sentido.
El señor Quijano, tan desprotegido por la ternura de sus ojos, tenía unas inmensas ganas de orinar... se preocupó por creer que tendría que hacerlo en el césped, pero recordó que era humano, y entró sin miedo a la casa de la Tía pelusa. Un hogar lúgubre, de aspecto fúnebre, con las paredes casi despintadas y con unos muebles deteriorados por las termitas y el uso diario.- Como me hace falta un macho cabrío como vos Ricardito(solía olvidar el nombre de Quijano), que me atienda las plantitas y los problemitas de mi casita.- solía decir la querida Tía Pelusita. Quijano Corrió sin piedad por sus pantalones, y desgraciadamente tropezó con un desperfecto del suelo, su menton rebotó en el excremento del viejo gato de la querida viejecita. Pobre señor Quijano! Ahora tendría una segunda razón por la cual debía correr al lavabo. Recorrió un poco las habitaciones, y ahí estaba, el descuidado baño de la señora Marlina. Liberó los líquidos innecesarios de su cuerpo, y luego acabó por lavar sus manos y su dorado rostro. Caminó con preocupación y con seguridad, pues ya sabía de aquellos desperfectos, y ya sabía también del regalo que le había dejado su amigo el gatito copito. Su esposa lo vio con un golpe en el mentón, y lo usó de excusa para salir corriendo del asilo de la Tía Pelusa. Ni siquiera se habían despedido de Marlina, ni de los invitados, y se subieron a la mula con un salto casi profesional y le rogaron que se los llevara lejos de allí.
Así es, hasta podría decirles que Quijano y Porra eran diferentes a los demás, con unos gestos distintos, unas caras medias parecidas, unos hábitos poco casuales, y una manera de caminar totalmente diferente.
Eran un poco solitarios, como que les daba miedo la gente sin cabello y pocos dientes. Conocían el significado de la abundancia, y también el significado de tener poco y nada. Sabían que si el brasilero Eduardinho Gil no se presentaba ante su casa esta semana, tendrían problemas… Quijano necesitaba urgentemente la aceptación de sus libros, de parte del editor.
Habían pasado ya tres días de que habían llamado por última vez al señor Gil. Quijano y su mujer, estaban algo preocupados por la demora de su llegada, se mantenían inmóviles frente al teléfono. En un día de esos, cuando Quijano se estaba duchando y Margaret estaba en la cocina, la puerta sonó repentinamente. Cuando Margaret abrió se encontró con el rostro casi moreno del señor Gil, con una gran sonrisa blanca y unos ojos que parecían postizos, y con tono alegre dijo:
- ¿está su esposo señorita?
- En la ducha- Contestó ella.-
Lo invitó a tomar asiento, le sugirió una tacita de café, pero el la rechazó. Se veía apurado, y presionado por el tiempo. Cuando llegó el señor Quijano, ansioso le estrechó la mano y le habló de su nueva línea de libros infantiles “la estrellita dorada.” Eran una serie de libritos con imágenes fantasiosas y descripciones, con historias y cuentitos divertidos.
El señor Gil pensó al instante en su hija pequeña. Miró ansiosamente los dibujos, sobre todo el del osito gris, y pregunto quien era el dibujante; Quijano le respondió que su esposa era la encargada. El señor Gil pasó un par de hojas y le pidió a Margaret que le reiterara la pregunta anterior.
Al acabar la tacita de café, estrechó la mano del señor Quijano, y saludó con su sombrero a Margaret. Al salir de la casa, el señor Quijano se encontraba con una sonrisa en el rostro y brillo en sus ojos. Había conseguido el interés. Estaban realmente contentos, y se estaban preparando para un nuevo destino.

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