Siempre en domingo
juancuevas - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 1608 words
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Summary
historia de una mujer solitaria
Vino a dejar el dinero del arriendo y se quedó a conversar toda la tarde, parecía aburrida de quedarse sola los domingos. Como las ideas no saltaban a mi teclado decidí darle cuerda, yo también estaba solo.
Tomé el empleo de portero del edificio porque me daba tiempo para escribir, la paga era mala pero incluye vivienda y de un momento a otro empezaría a publicar mis cuentos y llegaría la consagración.
Eso fue hace cinco años y cada día parece marcar una nueva línea sobre mi rostro. Una persona puede obtener un título universitario en cuatro años y yo solo colecciono notas de rechazo de las editoriales. Para colmo o por fortuna me empecé a aficionar a la bebida y aquella tarde de domingo la joven aceptó una copita muy pequeña, al principio.
Me contó que antes de mudarse al edificio alquilaban un pisito al sur de la ciudad, junto a la fábrica de embutidos, allí también tenía que quedarse sola en casa. En la habitación que daba a su ventana vivía un joven estudiante de bioquímica, trabajaba en su tesis por lo que pasaba mucho tiempo en el laboratorio, aún así se daba modos para espiarla los domingos.
La casa junto a la fábrica era de baño compartido, con puertas eran de madera de esas que tienen la mitad superior con ventanitas, incluso la puerta del baño. Alguien pintó las ventanas de la puerta de baño con pintura blanca pero usó alguna vieja brocha y si se raspaba con la uña podían hacerse pequeños agujeros para mirar a través.
Ella estaba segura de que el joven estudiante le espiaba las tardes de domingo, cuando estando sola en casa aprovechaba de darse un baño. Al principio se sintió ofendida y pensó plantarle cara la próxima vez que se cruzaran en la escalera. Pero luego empezó a fijarse en el, tampoco era de la ciudad y sus padres le enviaban apenas el dinero suficiente para que no muriera de hambre, algunas noches cuando ella despertaba con los ronquidos del marido, podía verle desde su ventana. A veces inclinado sobre sus apuntes, iluminado por una débil luz, sumergido en gruesos volúmenes de libros o con extraños tubos de ensayo. Una noche le vio sosteniendo una pequeña botella de ron. No podía imaginar que un joven como el bebiera solo.
En la terraza de aquella enorme casa vacía en domingo el muchacho aprovechaba las mañanas de sol para lavar su escasa ropa, ella se levantaba tarde más que por pereza por dejar pasar el día. Su marido trabajaba en un restaurant de lujo en la zona turística y solo se quedaba en casa los lunes, a veces.
Ella empezaba a cansarse de lavar camisas blancas con cuellos manchados de pintalabios barato y se hacía la dormida cuando llegaba por las noches y salía de mañana. No era lógico que tuviera que madrugar para ir al trabajo, pero casi le agradecía el no verle.
No sabía cómo fue que todo comenzó, quizá por las miradas furtivas cuando aún en bata subía a recoger la ropa seca, en marzo el tibio viento del norte secaba más que el mismo sol y antes de preparar el almuerzo despejaba los cordeles para que el joven inquilino tuviera espacio suficiente para colgar su ropa, el viento dejaba al descubierto la piel morena hasta los muslos de la esposa despechada. El estudiante de bioquímica no podía evitar las reacciones violentas alterando su sistema límbico, elevando su presión arterial y descontrolándole los nervios. Una prenda sobre el suelo al marcharse, una inclinación para recogerla y unos hermosos pechos asomándose al sol solo un instante, una fracción de segundo que no podría olvidar.
Ella se sentía observada y claramente le halagaba su timidez y su silente presencia, me contaba con una chispa de sonrisa como le miraba las caderas cuando volvía con las compras del mercado. Nada como una mujer que se siente apreciada y te lo cuenta con una copita de ron en el cuerpo, yo apuré otra copa y se la tomó sin respirar, quizá para contarme la parte gruesa de la historia.
De pronto le empezó a gustar aquella situación y se pasaba la semana entera contado los días para un nuevo domingo. Aún se quedaba en la cama hasta tarde, esperando el momento adecuado para subir a desocupar el tendedero, temblando de emoción al imaginar las manos del joven, apretando y restregando las holgadas camisas o atacando con firmeza el desteñido blue jean. Agua y jabón de por medio.
Muchas veces imaginó la manguera de agua que surtía el lavadero público, protagonista principal de un juego entre los dos, un carnaval como los de antes, la ropa mojada pegada a los cuerpos dejados al sol. El silencio incómodo entre ambos y la explosión de la pasión.
Pero su joven admirador era demasiado tímido para tales juegos, seguro le sobraban las ganas, pero la faltaba valor y por eso le odiaba.
La hora del baño era distinta, ella dejaba la cortina de la ducha corrida, aunque después tuviera que trapear el piso, una estela de vapor era la única protección para los pudores, tras la ventana, el ojo afortunado escaneaba cada poro que alcanzaba a distinguir, cada pliegue que pretendía recorrer, cada redondez que soñaba con tocar.
Luego de un concienzudo baño, cargado de sensuales movimientos, ensayados días antes frente al espejo de su cuarto, acompañada de la espumosa esponja, sabiéndose observada, asumiéndose deseada.
Pensó colar en el baño dominguero una radio grabadora portátil, con música suave, quizá unas velas. Pero no se atrevió, también a ella le faltaba valor.
El resto de la semana se perdía entre los quehaceres de ella y las investigaciones de él, por supuesto el resto de habitantes de la casa también trajinaban por ahí, saliendo y llegando de sus afanes diarios. Es verdad que sus caminos se cruzan a veces entre semana, pero solo en domingo comparten la ansiedad de un encuentro cercano.
El primer domingo de mayo no le vio lavando sus cuatro pilchas en la azotea y se sintió inquieta, quizá estuviera enfermo, solo en su cuarto, presa de la fiebre y el abandono, se le secó la garganta de la emoción de poder tocar a su puerta, cuidarle en sus desvaríos febriles. El corazón le latía fuerte mientras preparaba a todo vapor una sopa de pollo, una vez que bajó el fuego de la hornilla se acomodó el escote de la bata y bajó temblando de emoción. Se acercó despacio a la puerta tratando de percibir algún sonido, tocó quedamente y al no obtener respuesta se animó con golpes más fuertes. No pudo ver nada tras los cristales porque las cortinas estaban cerradas, forcejeó con la perilla para constatar que estaba cerrado con llave.
Subió hasta su departamento arrastrando los pies, sin respuesta cierta. Hasta que se fijó en el calendario y prendió el televisor. Era día de las madres, desde que su madre murió años atrás su mente bloqueaba la celebración y el no tener hijos lo hacía más fácil. Así que el joven estaría en su pueblo, visitando a su madre. Casi se sentía celosa.
La botella estaba por la mitad y las risas eran más abundantes de lo normal, no importaba como terminara la historia, estaba dispuesto a intentar meterla en mi cama esa misma tarde.
- ¿Pero, llegaron a algo físico?
La pregunta la puso a la defensiva y tuve que esforzarme un poco para que retomara el hilo de la historia. Abrí un paquete de maní y adorné un plato con queso para continuar la charla, tampoco olvidé rellenar los vasos.
Me contó que le volvió a ver a los pocos días, hasta entonces no habían pasado del buenos días al buenas tardes pero la posibilidad de que un buen día terminara la tesis y volviera a su pueblo le hizo tomar la iniciativa.
Al siguiente domingo subió con el pijama mas translúcido que tenía y se dejó la bata sin ajustar, dejó la canasta de ropa a un lado y se acercó al joven dispuesta a iniciar una conversación inocente, pero su lengua se trabó y él contestó de igual modo. Bajó las gradas toda consternada por la vergüenza y no vio la prenda que colgaba del canasto y rodó por las escaleras. El dolor fue intenso y el hecho de que el joven bajara a toda prisa para ayudarle no mitigaba el dolor. La rodeó por la cintura con su brazo y así bajaron lo que faltaba de las escaleras.
Las horas se volvieron minutos entre risa y charla compartida, ninguno de ellos aprovechó algún silencio para dar rienda al deseo contenido. Los pasos del marido alertaron al muchacho que desapareció en un suspìro y ella empezó a contar los días para el próximo domingo.
Él le contó sobre sus investigaciones en el laboratorio de la universidad, ella le reveló sus más íntimos secretos y juntos compartieron por varios meses la discreta intimidad de los amantes de domingo.
Pero todo terminó cuando de un momento a otro. Muchos dicen que se fue sin avisar, terminó su tesis y volvió a su pueblo. Pero sabe que fue su esposo. No lo hizo por celos sino por maldad. Para arrebatarle la última ilusión. Ella sabe que su joven amante fermenta sus restos en diminutos trozos dentro de alguna máquina de picar en la antigua fábrica de embutidos que tenían al lado.
Mientras terminaba el relato, me levante a mirar por la ventana, una tarde fría después de todo. Giré sobre los talones y la vi ebria de odio y dolor, los ojos aguados de lágrimas y una sonrisa de tentación, abrió las piernas dejando ver más allá de los muslos.
-Es hora de que se marche. Le dije.









