Domingo por la tarde

maurobertone  - FICTION (See also: CX "Literature: special interest" codes which may be used in conjunction with codes from Section F) - 1452 words

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Summary

Domingo por la tarde

Domingo por la tarde

Para Jorge Rubin aquella tarde de domingo se proclamaba perfecta; con los pies cruzados sobre el sillón de tela gris, áspera pero reconfortante, el cigarrillo echando humos en plena modorra post-almuerzo, una taza de café, también humeante, sobre la mesa ratona y el majestuoso televisor, a al menos cuatro pies de distancia, ya sintonizado para apreciar la seguidilla de partidos del torneo local. Todo indicaba confort a aquella altura.
Como es de esperar, siempre algo falta en el preciso momento en que todo anda como es debido: el cenicero se encontraba sobre la mesa en donde se había dado lugar a la comida y todo indicaba que debía volver a levantarse. La previsible fatiga sacudió con ímpetu a la cervical que ya se afianzaba recostada contra el sofá, las piernas de Jorge parecían no ceder a liberarse mientras que su cabeza meditaba acerca de sí verdaderamente era tan necesario levantarse; por supuesto que iba a fumar otros cigarros, pero quizás podría suplantar al cenicero de alguna otra manera. Elevando levemente y con incomodidad la cabeza del respaldo, sondeó a su alrededor con la esperanza de encontrar algún suplemento del cenicero que, después de todo, no era mas que una chapa con vértices curvos y un hueco en donde arrojar las cenizas. Al terminar el registro de sus cercanías todo parecía indicar que nada servía más que para lo que servía, pero nada de cenicero. Como si se encontrara encadenado al sofá, así como si una fuerza maligna volviera a su espalda contra el respaldo requiriendo para levantarse una exagerada fuerza de cintura, espalda y cuello, utilizando las piernas, ya relajadas, como contrapeso para alivianar la tensión que arremetía contra su espina dorsal, poco a poco su cuerpo comenzó a tomar verticalidad.
Al estarse de pie frente al sillón, la agitación contenía más de pereza que de cansancio. Desde allí, desde las alturas inimaginables hacía tan sólo unos segundos, con el rostro ya sobre el nivel de lo que antes era todo su panorama, el cenicero se encontraba a la vista; permanecía en aquel lugar donde Jorge sabía que se encontraba; tranquilo, reposando junto a un plato aún con restos de salsa, aquel recipiente metálico aparentaba reírse ante la desgracia de su dueño. Sin siquiera intentar tantear las sandalias que Jorge había dejado caer a un costado del sillón, ahora éste se dirigía a rastras hacia aquella hojalata rudimentaria pero infaltable, ¿cómo podía algo tan insignificante trastornar de aquella manera lo que era un plácido domingo por la tarde?. Mientras por el televisor, el primer partido de las catorce y veinticinco se daba comienzo, los pesados pies de Jorge se arrastraban sobre el cerámico beige, cada paso era un quejido y cada uno de ellos, un suspiro desalentador. Ya con el cenicero en sus manos, sintiendo cómo el frío férreo contagiaba a la palma de su mano, todo era cuestión de voltearse y volver sobre sus pasos hacia el sofá que lo aguardaba aún manteniendo siempre la forma de su trasero. Desde la distancia lo contemplaba con deseo, sabiendo que en aquel lugar podría dejar pasar el domingo entero... qué el domingo entero, podría tenderse allí por el resto de su vida dejando que sus músculos se atrofien y que la muerte lo arremeta allí, en aquel lugar sin haber vivido su vida pero sí absolutamente descansado y dichoso. Triunfal.
El viaje de vuelta fue mucho más fácil para Jorge debido a que aquellas cadenas que en un principio lo jalaban, aún acechaban tirantes hacia la gloria del domingo. En la mitad del tiempo que había realizado la ida, ya se encontraba frente al sofá de vuelta. De pie aún, a un último esfuerzo del placer vegetativo, sólo quedaba revisar si algo más faltaba. Nada, todo se encontraba exactamente donde debía estar. Se inclinó hacia delante y el simple peso de su trasero cansado y panza llena lo llevó directo al mullido asiento para ahora sí, luego de acomodar sus nalgas, sentir el placer. Todo era perfecto: diez minutos de un Boca contra Chacarita que parecía prometedor de un buen espectáculo, un café que sin estar demasiado caliente aún permanecía tragable y tres atados de cigarrillos con el respectivo encendedor al lado.
A los veintidós minutos del primer tiempo, el destino parecía no querer darle paz a Jorge que ya se encontraba en la plenitud del goce. El teléfono que se encontraba en la otra punta de la sala comenzó a chirriar con aquel tono en Do menor que significó para Jorge la exterminación de todos sus anhelos; pues sabía de antemano que no atendería la llamada pero el ringuear constante de aquel aparato lograba sacarlo de sus casillas. Decidió simplemente aguantar el punzante disturbio que penetraba sus tímpanos hasta que los comentarios del partido vuelvan a reinar como banda sonora de aquel momento majestuoso. El sonar intermitente se prolongó por lo menos un minuto que aturdió como si hubiera sonado todo el día. Tras el callar del último pitido todo volvió a la calma. Jorge jamás logró entender cómo alguien era capaz de hacer algo un domingo a la tarde, nunca consiguió soportar que la gente no comprendiera el único placer que lograba otorgar un día tan insoportable como el domingo; no entendía cómo no lograban pasar aquel día como tal. Si hasta Dios descansó el domingo entonces con qué coraje un simple mortal no iba a hacer lo mismo y de la manera más divina, con el ocio.
Durante los siguientes cinco minutos todo marchó como debía; el partido se encontraba cero a cero pero aquello no perturbaba al estado de Jorge que aún permanecía en la inicial posición apenas respirando. A los treinta minutos del juego el mundo parecía atentar contra la tranquilidad de Jorge evitando su sano regodeo: el timbre comenzó su himno de presencia ajena despertando en Jorge los nervios que ya se habían apaciguado. Aquel sonido molesto y reiterativo comenzó a ejercer su rol como si el que estuviera del otro lado de la puerta estuviera a punto de morir; tal vez algún amigo se encontraba aburrido, agotado de su propia persona, y había decidido estropear la vida ajena, o quizá algún vendedor de la palabra divina se encontraba a sólo un creyente de ganarse el cielo; de lo que Jorge se encontraba seguro era que su inmaculado domingo estaba siendo pisoteado de manera muy burda. Simplemente, al igual que con el teléfono, sólo era cuestión de que cesara. La tortura se extendió por aproximadamente minuto y medio. La paz reinó nuevamente junto con un gol de Chacarita en posición adelantada. Ya más distendido, no por el gol, sino por el regreso de su armonía, Jorge relajó su cuerpo y lo enterró aún más en la tela del sofá, como si de aquella manera se encontrara más ajeno al mundo exterior.
Al finalizar el primer tiempo las ganas de tomar mate comenzaron a rondar por la mente de Jorge, quien no se encontraba dispuesto a moverse. Un diminuto sorbo al resto del café frío distrajo a su mente que volvía a encontrarse en su clímax. El sueño de la barriga llena comenzó a pesar sobre sus párpados pero no podía dejarse rendir; pues todo hubiera sido en vano. Había sabido llevar cada situación de la mejor manera y no valía la pena echarlo todo a perder por un poco de sueño. Jorge se reincorporó apenas en el sofá, lo suficiente como para que sus sentidos se estabilicen. La peor lucha del hombre es con su propia mente y la peor arma de la misma es el sueño, aquella terrible arma que lo único que hace es empeorar su daño. Pero Jorge no iba a dejarse vencer tan fácilmente.
El inicio de la segunda parte se hizo rogar pero ya los equipos se encontraban en el campo de juego, y como consecuente los ojos volvían a abrirse y la pesadez de la mente de Jorge comenzaba a darle lugar a la lucidez. En aquel preciso momento en que el partido se reanudaba y un nuevo cigarro era encendido, la transmisión fue interrumpida por un mensaje presidencial dejando a la pobre víctima perpleja. Con el humo delante de su rostro idiotizado, aturdido, por completo derrumbado; una sola reacción acudió a su mente. Jorge acudió a la solución más cercana y menos costosa: con la poca voluntad que su cuerpo le permitía, tomó el control remoto y apagó el televisor para luego acurrucarse en el sofá y echarse a dormir. Todo encajaba; parecería que el resto de la humanidad, como en una especie de telepatía conjunta, percibe la felicidad del más gozoso de los seres y buscan terminar con ella en un acto total de egoísmo. Sano egoísmo según se dice.

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Comments

Jaja! Es cierto, no es un domingo cualquiera, es "el domingo" y el resto no lo entiende. Excelente Mauro, un abrazo.
2011-03-17 16:12:07