Amor Delivery
Angus Biela - ROMANCE - 1054 words
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Summary
Su vida había decantado en eso que hoy era, la hermosa Cristela, secretaria ejecutiva de un exitoso bufete, de escultural figura, siempre ceñida en trajes de angostas minifaldas azules y tacos aguja, rodeada de gallardos pretendientes, sin suerte, pero
Su vida había decantado en eso que hoy era, la hermosa Cristela, secretaria ejecutiva de un exitoso bufete, de escultural figura, siempre ceñida en trajes de angostas minifaldas azules y tacos aguja, rodeada de gallardos pretendientes, sin suerte, pero resignada ya a dejar de luchar contra ellos, contra esa extraña paradoja de la vida.
Hasta ese momento, todos se habían preguntado quién era él, y según las palabras de Cristela, no era más que un simple delivery de oficina tratando de impresionarla; pero lo que nadie imaginaba era que, en secreto, lograría cautivarla del modo más inusual e ingenioso.
Cada medio día, el infaltable delivery entregaba el almuerzo en las oficinas, en humilde silencio y la más infinita paciencia. El de Cristela era siempre especial. Siempre había en él, a un costado del envoltorio, una hermosa dedicatoria, una especie de "bon appétit" que coronaba su almuerzo luego de una desgastada mañana de trabajo. Según su firma, su nombre era Romualdo, y aunque tras una insistencia inagotable pero no menos desafortunada, de cientos de esquelas entregadas a diario, sin suerte alguna, jamás había logrado cautivarla; a excepción de aquella, la simple y aparentemente frágil dedicatoria de aquel día.
Como siempre, Romualdo llegó puntual a las 12. Como de rutina, dejó primero la entrega de la secretaría, con la parsimonia que lo caracterizaba, continuando luego con el resto. Cristela había pasado una mañana digna de olvidar, uno de esos viernes que pedía a gritos terminar la semana. Se sentó frente al envoltorio, cual si fuera un regalo de cumpleaños, corrió a un costado la parva de carpetas y, en un típico ritual de todos los días, se apresuró a abrir el paquete, leer la nota y atacar el almuerzo. Pero al hacerlo, no logró concentrarse completamente. Lo que había leído no paraba de cautivarla. La esquela era más sencilla que de costumbre y, sin embargo, la sumía en los más profundos pensamientos sobre su resquebradizo pasado. Esta, simplemente decía:
"Un corazón tan noble sólo pudo amar demasiado.- Romualdo".
El almuerzo fue breve. La nota dominaba sus pensamientos, una y otra vez, como si con ello echara sal sobre viejas heridas. Una escalofriante sensación de desnudez recorrió su cuerpo, sintiendo un inusual interés por que él mismo, Romualdo en persona, se la explicara, con la misma incansable dedicación con que quizá las escribía. Por un instante lo imaginó absorto, agazapado sobre la gran hoja de papel, esmerado, dibujando cada letra, sintiendo cada palabra, envolviendo paciente su humeante almuerzo; lo imaginó, y casi podía mirarlo, en plena faena, entregándoselo en el más respetuoso silencio, en el mas silencioso respeto. Por primera vez no pudo dejar de sentir que tras esa pequeña nota no había menos que todo un misterio por revelarse.
Al día siguiente lo encaró. El exacto delivery llegó a las 12 en punto...
-Hola Romualdo -le dijo, con sonrisa algo nerviosa.
Él no se dio por aludido. Sonrió y simplemente continuó haciendo su trabajo, respondiendo:
-Ese no es mi nombre, Romualdo es el cocinero.
Esa tarde Cristela regresó a su casa confundida, sumida en un sinfín de conjeturas. En su mente aún giraba el misterioso significado de la sutil esquela, que su autor, al escribirla, jamás imaginó lo que causaría.
El desenlace de la noche la encontró revolviendo recuerdos en un baúl casi olvidado. Diez años habían pasado desde aquella vieja historia, demasiado perfecta para ser eterna. Aquél año remoto había sido difícil; una promoción laboral no lograda, y un fuerte desengaño amoroso. Había necesitado unas largas vacaciones y, por recomendación de una vieja amiga, terminó yéndose sola a las caribeñas islas Margarita. Allí se enamoró perdidamente de un fotógrafo veinte años mayor, de aspecto parecido, cuerpo recio y bronceado, siempre portando orgullosamente su cámara “reflex” por las playas caribeñas, “a la caza del instante más bello”, según sus propias palabras. Tuvieron un romance fugaz, pero intenso, que duró poco más de un año, en el que nunca se sintió tan importante para alguien. Pero una mañana él ya no despertó a su lado, y jamás volvería a hacerlo. Lo buscó por todos los medios, pero nunca supo con exactitud dónde; no conocía su familia, ni su pasado, sólo su nombre y sus grandes pasiones, como si con ello tuviera de él toda la identidad suficiente. Pasó un año más en las islas, antes de regresar a su país, desmoralizada, aturdida. Las horas transcurrieron así, largas y serenas, sumidas en profundas reminiscencias sobre ese lejano pasado, sobre esa herida abierta. Tarde en la noche, finalmente se durmió, abrazada a su almohada.
Tras una mañana de trabajo abrumador en las pobladas oficinas del microcentro ciudadano, la esperada hora del almuerzo llegó por fin. El delivery no se hizo esperar, trayendo los perfumados paquetes, que los empleados abrieron, corriendo pilas de gruesos expedientes a un lado. Cristela se sentó con ansiedad frente a la mesa y observó con extrañeza el suyo. Al principio no tuvo la valentía de abrirlo, pero finalmente lo hizo y el almuerzo pasó rápidamente desapercibido; la nota apareció frente a sus ojos como por arte de magia, impulsada como por un resorte. La leyó con calma y, al terminar, su apetito se cerró por completo. Con toda su atención aun puesta en el envoltorio, arrebatada por aquellas palabras, se lanzó fuera de la oficina bajo la mirada atónita de sus compañeros. Tras llamar sin suerte al ascensor, bajó rápidamente por las escaleras los dos pisos que la separaban de Recepción, saliendo del edificio. En la puerta, el delivery se encontraba listo para partir, montado en un ruidoso ciclomotor.
- ¿Hasta qué hora puedo encontrar a Romualdo? Le preguntó en voz alta, jadeante.
El muchacho debió alzar la voz para responderle.
- ¡Renunció ayer! No sabemos dónde pueda estar. Me pidió por favor que usara ese envoltorio para tu almuerzo.
Cristela sintió un nudo en la garganta. Regresó resignada a su oficina, pisando cada peldaño como si fueran días perdidos de su vida; se dejó caer en la butaca mientras sus compañeros volvían con disimulo a sus ocupaciones; tomó el envoltorio y, antes de dejarlo caer en el cesto de basura, lo leyó por última vez…
“¡Las flores deben permanecer sin arrancarse para que sigan siendo hermosas! Bajo este inusual seudónimo de Romualdo, espero haberte hecho feliz con mis almuerzos; porque no soy cocinero, más bien no soy nada, aunque sigo a la caza del instante más bello.”
FIN

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