La Manzana

DJ_Lobos  - CHILDREN'S AND EDUCATIONAL - 745 words

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Summary

Una lección que te acompañará el resto de tu vida

Una lección que te acompañará el resto de tu vida

Esta historia comenzó de una forma muy simple: Yo estaba caminando por la calle, como siempre lo hacía, cuando de pronto vi como una persona trepaba un árbol, y en un acto seguido, muchas manzanas comenzaron a caer de este árbol. Junto a este árbol vi que había una pequeña carreta, donde seguramente esta persona la usaría para llevar las manzanas que estaba sacando.
Me acerqué a las manzanas y comencé a colocarlas dentro de esa carreta. Pasé así algunos minutos, hasta que de pronto, justo cuando había dejado la última dentro, la persona que estaba sobre el árbol bajó.
- Muchas gracias por dejar las manzanas dentro de esta carreta – dijo – te lo agradezco mucho

Sacó una manzana, una de las grandes y me la dio.
- Es un regalo por tu ayuda
- Muchas gracias – dije estirando la mano y tomándola
- Pero no te la comas – advirtió apenas la tuve entre mis manos
- Entonces, ¿Qué es lo que hago con ella?
- Cuando llegue el momento lo sabrás

Miré la manzana, realmente ésta era la más grande de las que había puesto dentro de la carreta, y no sabía que podía hacer con ella si no me la podía comer. Iba a preguntarle algo de nuevo al que me la dio, pero ya no estaba. Había desaparecido, con carreta y todo.
Seguí caminando por la calle, con la manzana en la mano, aún preguntándome que es lo que haría con esta manzana y hacia donde fue el que me la dio. Tal fue mi distracción ante esas preguntas, que me tropecé con una rama que estaba en el suelo. La manzana se fue rodando algunos centímetros de mí, mientras que yo me sobaba la rodilla ante ese golpe. Cuando me levanté, vi como un gato se acercaba hacia la manzana, como queriendo tomarla, inmediatamente me acerqué hacia ella para recogerla e intenté darle una patada hacia ese felino que amenazaba comerse la manzana que me regalaron. El gato huyó despavorido del lugar, mientras que yo seguí caminando de vuelta a la casa.
Pero no llegué muy lejos, me di cuenta de lo malo que había hecho: Maltratar a un pequeño animal. Me sentí muy mal por eso, así que me devolví hacia el lugar donde estaba el gato, pero ya no estaba. Decidí quedarme ahí para buscarlo.
No se cuanto tiempo tardé, pero al fin lo encontré, el felino estaba buscando cosas en el suelo, y al verme se asustó, ya me había reconocido como el que intentó golpearlo con una patada hacía un tiempo atrás. El gato comenzó a alejarse.
- Detente por favor – le dije
Increíblemente, vi como parecía que me hacia caso, pues se detuvo y me miró.
- Lamento haber intentado golpearte – le dije
El gato se acercó a mí lentamente.
- ¿Puedes disculparme?
Y aquí llegó lo más increíble de todo, porque apenas dije eso, este gato comenzó a frotar su cabeza con mi pierna, como haciendo un gesto de afecto hacia mí. Yo lo cargué, y este gato permanecía muy tranquilo ronroneando. Entonces vio la manzana que tenía aún en mi mano.
Como un gesto de disculpa, se la ofrecí, y nuevamente, ante mi incredulidad, vi como la tomaba en su boca y se alejaba de mí.
- Hiciste lo correcto.

Me volteé, atrás mío estaba la misma persona que me había dado esa manzana.
- ¿Y usted que hace aquí? – pregunté asustado
- Quería saber si harías lo correcto – me dijo – y lo hiciste
- ¿Por qué lo correcto?
- Sígueme

Y comenzó a caminar hacia donde mismo había ido el gato, yo lo seguí. Él no se detuvo hasta que llegamos a la orilla de un pequeño río.
- Mira ahí – dijo señalando una pequeña caja de cartón junto a ese río

Yo miré, y en ese momento comprendí todo: Dentro de esa caja estaba el mismo gato al que le di la manzana, pero vi que también había un grupo de pequeños gatitos alimentándose de la manzana. No era un gato, era una gata que buscaba alimentación para sus pequeñas crías.
- Un gesto tan simple, como la manzana que acabas de dar, puede hacer muy feliz a quien sea – dijo el misterioso hombre – incluso más que grandes regalos.

Permanecí mirando la caja de cartón, con todos los gatos alimentándose, y la gata, la madre de estos pequeños, me sonreía con una cara muy amistosa, agradeciéndome por ayudarla. La acaricié una vez más antes de emprender el rumbo de vuelta a mi casa.
El misterioso hombre ya había desaparecido nuevamente, pero yo acababa de aprender una lección que no iba a desaparecer de mí jamás.

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